domingo, 21 de agosto de 2016

Danza de estrellas y otras historias de brujería.






Cada Luna Llena es una celebración. Lo pienso, sentada en medio del circulo de velas, con los brazos levantados hacia el infinito tachonado de estrellas. El tiempo en mis dedos. La sonrisa secreta bailando en alguna parte de mi mente. Y el fuego, ese fuego perenne y poderoso del tiempo que avanza para recordarme mi identidad, que se hace cada vez más fuerte. Que se hace poderoso en la belleza, en la capacidad para transformarse en algo más complejo y esencial. Porque en la bruja en mi espíritu es más fuerte que nunca. Más simbólica y poderosa. Un rostro entre mil rostros. Una mirada potente y primitiva sobre mi espíritu y mi propia identidad


- Bruja.
- Así es.
- ¿Cómo la de los cuentos?
- Como las de mi casa.

El salón al completo me escucha el silencio. Alguien suelta una risita, hay un ligero carraspeo. Yo continuo de pie, con la blusa un poco arrugada, la falda del Uniforme sucia de barro y el cabello despeinado. Desde luego, no tengo el aspecto de una bruja, de esa criatura fabulosa y melancólica que la maestra de Castellano acaba de describir. Sólo soy yo, de diez años, con las rodillas salpicadas de raspones, las uñas sucias y la cara pálida llena de pecas.

No sé porque me empeño en decir esas cosas en voz alta, piensa una parte de mi, sin duda la más sensata y discreta. Debería quedarme callada, mentir, quizás. No tengo que responder todas las preguntas ¿Verdad? no tengo que decir la palabra que parece asustar tanto a las niñas de mi edad y hacer que los adultos sonrían con esa...¿Suficiencia? ¿Comiseración? no sé aún cual es la palabra correcta. La sabré muchos años después: Incredulidad. Y probablemente burla. Pero la niña de diez años que soy, no le importan esas cosas.

Porque esa niña, piensa en que la palabra sólo describe cosas buenas. A la abuela que rie a carcajadas, con el cabello cobrizo y los ojos color miel. A las tardes aterciopeladas con olor a galletas de avena. A la tia oronda y simpática, que le trenza el cabello mientras ambas cantan viejas canciones a la Luna. A la prima hermosa, con el cabello largo y oscuro como el suyo. Incluso a su madre, que aunque no le gusta tanto esa palabra como al resto de las mujeres de su familia, también sonríe al pronunciarla. De manera que ¿Por qué no decirla? ¿Por qué murmurar en voz baja, con verguenza? ¿Por qué fingir que no existe, cuando creo que es la palabra más bella del mundo? Porque ser una bruja es un Privilegio. Es ser una hija de la Tierra, el sol y las estrellas. Es atesorar sabiduría de las plantas, es escuchar al viento cantar. ¿Por qué ocultar, entonces, quién soy?


La luz de las velas parece flotar a mi alrededor, plácida y diminuta. Y siento el poder del viento y de la Tierra arrasar todo temor, todo desconcierto. Y soy yo: la mujer que cree en el espíritu salvaje del fuego, en la radiante belleza del mar que fluye en su mente. Soy yo, la mujer que se llama así misma bruja. La mujer que danza y mira al cielo infinito que brilla su alrededor como un sueño inolvidable. 

- Bruja.
- ¿Lo dices en serio?
- Completamente en serio.
- No me lo esperaba de ti.

Me encuentro en la Universidad. Una adolescente libre y asombrada por el mundo nuevo que se abre ante ella. Una adolescente delgaducha, de mirada ardiente y cabello despeinado que comienza a comprender el valor de lo que aprende, de toda esa nueva experiencia que comienza a vivir. Mi amigo más querido por entonces, se sobresalta con la palabra, aprieta los labios se encoge de hombros.

Sé lo que piensa. Para él las cosas son simples: Las brujas simboliza una mitología perdida, vieja y arcaica. O quizás nada. La bruja sólo es una mujer de espalda retorcida y piel verde, en un libro de cuentos, con las mejillas arrugadas y los ojos duras. Bruja para él es una mujer ignorante, que corre por los bosques, aullando y gritando. En el mejor de los casos, bruja para él, es una mujer enloquecida, que se tira de los cabello, que se debate con la mirada extraviada. ¿Donde encajo yo en esa imagen? ¿Donde encaja la chica que discute y debate ideas? ¿La lectora voraz con quien comparte el gusto por los clásicos rusos? ¿Por qué me empeño en llamarme de esa manera, como si afeara mi capacidad para creer y confiar? Cuando me suelta de la mano, miro nuestros dedos sobre la hierba verde y fresca del campus de la Universidad. No lo entiende aún ni lo entenderá.

