jueves, 10 de abril de 2014

Venezuela: La herencia del error histórico.






Hace uno par de años, un grupo de desconocidos invadió un terreno baldío a dos cuadras de mi casa. Durante las semanas anteriores, los vecinos repelieron como pudieron, los sucesivos intentos del grupo de apropiarse del lugar, hasta que finalmente ocurrió. Como suele ocurrir, ni las autoridades ni las fuerzas de seguridad pública intervinieron en el suceso y finalmente, los llamados "pobladores" ocuparon el lugar con toda esa libertad anarquica que el gobierno propicia tan a menudo para beneficio propio.

Al principio, los autoproclamados "Ocupantes" del terreno pasaron casi desapercibidos en la comunidad donde vivo. Después de todo, eran un grupo de veinte personas, la mayoría mujeres y niños que durante la mayor parte del día, se dedicaban a deshierbar la tierra del lugar y a tratar, en la medida de sus posibilidades, de sobrevivir en medio del caos y basura que les rodeaba. Pero poco después, llegaron al lugar dos hombres que según me enteré luego, eran "capacitadores ideológicos", y que en realidad resultaron ser una especie de liderazgo político que convirtió al grupo en algo más. Se hizo frecuente escuchar la música de pasadas campañas presidenciales a todo volumen a cualquier hora, la proclama de consignas chavistas, coreadas a gritos por los habitantes del lugar. Poco a poco,  el pequeño campamento "pionero" - como le llamaban en su ingenuidad los primeros pobladores - se convirtió en un espacio casi fortificado donde pululaba un ambiente casi militar, una especie de espacio reservado ya no para algún tipo de convivencia precaria sino como reflejo del ambiente social y político del país.

Como todos los vecinos a su alrededor, me produjo un profundo temor y desconfianza el cambio, ese matiz casi violento que transformó el lugar en una especie de terreno peligroso y casi inexpugnable. Aún después de sostener una larga conversación con una de sus habitantes y de comenzar a deslastrarme de mis prejuicios para comprender la situación. Me llevó esfuerzo, por supuesto. Una considerable reflexión sobre que tanto comprendo sobre el país, sobre la Venezuela consecuencia de sus errores y sobre todo, esa interpretación sobre quien somos como herederos de un conflicto social en aumento. Porque la crisis existe, es evidente, aunque muchos de nosotros solo miremos ese reborde que nos toca, que nos roza, que la hace evidente. Pero la grieta que nos divide es mucho más fuerte y profunda que la mera apariencia y por ese motivo, mirar la crisis que padecemos sea un ejercicio de conciencia. Un reconocimiento de los errores y la responsabilidad histórica.

Es curioso lo que se recuerda, o lo que no se recuerda en realidad. En mi caso, durante muchos años insistí que "antes" Venezuela era un país sin división histórica, una sociedad amable y sin fronteras de clases, una especie de edén sin costuras culturales visibles. Por supuesto, se trata del tipo de autoengaño que todos sufrimos cuando idealizamos trozos de historia pero, diré en mi descargo, que se trató también de mi necesidad de comprender lo que vivimos al contraste. Pero mientras intentaba mirar mis prejuicios a la distancia, analizar mi relación con el país más allá de mi propias limitaciones, me encontré que la Venezuela rota que padecemos no es otra cosa que uno de las tantas ramificaciones de una grieta con miles de implicaciones culturales y sociales. Una reformulación de lo que vivimos, somos y padecemos no solo como ciudadanos sino como partes sustanciales del país que se construye a diario.

Mi madre me mira con profundo escepticismo cuando le comento todas estas cosas. Para ella, las cosas están claras: el enfrentamiento es entre dos extremos irreconciliables del país. Cualquiera de mis argumentos sobre convivencia, inclusión y diálogo, chocan de manera irremediable contra su visión del país que se debate entre "el lado correcto de la historia" y el "que no lo está". Porque para mi madre, y asumo que un numeroso grupo de ciudadanos el diálogo - o al menos como yo lo concibo - es una debilidad inadmisible.

- Esa gente no tiene ningún derecho - me responde - se robaron ese terreno y ahora lo convirtieron en una casa de partido.
- Es una situación que el gobierno alienta, utilizando el revanchismo como política de Estado. Pero igualmente la necesidad y las carencias están y son venezolanos - argumento. Mi madre parece escandalizada cuando me escucha decir aquello.
- No me compares con "esa gente". Soy una ciudadana respetuosa de la ley y he luchado con estudio y trabajo por todo lo que tengo. Esa gente se roba un terreno e impone su visión de la cosas a la fuerza. Y ahora, se montaron un templete político, para rematar.

