domingo, 20 de abril de 2014

Noche de hechizos y tormentas: La historia de las Brujas que danzaba en un jardin sin nombre.






Una vez, uno de mis amigas más queridas me preguntó si las brujas hacían "ritos de amor". La pregunta me tomó por sorpresa: M. es una declarada atea y de hecho, siempre se había tomado con buen humor - y algo de sarcasmo - mis creencias, lo cual, por otro lado no me preocupaba demasiado. Siempre he creído que la fe es una forma de comunicación y reír también lo es. Cual sea el caso, me sorprendió un poco su interés sobre un tema que seguramente le parecía tan peregrino como las leyendas de las brujas voladoras en escobas con las que solíamos bromear.

- ¿Ritos de amor? ¿Comernos al gato para atraer al alma gemela? - bromeé. Pero mi amiga, en lugar de sonreír, se revolvió incómoda en la silla del café donde nos encontrábamos. Parpadeé - ¿Hablas en serio?
- Sí. Quisiera saber si conoces de alguna de manera de...atraer el amor.

No supe que responder a eso. Me pregunté como explicarle lo singular que me resultaba la idea: no solo por la creencia generalizada que las brujas podíamos influir de alguna manera mágica en el amor, sino por el hecho que los ritos y rituales de amor y pasión, eran una parte de la tradición muy intima, que pocas veces se conversaba o se discutía en voz alta, al menos en mi familia. Aguardé, mientras mi amiga tomaba un sorbo de café, un poco desconcertada al parecer.

- Creo que me divorciaré - dijo por último. Sacudió la cabeza, con un gesto triste y cansado - me preguntaba si tu abuela te había enseñado algo que pudiera ayudarme.

Apreté su mano con fuerza, preocupada. Aunque la noticia no me tomaba precisamente por sorpresa - por meses había escuchado con paciencia sus historias sobre lo difícil que le resultaba la convivencia matrimonial - si me dolía la etapa de pura desesperación que  atravesaba. Mi amiga había contraído matrimonio siendo aún muy joven y de alguna manera, supuse que los primeros años de la veintena, habían fracturado un poco su visión del mundo. La recordé, vestida de blanco, una niña casi, riendo del brazo de su marido, un muchacho nervudo, tan joven como ella. La miré ahora - delgada, pálida - y lamente esa expresión de perdida - las esperanzas rotas - en su rostro. Se encontraba exhausta, sin duda, pero además de eso, profundamente triste.

- Te parece una tontería que te pida esto ¿Verdad? - preguntó. Sonreí.
- En realidad no. Me parece una tontería que creas pueda burlarme - dije. Le hice un guiño malicioso - aunque debería.

Reímos juntas. Durante toda mi adolescencia, M. se había burlado un poco no solo de mi manera de ver el mundo - a la que llamaba idealista e inocente - sino además, de mi profunda convicción que la esperanza es un tipo de magia natural. Eso, a pesar de haber conocido a las mujeres de mi familia, de haber participado en alguna que otra festividad doméstica y comprender, mejor que muchas personas, lo que significaba para mi el poder de creer y confiar en un tipo de expresión de fe que tenía mucho que ver con mi aspiración por la belleza. Pero M., pragmática y hasta cínica, siempre consideró la brujería como una bonita reliquia ideológica y nada más. Una simplificación del mundo real, de los problemas adultos y de la contradicciones de lo que consideramos cotidiano. Como cualquier otra creencia, me insistió más de una vez. Yo acepté sus críticas sin mayor problemas y encajé con buen humor sus constantes bromas sobre el tema, quizás justamente porque esa otra visión - la del otro, la del observador - de alguna forma siempre enriqueció la mía.

- ¿Hay algo que puedas hacer? - insistió. La mirada apagada, rota - ¿O al menos que me pueda consolar?

Una pregunta complicada. En Brujería, consideramos al amor una fuerza natural tan poderosa e inexplicable como las tormentas y el fuego. E igual de incontrolable. Una forma de creación y comunicación tan intima que vincula nuestra mente con la idea Universal de creación. Curiosamente, para muchas creencias paganas, el amor no se considera romántico: es una fuerza tempestuosa, cruel y caprichosa que tiene la capacidad de destruir y construir, de enaltecer y envilecer. Un concepto que no siempre es sencillo de explicar y mucho menos de expresar a través de símbolos tradicionales.

