lunes, 29 de agosto de 2016

ABC del fotógrafo curioso: Sí, la Fotografía es arte y merece — y necesita — estudiarse.


Henri-Cartier Bresson, el llamado padre de la fotografía moderna.


Recibí mi primera clase de fotografía a los veintitrés años, aunque tenía once la primera vez que sostuve una cámara entre las manos. De manera que durante buena parte de mi vida como fotógrafa, he sido autodidacta y por lo tanto, buena parte de mi aprendizaje se basó en la experiencia, la repetición, la imitación e interés personal en profundizar sobre la práctica y la teoría fotográfica. También equivale a decir que como un considerable número de fotógrafos, comencé a fotografiar por pura curiosidad y afinidad estética, lo cual me hizo tomar decisiones muy específicas sobre lo que deseaba expresar o no con respecto a la fotografía.
Cuando se es autodidacta, el camino hacia el aprendizaje fotográfico es largo, enrevesado pero siempre gratificante. Aprendes por ensayo y error, por esa insistencia de perseverar sobre la imagen inmediata según tus propios términos. Y resulta muy satisfactorio sin duda, asumir que la fotografía es un acto íntimo, una complicada interpretación de lo que la imagen inmediata puede ser a través de tus propios términos. Eso te hace consciente de tus fortalezas y debilidades, de ese crecimiento paulatino pero sostenido que todo fotógrafo atraviesa para convertirse de mero propietario de una cámara en un creador visual a pleno derecho. Además, el hecho autodidacta te confiere poder: decides cuándo aprender, cómo y por qué motivos deseas construir una mirada fotográfica. Y lo haces según el ritmo que impone tu análisis sobre la fotografía. Un aparente control sobre lo que deseas expresar y mostrar en la fotografía que le confiere un inestimable valor no sólo a la captura de la imagen, sino también al resultado de todos los esfuerzos. A esa fotografía ideal que todos aspiramos a crear.

Pasé buena parte de mi adolescencia persiguiendo esa fotografía ideal. Al principio, fotografiaba todo lo que podía, siempre que podía, en una compulsión iniciática y obsesiva que llegó a convertirse en una pasión cuando comprendí sus alcances. El número y la frecuencia de las fotografías que tomaba varió cuando comencé a comprender que buscaba algo específico a través de la imagen, aunque no lo tuviera muy claro y me llevara bastante esfuerzo analizar la idea fotográfica desde un punto más allá de la mera captura mecánica. Por último, encontré que mis fotografías tenían un mensaje que expresar — lo supiera o no — y que esa idea abstracta y conjuntiva creaba una visión elemental sobre lo que necesitaba expresar. Fue entonces cuando encontré que las herramientas que tenía a disposición — los tutoriales, los manuales técnicos, los documentales y la inestimable experiencia diaria — no eran suficientes para acompañar ese mensaje. Para crear algo más profundo y poderoso que lo que hasta entonces había hecho. Que a pesar de mi interés, investigaciones, amor a la fotografía, necesitaba algo más que le brindara una mayor vastedad a ese lenguaje incipiente que comenzaba a crearse y sobre todo, le hiciera aún más consistente de lo que era.

Tomar clases de fotografía me ayudó justo con eso. No sólo porque me vi obligada a confrontar mis ideas y argumentos visuales, sino porque también descubrí que había mucho más en la fotografía de lo que había supuesto. Y es que la experiencia humana, la teoría académica sobre la imagen y sus implicaciones e incluso la historia de la fotografía, me brindó un marco de referencia por completo nuevo, en el que pude elaborar una hipótesis por completo nueva sobre mi trabajo. Tuve que luchar contra mis propios límites — que los tenía y la mayoría, eran autoimpuestos — y además, me vi en la obligación de aceptar que debía evolucionar para alcanzar esa imagen que soñaba obtener. Esa conclusión a años de esfuerzo y dedicación que con tanto empeño había intentado lograr y que aún, no alcanzaba. Para entonces tenía más de dos años estudiando fotografía y de pronto, encontré que mi trabajo era más de lo que había pensado siempre: no sólo era un conjunto de imágenes. Eran un mensaje incompleto.

