miércoles, 30 de mayo de 2012

De la nocturnidad y otras manias: Mi eterno insomnio




Soy insomne desde que recuerde. De hecho, creo que nunca he dormido más de seis horas en una noche, ni siquiera cuando era muy niña. Según la ciencia médica, sufro de un desbalance hormonal que me impide conciliar el sueño profundo ( estado REM del sueño ) y debido a eso, me despierto con suma facilidad. Según algunas opiniones psiquiátricas, mi nivel de neurosis y ansiedad es lo suficientemente alto como para no permitirme dormir con tranquilidad. Según mi abuela se trataba solo de un capricho de mi mente, una necesidad casi inconsciente de permanecer despierta el mayor tiempo posible, parte de mi naturaleza inquieta e impaciente. Cualquiera sea el caso, no dormir es parte de mi vida, mi forma de ver el mundo y de crear mi propia historia. Una de esas ideas que te hacen ser quien eres o lo que es lo mismo, te define.

Y es que no dormir, te permite verlo de todo de una manera ligeramente distinta. como una realidad alterna que puedes completar y construir de la manera que te plazca. Sentado en la Oscuridad, a horas donde la mayoría del mundo a tu alrededor duerme, la realidad parece ligeramente distinta. Eso es algo que puede agradarte o inquietarte, depende tu humor  en el silencio, ese ánimo de vigilia que termina siendo parte de tu vida. Porque sin duda, no dormir, no solo se trata del acto físico de permanecer despierto, sino encontrar las horas alargándose indefinidamente, las obsesiones tomando un cariz por completo nuevo. Como insomne, he descubierto que el mundo nocturno es tan amplio como inquietante, donde todo tiene un lustre ligeramente distinto e incluso las ideas más sencillas, se transforman en algo más, una reflexión constante de tu idea individualidad que llega un momento resulta agotador. Nunca he entendido demasiado bien esa transformación de la rutina en algo tan complejo que puede parecer incluso desconcertante. Tal vez se deba a que el noctámbulo experto, comienza a reconocer pautas, silencios, la noche misma como un concepto único. Y es una idea que delinea una manera de ver tu propia perspectiva de las cosas por completo nueva.

De niña, ser insomne me hacia sentir miedo. Hablo del miedo real, de ese que nace de las sombras que se alargan, los sonidos inexplicables, los murmullos habituales en medio de ese silencio plomizo de las madrugadas. Pero a medida que fui creciendo, el insomnio se transformó en mi cómplice, en mi manera de refugiarme en un espacio tan privado como impenetrable. Nada más delicioso que leer un libro que te apasiona de un único tirón, o dejar pasar las horas fotografiando sin cesar. O escribir. Que delicia escribir a solas, hablando en voz alta, paseándome de un lado para otro, tropezando en la oscuridad, bebiendo taza tras taza de café, paladeando esa sensación de soledad que no es tal, que el mundo duerme apaciblemente mientras lo observo con más atención que nunca. En mi adolescencia, el insomnio se transformó en un castillo de ideas, repleto de imágenes y palabras, de libros subrayados afanosamente, de pequeñas travesuras, de una sensación radiante y casi extraña de felicidad. El amanecer era como regresar al mundo de todos los días, al de todos, al que puedo comprender. A veces sentía una cierta tristeza por ello.

De adulta, el insomnio se desmitificó. Claro que, siguió siendo ese espacio personal enorme, tan anarquico y carente de sentido como lo fue antes, pero adquirió un tinte mucho más intimo, casi discreto. Las noches se hicieron una sensación, más que una idea. Y de pronto, encontré que las largas horas nocturnas, no solo eran caldo de cultivo para mis obsesiones y esa necesidad mía de recrear una y otra vez mis ideas en todas las formas que tenía a disposición, sino una larga reflexión. Por supuesto, tal vez se debió a que mi soledad se llenó de voces, de ausencia y cercanías. Esas largas noches de conversaciones, de sexo y dulzura, o simplemente la compañía, una idea que parecía reflejarse de mil maneras distintas. Pero seguí sin dormir, sentada en la oscuridad mientras todos en mi mundo dormían. Seguí siendo yo la que miro el amanecer antes que nadie, la que sonríe antes esa primera ráfaga luminosa de luz que casi puedo beber y sigo siendo yo, quien sabe la diferencia entre la noche cerrada y la muerte de los colores y el despertar de un nuevo día. Mis pequeños secretos de insomne. Mis descubrimientos temerosos, mi manera de soñar la paz.

Una vez, uno de mis ex, quizá el que más comprendió la idea de mi insomnio como parte de mi personalidad, me preguntó a donde iban mis sueños, siendo que jamás dormían. Su pregunta me hizo recordar al Macondo de la epidemia del insomnio, lleno de cartelitos indicando el nombre y la utilidad de cada objeto, con José Arcadio alucinando en medio de temores y olvidos, y el pueblo sumido en una ilusión interminable de muñequitos de dulce. Entonces llegó Melquiades, creo recordar y dio un sorbo de una prodigiosa medicina de gitanos al patriarca Buendía y este de pronto recuperó el don de dormir, de ver el mundo en la luz. Y los sueños quizá.

¿A donde están los míos entonces? pienso a veces, viendo la luz del amanecer colarse por las ventanas. Y entonces veo las páginas escritas a mano, con furia y casi dolor. Las fotografias colgadas de cualquier manera en las paredes, los libros abiertos. La música, tamborileando en el silencio y sonrío.

Porque sé donde están.

C'est la vie.

1 comentarios:

M. dijo...

Yo he descubierto el imsomnio hace poco tiempo, al hilo de tormentas personales de esas que te dejan sin respiración. Tengo que decir que te comprendo, aunque se me hace dificil la idea de ser insomne de por vida. Por la noche leo, escribo, veo mis series favoritas... y he vuelto a aquellos días de verano en que mis padres me obligaban a hacer la siesta y yo pensaba que no había mayor pérdida de tiempo que dormir.
Tienes una vida paralela, tu vida nocturna. Acostumbrada como estás a dormir lo justo. Te envidio en cierto modo porque por el final de tu entrada deduzco que habitas en el mundo de lo fantástico durante unas cuantas horas cada noche y sin necesidad de soñarlo.

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