sábado, 13 de agosto de 2016

Hojas perdidas y otras historias de brujería.



En la biblioteca de mi abuela - la sabia, la bruja - había todo tipo de objetos extraños. Figuras de hierro y metal que no tenía idea de qué podían representar, tapices tejidos en vivos colores que mostraban escenas nocturnas, siempre con una brillante Luna Llena en hilo plateado flotando sobre ellas. Trozos de pergamino en las que alguien - nunca supe quién - había pintado estrellas y constelaciones. Frascos de cristal repletos de polvos de aspecto misterioso y en algunos casos, algún insecto flotando en un sueño eterno en un líquido incoloros. Ramas retorcidas de madera pulida, hilos de oro y plata entretejidos entre sí entre las esquinas de los anaqueles de madera. Ni había un solo lugar en esa enorme habitación desordenada que no me resultara deslumbrante,  digno de contemplarlo por horas en callado asombro.

También había libros, por supuesto.  Cientos y cientos de libros, en distintos estados de deterioro. Los había muy viejos, destrozados por la intemperie, con el lomo roto y deslustrado. También, estaban los nuevos,  con sus cubiertas de papel brillante y letras de colores llamativos que gritaban su titulo con cierto aire festivo. Y estaban los otros, claro. Los misteriosos. Los que no tenían autor, de solapas de cuero muy viejo y curtido, cerrados por una cinta o un pequeño hilo de metal anudado con un candado muy viejo. Los que mi abuela guardaba con enorme cuidado en el anaquel con puertas de cristal, para que todos en casa pudiéramos mirarlos pero jamás tocarlos. O ese era el pensamiento que se me ocurría cada vez que inclinaba hacia el mueble para contemplar la multitud de libros silenciosos que aguardaban ser leídos, manoseados, queridos y que permanecían solos y apartados de todo eso.

- Pero abu, todo los libros quieren que los lean - protesté en una oportunidad - ¿Para que los escriben si no es así?

Por enésima vez,  mi abuela me había encontrado intentando abrir las puertecillas de cristal plomado del mueble donde se guardaban aquellos raros libros. Solía sacudirlas un poco, asombrada de escuchar entrechocar las pequeñas piezas invisibles en su interior. Casi podía imaginar el mecanismo de la cerradura, combándose y golpeándose entre sí mientras sacudía con energía las puertas de cristal. E imaginaba que un día - no sabía cuando - dejarían de resistirse y se abrirían. Entonces, extendería las manos con mucho cuidado, para tocar el lomo de cuero taraceado de los libros, para sentir su roce extrañamente firme y delicado. Un libro que guardaba secretos. Un libro de brujas.

- Estos libros también fueron escritos para ser leídos, por supuesto - me aclaró mi abuela, con su habitual paciencia - pero aún no tienes la edad suficiente para hacerlo. Son las memorias, conocimientos y la sabiduría acumulada de tus parientes, mujeres que decidieron escribir su aprendizaje diario para conservarlo para las brujas del futuro. ¿No te parece eso hermoso?

Claro que me lo parecía, me dije entusiasmada. Ladeé la cabeza para mirar el anaquel  que mi abuela intentaba ocultar con su cuerpo. La silueta de los libros apareció y volvió a desaparecer en un machón de color y sombras. Ella se movió un poco y el mueble volvió a desaparecer en la silueta de su amplias caderas. Solté un suspiro contrariado.

- Pero no me los dejas leer - volví a insistir - ¿Por qué no puedo leerlos?
- Porque estos son libros que guardan conocimiento que debes obtener con trabajo y esfuerzo - me dijo como si tal cosa - la sabiduría no es cosa sencilla: se construye a través de un largo trayecto en el que avanzamos a diario. Cada uno de estos libros, son el espíritu y el saber de las brujas que te precedieron. Para comprenderlos - y a ellas, sus visión de las cosas, su idea esencial sobre el mundo - necesitas atravesar tus propias dudas y miedos.

