viernes, 9 de septiembre de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Septiembre: Grecia. Petros Márkaris.,





Lo primero que suele decirse de de Petros Márkaris es que es un hombre tranquilo, una descripción que parece no sólo definir su perpetúa calma sino algo más elaborado y sin duda personal. Porque Márkaris, conocido como el escritor griego “más franco y combativo” de la actualidad, es un testigo de su tiempo y también, un hombre que está convencido de la pertinencia de mirar la realidad de su adoptiva Grecia — o como bien ha insistido, de su Patria misteriosa — como una circunstancia de profundo significado. Y lo hace a través de su prosa sencilla, directa y con una capacidad para el análisis de la realidad política que sorprende por la fluidez de su discurso. Para Márkaris no hay nada del pasado o el presente griego que no deba ser articulado en una serie de interesantes reflexiones sobre sus consecuencias y su poder de evocación. Como escritor, Márkaris comprende el ahora y el después como un suceso narrativo único. Una elaborada reflexión sobre sus particularidades y también, sus implicaciones más. Y quizás allí reside su triunfo.

Márkaris es una de esas figuras que no necesita la fama para asumir el valor de su trabajo literario, pero que aún así la agradece con una sincera sonrisa y una amabilidad campechana que lo han hecho famoso. Y es que el escritor sólo necesitó reformular su narrativa — y su capacidad para contar la historia cotidiana desde una cierta visión cínica — para llegar al gran público. De la misma manera que Raymond Chandler y Patricia Highsmith alcanzaron una popularidad inesperada e inaudita gracias a sus inolvidables Marlowe y Ripley, Márkaris logró atravesar atravesar el fino velo del reconocimiento mundial gracias a su entrañable Comisario Jaritos, que de una u otra forma refleja la crisis Griega mejor que cualquier otro personaje real o ficticio del país. Márkaris creó un personaje cercano, profundamente humano, falible y reconocible y además, lo dotó con una enorme conciencia de sí mismo, que le dotó de una cercanía difícil de explicar. Jaritos, como reflejo de la obra de su autor, describe a la perfección esa necesidad de Márkaris de construir una realidad literaria comprensible. Nada le es ajeno a este afable agente policiaco, que deambula por una Grecia convulsa y la admira — a pesar de todo o quizás por todo — desde un íntimo afecto que sorprende por su sinceridad. Para el escritor, esa visión de lo cotidiano y su valor es sin duda uno de los elementos más reconocibles de su trabajo y más allá de eso, una construcción esencial para comprender su curioso punto de vista.

Pero además, Márkaris es un experto en desmenuzar la realidad con una precisa reflexión sobre sus implicaciones y una dosis considerable de sentido del humor. Tiene la habilidad única de narrar lo inmediato y a través de sus personajes, hacerse preguntas pertinentes sobre el futuro, en una especie de ciclo interminable que asume por completo indispensable para profundizar en su lenguaje literario. Nada parece ajeno a la amplia sonrisa de Márkaris, su afabilidad a toda prueba pero también ese leve cinismo con que dicótoma lo corriente hasta encontrar sus capas de significado más profunda. Y es que el escritor está convencido de la pertinencia, el valor y el peso de la memoria colectiva como parte de un planteamiento más esencial sobre la identidad universal.

En la obra de Márkaris hay una marcada predilección por la zozobra del día a día. Todos sus personajes son héroes discretos que se enfrentan todo tipo de problemas marcados por una visión sobre lo cotidiano casi tediosa. Y no obstante Márkaris encuentra la manera de reelaborar la idea para hacerla cercana, comprensible y ligera. Una especie de mirada a dos bandas — la de una ligera y utópica trasgresión y un mero pragmatismo — que hacen la obra de Márkaris imposible de definir a primera lectura. En este juego de espejos que el escritor construye a partir de lo simple hasta alcanzar una complejidad asombrosa e incluso desconcertante, nada es casual ni mucho accidental. Como si cada libro de Márkaris se sostuviera sobre un precario equilibrio discursivo que el autor logra a través de un preciso pulso narrativo.