Uno de mis profesores sobre todo, parecía bastante más interesado en ese mensaje probable de la fotografía que en cualquier aspiración o consideración técnica. Tanto así, que le parecía mucho más importante la fotografía como hecho emocional y artístico, que como subproducto técnico, algo que pocas veces ocurre. Conversábamos con frecuencia sobre el particular y en una ocasión, se rió de mi afán por construir un discurso visual memorable a través de mi capacidad técnica y sobre todo, mi habilidad mecánica para el manejo de la cámara.

— Toda fotografía se basa en un concepto elaborado a partir de las referencias, vivencias y experiencias de un fotógrafo — me dijo Y para crear una expresión creativa consistente, necesitas aprender sobre ti mismo pero también sobre la herramienta creativa que utilizas. Una imagen es mucho más que una capa de significado basado en lo obvio. Es una construcción compleja de una idea que supera lo que puedes ver. Una imagen verdaderamente valiosa conmueve, incómoda, asusta, invita a pensar. Una fotografía que se sustenta sobre un lenguaje consistente, es un documento artístico y visual destinado a trascender. Lo demás, son juegos en ocasiones muy ingeniosos de luces y sombras.

Nunca olvidé esa reflexión. Me obsesionó tanto como para enfrentarme a mis fotografías y sobre todo, a mi visión sobre ellas desde un punto de vista por completo nuevo. Desilusionada, preocupada pero sobre todo, deseosa de encontrar un nuevo significado al universo creativo que intentaba elaborar, pasé meses en un análisis continúo no de la calidad técnica de mis fotografías, sino de ese mensaje oculto, subyacente y muy poco evidente en ellas. Leí sobre la teoría filosófica fotográfica, me interesé por nuevas expresiones y reflexiones sobre la imagen. Y fotografié más que nunca: no en número, sino en calidad. Porque una fotografía no se toma, se hace y fue lo que aprendí mientras pasaba meses esforzándome por transgredir mis propias limitaciones y romper esa línea diametral que me mantenía bajo cierto límite en la confrontación de ideas visuales.

Un día, me enfurecí. Tanto, como para tomar todas mis fotografías impresas y comenzar a romperlas en una secuencia casi demencial. Rompí las fotografías anodinas, que no me decían gran cosa. Rompí el conjunto de simples colecciones de rostros, de formas y reflejos de la realidad sin mayor interés. Y cuando terminé, rodeada de papeles rotos y cientos de trozos de historias, sentí un alivio enorme, insospechado. Sentí que había llegado a la puerta misma de algo muy profundo en mi relación con mi fotografía: lo esencial que me hacia seguir fotografiando.

De manera que continué leyendo, debatiendo y tomando clases de fotografía. Y de pronto, las nuevas fotografías que nacieron luego de ese pequeño deflagración, parecían algo nuevo aunque en realidad era lo mismo de siempre, sólo que mucho más profundo, doloroso y significativo. Un nueva manera de hablar sobre mi misma, del mundo que me rodea, mis opiniones y temores, que es lo que resume y hace poderosa a una fotografía. Cuando les mostré mis imágenes a mi viejo profesor, movió la cabeza entre satisfecho y exasperado.

— Aún te falta un poco de fuerza — aseveró — ¡Rétate! ¡sé osada!
Los ojos se me llenaron de lágrimas de frustración. Él movió la cabeza y entonces hizo algo muy extraño: me tomó de las muñecas y me hizo llevarme las manos a la cara para tocarme las mejillas húmedas.
— Todo esto — dijo mientras mis dedos rozaban mis lágrimas — debe estar en la fotografía. Debe ser contado en imágenes. Comienzas a hacerlo. Encontrarás una manera más poderosa de lograrlo.

Continúo intentándolo, por supuesto. Y en medio de toda esa búsqueda, sigo fotografiando, creando y elaborando ideas complejas sobre mi discurso visual y mi lenguaje fotográfico. Lo hago gracias a la experiencia que adquirí como autodidacta y también, la que obtuve como estudiante de fotografía. Entre ambas cosas, hay una idea que sostiene el todo raquídeo y poderoso que hace a una imagen única. Esa identidad plausible que hace a un fotógrafo poderoso, tenga o no una cámara en la mano. La posibilidad de expresar ideas complejas a través de sus imágenes.