Como sucedía con frecuencia, no entendí muy bien que mi abuela me decía. Tenía el hábito de explicarme las cosas como si me tratara de una adulta en lugar de una niña pequeña. Era algo que me encantaba, aunque la mayoría de las veces me llevara un buen esfuerzo entender todo lo que deseaba enseñarme. Aún así, era formidable esa sensación de rozar el mundo adulto, de intentar comprenderlo de alguna manera, aunque no siempre lo lograra.

- Pero...¿Qué son esos libros? ¿Son misteriosos?

Con nueve años, no tenía muy claro el significado de la palabra "misterioso" y mucho menos en casa de mi abuela, donde nada era lo que parecía. Ya para entonces además, sabía que todas las mujeres de mi casa se llamaban así mismas "brujas", así que sabía que había cosas sorprendentes por doquier. Como las escobas colgadas en la pared, las ventanas y puertas llenas de grabados de estrellas y Lunas Llenas.  Le eché una miradita a los libros, ordenados en pulcras filas, brillando bajo la luz del sol. ¿Qué podían guardar? ¿Qué secretos escondían entre sus páginas?

- Son Libros de las Sombras - aclaró mi abuela por primera vez. La frase me dejó asombrada y desconcertada - son la forma como las brujas del pasado conservaron su conocimiento, su forma de ver el mundo, su aprendizaje. Una herencia de sabiduría que conservo con enorme respeto.

El corazón me comenzó a latir más rápido. ¿Libros de las Sombras? Caramba, eso se escuchaba como las cosas que solían contar los cuentos de terror que se suponía no debía leer, pero que leía a escondidas. ¿Qué guardaban sus páginas? ¿Qué se escondían en esa discreta colección de libros que a simple vista, tenían un aspecto casi vulgar? De inmediato, me puse a imaginar grandes hechizos, palabras poderosas capaces de provocar fenómenos extraordinarios. En mi imaginación, me vi sosteniendo un libro entre los brazos mientras una llamarada radiante brotaba de sus páginas. ¿De eso se trataba el "conocimiento" que mencionaba mi abuela? ¿Cuando lo podría aprender?

- Cuando tu también tengas algo que ofrecer a esta herencia - respondió cuando le pregunté lo anterior. Me dedicó una mirada serena que sin embargo, no admitía replica - Cuando tengas algo que decir al futuro, a todas las mujeres de tu familia y quizás fuera de ella que te leerán, podrás mirar lo que guardan esta pequeño legado.

Me tomó de la mano y caminamos juntas hacia la puerta de la biblioteca. Cuando miré por encima del hombro, el anaquel de los libros pareció desaparecer entre el resto de los libros y objetos que llenaban el lugar. Y sin embargo, tuve la sensación que aún estaba contemplando la hilera de libros sin nombres - inalcanzables, en las sombras, un secreto dentro de un secreto - cuando la puerta se cerró.

***

Mi prima M. me dedicó una de sus muecas petulantes cuando le conté sobre los Libros de las Sombras de la biblioteca. Ladeó la cabeza, dedicándome una mirada burlona.

- Te faltan siglos para que puedas ver lo que hay en cualquiera de ellos - dijo - ¿No lo sabías? Sólo una bruja de verdad puede leer el libro de las sombras de otra bruja.

Una bruja de verdad. La frase me provocó escalofríos. En más de una ocasión, abuela me había dicho que había nacido en una familia de brujas y que por lo tanto, podía ser una. Pero aún así, tendría que trabajar muchísimo para serlo. Largos años de estudio, esfuerzo y perseverancia, así había dicho. Esa idea me parecía insoportable, tan lejana que era incapaz de imaginar el momento en que aprendería tanto como para llamarme bruja. Mi prima se encogió de hombros cuando me escuchó.

- Ser bruja no es algo fácil. Ya sabes todo lo que he tenido que hacer para aprender - se regodeó - te falta media vida para eso.