Pero sabía a que se refería mi amiga, claro está. Por siglos, a las brujas se las ha atribuído la capacidad de "hechizar", "provocar" el amor y la pasión, lograr despertar un subito deseo entre desconcoidos. Por supuesto, mucho de esas leyendas eran parte del imaginario inquietante que brinda a la figura de la bruja un tipo de poder desconocido - y presumiblemente maligno - , pero también tiene relación con esa suposición que el amor es un tipo de energía inexplicable y por tanto, mágico. De hecho, en brujería se considera la pasión y el deseo de manera parecida y todos los rituales que se realizan en su nombre celebran la capacidad del amor - como vinculo entre parejas - de construir ideas únicas, un lazo imperecedero que une el espiritu de dos seres humanos de manera indeleble.

No obstante, lo que me sugería M. tenía mucha relación con esa creencia tan popular que la "magia" era capaz de restañar heridas, consolar pesares y por si fuera poco, restituir las piezas perdidas en ese delicadisimo equilibrio que une a una pareja. Una especie de prodigiosa y misteriosa capacidad para brindar una nueva oportunidad a esa visión de las cosas que parece perdida, rota e insustituible. Y de eso, si había algunas cosas que la brujería tradicional - Hija de la Tierra, lenguaje de las estrellas - podía hacer. Sonreí a M. con cariño.

- Quizás no consolarte, sino que mires lo mejor en ti misma. Lo más profundo y más valioso.
- ¿Es algún tipo de droga?

Reímos de nuevo.

- Sí - respondí - se llama esperanza.


En casa de mi abuela siempre hubo muchos espejos. Grandes, pequeños, medianos. Con hermosisismos marcos labrados de metal, con sencillos respaldos de madera pulida. Trozos de espejos incrustados en las puertas, colgados de las paredes. Diminutos trozos de espejos colocados cuidadosamente entre los muebles. Cuando le pregunté a mi abuela por qué lo hacía, me dedicó uno de sus guiños maliciosos.

- Las brujas debemos recordar siempre quienes somos para crear y construir lo que deseamos - me respondió - y además ¡Nos gusta sonreír! ¡Mirarnos sonriendo! Toda bruja tiene la convicción que es su mejor obra de arte, el momento más profundo de comunión con su mundo personal, con su ideario más profundo. Somos obras de nuestras decisiones, de nuestro poder para crear y soñar.

Todo aquello me sonaba extraño pero hermoso. Recuerdo que más de una vez, me encontré mirándome en alguno de los tantos espejos que había en casa, preguntándome con curiosidad que era ese elemento tan valioso que la abuela - la bruja, la sabia - llamaba individualidad. Fue el mismo pensamiento que años después me haría levantar la cámara y hacer preguntas a mi propio espíritu a través de la fotografía. El mismo tipo de curiosidad profunda y extrañamente punzante que me haría convertir mi trabajo visual en una forma de comunicación con mi yo intimo. Una forma de soñar.

Pensé en todas esas cosas mientras envolvía con cuidado un pequeño espejo en un pedazo de delicado papel transparente. Incluí unas cuantas hojas de albahaca, una espiga de trigo, pétalos de rosas y también, una hoja con una antigua invocación que había encontrado en el Libro de las Sombras de mi abuela. Mi tía Mari me miró con curiosidad mientras envolvía el pequeño paquetito con una cinta roja.

- ¿Un ritual de amor? - me preguntó.
- ¿Y como sabes de esas cosas?
- Todas sabemos esos pequeños secretos - me contestó. Intercambiamos una mirada cómplice.

Le expliqué sobre M., su difícil situación matrimonial y su necesidad de aferrarse a cualquier cosa, incluso a una pequeña muestra de la magia en la que no creía, en busca de consuelo. Le hablé de su complicada relación con un hombre duro y emocionalmente inestable y los años en que había intentado mantenerse a flote a pesar de todo. Me escuchó, moviendo la cabeza de un lado a otro, desalentada.

