domingo, 25 de agosto de 2013

De la Tierra Madre y otros Misterios: El Jardín de las brujas.






Siempre me gusto muchísimo el jardín de mi abuela. Creo haberlo mencionado varias veces en este, su blog de confianza. Me gustaba por razones muy distintas por las que a la mayoría de la gente le gustan los jardines: el de mi abuela no era hermoso, ni ordenado, ni siempre verde. De hecho, tenía un aspecto un poco ruinoso: con sus enormes materos rotos, los árboles retorcidos de ramas secas, la hierba creciendo por todas partes sin orden ni beneficio, era un lugar caótico. Y precisamente eso, lo hacia hermoso. Lo hacía extraordinario. O así me lo parecía  a mi, con diez años, cuando fui a vivir a su casa.

Al principio, el jardín y yo no nos llevábamos bien. Quizás al jardín se le había olvidado como era eso que un niño jugara entre sus diminutas camineras de piedra, se subiera a su murallas de yeso, se acostara en la hierba mal cortada a mirar el sol. Y recordarlo no le gustaba: durante los primeros veces me caí muchísimo, me hice una colección de raspaduras y cicatrices en las rodillas y los codos que aún conservo. Y era que el Jardin parecía firmemente decidido a mantenerme a distancia. No le gustaba mis manos de niña escarbando la tierra para plantar semillas que no llegaban a crecer, o mi manera de colgarme de las ramas de los venerables árboles. Tampoco debía de gustarle mi mania de sentarme entre las desordenadas buganvilias para cantar en voz baja mientras leía. Era una casa de adultos y al viejo Jardin, que ya había visto demasiadas generaciones de mi familia crecer y marcharse, debía darle desconfianza esta nueva visitante, con sus rodillas flacas, su cabello sin peinar y esa fastidiosa curiosidad que la hacia recorrerlo de un lado a otro durante todo el día.

De tanto en tanto, notaba su antipatía. Al caerme por una rama que parecía brotar de cualquier parte. O esa casualidad de siempre tropezar con la misma piedra y hundir el pie en el mismo charco de barro. Accidentes que a nadie le importaban pero a mi me inquietaban. Con la imaginación desbocada que siempre he tenido, imaginaba al Jardin contemplándome con sus párpados de hierba, observándome de mal humor, resoplando en hojas secas de vez en cuando. ¿Se irá esta niña alguna vez? Seguro se preguntaba, intentando que me volviera a caer, hacerme resbalar por enésima vez. Tal vez si se parte uno de esos dientesitos, o le duele lo suficiente el raspón de la rodilla esta vez, se irá. Pero no, no se iba. La niña fastidiosa seguía correteando incansable, admirando el desorden de las plantas que se elevaban al cielo de cualquier modo, encantada por el olor salvaje y fresco de aquel lugar mágico.

- ¿Qué le caes mal al jardin?

Mi abuela - la bruja, la sabia -  se subió los anteojos sobre la nariz para mirarme mejor. Ahora, me hace reir que podría haber pensado al escucharme decir aquello, muy seria, sentada al borde de la silla de la cocina, tomando mi café con leche de las tardes. Movi la cabeza muy seria, porque sí, para mi todo el asunto era muy preocupante.

- Le caigo mal - insistí - me hace caer. Le fastidia que corra y me suba al cedro. Es como si ya estuviera muy viejo para soportarme. No me quiere allí, pero yo quiero estar, así que te vine a preguntar que harías tu en mi lugar.

Otra persona, se habría reído por mis palabras, burlándose un poco, quizás con ternura. Mi madre, sin duda, me habría regañado por mi exceso de imaginación. Mis tias habrían murmurado entre ellas cosas que no me dirían después, pero que seguramente no serían del todo halagadoras. Pero mi abuela meditó mis palabras. Y con mucha gravedad además. La recuerdo en la cocina, con su bello delantal de parches de tela y su cabello rojo bien peinado, pensando muy concentrada en por cual motivo a su viejo jardín, no le caía muy bien su nieta. Y me hace sonreír ese recuerdo, ese gesto que me hizo comprender que no hay mucha diferencia entre el mundo adulto y el mundo de los niños, entre la realidad y esa fantasía exquisita que vive en algún lugar de la memoria.

- Bueno, entonces tendremos que pedirle te deje jugar ¿no? - respondió por último. Me encogí de hombros, preocupada.

- Pero no sé como hacerlo.

- Yo sí.

Esa noche salimos al jardín. Mi abuela llevaba una pequeña bolsa con algunas y un vaso con leche. En la oscuridad, tenía un aspecto casi siniestro. Pero a mi me seguía gustando, claro. La luz de la calle se filtraba en pequeños charcos de luz, rebotando de un lado a otro con el viento y tenía la sensación que todo estaba vivo, parpadeante. Mi abuela se detuvo en el centro y me dedicó una de sus miradas traviesas.

- ¿Sabes quien es Deméter?
- No - admití.
- Es la diosa de la agricultura - me explicó en voz baja. El viento crujió, y las ramas de los arboles entrochocaron entre sí. El jardin estaba escuchando, muy atento también - de la tierra fértil, para plantar vida y verla crecer y evolucionar. Vamos a pedirle le hable al jardin de ti y le explique solo quieres jugar.

