domingo, 28 de agosto de 2016

Plumas pérdidas en la oscuridad y otras historias de brujería.





Tomo la primera caja de libros y la abro con un gesto lento y casi ceremonioso. Del interior brota un viejo olor melancólico, mezcla de polvo y albahaca. Las lágrimas me cierran la garganta y de pronto, toda mi infancia parece hacerse real en una única escena, en una única mirada al pasado, al tiempo perdido y que he vuelto a encontrar. Mi tia P. me dedica una de sus miradas apreciativas, casi dulces.

- Los guardé para ti - me dice - sabía que querrías tenerlo.

Los libros nunca mueren o eso me gusta creer. Es un pensamiento que tengo con frecuencia y me hace sonreír. No solo por mi amor a la literatura sino por el hecho, que imagino un futuro promisorio, donde las ideas nos sobrevivan, a pesar del cinismo de una época que no se comprende demasiado así misma o peor aún, que se simplifica cada vez que puede. No podría decir que sucede en realidad. Lo que sí he aprendido que la palabra sobrevive a cualquier cosa, trasciende, elabora mundos nuevos. Y quizás esa sea su magia, su valor, su sueño. Su manera de construir el futuro.

Tomo el primer libro. Las solapas verdes están rotas por los bordes, algunas hojas comienza a romperse y a combarse por efecto del tiempo. Pero aún conserva el fuerte olor a mirra y a romero que siempre tuvo.  Lo recuerdo con enorme claridad. Mi abuela me lo mostró unos días después de llegar a su casa: Su primer libro de las sombras. Lleno de sus pensamientos e ideas. De sus pequeños dibujos de niña, de sus largas reflexiones adolescentes sobre la vida, la magia y el poder de creer. Lo sostengo con dedos temblorosos y siento con toda claridad como mis recuerdos más preciados toman forma, se hacen más fuertes y trascendentales. Se me escapa una risa nerviosa, salpicada de lágrimas. Mi tia me pone una mano amable en el hombro y me dedica un apretón afectuoso.

- Ella los guardó para ti, no lo dudo - me dice en voz baja y confidencial - después de todo, eras la bruja más pequeña, la que comenzaba a crecer. Estoy segura que pensó...

Sacude la cabeza. Ahora, ella también llora. No sé cómo consolarla, no sé como explicarle que sí, también estoy segura que abuela decidió obsequiarme su conocimiento a la distancia, una forma de sobrevivir a la muerte que sorprende por su belleza lírica. La recuerdo como la última vez que la vi, de pie en su jardín antipático, de pie frente al sol dorado y carmesí del atardecer. El cabello trenzado cayéndole sobre el hombro. La sonrisa amable y astuta.

- Hay algo muy privado y orgánico en escribir nuestros pensamientos - me había dicho, mientras podaba el rosal de enorme rosas deformes que tanto le gustaba - es un acto de voluntad, un acto creativo. Escribir a mano es una obra de arte a pequeña escala. Es dibujar y circunscribir los pensamientos a una idea profunda. ¿Imaginas algo más hermoso que tomar tus ideas y crearlas de raíz? Hay algo poderoso, íntimo. Parir una idea.

La escuché en silencio, divertida por su apasionamiento. Ella notó mi incredulidad.

- Sí, ya sé, eres una hija de tu edad y de tu época - me contestó - te debe parecer ridículo ese hábito de lo manual y lo artesanal. Pero tiene su valor. Tiene su poder.
- Lo tiene claro - le contesté sin comprometerme - pero no veo por qué no facilitarse las cosas. Por qué no hacerlas menos complicadas y sí más directas.
- ¡Qué nihilista! - dijo con una pequeña carcajada - a veces el camino más largo es el más intrigante. Lo descubrirás con el tiempo

Estoy convencida que por ese motivo, las brujas escribimos nuestros libros de la Sombra. A mano. Inclinadas con dificultad sobre la hoja, la muñeca dolorida. Los dedos tensos. Cuando era más pequeña, estaba convencida que aquello era perder el tiempo: ¿Para qué escribir a mano si en la computadora era mucho más sencillo? Eran tiempos de rebeldía claro, donde todo lo tradicional me pesaba como un fardo de historia que no comprendía muy bien porque debía llevar a cuestas. Recuerdo que muchas veces me pregunté por qué debía escribir un Libro de las Sombras, por qué debía continuar una tradición sin mucho sentido. ¿No era más sencillo acumular la información de cualquier manera? Soy una hija de una época tecnológica. Una mujer de su época. Con catorce años, la idea de recopilar mis vivencias de aquella manera desordenada y personal me parecía más romántica que otra cosa. Una especie de costumbre caduca sin demasiado sentido en tiempos donde todo tiende a simplificarse, a carecer de valor.

- Me lo pensaré - le aseguré. Ella puso los ojos en blanco.
- Ese escepticismo tuyo te llevará al aburrimiento, ya verás.
- ¡La Diosa me libre! - dije entre risas. Ella río también.

