miércoles, 30 de abril de 2014

Todos los rostros de la Venezuela contemporánea: ¿Quienes somos?



Mi abuela paterna era una ferviente "Copeyana", como se le llamaba hace un par de décadas a los militantes del partido político social Cristiano "COPEI" (acrónimo de Comité de Organización Política Electoral Independiente) y no se molestaba en disimularlo. En su casa, tenía una fotografía del ex Presidente Luis Herrrera Campins y siempre que podía, alababa la visión tan tradicional del llamado partido verde. Mi abuelo, por el contrario era un "Adeco", un militante del partido Acción democrática desde su juventud.  Se unió a las filas de la organización durante los años posteriores a la caída de Perez Jimenez y acudía a la conocida "romería blanca" puntualmente cada año. Más de una vez, me hizo reír al vociferar para quien quisiera escucharlo "Adeco hasta en el otro mundo".

No obstante, en casa de mis abuelos jamás se hablaba de política. De hecho, era un tema que se tocaba tan poco que era inexistente, a pesar del retrato de Herrera Campins en el estudio y de la gorra con el emblema de acción democrática en la habitación de las herramientas del abuelo. Porque la política no trascendía ese limite silencioso y sutil entre lo domestico y lo usual. La política, quizás por costumbre o simplemente porque no se comprendía como parte de la cultura, era una idea que parecía muy lejana, incluso desconcertante. Parecía resumirse a momentos muy puntuales: Los meses previos a cualquier evento electoral, las esporádicas retransmisiones de algún mensaje presidencial o esa rareza comunicacional como por entonces se consideraba a las llamadas "Cadenas". Tanto en casa de mis abuelos como en cualquier otra parte, la política no trascendía más allá que una conversación rutinaria, una idea casual que de vez en cuando tropezaba con lo cotidiano. Una visión desdibujada del poder, invisible pero presente a medias, en la vida corriente de cualquier Venezolano.

Siendo una adolescente, comenzó a interesarme la política más allá de ese hecho circunstancial de la elección y del personaje esporádico en la pantalla del televisor. Nunca supe muy bien que despertó mi interés: tal vez se deba al difícil momento histórico que sufría Venezuela, con esa herencia de la convulsión social que simbolizo el 27 de Febrero de 1992 o el hecho notable, que de pronto la política se había convertido en algo más que elecciones, en una idea mucho más orgánica y fundamental que esa interpretación un poco lejana que hasta entonces había tenido. Recuerdo que por entonces, había una cierta efervescencia en torno a la figura de la reivindicación social - que yo no entendía demasiado - y más aún, luego que Aristóbulo Isturiz ganara la alcaldía del Municipio Libertador, venciendo de manera sorpresiva a la maquinaria electoral de los partidos tradicionales en un golpe de efecto que asombró a propios y extraños. Tengo una imagen muy clara de la noche de su triunfo: Isturiz, emocionado y desconcertado, fue llevado en hombros por una multitud. Finalmente, alcanzó entre tropezones la tarima, rodeado de periodistas. Sonriendo, tomó uno de los microfonos que le ofrecían y grito: "¡ganamos coño!"

A mi abuela, la copeyana, no le gustó el triunfo del candidato de la Causa R (Causa Radical) y mucho menos aquel espectáculo de multitudes, esa aclamación entre vitores de puños cerrados y efervescencia pública. Mi abuelo la llamó "criticona" (llevaba la gorra de Acción Democrática cuando lo hizo) y ambos rieron por el inusual espectáculo de un alcalde que no llevaba traje ni corbata. Mi abuelo, lo olvidó rápido pero mi abuela, siguió preocupada unos meses después.

- ¿Que te molesta del profesor Isturiz? - le pregunté. Mi abuela se encogió de hombros.
- No sé, hija Yo creo que un buen funcionario público debe gustarle lo que hace y no llegar de improviso - dijo - pero eso ha pasado siempre. En Venezuela, la política es cosa de oportunistas y pocas veces de gente inteligente.

El ídolo de mi abuela - a pesar de que no era copeyano, me aclaró más de una vez - era Jóvito Villalba, uno de los propulsores de la Junta Patriótica que se crea en Caracas en el año 1957 y que se enfrentó desde el exilio a Perez Jimenez. Un hombre comedido, inteligente y sobre todo profundamente comprometido con el país, mi abuela lo consideraba una especie de héroe diminuto y anónimo de la escena política nacional. Respetable como pocos funcionarios, fue siempre para ella un ejemplo de lo que lo que un funcionario Venezolano debería ser.

- Pero además, era un hombre que sabía que el poder puede dañar. Que estaba profundamente convencido de la responsabilidad que se lleva sobre los hombros cuando se representa a un país - me explicó - todo funcionario debe recordarlo de vez en cuando: No son héroes. Son servidores del ciudadano.


Pensé en esa frase por semanas enteras. Y es que esa bipartidismo poco claro a la Venezolana, el servicio público no parecía ser una de las prioridades para el funcionario público. En nuestro país, el funcionario era tramposo, oportunista. Una figura ambigua que utilizaba el poder en beneficio propio, que mover los hilos para convertir el pesado aparato estadal en un monstruo burocrático para su propio beneficio. Quizás por ese motivo, me sorprendió comprobar que en otros países, la administración publica era parte de una visión de país mucho más moderada y sobre todo eficiente. Cuando comencé a leer sobre experiencias de trabajo político en España, Suiza e incluso la cercana Argentina, descubrí que la política podía ser mucho más que una imagen eventual en la pantalla de televisión, un voto a ciegas. La preeminencia de una idea clientelar sobre otra.