La escucho, intentando comprenderla. Mi mamá pertenece a la generación de venezolanos que de alguna manera fundó la clase media del país, esa franja cultural que disfrutó de la movilidad social que propició el boom petrolero de los años '70 y años posteriores. De hecho, mi mamá me recuerda cada vez que puede que nació en un barrio - en el pueblo de Antimano cuando era un grupo de casitas arremolinadas alrededor de la Plaza - y que ella jamás tuvo que pedir nada al Estado para surgir. De manera que lo que considera mi disculpa histórica le parece un oprobio, casi una grosería.

- Mamá, son gente que han sufrido todas las décadas de un sistema que jamás hizo nada por incluirlos - insisto. Mi mamá abre la boca para contestar. Le hago un gesto para que tenga paciencia - Tu aprovechaste las bondades de un sistema político y cultural que jugó a tu favor, ¿pero que ocurriría de no ser así? Lo que vive esa gente no es la causa del problema, es la consecuencia.

- ¿Eres comunista ahora?

- Intento comprender a Venezuela.

Mi mamá sacude la cabeza en un gesto desdeñoso. Me pregunto que pensaría del hecho que saludo  a los habitantes de la invasión, al cruzar por la esquina donde suelen sentarse a conversar sentados en sillas de plástico. Los hombres recién llegados jamás me responden. Las mujeres lo hacen con timidez. Una de ellas siempre me sonríe y levanta la mano en un gesto de saludo. Me pregunto si mi visión de las cosas es más política que social, si lo que estoy intentando hacer es un giro de timón hacia la "izquierda" de mi pensamiento político o algo más simple: una visión de las cosas mucho más humana y despolarizada. No sé muy bien como responder a eso.

En realidad, nunca he militado en partido político alguno ni tampoco me he sentido identificada por ninguna corriente ideológica definitiva. Mi amigo L., que si se llama así mismo socialista - aunque no chavista, me puntualiza - rie en voz alta cuando le hablo sobre mis conversaciones con mi madre. En su caso, su esposa también insiste en puntos parecidos y con mayor ferocidad. Es una "radical" me explica L., y lo es con toda esa certeza y esa visión de las cosas profundamente dura de los desengañados. Como mi madre, ambas encuentran que los "otros" ( llámese chavistas, opositores de opiniones divergentes e independientes ) traicionan a Venezuela por el simple hecho de mirar lo que vivimos de manera "blanda".

- El problema es que la ideologización que el gobierno insistió por años, rindió frutos en ambos extremos - me comenta. Su esposa nos escucha a relativa distancia, mientras alimenta al bebé de ambos. La noto tensa, cansada. Durante los últimos días ha participado en varias manifestaciones y en una, casi resulta herida por el ataque de un funcionario que intentó despojarla de su teléfono celular. Finalmente no ocurrió nada, pero el hecho pareció aumentar esa necesidad suya de "enfrentarse" a lo que ocurre - así que ahora estamos atrapados en mitad de una diatriba entre radicales. Los Chavistas, que utilizan la política del odio y el resentimiento como reivindicación social y el opositor que se enfrenta a los abusos de poder con manifestaciones cada vez más anarquicas. Y el centro estamos los que hablamos de diálogo, los que nos intentamos encontrar un lugar común.

- Eso no existe - salta de inmediato su esposa. El bebé en sus brazos se sobresalta y ella lo sostiene contra el pecho, mirándonos a ambos enfurecida - ¡No hay un centro en medio de todo esto! ¿Como pueden hablar de dialogo con un gobierno feroz y violento?

- El dialogo del que hablo es con respecto a otros ciudadanos que piensan de manera distinta - le explico - hombres y mujeres con todo el derecho de...

- ¿Que derecho? ¿Ellos te reconocen algún derecho? ¡Si pudiera matarte te matan! ¡Y lo hacen! -  grita. Mi amigo trata de apaciguarla, preocupado pero ella parece cada vez más alterada, dolida - ¡Te matarian a la menor orden? ¿O por qué crees que nos amenazan con que los cerros bajen? ¡Eso no es casualidad!

Me muerdo los labios para no responder. Durante años, esa amenaza me ha parecido la muestra de racismo y clasismo más preocupante de todas. Hablar sobre que "Los cerros bajarán", insistiendo en una guerra fratricida protagonizada entre los ciudadanos más humildes del país y sus supuestos enemigos históricos, los "burgueses" es la simplificación evidente de un conflicto social que desborda una idea tan mezquina. Y es que los Barrios caraqueños, más allá de su simbólico peso político para el gobierno, son parte de esa visión cultural donde el "otro" es el enemigo. ¿Realmente puede escudarse el desconocimiento y la ausencia completa de empatia de la sociedad Venezolana en una visión tan limitada del país? La respuesta a eso me preocupa.