- Muchas veces creemos que el amor necesita comprenderse a través del sufrimiento - dijo - hay una idea muy arraigada que insiste que amar es una forma de donación personal, de perder un poco de nuestra visión de las cosas. De mirarnos en lo que brindamos, más de lo que compartimos.

- ¿Como lo miras tu?

Mi tía suspiró. Se había divorciado hacia unos cuantos años y a pesar de que su vida era ahora mismo plácida y en sus palabras "satisfactoria", la durísima etapa de la separación le había dejado heridas emocionales que tardaron años en cicatrizar. La recordé llorando, abatida y furiosa, durante esos largos días de reconstrucción, donde nada parecía tener sentido y mucho menos valor.

- Lo veo como una profunda comprensión de tu visión del mundo a través de otra persona - respondió - tu reflejo en el otro, tu manera de asumir tu capacidad para reconocerte, interpretarte en símbolos ajenos.  Un pequeño prodigio de ternura. Un momento que vale para siempre.

- Eso suena romántico - bromeé. Tía Mari rió en voz alta y me quitó de las manos el paquetito, que seguía sin poder envolver en la larga cinta roja. Lo hizo con movimientos precisos y fluidos. La cinta roja flotando en el aire, el olor de la albahaca vibrando en la luz del sol. Me lo entregó, ligero y envuelto en ese ligero misterio carmesí que se me antojó casi atávico.

- El romanticismo simplifica el amor, lo hace comprensible. Pero el amor es una ventana hacía tu mente, tu poder, tu capacidad de crear, tus miedos y temores. Nunca estás más inspirado y asustado que cuando amas a alguien más, nunca te miras con más atención. Las heridas antiguas se cicatrizan, puntada a puntada, como fragmentos de una historia que construyes otra vez. Por ese motivo, cada amor es nuevo. Cada beso es un comienzo.

Eso también sonaba romántico, pensé. Y no obstante había algo en las palabras de mi tía que era profundamente duro. Una declaración de intenciones casi elemental pero que no comprendía muy bien. Recordé mis breves romances hasta entonces, esa deliciosa mezcla de vértigo y miedo, deseo y purísima necesidad. Todos habían comenzado y terminado muy rápido, entre besos, caricias, la sensación de piel cálida, el orgasmo desconocido y violento. Pero no había experimentado esa profunda noción del otro, esa sensación que tía describía. Me pregunté si lo experimentaría alguna vez.

Guardé el paquete en mi morral. Tía entonces me extendió un bolsita pequeña de tela de arpillera de las varias que guardaba en una caja de madera en su habitación.

- ¿Que es? - pregunté sosteniéndolo con cuidado.
- Semillas de Margaritas. Que las añada a su ritual.

Mi amiga M. me miró sorprendida cuando le puse entre las manos el paquete, con las semillas atadas con un nudito a costado. Lo sostuvo, como sopesandolo y su expresión pasó de la incredulidad a la sorpresa y la curiosidad con mucha rapidez.

- ¿Y que debo hacer con esto? - preguntó.
- Abrelo en tu casa, en el lugar más querido y el más solitario - dije, repitiendo las palabras que había leído en el libro de las Sombras de alguna pariente que no había conocido - y rodeate de los pétalos de rosas. Luego, en un cuento, quema la albahaca, mientras sostienes la espiga de trigo entre las manos. Y por último, invoca el poder de la Tierra como te lo escribí. Y mírate en el espejo que te incluyo.

- ¿Mirarme en el espejo?
- Sí. Mírate y recuerda tu primera historia de amor, el primer elemento valioso en tu espiritu: tu propia identidad.

Supongo que M. no se esperaba una respuesta semejante. Me pregunté que podría pensar de mis indicaciones y sobre todo, lo que parecía significar. Le noté de nuevo un poco incrédula. Entonces, tropezó con los dedos con la bolsita de semillas.

- ¿Y que se supone que haga con esto?
- Plantarlas en tierra fértil - la verdad es que tampoco sabía muy bien cual era la intención de mi tía al incluirlas - y cuidarlas un poco.

