jueves, 19 de marzo de 2015

Evapolita y su lucha contra la báscula: La ilusión de la belleza y otras luchas mínimas.






Hace unos cuantos meses, alguien en mi TimeLine Twitter dedicó al menos una hora a ponderar, tuit a tuit, lo “bendecida” que era por ser una mujer delgada. Lo hizo, dejando en claro que su contextura era poco menos que un obsequio de la naturaleza y que además, la colocaba en la poco alentadora posición de levantar la “envidia y odio” de las mujeres a su alrededor. Por último, concluía la reflexión con una única frase: “Todas quieren ser delgadas, lo admitan o no. Por eso nunca tengo amigas”.

La intrincada perorata me dejó preocupada y confusa. Sobre todo, porque me pregunté si realmente era cierto, que un accidente físico como la delgadez — de la misma manera como lo es tener algunos kilitos de mes — era el deseo inconfensable de una mujer a cualquier edad. Un pensamiento pragmático pero que sobre todo, parece coincidir con esa percepción tan popular de la belleza y aún más, esa imposición estética que insiste en que todos debemos ser delgados, esbeltos y a ser posibles musculos. Me pregunté en voz alta, con toda la sinceridad que fui capaz, si realmente mi mayor deseo inconfensable — el secreto, el intimo, el que no le confesaría a una sola alma — era ser delgadísima. Tanto que no tuviera que preocuparme por lo que como, por el conteo de calorias, por la constante presión estética sobre mi aspecto físico. Por la sensación de ser constantemente juzgada por como me veo, de sentir con enorme claridad, esa mirada crítica social por el hecho de lucir como se supone debería verme. Así que, me miré al espejo — sin estirar el cuerpo para verme más delgada, sin presionarme el vientre con las manos delgadas para verlo más plano — y me cuestioné con directa sinceridad: ¿Lo único que deseo es ser delgada?

He luchado contra mi peso durante toda mi vida. De hecho, mi relación con mi cuerpo siempre ha sido complicada y dura. Fui una adolescente delgadísima, huesuda y sin ninguna curva femenina hasta que en la Universidad, comencé a aumentar de talla y peso debido con toda seguridad al nuevo estilo de vida y sobre todo, a esa desfachatez alimenticia de la primera juventud. Fue toda una bendición: por entonces, era tal delgada — sólo angulos en un cuerpo huesudo y enclenque — que el subito aumento de peso me hizo sentir hermosa. Pude llevar la ropa que siempre había deseado lucir — y de la manera en que siempre quise hacerlo — pero más allá de lo superficial, el súbito florecimiento de mi cuerpo me hizo sentir profundamente femenina. Como si de alguna forma, el escote recién descubierto y la línea de las caderas visibles me brindaran un nuevo lugar bajo el sol. Hasta entonces, nunca había comprendido mi cuerpo de esa manera — crecí en una familia donde las mujeres maduran, engordan y encanecen y lo hacen con toda dignidad — pero lo cierto es que, el hecho de tener un cuerpo curvilíneo me hizo sentir atractiva de una forma como nada lo había hecho hasta entonces. Una especie de comprensión sobre esa feminidad corporal y biológica de la que nunca disfrutado antes.

Por supuesto, el breve período de gracia duró poco. Perdí el control del peso que aumentaba y muy pronto, rebase esa saludable imagen que tanto me gustaba. De pronto, comencé a sentirme incómoda por los mismos motivos que antes había celebrado. Y es que tener sobrepeso en una cultura donde se te insiste — en todas las formas posibles — en que debes ser delgada, no es sencillo. Comencé a sentirme abrumada por esa noción de mi cuerpo como inadecuado y aún más, que estaba cometiendo algún tipo de equivocación cultural, un error imperdonable por no coincidir con esa imagen ideal de la mujer en la que no parecía encajar. El mensaje estaba en todas partes: en las portadas de revista que me dejaban bien claro que los kilos de más me restaban no sólo belleza, sino feminidad. O al menos, como se comprende en mi país y en mi cultura. En las pantallas de televisión y de cine, donde bealdades delgadísimas parecían disfrutar de un tipo de belleza a la que sólo podía aspirar. Incluso de esa noción sutil que parece rodearte de las maneras más imprevisibles: las vitrinas de las tiendas llevando ropa diminuta y ajustada, los afiches de Moda con imágenes de mujeres de extraordinaria e imposible delgadez. Muy pronto, los kilos de más no sólo se trataban de un asunto de salud e incluso estética, sino de algo mucho más profundo, doloroso e intimo. La manera como me concebía a mi misma.