Y es que el "bajarán los cerros" engloba ese temor sempiterno e insistente que la diferencia que genera odio. Se habla del 27 de Febrero como punta de lanza de todo un proceso irreversible que dio origen al chavismo. El día que "los Cerros bajaron" y Caracas fue golpeada por una realidad violenta y sin matices que sumió al país entero en un clima de anarquía muy cercano al desastre. Pero al analizar la circunstancia histórica, encuentras que Venezuela - la grieta que la divide - es mucho más dura de asumir y comprender que un país abierto a esa interpretación ambivalente, casi hipócrita. Porque se habla del "Cerro" como no solo la consecuencia histórica, sino como el arma que empuña el gobierno en su necesidad de oprimir el idea que disiente, que se enfrenta. ¿Es entonces la marginación y la pobreza una linea histórica imposible de dirimir a través de medios pacificos? No lo sé, y me lo cuestiono, mirando esta Caracas empobrecida y violenta, repleta de propaganda política del odio. Los ojos de Chavez, líder y símbolo de la reivindicación de la venganza me miran desde todas las paredes, desde ese silencio del paisaje urbano caótico.

La idea me obsesiona mientras observo junto a mi madre a un grupo de vecinos manifestando en una de las calles donde vivo. Son casi un centenar y levantan pancartas exigiendo "Paz y libertad", pero también "Fueran los mierdas que ensucian nuestra calle". El grupo de invasores, con sus nuevos lideres políticos a la cabeza, se mantienen de pie unos metros más allá y responden a los insultos con gritos y arrojando basura a los manifestantes. La situación se hace cada vez más tensa, irrespirable y pienso de nuevo en la violencia que roza lo cotidiano, en esa visión del enemigo con el rostro del disidente. El temor al otro.

De pronto, alguien comienza a insultar a mi madre. "Escualida de mierda" "Vayanse pa'l Este"  Es un hombre con una camiseta roja y el monograma de los ojos de Chavez impresos, uno de los hombres ancianos que llegó durante los primeros días a la invasión. Mi madre retrocede asustada pero de inmediato le responde "Basura chavista". Intento mediar, levanto las manos pero entonces el hombre me insulta a mi también: "Pura mierda escualida, el oeste es nuestro".

- ¡Cállate José! - la mujer con quien conversé hace semanas aparece entre el tumulto y toma del brazo al hombre. Lo hace con firmeza, con una irritación muy parecida a la mía. El hombre titubea, la mira. Mi madre continúa gritando. Le abrazo, temblando de preocupación, intento tranquilizarla - ¡Tu no tienes porque insultar a nadie!

Silencio. Incluso algunos de lo que se enfrentan, entre manifestantes e invasores nos miran, desconcertados. El ambiente caldeado nos rodea, se hace irrespirable, la tensión es tan dura como inquietante. Se me llenan los ojos de lágrimas aunque no sé por qué. ¿A donde hemos llegado en esta diatriba de odio? ¿A donde vamos?

- Todos estamos nerviosos mija, hay que cuidarse - dice entonces la mujer - estamos aqui en lo mismo.

Murmura algo en voz baja al hombre, que no me mira, enfurecido y aún con los puños apretados. Cruzan la calle, desaparecen en la puerta de madera abierta. Un instante que parece suspendido en medio de los gritos a escasos metros, de las amenazas, del odio que insiste, que rompe el día en miles de fragmento de odio. Camino con mi madre a la puerta de mi edificio, aún temblando. Tiene el rostro enrojecido, los ojos brillantes y asustados.

- ¿De donde conoces a esa mujer? - me pregunta. Suspiro, abriendo la puerta.
- Ya te había hablado de ella. Conversamos hace poco - la miro a los ojos. Mi madre me observa entre curiosa y confusa - es nuestra vecina.

No responde. Y de hecho, hay un silencio enorme, de los que se perciben de a poco, mientras el bullicio del enfrentamiento continúa escuchándose, sacudiendo la tarde de esta Caracas rota a fragmentos, olvidada y desconcertada. Me pregunto de nuevo quienes somos, a donde vamos, quienes seremos en el futuro. Continúo sin tener la respuesta, pero también sé que de encontrarse, estará a medio camino entre este dolor que me produce esa visión del odio descarnado y la esperanza - pequeña y aún frágil - de comprendernos más allá de él.

Una posibilidad de construir un país donde todos tengamos el mismo rostro. Un sueño real de paz.

C'est la vie.


2 comentarios:

Erick Castro dijo...

Excelente!, solo espero que tu sensación de perdida y división sean un eco común en todos los Venezolanos. Yo también la comparto y es algo sumamente desgarrador. Si es común, debe ser la base a partir de la cual podamos construir algo positivo, libre del prejuicio que nos embarga. Nuestros lideres son unos incompetentes, lo triste es que solo sean sopesados a travez de ese prejuicio que ellos mismos nos inculcaron como dogma. Por eso es que ese reencuentro debe trascender la politiquería de siempre.

JánnuaCoeli dijo...

Excelente! Es el sentir de muchos. Si te interesa llegar a más personas debes colocar una opción para compartir en facebook o twitter. Yo lo coloqué en facebook.

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