***
Pienso en todo lo anterior, mientras leo un artículo publicado en Pentapixel, en el que el fotógrafo Olivier Krumes recomienda encarecidamente no estudiar fotografía. Y lo hace sobre la base de una serie de razonamientos más o menos argumentados, que incluyen lo costoso que resulta aprender fotografía, el hecho que la fotografía “no necesita aprenderse” y otras tantas aseveraciones que parecen provenir más del desencanto con respecto la educación fotográfica que por cualquier razón meditada al respecto. Y no obstante, se trata de una posición meditada y compartida por un considerable número de fotógrafos que consideran que la fotografía no necesita otra cosa que cierto empeño y una limitada cantidad de esfuerzo para su aprendizaje y sobre todo, su profundización como disciplina artística y discurso estético. Una postura lamentable que sólo demuestra que a pesar de su notable evolución y sobre todo, democratización de la herramienta y el medio de aprendizaje, la fotografía continúa siendo menospreciada lo suficiente como para que se juzgue innecesario no sólo un contexto académico que la sostenga, sino el mero hecho del aprendizaje metódico. Un planteamiento preocupante que parece no sólo asumir que la fotografía no necesita mayor complejidad teórica y conceptual sino que además, no requiere una real profundización en los conceptos filosóficos y académicos que la sostienen.

Se trata de un pensamiento peligroso. Porque en la medida que simplifiquemos lo que la fotografía puede ser, condenamos el futuro de la imagen inmediata a ser una simple consecuencia de un proceso mecánico. Si la fotografía no necesita estudiarse sino que se trata de una colección de conocimientos técnicos y de experiencia a pie ¿Qué evitará que un buen equipo sustituya todo eso? Si ahora mismo hay una buena cantidad de gente convencida que fotografiar — y lo bien que lo hagas — depende de la cámara que tengas o la frecuencia con que lo hagas ¿Qué nos espera el futuro con medios tecnológicos mucho más precisos?
Por tanto, el cuestionamiento continúa: ¿Es necesario estudiar fotografía? ¿Puede la fotografía ser algo más allá que un impecable documento técnico para convertirse en un discurso visual por derecho propio? ¿Qué ventajas puede brindar el estudio fotográfico metódico al hecho mismo de la fotografía como reflejo de lo inmediato? ¿Puede la fotografía ser algo más que un noción directa sobre la realidad?

Tal vez, la respuesta a todo lo anterior se encuentre en algunos de los siguientes planteamientos:

* El amor y el odio a la fotografía:
Krume arguye como razón en contra de la educación fotográfica, el hecho que podrías aburrirte o que el entorno educativo podría hacerte “odiar” la fotografía. No es un planteamiento nuevo: buena parte de los fotógrafos que insisten en que la educación fotográfica no es necesaria, esgrimen como una de los motivos de peso para no aprender fotografía de manera estructurada, es el hecho que la experiencia les parece banal, subjetiva e incluso agresiva con respecto a la forma cómo comprenden la imagen inmediata. Un argumento difuso y confuso, si tomamos en cuenta que la fotografía, como toda disciplina artística, es una expresión emocional de lo estético y lo discursivo. Por tanto, el trabajo fotográfico suele estar relacionado con nuestro punto de vista no sólo hacia la imagen inmediata como recurso y elemento estético, sino con nuestra relación personalísima con los conceptos y la visión del arte como herramienta de expresión íntima. Por tanto, el arte y la manera como lo concebimos — nuestro punto de vista sobre él — tiene una inmediata relación con la forma como asumimos su importancia en nuestro planteamiento individual.

De manera que es muy poco probable que estudiar — o no — fotografía te haga odiar, amar, aburrirte o te provoca cualquier otro sentimiento complejo por la fotografía. El contexto y el entorno de aprendizaje sólo acentúa el hecho real de cómo concibes la fotografía como forma de arte y expresión personal. Cualquier reacción emocional tiene una inmediata relación con la forma como el autor analiza el hecho creativo de la fotografía y muy poco, con cualquier elemento externo que pueda afectar la experiencia personal. Creer lo contrario, presume un conocimiento muy limitado sobre las relaciones emocionales y sensoriales que puede provocar cualquier obra de arte. Y aunque es evidente que un ambiente propicio promueve y facilita el aprendizaje, tampoco es un elemento decisivo al momento de analizar nuestra capacidad artística desde un punto de vista sensible.