Así que desde ese punto, la respuesta podría haber sido sí, pienso mirando mi cuerpo imperfecto, con sus pequeñas marcas y desigualdades. Con las minusculas franjas de estrias en algunas partes, con sus blanduras indiscretas. Me cubro los senos — quizás demasiado pequeños para la aspiración cultural de una cultura obsesionado con el escote voluptuoso -, contemplo con los labios apretados las caderas amplias, las piernas sin definición muscular. Soy una mujer que no encajo en el ideal estético que se supone debería aspirar, al que necesito alcanzar. Como bien comentaba mi Follower en Twitter, esa insistencia en cómo debo verme, debería haberme empujado a intentar lograrlo a toda costa. A llevar a cabo todo tipo de dietas y ejercicios, a enfurecerme y frustrarme ante la idea de lo bello y lo perfecto. A sentir que el terror de no alcanzar esa espléndida visión sobre lo físico que se vende como natural, en ocasiones me aplasta, me deja afligida y vulnerable a la crítica. Me planto de pie frente al espejo. Levanto los brazos, aprieto los labios. ¿Ocurrió de esa manera? ¿La violenta voz cultural me empujó hacia el pensamiento que debo envidiar y sentir rencor por lo que fisicamente debo aspirar pero no puedo tener?

Desde luego, pasé un buen tiempo obsesionada con la idea. Llegué a los veinte años convencida que el sobrepeso era mi enemigo. También lo era mi cuerpo: desobediente y discolo, empeñado en continuar acumulando grasa en lugares incómodos a pesar de mis esfuerzos por evitarlo. Me obsesioné con lo que comía, sufrí de un trastorno alimenticio de considerable gravedad. Entonces fui delgada. Tan delgada que regresé a una adolescencia biológica que apenas recordaba. Volví a ser la misma chica huesuda y enclenque, solo que esta vez, me alegré de serlo. Disfruté de llevar la ropa que siempre había querido lucir, de agradecer los piroros por “mi fuerza de voluntad”, de verme como se suponía debía hacerlo. Todo eso, mientras me consumía de miedo, aislada y deprimida, obsesionada con cada alimento que me llevaba a la boca, aterrorizada por la posibilidad de engordar, luchando contra mi cuerpo con más saña y crueldad que nunca. Me veía delgadísima, por una vez pertenecí al ideal estético. Pero nunca me sentí peor, más atacada, más herida. También entonces me miraba al espejo, con una curiosidad cruel y despótica que tenía mucho que ver con la crítica. Miraba las costillas sobresalientes, la piel tirante y seca, los huesos prominentes de la cadera y me preguntaba si era realmente era suficiente verme de esa manera — y maltratar mi cuerpo así — para encontrar algún alivio a la presión social. Era una extrañísima noción sobre mi feminidad, sobre cómo me percibía y sobre todo, como asumía mi peso intelectual y físico. Más de una vez, lloré de pura frustración por esa extraña sensación de alivio y terror que me producía el acto físico de comer y peor aún, la mera idea de recuperar el peso perdido.

Pero me recuperé — o mejor dicho, asumí la responsabilidad sobre mi salud — y poco a poco, comencé a transitar el trayecto hacia comprenderme de una manera integral. Recuperé kilos y autoestima, pero sobre todo, con el transcurrir de los años, comencé a comprnder que mi autoimagen era una combinación de elementos, ideas y referencias culturales con las que debería lidiar por el resto de mi vida. Comprendí que la delgadez o la gordura, o el simple hecho de tener un cuerpo imperfecto en un mundo donde se me exige la perfección es una cuestión de analizar mi propia expectativas e ideas sobre quien soy con sinceridad. De contemplarme con amabilidad y de aprender — ese lento y complicado camino de asumir quien soy, antes de lo que se me exige ser — el valor de mis propias luchas y percepciones sobre la identidad. Un reflejo de mi intima individualidad.