Mi amiga se encogió de hombros, no muy convencida. De hecho, me pregunté si no se encontraba un poco arrepentida de haberme pedido aquello. Supongo que sí, pero finalmente no se lo pregunté ni ella me lo dijo. Nos despedimos con un abrazo un poco incómodo y la vi alejarse entre la multitud que llenaba el Centro Comercial con una cierta sensación de confusión. ¿Siempre es tan complicado entendernos los unos a los otros? Supongo que sí.

No tuve noticias de M. por meses. Luego supe que a pesar de todos sus esfuerzos, había terminado divorciándose y también, que había decidido abandonar el país. Lamenté su sufrimiento y también, pensé de nuevo en el amor como elemento destructor, como una forma de aspiración del bien y de la individualidad mucho más complicada de lo que todos suponemos. Me pregunté si todos somos conscientes del ese capacidad de nuestro espíritu para mirarse así mismo, para cuestionarse y avanzar. Una idea tan profunda como intima. Tan delicada como simplemente elemental.

Transcurrieron varios años sin que tuviera noticias de M., a pesar que de vez en cuando escuchaba algunas cosas sobre su vida. Siempre buenas, lo que reconfortó.  Alguien me comentó que había encontrado un estupendo trabajo en la nueva ciudad donde vivía y en una ocasión, me encontré con una entrevista suya en una revista Online. Miré la fotografía que incluía el artículo.  Con el cabello corto y teñido de un bello color rojo, se le veía revitalizada y feliz, riendo a carcajadas para la cámara. "Soy lo mejor de mi misma", aseguraba en el artículo. Miré de nuevo la fotografía: la sonrisa vivaz, los ojos brillantes. Junto a ella distinguí también un pequeño ramo de Margaritas.

Margaritas. Parpadeé desconcertada cuando leí la palabra en el correo suyo que encontré en mi buzón electrónico,  unos días después de leer la entrevista.  Era el primera vez que me escribía desde hacia casi cinco años. Lo leí, primero desconcertada y después con lágrimas en los ojos.

Con Margaritas,

A veces, cuando miro el jardín de mi nueva casa, repleto de margaritas, pienso en si te reirías de mi al verme cuidarlas. Me levanto cada día al amanecer para regarlas y evitar que el sol pueda quemar las tiernas hojitas al calentar. Podo sus tallos cada luna creciente, para asegurarme que crezcan fuertes y cada vez más abundantes y cada noche, aspiro ese olor limpio de las flores recién nacidas. Hago todo esto, cada día y sonrío. Al sol, a la vida, a la Luna, a todas las cosas que ahora aprecio y antes no sabía que podían tener tanto significado en mi vida.

El día siguiente de divorciarme, creí que el dolor me arrasaría. De hecho lo hizo. Me encontré sentada en la sala de mi casa, sola y con tu paquete entre las rodillas. Un chiste. Pensé que era una enorme ironía sufrir un dolor tan profundo y que lo único que pareciera simbolizarlo era un paquete de papel envuelto en una cinta roja. No sé por qué lo abrí. Lo hice con las manos temblándome, llorando como no lo había hecho desde niña. Y me miré en ese trozo de espejo que incluiste. Miré a la mujer pálida, con el rostro ajado que lloraba y me pregunté quién era. Quien había sido. Sentí miedo, de los labios temblorosos, de la angustia en los ojos enrojecidos. Me miré. Me miré apretando el trozo de espejo sin saber por qué insistía en hacerlo, a pesar del llanto, de los temblores. ¿Quién es esta mujer? ¿En quién me convertí? No sabía ni siquiera que podía pensar en mi misma en esos términos. En reconocer mi angustia de una manera tan simple.

No sé por qué motivo hice el ritual que me obsequiaste. Cuando te pregunté, solo quería que alguien me hablara de algo más poderoso que mi frustración, que mi impotencia. Solo recuerdo seguir sosteniendo el espejo y disfrutar del aroma de la albahaca. Que tranquilizante. Lo olí y pensé que había cierto alivio. Y la imagen en el espejo me mostró una cierta paz. Frágil, engañosa. Pero allí estaba. Seguí quemando las hojas, arrojándolas al pequeño fuego y pensando en ese olor denso y delicioso que me recordaba a mi infancia, a momentos donde tenía el control de mi vida. Sostuve la espiga de trigo y sonreí. Que símbolos utilizamos para mirarnos, pensé. Que simplicidad la nuestra.