Por entonces, Hugo Chavez era candidato presidencial. Había un aire de efervescente enfrentamiento de ideas, una discusión publica sobre la refundación de la República. La constituyente, la apolitica, el enfrentamiento directo con las ideas tradicionales sobre el Estado Venezolano estaba en boca de todos. Incluso de mi abuelo adeco, ahora viudo y convertido en un tranquilo jubilado que escuchaba con atención lo que ocurría en las calles del país.

- Me preocupa sea un militar - me dijo cuando le pregunté su opinión sobre Hugo Chavez - hay una insistencia enorme en el tema del Militar como símbolo de prosperidad.
- Por Perez Jimenez - comenté. Mi abuelo se encogió de hombros. Nos encontrábamos en la tranquila sala de su casa, escuchando al candidado Hugo Chavez conversar en voz comedida y elocuente con un periodista. Lo recordé como la primera vez que lo había visto: Sobreviviente a su propia historia de violencia. ¿Quien era este hombre que representaba un tipo de aspiración social desconocida hasta entonces en Venezuela?
- Y también porque el Venezolano aclama al guapetón de barrio, al que insulta, al que habla a gritos - respondió mi abuelo - y este hombre encarna todas estas cosas.

Tenía razón. Años más tarde, el verbo pugnaz de Hugo Chavez transformó a Venezuela en un campo de batalla ideológico de consecuencias imprevisibles. Y es que la política rebasó la linea invisible de lo doméstico y se hizo parte de cada conversación, de cada aspecto del país, de cada detalle y expresión pública que formara parte de la vida cotidiana. De pronto, la política se discutía con fiereza no solo en el que se consideraba su ámbito natural, sino más allá, una especie de consecuencia imprevisible de la utilización del simbolo político por un gobierno de claro corte ideológico. Y es que Hugo Chavez, metáfora contradictoria de la antipolítica, de la lucha de valores, del amor acendrado por la disputa del gentilicio sacó a la política de sus medidos parámetros para transformarla en algo más, en una idea elaborada a base de la dispuesta, el enfrentamiento y la exclusión. La política convertida en más que un lenguaje, en un elemento de enfrentamiento esencial entre ciudadanos, una contraposición de la visión del otro. Una crítica social que se nutre de las más preocupantes grietas de la sociedad y de su interpretación cultural.


Durante años, mi amiga Amada (no es su nombre real) se llamó así misma "socialista". Lo hizo de buena fe, con años de lecturas académicas a cuestas. Durante nuestros años Universitarios, sacudidos por los efectos de la Constituyente y más allá de la diatriba política, se llamó Chavista con orgullo. Y lo continuó haciéndolo incluso cuando el clima del país comenzó a enrarecerse, a carecer de confines, a elaborar una visión de Venezuela sacudida por los prejuicios, por una turbia relación entre el ciudadano y el poder. Poco a poco, mis criticas al gobierno nos enfrentaron en verdaderas discusiones ideológicas, hasta que finalmente, la tensión entre ambas fragmentó esa fina linea entre la tolerancia y la comprensión de las ideas ajenas.

- El Chavismo es el mejor gobierno que puede aspirar un país como el nuestro - sentenció. Nos encontrábamos en un café de la ciudad y nuestra discusión en voz alta, llamó la atención del resto de los comensales que se encontraban en el lugar - necesitamos un gobierno que sea reflejo de quienes somos, de lo que seremos y sobre todo del gentilicio.
- El Gobierno de Hugo Chavez solo representa a una parte del país. El Gobierno debe representar a todos, apoye o no su tendencia ideológica - le rebatí - Todo funcionario público...
- El Gobierno es nuestra vanguardia - me interrumpió - no se trata de algo tan simple como un funcionario escogido que desempeña un trabajo. Es una representación de nuestras ideas.
- Pero fue escogido por un grupo de ciudadanos que lo asumen como servidores publicos - insistí - ¿No lo ves? Estas ignorando a la población que no apoya al gobierno y que tiene legitimas razones para no hacerlo.
- ¡Explotadores! - me criticó - esa es la oposición de este país.
- Soy estudiante como tu - le recordé - y me opongo al gobierno porque lo creo moralmente correcto ¿Eso me hace menos ciudadana?
- Te hace complice de la historia alienante - me dijo casi a gritos - ¡Este país necesita igualdad!
- ¡Tu no me consideras tu igual! ¡Menosprecias mis ideas políticas! - ahora yo también gritaba - ¿No lo ves?
- El poder debe usarse para crear algo nuevo - me respondió - incluso a costa de lo viejo.

Fue mi última conversación con Amada. Durante los años siguientes, continué teniendo noticias suyas, sobre su radical posición política. Y mirandola a ella, no podía menos que preguntarme si mi posición también se cada vez más reaccionaria, cada vez más emocional y menos racional. La política, convertida en sesgo, transformada en algo más duro e incontestable. La ideología transformada en una expresión de enfrentamiento, en la contradicción misma de su razón esencial para construir una visión conjunta del país.

De vez en cuando, recuerdo las conversaciones risueñas entre mi abuela y mi abuelo. Ella echando miraditas cómplices a la fotografía de Luis Herrera Campins, colgada casi de manera inverosímil en medio de las cosas corrientes de la casa, y él llevando la gorra blanca, con el emblema del partido Acción democrática bien visible. Y me pregunto que ocurrió para esa visión de la política casi intangible se transformara en una guerra de argumentos sin resolución alguna, en una improbable y desconcertante visión del país dividido a pedazos, convertido en una mapa de grietas irreconciliables que supera cualquier tolerancia, incluso el reconocimiento del gentilicio mutuo. Y pienso que Venezuela asimiló la sacudida histórica del chavismo, como una ruptura esencial de su propia identidad, de la mirada más profunda a su valores más esenciales e incluso algo más originario: la concepción del país como legado cultural.

C'est la vie.

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