***

Hace unos cuantos meses, la Revista Sports Illustrated causó revuelo al anunciar que incluiría en su célebre edición en traje de baño una modelo de talla Plus. Hasta entonces, la publicación había sido conocida por mostrar en su portada esbeltísimas bealdades y celebrar la belleza ideal de la mujer atlético. El nuevo giro editorial entusiasmó a los críticos de los estereotipos sexuales y dio mucho que hablar con respecto a la nueva concepción de la belleza, que timidamente parece rebasar los límites de la protesta y formar parte del Mainstream de medios y cultura pop. No obstante, la anunciada aparición de una mujer real en las páginas de la revista resultó ser otro símbolo de la cultura obsesionada con lo estético y más allá, con la concepción de un tipo de belleza irreal e inalcanzable.


Porque de hecho, aunque la revista si incluyó una modelo con un cuerpo curvilíneo y talla mucho mayor que las suelen ser fotografiadas en sus páginas (Ashley Graham, que con sus setenta y ocho kilos de peso rebasa por mucho el estandar de modelo ultra delgada de pasarela ) pero no lo hizo en la portada y mucho menos, en las páginas centrales. Lo hizo como parte de una campaña publicitaria de la marca de traje baños Swimsuitsforall. La modelo apareció fotografiada en un paisaje paradísiaco con un hombre cayendo rendido a sus pies y junto al hashtag para uso en redes sociales #curvesinbikini (curvas en bikini) y por supuesto, publicitando. De manera que no se trató de un símbolo de la nueva concepción del cuerpo femenino en medios de comunicación masivo y mucho menos, un triunfo de la imagen de la mujer real contra la imposición cultural, sino de una publicidad muy bien pensada para justificar la aparición de la modelo — y lo que pueda simbolizar — en la Revista. Claro está, el mero hecho que Graham pudiera pasear su curvilinea talla por las páginas de una publicación mítica por publicitar a la mujer como producto comercial, ya es un pequeño triunfo en medio de la lenta transición hacia lo que se concibe como belleza natural.

Pero aún así, continúo preguntandome si la esa transformación es suficiente e incluso significativa en medio de esa gran mirada concepcual sobre lo estético que todos debemos soportar alguna vez. Mi amiga M., que fue mi nutricionista mientras sufrí — y me recuperé — de mi trastorno alimenticio, está convencida que no.

— En realidad, una modelo talla “plus” también es una idealización — me comenta — las mujeres de talla “ancha” que aparecen en revistas, publicaciones y programas son en realidad mujeres que sobresapasan el estereotipo por muy poco. Son “normales” pero aún no, un reflejo del promedio de lo que es la mujer normal, con sus curvas, medidas inexactas y concepción natural de su cuerpo. Son dos perspectivas distintas sobre el mismo tema.

Nos encontramos en su consultorio, rodeadas de fotografías de mujeres sonrientes con cuerpos normales enfundadas en ropa interior blanca. Todas han sido sus pacientes y antes o después, han sufrido algún tipo de trastorno alimenticio. Algunas miran a la cámara con cierta timidez. Otras se cubren el busto con gesto protector. Incluso, en una de las imágenes, una de las mujeres se oculta detrás de una cortina de encaje que estiliza su cuerpo y lo convierte en una colección de elegantes sombras. Mi amiga suspira y sonríe con cierta tristeza.

— Cada vez que alguna de mis pacientes logra el peso ideal, les pido se fotografien y me obsequien la fotografía. Una fotografía de cuerpo entero que las haga sentir hermosas — me explica — pocas veces me las envían sin que yo insistia por mucho tiempo. Y cuando lo hacen, me dejan claro que aún no se sienten satisfechas con su imagen corporal, con la manera como se ven. Señalan estrias, huellas de celulitis, cicatrices. Blanduras. Eso, a pesar de haber alcanzado el peso ideal. Eso, a pesar de haber luchado durante años por recuperar la salud. El problema no es el peso, es la cultura que te juzga a través de un número que parece resumir tu propia autoestima y la manera como te comprendes.