Quizás esa ambigüedad se deba a que Márkaris es incapaz de definir las referencias inmediatas de su obra. Como armenio sufre la paradoja de no tener nacionalidad y a la vez, ser ciudadanos de varios países y ciudades a la vez. De manera que siendo turco de nacimiento, es también griego de corazón. Y entre ambas cosas nace una desigualdad temática que el autor sostiene a través de una prosa limpia que hace que su manera de contar historias sea deudora de esa noción sobre la parquedad tan de Europa del Este que también parece influenciado. Y entre todo lo anterior, subsiste esa obsesión de Márkaris por asumir su responsabilidad como cronista de su época. Como si necesitara brindar un emocionado tributo no sólo a la Grecia que le recibió con los brazos abiertos sino también a ese pasado complejo que lleva a cuestas.

La historia de Márkaris como escritor no es sencilla. Siendo guionista, decidió por cuenta y riesgo propios comenzar a escribir libros de ficción para contar a esa Grecia que parecía no sobrevivir con buen pie a sus propios abismos. Y lo hizo como había aprendido a hacerlo: desde la periferia, con una percepción casi cinematográfica de cada escena y de cada puerta abierta de su memoria. Izquierdista y dado al progresismo, el escribir sobre esa Grecia profunda y desconocida también le brindó la oportunidad de analizar al país al margen del estereotipo: quizás por ese motivo su Kostas Janitos sea una excusa — o mejor dicho una pieza indispensable — para contar la Grecia en crisis y la Europa envuelta en todo tipo de conflictos cotidianos. Gracias a Janitos — que ya lleva a cuestas casi diez novelas y sobre todo, tiene todas las papeletas para convertirse en un símbolo nacional griego — Márkaris se analiza como ciudadano pero también como un privilegiado testigo de una visión sobre lo contemporáneo de la sociedad que lo vio nacer. Decidido a contar la historia del antes y el después, Márkaris construye página a página la crónica más fidedigna de la que se tenga noticia sobre la circunstancia de una crisis que saltó a los periódicos del mundo por su violencia, crudeza y profundidad. Pero Grecia sigue siendo Grecia y Márkaris está allí para contarlo.

Quizás por ese motivo, el escritor decidió que era buen momento para avanzar por los terrenos movedizos de lo autobiográfico. En su más reciente novela “la muerte de Ulises”, el escritor juega a una extraña vivisección de su personalidad como escritor y esa presunción de la identidad que todo escritor sostiene como parte de una idea mucho más amplia. En la novela, un octogenario griego regresa a la Estambul donde nació, casualmente de la misma manera que Márkaris sueña con hacerlo, sin aún lograrlo. Y esa visión de la idea más íntima sobre su relación con sus recuerdos — como Márkaris se recuerda y cómo recuerda al país donde nació — lo que hace que su obra parezca evolucionar hacia algo más emotivo y duro de asimilar.

Pero también Petros Márkaris está enfadado. Tanto como para rebelarse a esa sensación insistente que Grecia — su circunstancia — se le desborda de los dedos, se hace movediza y el mapa se traslada a otra visión del tiempo y el espacio personal. Y de ese disgusto — fruto de la crisis Griega, del dolor de la pérdida de la ideología política e incluso del enfrentamiento con sus aliados naturales — hace que los libros de Márkaris parezcan flotar de manera irremediable hacia la crítica. Con su habitual estilo directo y su visión personalísima sobre la complejidad de la crisis económica y política de su país, Márkaris reflexiona con entusiasmo sobre el poder de la identidad en medio de un país que se desmorona a pedazos pero más allá de eso, acerca de esa lucha consecuente por un ideal fallido. Márkaris no se engaña: mira a Grecia transformarse en una caricatura de sus aspiraciones más elementales y de pronto, esa noción lo es todo. Tanto como para meditar sobre los motivos por los cuales la crisis acaece — como si se tratara de un personaje dentro de la frágil dinámica de sus novelas — y de sus consecuencias. Para el escritor el miedo, la pobreza, la inseguridad y la inestabilidad es algo más que un telón de fondo que se estructura a partir de una percepción mucho más esencial sobre el gentilicio. Esa comprensión lo lleva a asumir por cuenta y riesgo la necesidad de contar a la Grecia real a través del artificio simple de la novela negra. Y disfruta haciéndolo y además, lo hace muy bien.

