domingo, 4 de septiembre de 2016

Danza en la mirada infinita y otras historias de brujería.




Despierto con un sobresalto, casi como si el sueño me abandonara en una rápida oleada. Me quedo en la cama con los ojos muy abiertos, pensando en si volveré a dormir o quizás, como suele ocurrirme cada noche, permaneceré despierta hasta la primera luz del sol. La idea me preocupa y me inquieta. Con un suspiro, me enfundo en mi viejo suéter de lana y salgo a la oscuridad del pasillo fuera de mi habitación.

Camino a ciegas, tropezando con la alfombra roída y los muebles viejos que llenan el segundo piso de la casa de mi abuela - la sabia, la bruja - a los que aún no me acostumbro. Tengo ocho años y todavía, el insomnio me parece un descubrimiento, una idea asombrosa, una especie de raro espacio entre la luz del día y la quietud de la noche que me lleva esfuerzos comprender. De manera que camino entre las sombras, sintiéndome libre muy libre y también un poco, atolondrada. La casa nueva me parece enorme y desconocida, con sus crujidos inesperados y sus extrañas formas en la oscuridad.

Desde que recuerde, he sufrido de insomnio. Uno muy pertinaz, por cierto. Y aunque se debe a una condición médica, hay mucho de complicidad, de celebérrima rebeldía en eso de no dormir. O al menos, lo era cuando era niña.  Hay algo misterioso, inquietante, en estar despierto mientras el mundo duerme. Me gustaba imaginarme al mundo dormir cuando lo recorría a ciegas, a tientas. Me acostumbré a ser silenciosa, a escuchar música en tono muy bajo, a hablar en susurros, a leer con lámparas para que mi vigilia pasara inadvertida. Me sentía parte de una historia que se escribía a las sombras, de una idea sobre la realidad ligeramente torcida, como si mi insomnio me mostrara el borde roto de la cotidianidad.

Encuentro la puerta de la biblioteca de mi abuela. Es un lugar extraordinario o al menos, a mi me lo parece, con sus filas de anaqueles llenos de libros desordenados y sus mesas llenas de papeles para escribir. Entro, con paso sigiloso, mirando aquel mundo de solapas de cuero y páginas llenas de historias en penumbra. Me acerco al mueble más cercano y tomo un libro al azar. Luego me dejo caer sobre la alfombra, con el libro desconocido abierto entre las piernas, preguntándome que nuevo prodigio encontraré en él.

También, desde que recuerde,  me ha encantado leer sobre Diosas y Dioses nocturnos, sobre vampiros y otras criaturas que habitaban la noche. Por curioso que parezca, no lo hacía por morbo -  por otro lado, era muy pequeña para un pensamiento semejante -  sino por una necesidad de preguntarme en voz alta y en palabras, si había un lugar para los desvelados, los que miraban la oscuridad con los ojos abiertos, en el arte y la historia no escrita de la humanidad. La había por supuesto, pero no era un lugar honroso: la mayoría de las Diosas nocturnas eran consideradas malignas, otras llanamente secundarias. Y es que había una visión marginal de la noche, de la oscuridad, quizás un símbolo de ese temor de la mente humana a lo que no puede ver, a lo que es incapaz de comprender. Pensaba todo aquello sentada a solas en la oscuridad, escuchando esa tranquilidad intima de las madrugadas. Porque la noche tiene su propia identidad, su propia manera de entenderse. Y yo la aprendí, en los largos años que mis mejores horas comenzaban justo con las primeras sombras de la tarde.


- ¿Agla?

La voz de mi abuela me sobresalta. Su figura rolliza y alta aparece por la puerta entreabierta de la biblioteca. Lleva una de sus bonitas batas de franela blanca y el cabello trenzado bien sujeto a la nuca. No parece disgustada ni sorprendida cuando me encuentra sentada sobre el suelo de madera, con las piernas cruzadas y un libro sin abrir sobre las rodillas.

- No tenía sueño - le explico con toda naturalidad - y vine a leer un rato. Me gusta hacerlo cuando nadie me ve.