Y así nos despedimos. Un día después, abuela estaba muerta y yo atesoraba aquella conversación como el último fragmento de nuestra historia. Con el corazón hecho pedazos y abrumada por un tipo de dolor que jamás había conocido, pensé que ni ella ni yo habíamos supuesto jamás que esa sería su última enseñanza, la última lección que me enseñaría.

- Aquí están todos - dice mi tía,  mostrandome las tres cajas cerradas a mi alrededor. No sé que decir, abrumada por los recuerdos y el pecho cerrado de pura emoción - cuídalos y llévalos contigo como una lección.

Sigo sin saber que decir. Abrazo el libro verde contra el pecho. De pronto, el dolor se convierte en una cosa. Quizás, en una forma de sabiduría.

***

Los libros de las Sombras de mi abuela tienen un aspecto antiguo y venerable en mi fea biblioteca de madera barata. Parecen incluso un poco incómodos, rodeados de nuevos clásicos del terror, chucherías de diseño y todo tipo de pequeñas curiosidades que he acumulado con los años. Pienso que los viejos volúmenes deben sentirse un poco fuera de lugar, en medio de ese nuevo mundo que le rodea. Y la idea me hace sonreír casi con inocencia. Con esa sensación de posibilidades infinitas que siempre me ha hecho sentir la brujería. Que siempre me ha brindado esa firme creencia en lo mágico y lo imposible que me inculcó mi familia.

Pasé algunos años de mi adolescencia convencida que el hilo de conocimientos que une a las brujas es más una idea anecdótica y sobre todo, abstracta. Que más allá de lo que asumimos como conocimiento - y sobre todo como herencia - hay un espacio interpretativo, una forma de concebir la magia, la realidad y el poder de las ideas que puede resultar confuso y en ocasiones, directamente caótico. Lo pensé sobre todo, cuando comencé a rebelarme contra la oralidad de la brujería, contra el hecho que sus tradiciones, rituales y conocimientos se transmitieron como una herencia emocional. En mis momentos más festivos e intransigentes, me llegué a preguntar si era necesario toda esa metódica necesidad de trasvasar conocimientos de una generación a otra. De crear un vinculo imperecedero entre el pasado y el presente de esa manera casi artesanal.

Pensaba todo eso hasta que empecé a leer los libros que mi abuela guardaba: los suyos, los de otros miembros de la familia, los que incluso no llevaban nombre, perdidos en el tiempo y el anonimato involuntario. Tenía dieciséis años y de pronto, comprendí que había algo profundo y complejo en la brujería que lo que creía. Que había algo más poderoso y trascendental en el conocimiento que se lega como parte de una idea mucho más grande, antigua y generosa.

Soy una apasionada lectora. Leo muchísimo y por cualquier razón. Me acostumbré a leer para sonreír, para llorar, para construir mis propias opiniones, para no tener ninguna. Para enfurecerme y para calmarme. Muchas veces, me pregunté si esta necesidad mía de leer, con voracidad, deglutiendo las palabras lo más rápido que podía era una forma de evasión. De pensar en otra realidad para evitar pensar en la propia.Crecí en un mundo complicado, en un país agrietado por la violencia. Me recuerdo leyendo, hundida entre párrafos e historias, mientras el mundo parecía moverse muy rápidamente al otro lado de la ventana. Pero al crecer comprendí que el mundo entre las páginas avanzaba más rápido todavía, me proporcionaba una visión de la historia - y de mi misma - más profunda que cualquier otra cosa. Me enseñaba a mirar.

Así que quise mirar al pasado de la misma forma como me miraba a mi misma o a mis propios mundos. Comencé a leer los libros de las Sombras de a sorbos. Un libro de las Sombras no es una historia que se cuenta. O quizás si lo es. Un Libro de la Sombras es un fragmento de muchas historias, es una larguísima conversación con mujeres y opiniones que durante mucho tiempo no tuvieron otro refugio que la palabra. Pero en realidad, no te cuenta nada: Nadie comienza un Libro de las Sombras intentando hablar de si misma. Piensas en quién te leerá. Piensas en quien aprenderá a través de ti la historia que no conoce. Y eso fue lo que me enseñaron todas las mujeres que heredé a través de palabras. Todas las maneras como cada una de ellas se asumió así misma y a la divinidad a través del deseo de hablar al futuro. Una manera de soñar.

El primer Libro de las Sombras que leí fue el de mi tía abuela R. No la conocí en vida - llevaba varios años de muerta cuando nací - pero me hizo reír su visión del mundo. Su Libro comienza contando el primer ritual que llevó a cabo y cómo las cosas se salieron de control, pero no por nada mágico, sino por torpeza: "De haber sabido que las velas podrían caerse con tanta facilidad, las habría atornillado al suelo", contaba luego de describir el pequeño incendio que había provocado al intentar seis velas a la vez. Después, reflexionaba un poco sobre el arte de reír: "Hay que reír. Siempre. Incluso llorando. Hay que reir para decirte a ti misma: "Si puedo reir, ¿no puedo vencerlo? Me gusta mi risa, aunque sea estupida. Me gusta saber que la risa te rescata, aunque no lo sepas". Me imaginé a la regordeta R., de quién conservo fotografías y su colección de cartas del Tarot, riendo a carcajadas. La letra temblorosa, seguramente estaba bromeando al escribir aquello. Y que tachones. Los dibujitos sobre la página. Una mujer real.