* La reivindicación del método tradicional ¿Por qué la fotografía “no se estudiaba antes”?
Eso lo podría responder un jovencísimo dibujante llamado Henri Cartier-Bresson cuando entró al estudio del artista André Lhote en Montparnasse para aprender las nociones básicas sobre la pintura, pero pensando en fotografiar. Sentado a la mesa, en largas tardes tediosas alergatadas por el calor del verano Parisino, Cartier-Bresson no sólo aprendió los rudimentos de la técnica pictórica, sino esos elementos abstractos que brindan a una obra visual su belleza y profundidad. Aprendió sobre composición, el poder de crear escenas a través de decisiones estéticas y conceptuales muy específicas. Como lograr que una pieza artística pudiera no sólo asombrar sino conmover al espectador. En suma, el estudiante Henri Cartier-Bresson aprendió a pensar de manera artística, a utilizar sus recuerdos intelectuales y emocionales para crear obras que aspiraban fueran trascendentes. Y lo hizo a través de la experiencia de un respetado artista que le enseñó por todas las razones concretas por las cuales se educa a un artista en crecimiento: La necesidad de brindar los conocimientos necesarios para que el aprendiz no sólo pueda madurar como artista sino también, como creador de un lenguaje visual personal.

Unos años después, el joven dibujante abandonaría los lápices y tomaría una vieja cámara Krauss para inmortalizar escenas Costa de Marfil. Entusiasmado y asombrado, Cartier-Bresson descubriría esa idea básica sobre la fotografía que seduciría a muchos de los fotógrafos que le sucedieron: la capacidad de la imagen para inmortalizar, pero más allá, para crear y construir ideas profundas a través de lo inmediato.

* El aprendizaje fotográfico es muy costoso:
Nadie lo duda, todo aprendizaje requiere una considerable inversión monetaria, de esfuerzo personal y de tiempo. La fotografía no es la excepción: en la mayoría de los países del mundo la educación fotográfica es muy costosa y suele ser altamente especializada. No obstante, la pregunta que surge luego de analizar ese planteamiento es obvia: ¿Por qué la inversión en la educación fotográfica parece innecesaria cuando en otras disciplinas se considera imprescindible? ¿Qué hace que la fotografía se menosprecie tanto y se considere de tan poco valor como para que que merezca una inversión monetaria? ¿Cual es el motivo por el cual la fotografía, a diferencia de otras disciplinas, no necesite también una visión académica indispensable que requiere un costo concreto?

Más allá de eso, el planteamiento parece avanzar hacia otro más complejo: ¿Por qué la mayoría de los fotógrafos no durarían en hacer una considerable inversión monetaria en equipo y artículos fotográfico? ¿Por qué buena parte de los fotógrafos que denigran de la educación fotográfica están virtualmente obsesionados con la técnica y la especialización de la herramienta? ¿Por qué buena parte de los fotógrafos que insisten en que la fotografía no debe ser estudiada si les parece imprescindible una cámara tecnológicamente avanzada o una óptica de considerable costo? ¿Por qué no se considera igual de necesario o valioso la inversión en el hecho fotográfico como expresión académica?

Además, la accesibilidad de medios y de recursos ha hecho que la educación fotográfica sea parte de una idea comunicacional notoria. Más allá de la multitud de tutoriales técnicos sobre el uso y funcionamientos de las herramientas fotográficas, existe una considerable oferta de cursos, visionados, becas, revisión de portafolios, discusiones, residencias artísticas completamente gratuitas a las que el fotógrafo puede acceder por mínimos requisitos. Se trata de una nueva cultura que insiste en la percepción de la fotografía como una expresión visual consistente más que una serie de ideas técnicas con poco o ningún valor conceptual.

* El estilo, el lenguaje y el discurso:
Otro de los argumentos que arguye Krume para desaconsejar la educación fotográfica, es la posibilidad de perder lo que llama “el personalísimo estilo personal”. Un concepto que sorprende y desconcierta si se toma en cuenta que la manera de mirar de cada fotógrafo es única por necesidad y lo es, por el hecho que se construye a través de todo tipo de referencias, experiencias, reflexiones y opiniones que hacen del mundo visual del fotógrafo algo único. Cada fotógrafo tiene un discurso y un lenguaje fotográfico distinto y lo tiene debido a la necesidad de cada creador visual de analizar la realidad desde lo subjetivo. Ningún aspecto de la educación fotográfica — ya sea técnica o teórica — afecta algo tan profundo como la experiencia vivencial y la construcción de una estructura fotográfica única. De hecho, la educación fotográfica moderna se basa en el análisis de la imagen como obra constitutiva de una expresión temporal y creativa tan íntima que resulta inconfundible. Cada creador visual — porque el fotógrafo es ante todo un artista — se concibe a través de la profundización y creación visual como puente entre el desarrollo ontológico de la imagen como documento y la capacidad expresiva de la imagen como recurso elemental de un discurso estético.

