lunes, 21 de mayo de 2012

Del autorretrato: Un pequeño dolor en imagenes.






Ayer, un amigo hizo  retweet a uno de sus seguidores de una frase que decía algo como esto: "Tal vez, entonces, realizar autorretratos sea una simple forma de Narcisimo o algo parecido". Leí la frase, estando rodeada casualmente de un montón de negativos de mis fotografías más antiguas, que decidí ordenar para comenzar lo que supongo será un arduo trabajo de escaneo y organización. Como siempre que leo algo semejante, sentí una mezcla de angustia, irritación y tristeza pero esta vez, también un ligero asombro. Asombro t por el hecho que el autorretrato sea aun tan infravalorado como para pensarse que quién toma la decisión dolorosa de mirarse así mismo como objeto fotográfico tiene como único objetivo, pensarse como hermoso, quizá atractivo. Y quizá ese asombro simboliza no solo ese concepto fragmentado que el autorretrato parece reflejar - el yo visto por el yo - sino además, la idea que la exploración del mundo interno pueda solo reflejar belleza.

Creo haberlo comentado antes en este, su blog de confianza: me tomo autorretratos desde que tengo once años de edad. De hecho, me parece que podría decir que comencé antes, con la torpeza de mi vieja polaroid y una pequeña cámara Kodak que me habían obsequiado en algún cumpleaños. Por supuesto, no sabía lo que hacía - o porque lo hacía - pero mirarme en imágenes siempre me produjo sobresaltos. Tal vez existe una definitiva dicotomia entre la imagen - o la percepción - que tienes de ti mismo en tu mente y la que te ofrece la realidad. O se trate de una cierta sorpresa filosófica. El caso es que siempre existe un genuino temor, una sensación de puro desconcierto que da paso a algo más. A preguntas, a pequeños cuestionamientos. A ideas que se crean en si mismas a través de esas imágenes que reflejan una cierta idea personal que nunca termina de completarse. Porque un autorretrato es, ante todas las cosas, un concepto a medio terminar de tu mente, de tu propio mundo, de tu espíritu.

Pero a los diez años, nadie piensa en esas cosas. Yo no lo hacia, al menos. Me tomaba autorretratos como quien intenta comprender una palabra especialmente difícil. Lo intentaba porque no sabía que me hacia sentir tan triste - o feliz - , o porque me ponía tan nerviosa en esas fotografías. De esa época conservo las interminables polaroids, de una niña medio borrosa de grandes ojos asombrados. De noche. De día. De pie en la calle. Tal vez una alegoría de esa sensación confusa de reconocimiento, esa borrosa imagen de la niña que apenas comienza a comprenderse. Un ojo que sobresale. Un mechón de cabello que vuela en el aire. De nuevo la eterna pregunta: ¿Quién eres?

Supongo que comencé a hacerme autorretratos propiamente dichos, cuando entré en la adolescencia. En una época donde la identidad parece diluirse, que apenas te reconoces en la ráfaga de cambios que te golpean a diario, la belleza es en lo último que piensas. Ya para entonces, tenía mi vieja Canon EF - que todavía conservo - y tenía una noción bastante vaga, pero aun así, evidente, que estaba documentandome, que con cada fotografía, me miraba de una manera totalmente distinta a como podía hacerlo en el espejo, a través de las palabras o incluso, a través de las opiniones de los demás. Porque mi Querido diario durante la adolescencia tenía el sonido de un click y la consistencia del film. Mirándome, crecer, transformarme, de fotografía en fotografía, comprendí más de mi misma que de cualquier otra forma. Me vi reflejada de mil maneras distintas, fui testigo de mi crecimiento y fue la manera más sincera que encontré de decirle adiós a mi adolescencia cuando terminó.

Siendo ya una joven mujer, el autorretrato fue mi refugio. Y no hablo de una construcción narcisista donde adoré y apuntalé mi yo para encontrar un significado más o menos coherente de las esquinas y formas de mi mente. En realidad fotografiarme fue una manera de aprender del mundo, observando el único objeto de observación del cual podía abusar, maltratar y a la vez, consolarme. Me miré fijamente entre lágrimas, cuando murió mi abuela. Me sacudió el temor agudo cuando sufrí un asalto y comprendí la situación real que vive mi país. Me miré, una y otra vez, navegando entre emociones, entre palabras, gritos, risas, suspiros, angustia, desazón, belleza, alegría, satisfacción, amor, desnudez, soledad. Y me vi, con una frialdad de pesadilla, corriendo en un salón de espejos interminable, escapando de mi misma, cubriéndome la cabeza de pánico y quizá de puro miedo. Miedo por lo que veía, miedo por lo que me hacia sentir esa imagen que se deformaba, crecía se hacía única. Mi propio mundo desmenuzado, analizado y vuelto a construir a través de la fotografía.

De manera que, cuando leo que el autorretrato es un acto de puro narcisismo - de ese de la belleza, de la autocomplancencia, del regodeo en la belleza del reflejo en el espejo - continuo preguntándome si estoy equivocada en la manera en que construido mi memoria visual hasta ahora, o simplemente debería entender que este documento visual caprichoso, doloroso y personal hasta lo inaudito es parte de un mundo enorme y brusco, que lleva esfuerzos explicar y mucho más, comprender.

C'est la vie.

2 comentarios:

Karla P. Ramírez A. dijo...

esto es excelente...

Miss B dijo...

Gracias bella, muy honrada que te guste!
Gracias por leer y comentar!

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