sábado, 12 de mayo de 2012

De lo Femenino en Venezuela: ¿Quienes somos?



Venezuela es un país machista, eso ya lo sabemos. De hecho, quizá algún amable lector estará pensando "Y ya vuelve esta mujer con el tema". Pues sí, es que hay mucho de donde cortar, sabrá. La cuestión es que mi insistencia en conversar sobre el asunto no es un achaque feminista súbito - no creo que me ocurra - si no, un análisis de lo que se vive en un país que creo nunca ha llegado a su verdadera madurez. Adolescentes eternos sin más, con todos los problemas, debilidades y superficialidades que implica esta edad sin edad, este etapa interminable donde el mundo parece ser tan tremendamente simple. Un poco de eso, es Venezuela.

Volvamos al tema: el machismo es común en mi país. Aunque obviamente, en menos medida que otros hermanos latinoamericanos. Pero con todo preocupa: preocupa si eres mujer desde luego. Y si eres un hombre sensible. Pero al final, la inquietud por el tema es algo levemente circunstancial. Ocurre de vez en cuando, cuando notas el lenguaje sutil de esa visión patriarcal en algunas cosas y comienzas a hacerte preguntas. No solo sobre tu cultura, sino la sociedad en que vives, y más aun, lo que absorbes de ella. Suele ocurrir que son escenas muy puntuales, las que te sacuden y de alguna manera, te hacen muy consciente de esa idea sobre la feminidad que forma parte de tu país, del pensamiento general de la gente que te rodea. Una toma de conciencia sin duda, que en ocasiones te sacude y en otras, simplemente te entristece.

El fenómeno me ha ocurrido en ocasiones, pero hay algunas que recuerdo más que otras, como por ejemplo:

El año pasado, mi padre me invitó a almorzar por mi cumpleaños. Como he comentado varias veces - y si no, es buen momento para hacerlo - mi relación con mi padre es más o menos reciente: durante toda mi infancia y primera juventud nos ignoramos mutuamente, debido en principio a la antipatía - mutua - que se profesa con mi madre. Pero al principio de la treintena, decidí que era buen momento para comenzar a conocer a este hombre extraño y tan alejado de mi vida que apenas le conozco. Y aquí estoy, sentada con él en una mesa de un restaurant caro de mi ciudad, nerviosa e incomoda.

Mi papá es machista, por supuesto. Aunque no agresivo, grosero, imprudente, abusivo o mucho menos hiriente. Simplemente es un hijo de su tiempo y de la sociedad donde creció, donde las mujeres eran la compañera del hombre, la madre de sus hijos y quién tenía el sacrosanto deber de sostener la paz hogareña, lo que sea que eso signifique. De manera que supongo que para él, es un poco desconcertante esta hija que no desea casarse, que trabaja por su cuenta, que paga sus gastos lo mejor que puede y que además, no tiene la menor idea de que va eso de mantener la alegría del seno familiar. Pero intenta comprenderme. Eso es bueno y lo agradezco, aunque no siempre ese intento tenga algún resultado.

- Bueno, que estupendo que decidiste venir para celebrar conmigo - dice. Y noto su incomodidad, muy parecida a la mía. Sonrío, le doy un apretón cariñoso en el brazo y vuelvo a quedarme muy rígida, mirándolo. 
- Sí, vamos a celebrar el nuevo año de padre e hija - respondo. Que artificial suena aquello, pienso. Que angustioso. Así que prefiero masticar mi pan, y escucharlo en lugar de seguir diciendo tonterías.

Curiosamente, mi papá parece decidido a la misma cosa, solo que él tiene otras ideas para pasar el rato extraño que compartimos. Se revisa el bolsillo de la chaqueta del traje y luego, en un gesto casi torpe, deja caer en la mesa una cajita recubierta de terciopelo verde con un listón amarillo. La miro, un poco aturdida. Él sonríe, y la empuja hacia mí.

- Feliz cumpleaños!