Prima M. tenía quince años y era todo lo que yo quería ser aunque claro, jamás lo admitiría. Era alta, con un cuerpo lleno de curvas adolescentes y el cabello le caía como una melena larga y rizada sobre los hombros. Además, ya era una bruja con todas las de la ley: se había iniciado unos años atrás y siempre presumía de lo mucho que había aprendido en compañía de las abuelas y tías. A veces quería creer que exageraba, que no sabía tanto como se vanagloriaba,  pero sabía que decía la verdad: en los rituales de Luna Llena, solía invocar con voz alta y clara. Levantaba los brazos con un gesto firme y elástico, contemplando el cielo nocturno con los ojos brillantes y serenos. Una bruja, sin más, pensaba sentada al fondo y siempre junto a una de mis tías, llena de envidia y pesar.

- Pero...¿Cómo voy a lograr aprender todo lo que debo si no miro los libros? - insistí. Era una frase de puro despecho inocente. Pero mi prima enarcó la ceja y apretó los labios en una mueca maliciosa.
- Pues tienes razón - admitió - ¿Cómo vas a aprender? Si yo estuviera en tu lugar, iría a echar un ojo por mi cuenta.

A la distancia de varias décadas, estoy segura que prima sólo intentaba provocarme sin alguna otra intención retorcida. Era bromista, malcriada y la mayoría de las veces muy odiosa, pero dudo que en realidad estuviera animándome a algo semejante. La recuerdo, con sus ojos castaños muy abiertos y asombrados, deleitándose por mi entusiasmo. Pero supongo que jamás imaginó el desastre que vendría...después. Y para ser honestos, yo tampoco.

- ¿De verdad?
- ¡Claro! ¡El conocimiento es libre! - exclamó mirándose las uñas impecables sin prestarme demasiada atención - ¿Por qué no podrías mirar los libros cuando quieras? Hojealos y aprende lo que puedas.


Me quedé muy quieta, dejando que la idea calzara en algún lugar de mi mente. Cuando prima se inclinó en el espejo de su cómoda para retocarse en maquillaje, me levanté de un salto de la silla donde estaba sentada. Ella me miró a través del espejo sin mucho interés.

- ¿No habrá líos si hago eso? - pregunté entusiasmada. Prima sonrió, se retocó el perfecto labial color rubí y me dedicó uno de sus guiños maliciosos.
- Somos brujas ¿No? somos osadas y desobedientes. De vez en cuando nos vamos a meter en líos.

Cuando sonreí - una amplia sonrisa emocionada que no pude contener - la prima me dedicó una mirada un poco intrigada. Supongo que sólo después comprendió lo que podía significar.


***

De pie en la oscuridad apoyé las manos contra la puerta de la biblioteca. Por casi cinco noches, había vigilado con una enorme paciencia las idas y venidas de abuela cada noche, de manera que sabía que antes de dormir, cerraba la puerta con cerradura y se iba a su habitación para dormir. Era rutina que cumplía al dedillo: salía al jardín para mirar la noche entre las ramas del árbol de mango, volvía a la casa para asegurarse que todo estuviera en orden y después subía a descansar, como si se tratara de una buena manera de finalizar el día. Y después oscuridad. La casa entera parecía dormir también, envuelta en las sombras ligeras que entraban desde el jardín.

De manera que sólo tenía una oportunidad: el corto rato entre la cena y el momento en que abuela pasaba por mi habitación para darme las buenas noches. Si me apresuraba, podía abrir las puertas del anaquel, llevarme algún libro...y quizás hasta devolverlo. Con la cara pegada a la madera, me imaginé a mi misma asombrada por los secretos que guardaban los libros, mirando sus páginas radiantes ondular bajo un viento venido de ninguna parte y luego volviendo a la biblioteca, más sabía y más fuerte, para guardar de nuevo el conocimiento aprendido. ¿A que no era una gran idea esa? me dije envalentonada. Ese era el momento.