Y es que Márkaris es lo suficientemente sagaz y directo para no pensar en las respuestas posibles a la colosal circunstancia que llevó a su país adoptivo a la quiebra y que convirtió su día a día en una mezcla de luchas interinas por recuperar un precario equilibrio. Desde sus objeciones formales a la política Griega hasta análisis muchos más complejos sobre la noción de la identidad, Márkaris avanza hacia una sólida conclusión narrativa. Su discurso político en cada una de sus novelas es impecable, tanto como para que sus personajes parezcan sortear las trampas de lo divulgativo y lo argumentativo para crear un sustento intelectual impecable. Las conversaciones de Janitos con su mujer y sus subalternos, su mirada responsable y cansina sobre la percepción de lo que ocurre a su alrededor es tan poderosa como inmediata. Todo griego puede reconocerse en este polícia cansado y un poco cínico. Más allá de los tópicos del género, Janitos es un hombre brillante, sensible, un buen padre de familia. Un buen griego. No sólo es un esposo ejemplar sino un padre con enorme paciencia, lo que hace del personaje una mirada casi amable sobre esa identidad griega tan magullada luego de años de críticas y luchas interinas. A través de él, Márkaris aborda el pensamiento más duro y también, el más simple. Y de nuevo surge esa ambivalencia inevitable, llena de matices que dotan a sus personaje — y a su obra como conjunto — de una mirada casi poliédrica sobre la realidad. Márkaris analiza los problemas de una actualidad fragmentada y también, el de las nuevas generaciones. En medio de ambas cosas, el escritor encuentra no sólo la manera de contar una historia cotidiana desde una nueva perspectiva sino que además, lo hace con una enorme perspicacia.

Con frecuencia se le critica al autor describir una Grecia al borde del colapso que pocos se atreven a reconocer. No obstante, Márkaris se defiende desde la camaradería y la aparente simplicidad: insiste en que la Grecia que le acogió como hijo adoptivo y la que padece los avatares de una ruptura histórica incontrolable son una misma visión de la verdad, aunque interpretada desde cristales paralelos. ¿Que tan grave es la ruptura entre la Grecia de hace veinte o treinta años y la actual? ¿Que tan profunda es la división de los Griegos entre ideales y pesares? ¿Lo está tan dividida como lo sugieren las novelas de Márkaris? El mismo autor se encarga de resolver la controversia en su habitual estilo campechano: “En parte, pero ya sin esa carga ideológica. A los jóvenes les da igual la política y eso es preocupante. Eso sí, fruto de la Guerra Civil, toda la política se basa en la agresividad y el enfrentamiento”, insiste con cierta pesadumbre. Con Grecia al borde del abismo económico, de pronto la identidad del griego tradicional es más necesaria que nunca y Márkaris se encarga de dejarlo claro, en medio de la habitual controversia que rodea sus obras y su particular punto de vista. En una reciente entrevista al periódico Español El País, se le preguntó si había un perspectiva concluyente sobre cómo el resto del mundo percibe la tragedia Griega. De nuevo enfurecido el autor no dudo en asumir la carga ideológica con una perspectiva clarísima sobre el particular “Europa no está viendo esta crisis como un problema más allá de lo económico. A nadie le importa enseñar una mentalidad común a los jóvenes. No hay un discurso que dé coherencia a la unión. Y ante la ausencia de un mensaje que explique a la gente las cosas, la extrema derecha se aprovecha. Así que si me pregunta si estoy enfadado con Europa la respuesta es que sí, claro que estoy enfadado” concluye con cierto desaliento.

Pero más allá de eso, de la crítica realista y el análisis político, Márkaris sigue siendo un escritor. Y un escritor muy prolífico. Tal vez por eso, su evolución es inevitable. Siempre sonriendo, siempre con enorme conciencia de su observación privilegiada, el autor ya se prepara para su siguiente libro: “Estoy empachado de crisis. Será una historia sobre el crecimiento, sobre cómo Grecia vuelve a ser rica. Pura ciencia ficción” comenta desde las preguntas de la entrevista con un cinismo tenue que recuerda a su Janitos. O mejor dicho que recuerda que en la obra de Márkaris nada es casual. Una pieza reflejo de una idea sobre Grecia — sobre sí mismo e incluso el mundo entero — mucho más amplia y compleja que lo que cabría imaginar.

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