Ah, es que es mi regalo, pienso aturdida. Balbuceo algo que suena como que "no debiste haberte molestado" o algo semejante, pero igual siento curiosidad sobre qué podría obsequiarme este hombre que es parte de mi vida sin serlo, que apenas me conoce y que está intentando hacerlo. Siento un poco de emoción...que termina en una especie de sorpresa desconcertada cuando abro la caja.

Un par de aretes.

Y no aretes sin más. El regalo, son dos placas doradas recubiertas de piedras preciosas, tan excesivas y extravagantes que parecen falsas. Las sostengo, las contemplo mientras mi papá me observa con una sonrisa satisfecha.

- Son carisimos - me explica. Como si me hiciera falta saberlo. Sigo sin saber que decir. Tomo una de las piezas y la observo. Pesada, carente de esa sencillez que considero indispensable. Intento disimular mi desconcierto pero al final, creo que no lo hago muy bien. Mi papá se inclina y me mira - no te gustan.
- Es que... - tomo una bocanada de aire. Esto va a ser tan incomodo, pienso  - no es exactamente eso. Es que no tengo idea que haré con ellos. No uso joyas.
- Claro que usas, eres mujer - me suelta, casi con inocencia. Lo miro, desconcertada.
- Papá, ¿me ves llevando alguna joya?
- Porque no tienes.
- Porque no quiero.

- ¿Como una mujer no va a querer una joya? - exclama realmente sorprendido. Y  es por esa sorpresa que lo comprendo todo. Hay una sutil imagen quebradiza bajo aquel obsequio, una especie de idea concreta que parece coexistir con la idea de esta hija desconocida. Ese deber ser femenino que resulta tan sencillo comprender y esquematizar. Esa idea de la mujer que parece formarse por miles de retazos de información equivocada, carente de sentido real, fragmentada. Y continuo con la joya en la mano, contemplándola, un poco ofuscada. Debería gustarme. Y no lo hace. ¿Me hace menos femenina eso? ¿Es parte de una idiosincrasia que no entiendo? ¿Hay algo incorrecto en mi manera de pensar?  Una sensación un poco amarga me recorre, me sacude un poco. Mi papá sigue mirándome, realmente desconcertado.

- ¿Como no te va a gustar una joya? Es carisima - insiste. Guardo la pieza en la bella cajita, que si me gusta. Me encojo de hombros y miro a mi papá con cierta angustia.
- No importa. Barata o costosa. No me gusta. Podrías haberme comprado un lente de fotografía - digo en tono de chiste. Como quisiera pasar del tema, continuar hablando del tiempo y de la televisión nacional. Pero mi papá parece muy decidido a comprender el tema o al menos intentar convencerse que lo entiende.
- ¿Un lente? a una dama no se regala algo así en su cumpleaños - me explica. Y parece herido. Que terrible incomodidad esto. Aprieto la caja entre las manos, me pregunto que ocurre entre nosotros, cuantos años de diferencia existen entre mi pensamiento y el suyo. Al final, me encojo de hombros, tomo la cajita y la arrojo en mi cartera. Me inclino y lo beso en la frente, en una especie de mudo reconocimiento de su buenas intenciones y su completa ignorancia sobre la complejidad femenina.
- Ya hablaremos de eso después.

No hubo después claro. El tema no volvió a tocarse entre nosotros y mentalmente lo agradecí. Porque tal vez no hay nada más que decir. El pensamiento de mi padre sobre la mujer esta tan arraigado en si mismo como su visión de la sociedad. Y no admite replicas, por el mero hecho que forma parte de si mismo. ¿Realmente llegaría mi padre a comprender aunque lo intentara? No lo creo, y tal vez él no lo sea.

La escena siguiente, es menos incomoda pero aun así, igualmente desconcertante. Me encuentro en una librería y escojo un par de libros que llevar para consolar una semana especialmente dura, una recopilación de poemas de Bukowski y el nuevo libro de Chuck Palahniuk. Ambos libros llevan por portada un bello desnudo, uno más explicito que el otro, pero ambos un poco agresivos, decidiamente hermosos. Me acerco al mostrador y la encargada es una dama de mediana edad, que factura ambas compras en silencio. Después me mira con una sonrisa casi torcida.