Abuela me contempla con la cabeza ladeada. No nos conocemos mucho aún: llevo menos de dos meses viviendo en su casa y todavía, somos dos extrañas conociéndonos de a poco. Pero ella sonríe con amabilidad y se acerca a donde me encuentro para sentarse a mi lado. Lo hace con cierta dificultad y con un sobresalto pienso que quizás abuela - esta mujer asombrosa que me tiene tan desconcertada - no es tan joven como parece. O al menos como la imagino, colosal y atemporal.

- Esta bien. Es mejor leer que preocuparse por no dormir -dice con toda naturalidad - ¿que libro tienes allí?

Me lleva unos momentos asimilar sus palabras. Mi mamá me solía reñir con mucha frecuencia a causa de mis paseos nocturnos, de mi incapacidad para dormir e incluso, del simple hecho que nunca me molestó demasiado no poder conciliar el sueño. Pero mi abuela parece divertida con la idea, o al menos, lo suficientemente intrigada para de momento, no estar molesta. Cuando me repongo de la sorpresa, le extiendo el libro con un gesto respetuoso. Ella sonríe.

- Diosas y Dioses del mundo antiguo - lee en voz alta. Estiro el cuello para leer yo también - es un buen libro.
- ¿Me lo dejarás leer? - pregunto.
- Sí, claro. Lo leeré contigo.

Me sorprendo de nuevo. Mi mamá siempre se preocupa por lo leo, casi tanto como por lo que como o la ropa que llevo puesta. Pero abuela parece llena de un entusiasmo contagioso por la simple posibilidad de la lectura que me hace reir. Abuela abre el libro en cualquier página y acaricia las hojas con la yema de los dedos. Cuando lo miro, una criatura fabulosa me mira desde sus páginas brillantes.

- ¿De qué trata el libro?
- Sobre Diosas y Dioses, tal como dice la portada del libro - me explica - sobre todos los que pueblan la noche y el día. Eso te interesa mucho ¿No?

Me le quedo mirando, aguantándome la risa. ¿Cómo lo ha sabido? me digo muriendo de curiosidad por los dibujos coloridos que lleva el libro. Abuela me dedica uno de sus guiños maliciosos.

- Es un buen tema. Sobre todo para alguien que no duerme mucho como tu - me da un rápido beso en la sien derecha. Aún me sorprende un poco lo efusiva y cariñosa que es abuela, en comparación con la distancia emocional de mi mamá. Pero una niña pequeña no piensa en esos términos o al menos yo no lo hacía. Sólo sabía que algo había cambiado y que el cambio me gustaba mucho.

- Es un gran tema para leer a cualquier hora, pero si no tenemos sueño, es aún mejor - comenta - mira acá, este capítulo se trata sobre Dioses poderosos y temibles: como Chalchiutotolin, que en la mitología Azteca es el dios de las enfermedades y de las plagas. O como Los fomoré ( fomorianos o fomoireos ) que según la mitología irlandesa los dioses de la Muerte, del Mal y de la Noche. O incluso Nix, que a pesar de no tener una connotación directamente misteriosa o temible, según la Teogonía de Hesíodo, había nacido del Caos. Todos son Dioses misteriosos, gracias a los cuales los antiguos imaginaban los peligros de la noche.

- ¿La gente siempre le tuvo miedo a la noche? - pregunto entusiasmada. El tema me encanta.
- Las Divinidades relacionadas con la noche parecían expresar ese temor mudo del hombre por lo que hay más allá del día, por lo que considerable visible y tranquilizador. Una idea muy primitiva esa - pondera abuela, pasando la página. Una criatura fabulosa de ojos saltones me mira desde los bordes del libro -  Algo tan viejo como nuestro temor a lo desconocido, como nuestra necesidad de confiar en Divinidades que pudiera protegernos - consolarnos - del miedo. Una vez leí que el hombre inventó la electricidad no por una búsqueda de progreso sino para olvidar los tiempos remotos en que la oscuridad lo era todo y las sombras un misterio. Y tal vez es verdad. No es fácil asumir el silencio de lo que no puedes ver y mucho menos, de lo que te inquieta por el mero hecho de existir.