Después leí el Libro de las Sombras de F., una de mis primas cuartas o algo semejante, ese parentesco que cuesta reconstruir a la manera normal. Para ella, las cosas eran más serias: se casó muy joven con un hombre muy cristiano que le preocupaba su práctica de la vieja Tradición. Pero aún así, ambos encontraron un punto medio para entenderse, para hablar a los hijos de la Luna y el Sol, de Jesús resucitado, de la Virgen y la Diosa.

"Cabemos en la misma casa. El crucifijo y la estrella. A J. le angustia que dirá mi suegra de encontrar mis bolsitas de yerbas por todos lados, las piedritas metidas en las gavetas y la albahaca en la ropa. Pero él no dice nada. Cuando plancho, lee el Última Noticias sentado junto a la mesa y me pasa las hojitas. Las agarro, las huelo y las meto en la ropa. Nosotros nos entendemos".

Ah, porque el amor es la magia más antigua de todas, decía P. Mi tatarabuela cosía y lo hacia maravillosamente bien y en muchas de sus anotaciones de su Libro de las Sombras, hay pequeños dibujos de ropas, de patrones, de aguja e hilo. Trozos de tela. Me gusta su letra temblorosa. Me gusta de vez en cuando abrir su libro y recordar las tardes largas y soleadas en su tendedero atestado de cosas. Me sentaba a mirarla, asombrada por la rapidez de sus libros al coser. Ella decía que era magia, que era brujería. Yo siempre pensé era amor.

"Coser es hablar un idioma - escribió en su Libro de las Sombras el 22 de Febrero de 1965 - no lo entiendes al principio. Te equivocas, tanto que quieres dejarlo. Yo tiré más de una vez en el zaguán la labor. ¡No puedo con esto! ¡No tengo paciencia! Pero volvía a coser. Lo hice tantas veces que las manos me quedaron callosas pero cuando hice mi primera blusa, de tafetán, me sentí tan orgullosa que quise tejer dos y tres. Muchas cosí. La magia está en continuar, no pararse. La magia está en seguir".

Lo sabría ella, mi vieja querida, que murió a los ciento tres años, sonriente y rodeada de su familia. Las manos cruzadas sobre el pecho. Sonriendo de satisfacción. Y cosió hasta el último día: Mi abuela llevó a su funeral la blusa hermosa que no llegó a terminar, con la manga derecha un poco descosida, pero tan hermosa que me hizo sonreír en lugar de llorar.

Y todas ellas, las brujas, cuentan su historia en lo cotidiano. Para mi, quizás, o así me gusta imaginarlo. A K, una lejana pariente que murió décadas antes que pudiera conocerla y que le encantaba jugar fútbol aunque su madre no se lo permitía. O a H, que celebraba la Luna sentada en su jardín, con las manos llenas de tierra, empapada en barro y sonrisas. O mi propia abuela Celia, que amaba cocinar pero también bailar y que escribía siempre que podía que la brujería sería fuerte "siempre que alguien recuerde que la magia nace del poder de crear y construir tus ideas. De soñar cada noche y cada día, que el mundo es posible gracias a los que piensan, a los que se atreven, a los que teniendo miedo dan el primer paso. A los que se levantan de madrugada para ir a la calle a trabajar, a los que duermen hasta tarde porque durante la noche hicieron el amor, a los que se asombran, los que tropiezan y se burlan de su torpeza. Todos los que ríen a carcajadas, los que cierran los ojos para degustar una buena sopa. La magia está en casa cosa posible porque la sueñas, porque eres quién la crea, porque para el espíritu, el poder y la pasión".


Tomo de nuevo el libro verde de mi abuela. Me tiendo en mi cama, abrazándolo contra el pecho. Y Sonrío, leyendo la historia de mi abuela, la mía, la de  todas. Porque juntas construimos un camino de ideas y pensamientos que sobrevivirán al desamparo, la desesperanza y quizás, al simple silencio. Sonrío, sí,  cada vez que me siento a solas, desnuda y bajo la luz de la Luna a escribir. No sé quién me leerá en el futuro, no sé quién será la niña - o el niño - que se asombrará y se reirá de mi letra extraña o que pensará que mis dibujos de palitos son torpes. Lo que sé, es que cada palabra, construyo un mensaje más allá de mi misma, más allá del tiempo que puedo aspirar a mirar y a soñar. Construyo un mensaje al Infinito, a cada cosa hermosa con que sueño y es simple, tan pequeño, que cabe en una palabra. Fe. Que nace cada vez que escribo.

El poder de crear.

Así sea.

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