Empujé la puerta. Se abrió con facilidad. El anaquel con puertas de cristal estaba allí, con su aspecto envejecido y un poco cansado. Me pareció estaba esperándome. O me gustó imaginarme eso. Extendí la mano y encendí una de las lámparas de las mesitas. La luz irradió mortecina y amarilla. La biblioteca entera pareció ondular a mi alrededor.

Oye, esto no está bien, pensé. El corazón me dio un brinco tan fuerte que me quedé de pie, con las manos apretadas en los bolsillos del Jean. No está bien hacer esto a escondidas. No está bien traer un pedazo de alambre para dañar un mueble bonito. ¿No te dijo la abuela que tendrías que esperar? Por algo lo hizo.

Oh, vamos, eso es miedo, me contradije. Sacudí la cabeza, avancé hacia el anaquel. Si los voy a leer alguna vez ¿Por qué no ahora? ¿Qué pueden guardar que no pueda leer ahora? ya soy grande, tengo casi diez. Quizás abuela no entiende es que hora que comience a ser bruja. De las de verdad.

Avancé en la semipenumbra. Escuché risas lejanas y el sonido de la televisión. La familia se encontraba en el comedor y el salón. Tenía un poco de tiempo todavía. Me saqué del bolsillo el trozo de alambre retorcido que había llevado conmigo. Como en las películas, me dije con los dientes castañeando de miedo. Sólo es cuestión de atreverse. No pasará nada.

El anaquel pareció mirarme con serenidad cuando me incliné hacia la pequeña cerradura muy vieja. Era pequeña, con una chapa de metal enmohecido y la cerradura deformada quizás por años de uso. La miré, intentando recordar lo que había visto en uno de mis programas de televisión favoritos. Sólo tenía que tomar el alambre y forzar la oscuridad diminuta de la cerradura. El mecanismo haría un click misterioso y se abriría. Entonces...

Me sequé las manos empapadas de sudor contra el jean. Tomé el alambre y me incliné sobre las delicadas puertas de cristal. Los libros me parecieron más cercanos que nunca, más tentadores. ¡Ya voy por ustedes! pensé entre emocionada y aterrada. Ya podremos conversar.

El alambre chasqueó contra el metal. Apreté y forcé, escuchando cómo golpeaba con las profundidades diminutas de la cerradura. Nada ocurrió. Volví a intentarlo. Apreté aún con más fuerza. Pero la cerradura pareció cerrarse un poco, defenderse de mi ataque. Me enfurecí. En un paroxismo de impaciencia, empujé con todo el peso de mi cuerpo el alambre, que avanzó con un sonido sibilante hacia el interior de la cerradura. Pero tampoco ocurrió nada: ahora, el alambre sobresalía atascado del metal, pero las puertecitas seguían cerradas. Era imposible no notar el metal retorcido, como flotando entre el cristal. Mi abuela lo vería y sabría de inmediato que había ocurrido.  Lo miré todo con ojos aterrados.

- ¡Ay no! - murmuré. Tomé el alambre. Lo sacudí. No se movió. Volví a intentarlo, esta vez sacudiendo con fuerza el alambre, apoyando los pies contra el anaquel - ¡No puede pasar esto!

Seguí empujando y entonces, escuché un crujido. Por un momento, tuve el esperanzado pensamiento que finalmente había logrado sacar el alambre, pero cuando miré, la sangre se me heló en las venas: Una grieta enorme y muy visible cruzaba una de las puertecitas de Cristal de arriba a abajo. Y por supuesto, el alambre seguía en la cerradura, impertinente e inevitable.

- ¡Vamos! ¡Sal de una vez! - exclamé y en medio del miedo, levanté la mano y la apoyé contra la madera de la anaquel - ¡No me hagas esto!