Una de las fotografías, la mujer desconocida sonríe, salta sobre una playa soleada. Lleva un bikini amplio de color carmesí que destaca su piel muy blanca. La escena es feliz, hermosa, radiante. En la siguiente imagen la mujer posa con coquetería, el cabello suelto y rizado. Pero se cubre las caderas con un trozo de tela, se mira de soslayo con cierta timidez nerviosa.

— Todos batallamos contra nuestra imagen. Incluso quienes llegan a obtener la belleza y el tipo de figura que aspiran. No obstante, la idea cultural no deja de presionar, no deja de insistir en cómo debes verte. Es un trayecto constante y que nunca parece ser lo suficientemente bueno como para satisfacer ese ego social que te presiona desde todas direcciones.


Hace poco, leía una entrevista a la modelo Stefania Ferrario, modelo de lencería que la actriz Ditta Von Teese escogió para su más reciente colección de ropa intima y considerada talla “grande” por la industria de la moda. No obstante, Ferratio usa una talla 6 americana y es por tanto, mucho menos curvilínea de lo que suele ser una mujer promedio en suelo norteamericano. No obstante, rebasa el límite, esa frontera imaginaria de la forma como una mujer “debe verse”, o esa es su opinión. La modelo insiste que la palabra “Plus” define un tipo de mujer irreal “y que en realidad no refleja un cuerpo sano y saludable, para el cual no existe una única perspectiva”. Un análisis que parece englobar esa noción de la delgadez como un estandar ineludible — y sobre todo, imprescindible -al momento de definir lo estético, lo aceptable y lo bello en nuestra cultural.

— Se trata de la forma de mirar el cuerpo humano como estandar de belleza y crear a partir de su imagen un estereotipo único, lo cual, por supuesto es una idea histórica que se repite con frecuencia — comenta M. cuando le cuento sobre Ferrario — el mundo del modelaje es incluso más duro y exigente porque representa la depuración del ideal estético. El “como debes verte” más allá de cualquier percepción sobre lo real. Un simbolo de la cultura y la belleza como elementos de valor.

Me cuenta que hace algunos años, una de sus pacientes insistía en que “necesitaba” llegar a cuarenta y cinco kilos, a pesar que su estatura y su masa corporal sugerían que su peso ideal era cuando menos diez más que la línea que se había trazado como meta. Una y otra vez, M. le explicó que un peso tan bajo sólo podía ocasionarle problemas de salud, incluso peores a los que sufría por la obesidad. Pero la mujer parecía obsesionada por lucir “como una modelo” a pesar de todo. Finalmente y luego que M. se negara a recetarle algún tipo de medicamento que le permitiera bajar de peso con mucha más rapidez, la mujer dejó de asistir a la consulta.

— Supongo que consiguió algún otro lugar donde alguien le recetó lo que deseaba y llegó al peso que creía necesitar — me dice M. con cierta tristeza. Me muestra la fotografía de la paciente: una mujer muy joven de cabello castaño y de cuerpo promedio, que mira a la cámara con una expresión de profunda incomodidad. La imagen la envío luego de comenzar el tratamiento que no comenzó — se trata de una manera de comprender tu cuerpo como parte de lo que asumes como belleza o incluso, de lo que crees debe ser tu propia percepción estética.

Durante la época en que sufrí el trastorno de alimentación me pregunté muchas veces que era la belleza. Lo hice, mientras tomaba interminables botellas de agua y me aterrorizaba por llevarme a la boca un bocado de pan. Más de una vez, me asombro que para todos a mi alrededor, mi aspecto frágil y enfermizo fuera motivo de admiración. Una mujer con quien trabajé, solía alabar mi fuerza de voluntad — sobre todo después de verme comer con los labios apretados ensaladas sin aderezo y masticar con incomodidad bastoncitos de pan integral — y otra de mis amigas, insistió en que a pesar de mi agotamiento crónico y mi tristeza, “Verse delgada era un regalo de la naturaleza”.