Al día siguiente planté las margaritas. Y me miré al espejo también. Seguía pálida, cansada. Pero planté las margaritas y me preocupé que prosperaran. También comencé a pensar en que hacer para que la mujer del espejo pudiera tener un poco de paz. Limpié, arrojé a la basura objetos y dolores. Me obligué a remontar la cuesta. Me miré a diario en el espejo, cuidé las margaritas. Pensé una y otra vez en nuestro poder personal, en esa conexión inimaginable con la Tierra, con nuestro espíritu. En los pequeños milagros. Y cuando decidí que Venezuela no podía darme el tipo de satisfacción y consuelo que pensaba, también me miré al espejo. Había dolor en mis ojos. Pero también algo más: esperanza.

Y fueron Margaritas lo primero que planté en la terraza diminuta de la casa nueva. Las últimas semillas de la bolsita que me obsequiaste. Y las cuidé mirándome al espejo a diario. Mirándome crecer, luchando por llevar la sonrisa de la boca a los ojos, por construir lentamente una nueva historia. Las Margaritas crecieron, algunas murieron. Volví a llorar, sentí dolor aún. Pero me miré al espejo para recordarme que deseaba, que buscaba. Lo encontré a veces, en otras ocasiones no. Continué esforzandome en encontrar consuelo. En mirarme. 

Lo logré. Y lo logro cada día. A pesar del cansancio, a pesar de en ocasiones sentir puedo caer de nuevo. Pero la mujer del espejo sonríe, en ojos y boca. La mujer del espejo se reconoce. La mujer del espejo soy yo. Y el olor de las Margaritas, de mi vida recién nacida me lo recuerda.

¿La magia existe? Antes creía que era una metáfora a nuestra frustración. Ahora creo que es un símbolo de nuestra manera de ver la esperanza. 

Leí el correo varias veces, riendo y llorando. Pero no le contesté. No sé aún por qué no lo hice, pero supe, quizás de manera instintiva que no necesitaba mi respuesta, o al menos, no una inmediata, no una que pudiera responder a preguntas que no me había hecho. Aún así, guardé y conservé el correo. Lo atesoré. Una pieza más en mi manera de mirar el mundo. Una palabra que completara la frase siempre a medio escribir. Esa que intenta describir la belleza del tiempo que creo bendito y más aún, que sueño con vivir.


Recordé a M. hace unos meses. Lo hice cuando un hombre de ojos tristes me dedicó una sonrisa que de pronto me hizo recordar el tiempo se construye así mismo. Recordé los espejos en casa de mi abuela y me pregunté, con el corazón latiendome muy rápido, que encontraría de mirarme en ellos justo en ese momento, en ese preámbulo de un capitulo de mi vida a punto de comenzar. Sentí esa emoción sin nombre, extraña y profunda de las tormentas recorriendome. Pero esa es otra historia que contaré en otra oportunidad.

C'est la vie.







1 comentarios:

Jennifer Maricel Acevedo dijo...

Hermoso relato... Lo leo y no puedo no conmoverme.Justamente estoy en esa etapa de duelo en la cual me pregunto si volverá,si el amor puede mover montañas y orgullos.Por que dejo que me valla?,¿Por que tan solo no me hablo y me subestimo?...Son muchas preguntas que ya no tienen respuesta... Despues de ese gran dolor que senti lo que hice fue plantar unas semillitas de unas flores que guardaba y tambien tire todo lo que me llevaba al pasado. Me busque muchas veces. Reconocí que el dolor era necesario para evolucionar. Todas las mañanas las cuidaba hasta que vi salir las primeras hojitas,era tan estupido pero me senti feliz.Le hablaba y hasta le hice una cancion... Que mas lindo es encontrarse ante relatos como estos que hacen el recorrido mas ligero y da esperanzas a luchar por sueños

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