Oh caramba, eso si era una idea extraordinaria, pensé desconcertada. Miré a mi alrededor, a la habitación llena de sombras que nos rodeaba, con sus libros silenciosos y sus ventanas cubiertas por sencillas cortinas de encajes. Tenía un aspecto venerable un poco enigmático a mitad de la noche, muy distinto al brillante y corriente que lucía durante el día. Me pregunté si esa capacidad de la oscuridad  para asombrar y atemorizar tenía que ver con el miedo. O mejor dicho, esa sensación de desconcierto que provoca el simple hecho de la ausencia de luz.

Pero como digo, una niña no analiza las cosas en términos tan complejos. Con ocho años y mi insomnio a cuestas, lo único que se me ocurría pensar es que el mundo de la noche era muy distinto al del día. Y que lo era por razones que aún no comprendía muy bien y que la mayoría de las veces me resultaban confusos e incluso un poco inquietantes.  ¿Sería a eso lo que se refería mi abuela al hablarme sobre los Dioses de la Noche?

- Entre todas las deidades de la noche, mi favorita siempre fue Hécate, Diosa de la noche y de las brujas - siguió explicando mi abuela. Le dio la vuelta a la página. Ahora una mujer de extraordinaria belleza me miraba desde un intrincado paisaje nocturno -  Había sido originalmente una diosa de las tierras salvajes y los partos, originaría de la Grecia micénica. Más tarde,  En la Alejandría ptolemaica tomaría la connotación levemente inquietante como se le conoce actualmente connotaciones: Diosa de los Fantasmas, las encrucijadas y los espíritus. Para la tradición de brujería que práctico, Hécate ocupa un lugar especial: es la Diosa de las brujas, el Lado oscuro de la Luna, del misterio y de la belleza de la noche. La primera vez que leí su historia  contada por Hesíodo, la encontré poética: Hécate era la única hija de Asteria, Diosa de las estrellas.  Su abuela era Febe, la anciana titánide que personificaba la luna, el poder de la luz y el filo de la noche, ese extraño momento donde la noche y la día se confunden y que yo conocía tan bien por mis desvelos. De hecho, se decía que Hécate era una reaparición de Febe, y por tanto diosa lunar, que se manifestaba en la oscuridad de la luna. En la penumbra, en la belleza de la Luna que espera, que aguarda, que mira en silencio. En muchas partes se le considera aterradora, incluso temible.

Mi abuela acarició con la yema de los dedos la imagen en la página del libro. Me asombró lo hermoso de la imagen, el tranquilo rostro de la Diosa que representaba. Su rostro sereno, plácido y poderoso parecía mirarme desde el papel con una expresión de ultraterrena tranquila.

- ¿Por qué se considera a Hécate temible? - pregunté.
- La oscuridad siempre atemoriza - me respondió.
- Eso ya lo sé - opiné con un suspiro - Pero no entiendo por qué a Hécate...

No supe cómo expresar la idea. Recordé mis tranquilas noches de insomnio, mis lecturas de madrugada, mis recorridos de un lado a otro por la oscuridad de la casa. Eran momentos de suprema paz y casi ternura. Me sentía flotar en medio de un silencio tranquilizador que muy pocas encontraba en el día.

- Porque la oscuridad representa lo desconocido.  Es el límite de lo que puedes controlar - suspiró - la humanidad se acostumbró a temer a la oscuridad sin saber exactamente por qué. O quizás, sólo ateniéndose a esa sensación de peligro tan cercana como irracional que parece parte de nuestra naturaleza.

Cerró el libro y luego se levantó con movimientos lentos del suelo. Me dedicó una mirada juguetona.

- Ven, vamos a caminar un rato afuera.

Me entusiasmé. Me apresuré a seguirla cuando salió de la biblioteca y avanzó por la oscuridad hacia la pequeña puerta que daba hacia el jardín que rodeaba la casa. Jamás me había aventurado por el lugar durante la noche y que podría encontrar allí me llenó de curiosidad.