* ¿La fotografía necesita un análisis profundo como expresión artística?
La fotografía es una forma de expresión artística. Necesita contexto, historia, filosofía, conocimientos teóricos y técnicos. La fotografía es mucho más que la cámara que sostienes y la experiencia que obtienes, de la misma forma que la pintura es mucho más que en lienzo y el carboncillo. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, la fotografía fue una combinación de errores y aciertos mecánicos que brindaron sentido a una serie de inquietudes artísticas, pero nada más. Finalmente y con toda probabilidad, gracias al trabajo sostenido de artistas de diversa índole y preparación, la fotografía se convirtió en una expresión estética y conceptual por derecho propio. Creaciones artísticas como las de Julia Margaret Cameron, Oscar Gustav Rejlander, Henry Peach Robinson, Man Ray y otros tantos, lograron brindar a la fotografía una percepción real como obra de arte. En su magnifica obra “Estética de la fotografía” André Adolphe Eugène Disdéri insiste en que la imagen fotográfica no sólo es un reflejo de la realidad, sino también una visión profunda y conceptual sobre la visión y la capacidad del fotógrafo para crear. Una percepción que convirtió a la fotografía de técnica química, en arte.

* ¿La fotografía puede aprenderse? ¿O se trata sólo de buen ojo y mucha práctica?
Como cualquier otro arte — sobre todo uno tan relacionado con otras disciplinas artísticas mucho más antiguas — la fotografía puede y debe aprenderse. Puede y debe pulirse bajo la experiencia, la dedicación y el esfuerzo. Puede y debe comprenderse como una propuesta académica que implique procesos de aprendizaje. Puede y debe comprenderse como una estructura de conocimientos que enriquecen la propuesta y brindan al fotógrafos las herramientas para construir una idea fotográfica. Una visión sobre la fotografía que no sólo resume su indudable necesidad de asumir la importancia de la técnica, sino también el mundo privado del fotógrafo, su capacidad para la expresión artística y la comprensión de la fotografía como idea estética.

No se trata de un concepto moderno. Los fotógrafos Hilla y Bernd Becher son considerados de manera casi unánime como los padres de la fotografía contemporánea y la educación fotográfica. Ambos fundaron la escuela de Düsseldorf, convertida en referente de varias generaciones de artistas fundamentales hoy. No sólo fue el primer acercamiento de la fotografía como arte que merecía una metodología propia — y uno una combinación de factores tanto pictóricos como artísticos — y la dotaron de un método de enseñanza. Años después, Bernd Becher insistiría que la educación fotográfica era el complemento idóneo “para la experiencia consecuente” y sobre todo, una nueva comprensión sobre “la fotografía como expresión artística con independencia de cualquier otra rama de los saberes humanísticos”.

Fue un paso decisivo para convertir el conocimiento autodidacta en parte de la experiencia y no sólo, un único trayecto para el aprendizaje fotográfico. Pero sobre todo, fue un reconocimiento efectivo que la fotografía como método y arte, necesita un tipo de aprendizaje académico estructurado, como cualquier otra disciplina artística. Y aunque el conocimiento autodidacta es esencial para la comprensión de la fotografía como experiencia personal, también resulta imprescindible esa necesaria enseñanza de la fotografía como cuerpo de trabajo académico e idea que se sostiene sobre su propia historia, técnicas y sensibilidad. La fotografía no sólo como un suceso anecdótico y accidental, sino como una estructura sostenida bajo la idea que conceptual que la hace profunda y parte de una percepción artística concreta.

* Los libros son grandes maestros:
Y es la única frase rescatable en el artículo de Krume. Sí, los libros de fotografía pueden ser una de las formas más aprendizaje más completas que existen para aprender fotografía. Pero claro está, no me refiero únicamente a manuales técnicos ni mucho menos a los que asumen que la fotografía sólo es un conjunto de ideas mecánicas que requieren una cierta habilidad artesanal. La fotografía es mucho más que eso y por tanto, la biblioteca del fotógrafo debe incluir un compendio de conocimiento profundo que le permita comprender a la imagen como una forma de expresión formal.