Sentí el sacudón bajo los dedos, la forma como el pequeño mueble se combaba contra la palma de mi mano. Hubo un nuevo chirrido y entonces, el alambre cedió...o eso creí hasta que noté que el trozo de cristal roto se abría limpiamente y caía al suelo, donde se rompió en cientos de trocitos brillantes. La cerradura se dobló y todavía con el alambre sobresaliendo entre las piezas de metal resbaló y cayó al suelo tintineando. La miré rodar y detenerse junto a la pata del enorme escritorio de madera de mi abuela.

Conteniendo la respiración, miré el anaquel. El miedo se me hizo un nudo en el pecho y tuve el impulso de correr afuera, gritando y pidiendo ayuda. Las puertecitas colgaban rotas del mueble y la madera tenía algunos rasguños. Pero lo que era peor, los libros estaban doblados contra el agujero del cristal y comenzaban a resbalar hacia afuera, como si lo único que los mantuviera derechos eran las pequeñas portezuelas. Uno de ellos se deslizaba con rapidez hacia afuera y en el momento en que extendí las manos para tomarlos, se desplomó hacia abajo con un sonido sordo.

Todo ocurrió muy rápido. De pronto, el viejísimo libro cayó abierto y las frágiles páginas amarillentas flotaron a su alrededor con un sonido lento y triste. Las vi esparcirse de un lado a otro, deslizándose en silencio por las sombras de la habitación. Eran sólo hojas, muy viejas y frágiles, que parecieron hacerse pedazos con el mero movimiento. Y de pronto, también estaban las páginas del siguiente libro, llenas de diminutas anotaciones en una primorosa letra verde y con ramas y pequeños pétalos de flores pegadas en las esquinas. Me abalancé para sostenerlo, pero apenas alcancé a sostener un par. El resto de los libros continuaron cayendo, estrellándose contra el suelo en medio de un espiral de hojas rotas.

Tengo un confuso recuerdo de lo que pasó inmediatamente después: me veo sentada entre las hojas rotas, los frágiles pétalos de flores que desintegraron como pequeños espirales de polvo, llorando sin reboso. Y la figura de mi abuela a mi lado, mirándolo todo con los ojos muy abiertos y angustiados. A nuestro alrededor, las hojas seguían moviéndose, aleteando en su caída en el desastre como mariposas heridas. Recuerdo el sabor del llanto y del polvo, pero sobre todo, el momento en que ladeó la cabeza y noté su expresión contraída, fiera y severa. Tenía las mejillas enrojecidas de pena y enojo y casi en medio del desastre, pensé que eso era lo más doloroso.

- Los hemos perdido - dijo entonces. O quizás lo soñé después y no dijo nada. Pero su mirada vibrante y húmeda lo dijo quizás sin necesidad de las palabras que no llegaría a pronunciar - es nuestra historia la que está aquí.


***

Tia M. solía decir que la tristeza tiene un sabor acre y seco, como la de pan agrio, que se te queda en los labios y en la lengua y no permite que las palabras escapen con tu voz. Así me sentí durante esa larga semana en que todos en casa de la abuela estaban furiosos conmigo y nadie me dirigía la palabra. O cuando lo hacia, era de mala gana y con enorme renuencia. Incluso prima, a quien consideraba la culpable de todo lo que había ocurrido, parecía escandalizada  y triste cuando la acusé.

- ¡Jamás pensé que harías algo semejante! - exclamó y por su nerviosismo, deduje que era verdad - ¡Son los Libros de la Familia! ¿En qué estabas pensando?

Apreté los labios. Todavía me causaba dolor el recuerdo de los libros cayendo al suelo desvalidos, con sus hojas muy viejas, flotando a su alrededor. Me encogí de hombros, de nuevo con el llanto cerrándome la respiración.

- Sólo...quería verlos - balbuceé. Prima entrecerró los ojos furiosa.
- Pues ya los viste. Los destrozaste y encima le rompiste el corazón a la abuela. Eso hiciste.

Sentí que el corazón me palpitaba en la garganta. Justo eso era lo que más sufrimiento me producía: el rostro angustiado y demacrado de la abuela, que parecía seguirme a todas partes incluso cuando no la veía. La noche en que me encontró en la biblioteca me había reñido sin levantar la voz y me había enviado a mi habitación, pero tia E. me había contado que había pasado horas tratando de recuperar el estropicio que yo había causado. La miré anhelante.