El jardín de la casa de mi abuela era desordenado, atípico y no se atenía a regla alguna. Estaba lleno de macetas rotas y mucha maleza desordenada. Pero a mi abuela le encanta que  tuviera personalidad, vida propia. Y a mi también. Recuerdo las peonías cayendo en cascada por las paredes, o las rosas enanas retorciéndose en las columnas carcomidas por jejenes. Había algo bello, en ese aspecto descuidado pero frondoso, en las buganvilias rosa encendido brotando de cualquier parte como un milagro de color. Era de hecho, mi lugar favorito de toda la casa - junto con la biblioteca descuidada - y probablemente ambas lugares me encantaban por la misma razón: ese leve dejo a caos, a resquebrajadura que yo siempre consideré una forma de belleza.

Me sorprendió su belleza en la oscuridad: el follaje mal cortado brotaba como líneas de sombras entre la oscuridad y los colores apagados de las flores parecían flotar en medio de la penumbra con una rara hermosura. El aire helado que bajaba de la montaña tenía un fuerte olor a lluvia y la ciudad dormida más allá, parecía flotar sobre la muralla de piedra de aspecto misterioso. Sin saber muy bien por qué, me encontré caminando pegada a las faldas de mi abuela, sobresaltada.

- Hablas de lo desconocido como...un sitio en alguna parte - dije de pronto, como si me hubiese llevado un buen rato comprender lo que había dicho antes.
- Lo es, por supuesto. En tu mente. En tu manera de entender el mundo. No es sencillo comprender que hay cosas que desconoces, que ignoras mucho del mundo que te rodea. Ahora el hombre tiene la arrogancia de asumir la sabiduría como una necesidad insatisfecha, pero por mucho tiempo fue una certeza. No saber era una manera de asumir la realidad.

Esa idea daba un poco de miedo, pensé. Me subí al muro de las buganvilias y el olor me rodeó, duro y húmedo. De noche, era muy parecido al que tenía en el día, solo que más suculento, crujiente. Un poco desordenado. Me pregunté si así era en realidad, desnudo del orden de lo visual, de la luz de las cosas corrientes. En la oscuridad, las cosas lucen un poco mejor.

- Y entonces la Diosa  Hécate ¿representa esas cosas?
- Quien sabe. O personifica  los misterios,  que podría ser lo mismo pero no lo es. Recuerda que antes de ser la Diosa de la brujería, Hécate fue la Divinidad protectora de las parturientas. Otro misterio para el hombre primitivo. La mujer podía crear vida, traerla al mundo en medio de gritos de dolor. ¿Como se explicaba aquello? Para las tribus antiguas, debió ser un portento.

Lo imaginé de inmediato: una mujer tendida en la tierra, gritando de dolor. Las figuras de la tribu a su alrededor, confundiéndose en el asombro. Y ella luchando por su vida, por la de su bebé. De pronto, unas manos arrugadas, sarmentosas se extendían para recibir al recién nacido. La vieja desdentada sonreía triunfante y miraba a la mujer jadeante y exhausta. Un secreto entre ambas. Como la Luna que iluminaba la escena.

- Hécate es el poder de lo que no puedes asumir de inmediato: lo extraño, lo inquietante, lo desigual. Por eso tiene tres rostros. Los griegos temían a las encrucijadas de tres caminos: estaban convencidos conducían a tierras oscuras y al temor. Por entonces, a Hécate se le consideraba la Diosa de las Tierras Salvajes y las zonas inexploradas.

- ¿Y a las brujas también se le consideraba todas esas cosas?- pregunté. Mi abuela soltó una de sus carcajadas estruendosas.

- Claro. En todas las épocas una mujer con conocimientos era misteriosa. No era lo usual, en ninguna civilización, que la mujer tuviera educación. No era un tema de prejuicio, como se interpreta actualmente, sino de practicidad. La mujer se ocupaba de los hijos, de la cosecha, del marido. Para eso había que educarla. ¿Qué sentido tenía brindarle educación más elevada? Eran tiempos simples, tiempos temerosos, temibles. La mujer tuvo que luchar por abandonar esa región oscura de no ser nadie y encontrar su nombre. Tal vez por ese motivo también, las Diosas eran inquietantes, indescifrables.  En los oráculos caldeos, a Hécate se le relacionaba con un laberinto serpentino alrededor de una espiral, llamado rueda de Hécate. Un  simbolismo claro del poder de la  serpiente para renacer y superar la muerte, para abandonar la oscuridad.