- Deben ser libros aterradores - comenta. 
- No, en absoluto. Bukowski tiene los poemas más fuertes y bellos del mundo. Y Chuck Palahniuk siempre es bueno - comento. Ella toma los libros, los levanta para mirarlos mejor supongo y sacude la cabeza.
- En mis tiempos una mujer no habria podido leer esto. Y creo que era hasta mejor.

La miro sin saber que responder a eso. Hablamos de una mujer hermosa, con aspecto bohemio, el largo y grueso cabello recogido a la nuca. Rodeada de libros, tiene un aspecto casi exótico. Pero para ella, el desnudo masculino, ESE desnudo que solo muestra el cuerpo sin otra consideración, al parecer es ofensivo. Y continua mirándome, tal vez esperando que esta hermana de género pálida y ojerosa, le diga que sí, que era mejor los tiempos donde no te encontrabas los cuerpos masculinos bien expuestos, para ser observados y admirados. Pero eso es algo que no creo que alguien me escuchará decir, jamás.

- Pues para mí es un placer leer poesia viendo un precioso hombre desnudo, muy desnudo - respondo en broma - es como las dos cosas más bonitas del mundo en el mismo lugar, ¿no te parece?

Quise bromear. De verdad. De hecho, me esforcé realmente por parecer jovial. Pero a mi amiga la libreria no le gustó ni mi tono, ni mi voz, ni absolutamente nada de lo que dije. De manera que me dedicó una larga mirada apreciativa, tomó mi tarjeta de credito y no volvió a prestarme atención hasta que me entregó los libros en una bolsa de plastico. Luego me dió la espalda, visiblemente molesta.

Salí de la libreria pensando ya no en el machismo, sino en la mujer que se creó a partir de esas ideas. Una mujer que tal vez debe lidiar con los prejuicios tantas veces y de tantas maneras que finalmente, terminó aceptandolos como propios. Y que doloroso es, comprender eso: que la nujer venezolana es parte de ese estereotipo, que se crea asi misma a partir de esas pautas. Una idea que corroe e inquieta, pero que sobre todo duele.

¿Y que pasa conmigo? Nunca me he puesto los aretes que mi papá me obsequio de hecho, y llevo en mi moral mi libro de Buwoski, con un bello hombre sin rostro mostrando su masculinidad a quien quiera verla. ¿Soy menos mujer por eso? ¿Hay algo en mí que se declara en rebeldía contra ideas más viejas que mi misma? No lo sé, y tal vez no me importe saberlo.

C'est la vie.


2 comentarios:

Karla Pravia Álvarez dijo...

Jejejeje comprendo perfectamente ese choque con los prejuicios y estereotipos. Es hasta comprensible la posición de tu padre y de esa mujer. En Venezuela tenemos dos llagas: el machismo y el arquetipo femenino. El segundo está ligado a la venta de la mujer por mujer en sí, lo que a juro la identifica (zarcillos, tacones, peluquería, etc). La mujer venezolana (mayoría) rara vez se ve más allá de ese arquetipo

Miss B dijo...

Hola Karla!! Es justamente lo que quería expresar en este Post. Lo más singular, fue que tuve opiniones muy interesantes: una amiga que respeto y es una mujer muy inteligente e independiente, leyó el post y su primer comentario fue "Eso no es machismo, simplemente es diferencia de cultura y épocas". Sorprendida, le pregunté que le parecía la generalización de "Todas las mujeres usan zarcillos" y su respuesta fue "ideas de época". ¿Lo son? Por supuesto, pero el análisis supone desmenuzar la idea del arquetipo, del estereotipo forzado. ¿Donde se arraiga esa imagen del "Debe ser" femenino? Es allí que surgen las interrogantes.

Gracias bella, por leer y comentar!

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