Aquello me asombró. Por entonces, ya sabía que mi abuela era bruja, pero no tenía mucha idea de qué significaba eso. Mi mamá nunca me había explicado con detalle y la idea parecía significar cualquier cosa. Pero esa noche, de pie en el jardín lo comprendí, más o menos: Una bruja era una mujer que tocaba la tierra y sonreía, que miraba al cielo reverencia, que podía entender a las niñas de diez años en su ingenuidad infantil. Todo eso me fascinó y me pregunté como podría ser yo una, si alguna vez lo sería. Pero eso es otra historia que prometo contar más adelante.

Miré a mi abuela: de la bolsa que había traído, sacó unas cuantas velas. Las colocó sobre algunas piedras y las encendió. El jardin pareció refulgir de vida, animarse. Cuando mi abuela levantó los brazos e invocó, tuve la genuina sensación que el viento nos escuchaba, que el jardin entero suspiraba para reir, para aceptarme quizás. Y fue magia, esa sensación que tal vez solo ocurría en mi mente, magia de la buena y la de verdad, susurrante entre las hojas, entre las grietas del piso muy viejo. Magia de la que se recuerda para siempre y hace llorar.

Al día siguiente, mi abuela me encontró corriendo de un lado a otro, arrojando piedras al aire y gritando. Se acercó, cubriéndose los ojos del sol con una mano.

- ¿Ya le caes mejor al jardin? - preguntó. Me detuve. Tuve la sensación que el sol cantaba para mi y que la hierba bonita y desordenada soltaba risitas. Reí también, respirando la luz de ese mediodía que recordaré siempre por idéntico a todas las cosas buenas que recuerdo de mi niñez.

- Sí, ya nos queremos los dos.

Mi abuela asintió, comprendiendome. Porque las brujas entienden de pequeñas magias, porque la vida nace en pequeños prodigios de amor, o eso me pareció entender muchos años después. Pero ese día, la niña flaca y greñuda siguió jugando en su jardin, riendo y también, escuchándolo reir.

De la semilla al fruto, de la sonrisa al recuerdo:


Como dije antes, para la Tradición de la Brujeria que practico, Deméter es la Diosa de la fertilidad y la agricultura y también, de la creación. Para honrar su nombre, suelen realizarse rituales cuyo principal objetivo es realzar el poder curativo y evolutivo de la Madre tierra, como el que llevé a cabo junto a mi abuela esa noche en nuestro jardín y el cual quiero compartir aquí:

Necesitarás:

Un vaso con leche fresca ( Nunca fría )
Una cucharada de miel
Una vela amarilla
incienso manzana



Disposición:

Siéntate en el centro de la habitación en donde llevarás a cabo el ritual ( si es al aire libre, es mucho mejor). Coloca frente a ti, la vela amarilla y el incienso de manzana, a tu derecha el vaso con leche, a tu izquierda la miel y la cucharilla que utilizarás para servirla. Ahora, cierra los ojos e imagina que a tu alrededor el aire se hace cálido y confortable. Visualiza que la energía que envuelve tu cuerpo toma una tonalidad amarilla, haciendo brillar la silueta de tu cuerpo levemente en medio de la oscuridad de tu mente.

Luego, enciende la vela invocando de la siguiente manera:

"En la voz de la tierra recién nacida
y el viento que canta su nombre
Llamo a la Diosa bendita
Madre de la hoja y el fruto
dadora del conocimiento y el placer
Manifiestate ahora en mí
a través de Deméter
Señora de los campos en flor
y concédeme la sabiduría del tiempo Universal
en mis ojos
en mis manos
en mi voz
Así sea"


Coloca tus manos alrededor de la llama, cuidando de no quemarte y di:

"En nombre de la Diosa Secreta
Recibo la bendición del conocimiento
De las manos de Deméter
Así sea"


Luego, toma el vaso con leche y sostenlo entre tus manos, visualizando que la energía que te rodea, llena el liquido, integrándose a él por completo. Con los ojos cerrados, invoca:

"Hija de la Diosa soy
la voz del tiempo está en mi nombre
Que a través de Deméter
sienta la fuerza del tiempo en voz
Asi sea"

A continuación, toma la miel e invoca:

"Que el fruto de la tierra represente mi convicción"

Añade dos cucharadas de miel a la leche y luego, toma un sorbo. Siente como la textura y el sabor de la bebida, la forma como su frescor llena tu garganta y tu cuerpo. Imagina que te encuentras en el centro de un prado florido, rodeado de hierba verde y jugosa, grandes árboles de ramas robustas y el brillo del sol de verano. Concéntrate en cada uno de los detalles, recrealos en tu imaginación con toda la fuerza que puedas, otorgándoles verdadero sentido y forma. Siente la forma como la experiencia se integra a tu espíritu, como al energía de la Diosa te llena, llenando de una profunda sensación de calma tu mente. Finalmente, coloca el vaso en el suelo diciendo:

"Que la Diosa de forma a mi expresión
Asi sea"


Por último, enciende el incienso de manzana y permite que tu mente divage como quieras, disfrutando de la sensación de tranquilidad que te ha proporcionado el ritual que realizaste. Come y bebe algo para equilibrar la energía que invocaste.


A veces, de adulta, regreso a visitar mi jardín. La casa de mi abuela ya pertenece a otras personas, pero a la ancianita que la ocupa ahora, le gusta también el jardín con todo su aire de descuido, su desorden venial. Y me permite caminar por él, para sonreír, para escuchar mi propia risa del pasado y recordar quién fui.

C'est la vie. 

1 comentarios:

Libicni Noemi Rivero Ortiz dijo...

Un cordial saludo.
Me gusto mucho este post, tambien tengo un jardin donde crecen distintas plantas aromaticas y es mi lugar favorito lo que pasa alli definitivamente es magia.

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