- ¿Lo logró?
- Claro que no. Algunos de esos libros tenían décadas. Eran objetos frágiles. Había una buena razón para guardarlos así.

No me atreví a preguntarle a abuela que había ocurrido con los libros, sí como decía la tía no había logrado salvar alguno. Y ella tampoco me lo dijo. Por primera vez desde que me había mudado a su casa, abuela parecía francamente furiosa conmigo, a pesar que jamás me alzó la voz o me riñó de malos modos. Pero eso era incluso peor: odiaba su silencio helado y distante, la manera como no me miraba a los ojos o a la decepción que encontraba en ellos cuando lo hacía.

- No se trata sólo de los libros, sino del hecho que no entiendas que el misterio en ellos es el amor - me explicó tia P. cuando me encontró triste y cabizbaja en el jardín antipático de la casa. Se sentó a mi lado y me pasó un brazo por los hombros - suena cursi y almibarado, pero en realidad el amor es la fuerza más potente y  vieja de todas. La que te hace crear, soñar y desear. Y en Brujería respetamos eso.

No supe que decir. Tia suspiró y miró a su alrededor la hierba mal cortada que nos rodeaba.

- Toda nuestra casa es un gran Libro de las Sombras - me explicó - todo lo que hace una bruja es un testimonio de su inteligencia, capacidad para construir ideas, para construir algo fuerte y complejo desde su mente. Una bruja crea a cada paso, se permite la libertad de asumir su capacidad para contradecir, para osar avanzar en contra la corriente. Por ese motivo, esos libros eran valiosos: cada uno de ellos tenía el testimonio, los recuerdos y las vivencias de una bruja que no se conformó con mirar el mundo de una manera sencilla. Y eso intentó legarlo a todas las mujeres del futuro que queremos aprender de ellas.

Pensé en las hojas flotando, rotas y pequeñas. Eran hojas simples de papel, cubiertas de escritura. Vivencias, sueños, escenas del pasado. ¿Estaban perdidas?

- No lo creo. Celia seguramente encontrará la manera de recuperarlas - me tranquilizó mi tia. Suspiré aliviada: era la primera persona de la casa que lo hacia en una semana - pero si, debes encontrar la manera de explicarnos a todas que entiendes por qué son importantes esos libros. Porque es valioso el aprendizaje. Porque sabes que el tiempo que transcurre para una bruja es una forma de conocimiento.

Me quedé un poco desconcertada. Tia se negó a explicarme como podría lograr algo semejante. Se levantó de donde se encontraba sentada y sonrío con cierta picardía.

- Si tuviste los arrestos de provocar ese desastre, deberías saber que hacer para que demuestres entiendes el valor del conocimiento que te heredamos.

La vi alejarse por el jardin. Sentí que la tristeza y la confusión me golpeaban las sienes. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? me pregunté. La vocecita en mi mente soltó una risita.

"Porque eres una bruja. ¿Qué otra razón puede haber?"


***

Mi madre me había obsequiado en mi cumpleaños un primoroso cuaderno de hojas cubiertas de estrellas que jamás había usado y que estaba bastante a decidida no usar jamás. Era mi tesoro, mi regalo, uno de los objetos más bonitos que poseía. Más de una vez le había dicho a cualquiera que quisiera escucharme que escribiría en él mi primera gran historia, el libro que contaría todas las historias del mundo, el que se vendería en cada librería de todas las ciudades de la tierra. Era como un pequeño tesoro, entre todos los tesoros. Era de una de mis posesiones más valiosas.

Abrí con cuidado el cuaderno y miré sus hojas impolutas. El corazón me dió un brinco, pensando en el libro que escribiría en el futuro, en todos los sueños que contenían esa galaxia de Lunas Llenas y estrellas de papel. Apreté el lápiz entre las manos, sentí que la muñeca se me endurecía de miedo. Y entonces, me incliné y comencé a escribir.

Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando comencé a contar todo lo que había esperado encontrar en los libros rotos. Todo lo que había soñado contenían y lo tonta que había sido al creer que el conocimiento es misterioso, sólo por no estar al alcance de la mano. Los dedos  me temblaban de angustia cuando conté al cuaderno lo que había sentido al ver las hojas desprenderse de las viejas solapas y volar, el dolor que me había causado esa pérdida irreparable. Escribí y escribí todo lo que había sentido al comprender todas las palabras perdidas, los pequeños sueños y secretos que tantas brujas habían confiado a sus libros que se habían roto por mi descuido. Narré lo mejor que pude las pesadillas que me habían causado los libros rotos, las hojas destrozadas por el simple hecho de abandonar el libro que las vio dormir por tantos años. La enorme tristeza que me provocaba el pensamiento de haber destruído una herencia tan valiosa como inolvidable. Y me pregunté en voz alta, al cuaderno, a la Luna Llena, al dolor que llevaba a todas partes como una herida, si habría alguna manera de reparar todo aquello. Si habría una forma de enmendar ese silencio de los libros rotos. Un gesto de amor que trajera al futuro otra vez todo su conocimiento. Una manera de soñar en el futuro - esa magia apacible que comenzaba a entender -a  través de lo que la experiencia me había enseñado.

Mi abuela me miró en silencio cuando me acerqué a su enorme escritorio de manera. Temblando de verguenza, extendí el cuaderno envuelto en una cinta azul y lo dejé entre los papeles desordenados que llenaban la mesa de madera. Los ojos de mi abuela centellaron por una emoción que no identifiqué de inmediato.  Carraspeé la garganta.

- Quería...darte esto - comencé. Ella no dijo nada. Esto va a estar complicado, me dije - es...todo lo que ocurrió. Lo escribí.

Abuela siguió en silencio. Tomé una larga bocanada de aire. Bueno, ya que estás aquí, hazlo bien, pensé con cierta impaciencia. Tienes que hacerlo.

- Quería ver los libros porque pensé eran misteriosos y guardarían secretos asombrosos - comencé en voz muy bajita - que...encontraría hechizos, conjuros. Cosas increíbles...como lo que se cuenta hacen las brujas. Pero cuando los vi caer...entendí que eran algo más. Que había cosas maravillosas...pero no como yo pensaba. Que había secretos pero no de niños o de libros. Entendí que los libros estaban vivos. Que eran parte de esta familia. Que estaban en todas partes de la casa, que contaban historias de cosas que son nuestras ahora. Eso...no lo entendía antes.

Ni tampoco en ese momento, me dije pero sin atreverme a decirlo en voz alta. Seguía sin entender bien ese legado de mano en mano, de palabra en palabra, de sueño en sueño. Era como la raíz de algo más antiguo hermoso y poderoso que todavía no podía vislumbrar. Y eso me desconcertaba y fascinaba. ¿Qué deseaban heredar las brujas al escribir? ¿Al crear? ¿Al soñar? ¿Qué historias tan viejas guardaban las páginas abiertas de un libro de las Sombras? ¿Cuál era la magia antigua que guardaban cada uno de ellos?

- ¿Y ahora lo entiendes? - preguntó mi abuela. Me gustó escucharla hablar, aunque notara la severidad en su voz.
- No mucho - admití - por eso te traje esto. Es mi cuaderno favorito y escribí en él todo lo que pasó, lo que aprendí y lo mucho que me duele. No para mí. No sé para quien lo hice. Pero pensé que quizás en el futuro...alguien.

Se me cerró la garganta. Abuela suspiró, tomó el cuaderno con cuidado y lo acarició entre los dedos. Bueno, eso es algo, pensé emocionada. Al menos no lo arrojó a la basura.