Y danzo, desnuda bajo la Luna Llena. Riendo y llorando bajo este silencio fragmentado y lleno de recuerdos. Danzo en esta oscuridad púrpura tachonada de secretos. Y Soy yo, la mujer salvaje, la poder poderosa. La sabia, la curandera. Mil veces viva y renacida. Hija del círculo de fuego. Hija de los enigmas y del sueño que se crea a sí mismo. Hija de mil secretos. Hija del bosque secreto que habita en mi mente. Del tiempo que nace y muere, sólo para volver a renacer. 

- Bruja.
- ¡Baja la voz! ¿No te avergüenza decir eso en voz alta?
- ¿Por qué podría hacerlo?
- Ya sabes lo que podrían pensar sobre tu familia e incluso, sobre ti.


Lo sé, por supuesto. Mi amiga Flor no tiene que explicarme, que en Venezuela, ese crisol ecléctico de religiones y creencias, la palabra brujería parece abarcar toda una serie de visiones de la superstición, lo atemorizante  e incluso lo directamente desconcertante. Porque bruja se le llama al Santero, al Palero, al que fuma tabaco oloroso frente a pequeñas tiendas abarrotadas de botellitas de cristal. Y también se le llama así a la mujer que grita, a la discutidora, a la difícil. Porque bruja es el epíteto, el insulto, el estigma pequeño. Bruja es la insoportable, la gruñona, la insolente. Bruja es la anciana desgreñada, esa que vive en la imaginación popular. Pero Flor no entiende aún los dos rostros de esa visión de una misma cosa: eso a pesar que visita mi casa desde que era niña y ahora que somos adultas, lo hace incluso con mayor frecuencia. No lo entiende a pesar que quiere y respeta a mi abuela, de se asombra con los ojos muy abiertos por los Libros de las Sombras, por los pequeños altares repletos de piedras y flores. Aún así, la historia pesa mucho, pesa tanto. La bruja continúa atemorizando.

La noche se hace única, un recuerdo entre tantos. Con los brazos abiertos recibo la bendición del Infinito. Y soy, esta mujer entre secretos, la rama más joven de un árbol muy viejo. La mirada asombrada, la esperanza entre mis dedos. Y bailo, para recordar mi nombre, el hilo que me vincula a una tradición antigua, extraordinaria. La mirada de la Diosa en mi mente. Hija del Tiempo que no tiene nombre. De los bosques misteriosos de la memoria. 

- Bruja.
- ¿De verdad?
- Así es.
- ¿Sobreviviente?
- Creyente.

Sonrío, frente al grupo de oyentes. Los que aceptaron la invitación de escucharme. Los que quieren saber. pronuncio la palabra, frente a sus ojos asombrados, mostrándole mis libros de las sombras, las plumas que decoran cada hoja, las cartas del tarot que yo misma confeccioné. La pronuncio levantando la daga que heredé y mi pentáculo. ¿Quieres eres? me pregunto, radiante y fresca. ¿Quién eres? me cuestiono, mientras respondo sus preguntas, mientras le hablo de mi historia. ¿Quien eres para soñar y creer? ¿Quién eres para desear y construir? ¿Quienes eres para esperar el futuro que se crea y se construye entre mis manos? ¿Quienes para soñar y aspirar? ¿Quien eres para conservar la esperanza? ¿Quien eres para crecer con humildad, como el tallo del árbol verde y joven que brota de la tierra fértil?

- Soy una bruja - repito - y todas las mujeres de mi familia, también lo son.


En el jardin tibio y resplandeciente, las escucho reir y cantar. A las brujas de mi memoria. Juntas, bajo la luz de la luna, celebramos ese raro privilegio de recibir como herencia un nombre, una creencia, una tradición. Y bailamos juntas, las manos entrelazadas, el rostro vuelto hacia el infinito. Una plegaria de sonrisas, una profunda visión de la fe.

Así sea.

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