martes, 27 de septiembre de 2016

Juego de espejos: Del misterio del espíritu humano a la búsqueda de la belleza a través del dolor.




Hablar de la obra del director sueco Ingmar Bergman, es meditar sobre un tipo de cine intimista y doloroso, un planteamiento cinematográfico destinado no tanto a sorprender como a conmover e incomodar. Porque para Bergman, las imágenes son símbolos de introspección más que de expresión en esa sutil diferencia, parece radicar la manera como asume el poder de lo que cuenta, de la historia que se construye, de ese ritmo pausado, elemental y esencial que imprime a sus piezas fílmicas. Porque sin duda, para Bergman, el cine es un arte impaciente, una mirada dura y cruda hacia esa infinita variación del espíritu humano que intenta recrear en símbolos ambiguos. Una idea que se presume cierta pero parece estar sometida a la visión subjetiva más que cualquier otro lenguaje. Y Bergman, con su capacidad para observar y construir nuevos parámetros, tuvo la osadía de reinventar esa visión bajo su propio discurso, brindándole profundidad con sus miedos y cuestionamientos más íntimos. Una reformulación de lo evidente para elaborar una idea fundacional.

Aunque resulta desconcertante hablar sobre ideas originarias y esenciales en el medio fílmico, con Bergman es necesario: porque con su película "Personas" logró resumir lo mejor de su visión artística y pulir su estilo argumental. Toda una declaración de intenciones fílmicas que durante toda su vida no hizo más que reforzar y enriquecer. La fuerza argumental, la magnífica estructura visual y sobre todo, el poder de evocación de "Personas" dejan muy claro que para Bergman, el cine intenta disuadir a la mente humana de su noción de la realidad, confundir esa necesidad del hombre de encontrar sentido al mundo que le rodea. La expresión del yo, esa necesidad de contradecir la razón con imágenes y pequeñas tretas metafóricas, crean una tensión única, una obra atemporal que trasciende el límite del celuloide para convertirse en lenguaje por derecho propio.


Se ha dicho que Bergman es un estilista. Yo también lo creo, aunque también, estoy convencida que su planteamiento cinematográfico es un ejercicio experimental casi en estado puro. Con su talento para disección del alma humana, para profundizar en ideas existencialistas con una facilidad asombrosa, Bergman encuentra en el cine una manera de contar lo intangible, de asumir el caos como una estructura de imágenes consistentes. Ideas tan complejas como la nada, la necesidad de evasión, la falta de significado de lo cotidiano, la sexualidad reprimida y la maternidad, se expresan en secuencias sublimes, en una exquisita muestra de maestría visual que intentan no solo contar una historia, sino además sublimarla, llegar a un limite donde la narración se confunde con los temores del espectador, con ese mundo del yo oculto que la obra visual de Bergman desea tocar. Como si bebiera directamente de esa necesidad del espectador de reconocerse en las imágenes, Bergman encuentra en este dialogo extrañamente visceral, su mejor herramienta de expresión.

Porque "Persona" es un film sobre los monstruos que viven en nuestra mente. En ese enfrentamiento insistente en lo que consideramos normal y lo que asumimos es parte de nuestros temores y fantasías más recónditas. La trama, con sus dos únicos personajes, perfila e insiste en esa visión parasitaria de la conciencia humana, en esa visión del director de la naturaleza humana devastadora. Y es que mientras una de las mujeres de la historia padece de una patología que la reduce al silencio, la otra - la enfermera que se ocupa de ella - tiene una compulsión casi obsesiva por hablar. De tal manera que este gran monólogo, esta insistente conversación sin interlocutor, convierte a ambas en imágenes superpuestas, donde  una se comprende a través otra, en  una especie de retorcida visión de la mente humana carente de personalidad y sentido. Y es que la enfermera - que el autor llama "Alma" con toda perversa intención - parece sucumbir a así misma en medio del silencio inquietante de la enferma, mirándose con una atención cruel que termina convirtiéndola en la propia víctima de sus propias pulsiones reprimidas.

Pero como en un salón de espejos, Bergman no se conforma con jugar con la dualidad de las protagonistas, sino que crea incontables fragmentos que parecen provenir directamente de ese diálogo estéril entre ambas. La complicidad que sugiere pero que no existe en realidad, construye finalmente la idea de la máscara del otro, del que se oculta bajo lo que insiste en encontrar en quien se refleja. Un mundo dividido entre la realidad y la apariencia, las mujeres que terminan siendo una sola, fragmentos una de la otra.

Lo más asombroso es que Bergman no intenta reflexionar esencialmente sobre la comunicación humana, sino que en realidad se cuestiona sobre la reacción humana con respecto a su opinión sobre lo que le rodea. Probablemente, con ese cinismo casi lírico como dicótoma toda su obra, Bergman demuestra que la mente humana tiene filos y bordes inexplorados y que la necesidad de comunicación es solo otra obra de artificio, otra visión del tiempo que se deshace y la visión que la desborda, en su necesidad de encontrar identidad.

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