"Algunas mitologías hablaban del laberinto de conocimiento - sabiduría y misterio, otra vez - a través del cual Hécate ofrece la llama de la  Vida: «Los senos productores de vida de Hécate, esa Llama Viviente que se viste a sí misma de Materia para manifestar la Existencia». Un pensamiento profundo que parecía expresar esa noción del hombre primitivo sobre el poder del conocimiento y más allá, del poder de crear."

- Hécate es la Diosa de...las cosas misteriosas, entonces más que de la noche - concluí. Mi abuela me dedicó uno de sus guiños humorísticos, como si toda aquella larga conversación hubiera tenido el único sentido que yo llegara a mi propia forma de ver la historia de la Diosa. A la distancia de los años, supongo que era así.

- Hécate es la alegoría más diversa que conozco sobre el poder de construir nuestra opinión sobre lo desconocido. Una manera de asumir lo que tememos como parte de nuestra mente o incluso, una visión en si misma. Todo es desconcierto. Nada es claro. Luchamos contra la incertidumbre.

Me sobresaltó ese pensamiento, aunque no supe por qué. Lo sabría años después, después de haber leído en El evangelio de las brujas - incompleto y poco confiable compilado realizado Charles Leland (1899) acerca de la tradición de Brujería Italiana - que en algunas regiones de Europa, había existido un culto a  Diana parecido al de Hécate. Investigué al respecto, confundida por la idea que ambas diosas pudieran confundirse y no encontré indicio alguno que  Diana representada en la obra de Leland se tratara en realidad Hécate o no. Y no obstante, la mera confusión ( Las Diosas, en medio de los hilos de tradiciones perdidas y casi olvidada ) me hizo preguntarme si la cualidad más inquietante de Hécate sería la de representar la confusión de nuestro modo de comprendernos, la nocturnidad en nuestra mente.

¿Quién podría decirlo?

Pero una niña de ocho años, no piensa en esas cosas. En lugar de eso, miré hacia la noche, con los ojos muy abiertos y asombrados.

- La Diosa Hécate entonces representa todo lo que no vemos ¿no? - dije con toda inocencia - las cosas que se guardan en la oscuridad. Las cosas que aprendemos y no le decimos a nadie.

Mi abuela me dedicó una mirada larga y serena. En el futuro, pensaría que sería la primera vez que alguien me dedicó una mirada adulta. Y ese pensamiento me hace sonreír.

- Sí. La Reina de las Brujas simboliza el poder de lo desconocido, de esa búsqueda incesante de conocimiento. Ese recorrido visceral que toda bruja lleva a cabo en algún momento de su vida. Esa mirada hacia el infinito que le lleva a reconocerse a sí misma.

Me quedé muy quieta, dejando que las palabras me rodearan enredadas en el viento nocturno. Tuve la sensación que esa noche, había descubierto algo de vital importancia, aunque todavía no sabía que era con exactitud. Pero me gustó esa sensación de portento, de asombro que encontré en mitad de la oscuridad, entre el temor imposible inevitable y algo más profundo. Mi abuela me apoyo la mano en el hombro y suspiró. Su figura muy alta y extraordinaria en la oscuridad.

- Toda bruja avanza por lo que cree y necesita aprender en la oscuridad - dijo entonces - lo hace a ciegas, con las manos extendidas. Camina en busca de conocimientos, cuestionando lo que mira, haciéndose preguntas sobre lo obvio. Una Bruja lucha contra el miedo, lo combate con sabiduría. Una bruja es sin duda, una Hija de la Noche.

Me gustó la frase y lo que podía significar. Y cuando mi abuela me tomó en brazos para volver al interior de la casa, miré la enorme cúpula del cielo nocturno como un reflejo de mi mente. Una puerta abierta hacia la imaginación y el conocimiento. Una forma de soñar y crear.

***

De adulta, ya no disfruto tanto mi insomnio. No obstante, sigo siendo una hija de la Noche.  Lo aprecio, en realidad, que es una sutileza que deja un espacio para el cansancio, el inevitable agotamiento físico. Pero aún así, agotada, sigo disfrutando del amanecer. De la línea de luz que une la noche con el día. Y también, de hacerme preguntas. Todas las que pueda. Cada día. Como una manera de crear.

C'est la vie.

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