Cuando llegué al consultorio de M., estaba convencida no podría superar el trastorno. Estaba muy obsesionada con mi necesidad de control sobre lo que comía y sobre todo, por como debía verme. La primera consulta, M. me escuchó quejarme sobre mis “caderas anchas”, mi “mejillas regordetas” y mis brazos “fofos”. Cuando no tuve nada más que decir al respecto, me pidió tomarme una fotografía a cuerpo entero, algo que no había hecho en meses a pesar de mi obsesión con los autorretratos. Acepté a regañadientes. Ella levantó la vieja cámara polaroid y disparó.

— Así te veo yo — murmuró. Tomé la fotografía con dedos temblorosos.

Vi a una chica asustada. Una chica pálida, delgada y huesuda, con los hombros rigidos, las piernas como de niña. Vi una chica de cabello ralo, las manos como ramitas. Una chica que miraba la cámara aterrorizada, a pesar de haber crecido con una entre las manos. Comencé a llorar, aunque no sabía por qué y por cual motivo las lágrimas me sabían tan amargas. Me sentía exhausta, apabullada, aplastada por la imagen que acababa de ver.

— No tienes ningun control sobre tu cuerpo. Sólo estás mirandote desde el temor.

Pasaría casi un año hasta que volví a fotografiarme de cuerpo entero de nuevo. Frente al espejo, en mi casa. En el consultorio. Me contemplé: era una mujer con un cuerpo normal e imperfecto, el cabello desordenado y brillante, que miraba a la cámara con entusiasmo. Mi amiga M. añadió mi fotografía a su colección de mujeres sonrientes.

— No se trata sobre tu delgadez o gordura. Hablamos de tu salud fisica y mental.

Poco después de eso, tropecé con la amiga que me había alagado por mi extrema delgadez. Miró mis cuerpo recién recuperado con sus habituales curvas con cierta tristeza.

— Bueno, algún día volverás a perder peso — me animó. Sonreí.
— Espero que no.



***

Continúo mirándome al espejo. Soy una joven adulta con un cuerpo que ha disfrutado de transformaciones y sobre todos, de pequeñas batallas intimas. Cicatrices, pequeñas marcas de luchas sin nombre, anónimas. Los senos de una niñas, las caderas amplías y reposadas de mi herencia étnica. Aún me preocupa lo que como — Supongo que nunca dejará de hacerlo — y también, continúo intentando comprenderme desde esa perspectiva amable de quien asume su identidad física y mental lo mejor que puedo. Y sonrío, a pesar de la inseguridad, de los pequeños dolores emocionales. Sonrío, incluso cuando tengo la sensación que mi cuerpo en ocasiones no me pertenece, es una especie de pequeña mezcla de elementos disímiles de una historia que me rebasa y que es mucho más vieja que yo.

Me inclino sobre mi reflejo. Me hago la pregunta de nuevo en voz alta: “¿Sólo deseo ser delgada?”. Otra vez, pienso en mi largo trayecto hasta este momento: en la adolescente que deseaba tener grandes senos para ser mucho más “femenina”, en la mujer delgadísima que lloró de miedo al verse retratada con toda crudeza, de la adulta temerosa y torpe que recorrió el trayecto para comprenderse mucho mejor. Y la respuesta llega como un suspiro, una visión elemental, una idea simple. Y

Lo que más deseo es ser mirarme con amabilidad, quizás, pienso. Los dedos apoyados en el cristal, sonriendo a la mujer de ojos oscuros que representa todos mis triunfos. Lo que más ansío, es crear y construir mi propia forma de asumir mi identidad.

Una manera de soñar.

Para leer:

I Am A Plus-Size Woman Who Wore a Low-Rise Bikini to the Beach and This is What Happened

1 comentarios:

Franklin Castillo dijo...

Excelente Felicitaciones !

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