- Un Libro de las Sombras es un anecdotario de todo lo que la bruja sabe y es, pero más que eso, también es su conciencia - dijo entonces en voz baja - las brujas aprendemos del mundo mirándonos a nosotras mismas. Avanzando hacia el centro de nuestra mente, construyendo lo que miramos y ansiamos comprender a través de nuestra imaginación.

"Un libro de las Sombras de una bruja cuenta historias, pero también habla del pasado, del presente y lo que habrá en el futuro. Desde la conciencia de quien eres y hacia donde avanzas. Desde el hecho de aprender para crecer, para hacerte más fuerte y consciente de toda la responsabilidad que tienes en tu libertad y manera de soñar. Eres tu obra de arte, eres tus historias. Que avanzan por tu cuerpo y tu mente, como ríos interminables de conocimiento. Esa osadía de la bruja que jamás se conforma con nada, que sabe que el futuro es una contradicción y una esperanza. Que mira con amor lo que hace pero también lo que espera.


Se levantó y me tomó de la mano. Caminamos juntas hacia el anaquel de puertas de cristal. Sentí que la verguenza y la sorpresa me coloreaba las mejillas: El mueble tenía un aspecto estropeado y un poco enclenque,  aunque continuaba teniendo su brillo venerable de siempre. Además, la abuela había hecho cambiar las portezuelas por unas nuevas, que no tan bonitas como las antiguas. Me entristecieron esos pequeños cambios y mucho más, saber que yo los había provocado.

Pero mucho más, me dolió el aspecto desamparado y un poco triste de los libros, que volvían a ocupar el lugar de honor, pero que yo sabía, estaban heridos quizás de manera irreparable. Sabía que abuela había pasado días enteros intentando volver a coser las páginas rotas, de intentar recuperaran su viejo esplendor. Lo había logrado con algunos. Me preguntaba con frecuencia con cuales no.

- Un Libro de las Sombras es el espíritu de la bruja, ese fuego ciego y febril que la hace mirar el mundo con entusiasmo y curiosidad. Una bruja escribe para narrar su propia historia, para contarla así misma pero también, para crear algo más grande. Un vínculo con el pasado, con el presente y con todo lo que vendrá. Una colección de historias que llevarán al futuro su mensaje, sus experiencias. Que le hablarán a todas las que como ella, saben que hay un valor extraordinario en el poder de aprender y creer.

Se inclinó y con gesto lento, introdujo una llave pequeñita y de aspecto vulgar en la nueva cerradura de la puertecitas de cristal. Entonces hizo algo muy raro y que me dejó sin palabras, paralizada a su lado: tomó mi cuaderno y lo guardó junto a los otros. Lo empujó y enderezó hasta que encontró un lugar en el encajó como una pieza pequeña en un gran mecanismo. Después volvió a cerrar las puertas. La miré boquiabierta y emocionada.

- Ese es tu legado. El de las pequeñas cosas que temes y encuentras. El de las grandes confesiones de conciencia - dijo y sonrío. ¡Era su sonrisa de siempre! el alivio me llenó los ojos de lágrimas - alguien en el futuro, leerá sobre todo lo que aprendiste en todo esto y quizás, comprenderá que el valor de las grandes anécdotas es formar parte de un vinculo misterioso con una historia más vieja que la propia.

- La historia de las brujas - dije en voz baja. Abuela sonrió y pasó la cerradura del mueble. Mi cuaderno se quedó allí, como si hubiese encontrado su lugar en medio de todas las pequeñas grandes historias que le rodeaban.
- Tu historia - respondió.

***

Abro el cuaderno y miro las Lunas Llenas y estrellas que rodean la página. Las lágrimas me palpitan al fondo de la garganta, en la punta de los dedos, en las manos abiertas. La primera palabra nace y siento como se forma en mi mente, en esa llanura blanca de papel y tinta que espera por mí.

El sueño que comparto con mi historia. Una mirada al pasado y también al futuro. Una manera de soñar y crear.

La magia más antigua de todas.


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