¿Y cuales son esos libros que todo fotógrafo debe ojear al menos una vez? Quizás los siguientes:

* La cámara lúcida de Roland Barthes:
Publicado en 1980, es uno de los ensayos más completos sobre el aspecto emocional de la fotografía que he leído. Como autor y fotógrafo, Barthes recorre con opinión critica y creativa su propia mitología personal y gracias a este meticuloso análisis, crea teoría diversas sobre la motivación del fotógrafo, su aspecto creativo y sobre todo, su capacidad para expresar ideas conceptuales e intimas a través de la imagen. Recomendados para todos aquellos que desean comprender no solo el como fotografiar, sino el porque hacerlo.

* Fotografiar al natural de Henri Cartier-Bresson:
Cartier Bresson creó una manera única de construir un lenguaje visual: construyó alrededor de su propia capacidad de observación un estilo fotográfico único. Crítico y un extraordinario filosofo de la capacidad visual del fotógrafo, sus obras sobre la fotografía y su forma más esencial son una influencia decisiva dentro del mundo del creador visual contemporáneo.

Fotografiar al natural recopila sus textos principales y más debatidos, como lo son “El instante decisivo”, “Los europeos” y numerosos relatos sobre sus distintos viajes a diferentes partes del mundo. La intensidad de la narrativa así como sus certeros análisis visuales constituyen un documento único sobre el mundo visual contemporáneo.

* Sobre la fotografía de Susan Sontag:
Sontag, con su enorme capacidad para el análisis y la reflexión sobre sucesos sociales abstractos, nos ofrece en Sobre la Fotografía un concepto refrescaste sobre la fotografía: su relación con la sociedad y el sujeto cultural que intenta recrear a través del lente. Aunque durante mucho tiempo, se criticó el texto por su carencia de uniformidad y consistencia — la estructura toca en ocasiones puntos extremos y los puntos de vista de la autora se imponen sobre las ideas principales, más allá de la visión fotográfica — el libro posee una visión única y valiosa sobre la fotografía como documento histórico y cultural. Sontag, con su enorme necesidad de cuestionamiento, crea un debate particularmente interesante sobre la belleza, el simbolismos, los aforismos visuales y sobre todo el poder evocador de la fotografía.

* Joan Fontcuberta, La cámara de Pandora:
Fotografo, critico, profesor y gran observador, Fontcuberta comprende la fotografía como el símbolo y la metáfora de la capacidad del fotógrafo para crear. De manera que, en este estupendo libro, toca temas tan dispares como la idiosincrasia, la cultura y la sociedad como elementos preponderantes del planteamiento fotográfico actual. Aborda la refundación de este medio en el nuevo entorno digital para repensar aquellas cuestiones que van más allá de lo estrictamente fotográfico y para abrirse a los nuevos principios que se plantean con la nueva fotografía.

* El beso de Judas, Joan Fontcuberta:
En el mundo contemporáneo las apariencias han sustituido a la realidad. No obstante la fotografía, una tecnología históricamente al servicio de la verdad, sigue ejerciendo una función de mecanismo ortopédico de la conciencia moderna: la cámara no miente, toda la fotografía es una evidencia. A partir de vivencias personales, Joan Fontcuberta critica esta creencia y reflexiona sobre aspectos fundamentales de la creación y la cultura actuales.

* The lines of my hand de Robert Frank:
Descrito como una autobiografía Visual, es un libro profundamente hermoso y critico sobre la visión del autor acerca de la fotografía, no solo como herramienta documental, sino creadora de discursos visuales consistentes. Me pareció interesantísimo además por su capacidad de comprender la fotografía no solo como arte, técnica y su capacidad de transcender como documento creativo, sino además por crear formas visuales profundamente intimas.

* Un arte medio: ensayo sobre los usos sociales de la fotografía de Pierre Bourdieu:
Un libro que intenta analizar la fotografía como objeto de uso social. De la comprensión de las ideas fotográficas a la evaluación de su impacto e implicaciones, Bourdieu no sólo explora las posibilidades del documento inmediato como reflejo sino también como ventana de la realidad. Más allá de eso, la comprensión de la imagen como un medio creativo por derecho propio y una yuxtaposición de elementos constitutivos de un mensaje concreto que se expresa a través de la creación de discursos fotográficos complejos.

* Fotografía y sociología de Howard Becker:
El sociólogo Howard Becker analiza la fotografía como una visión hacia la cultura, cuyas implicaciones parecen directamente relacionadas no sólo con el punto de vista de su autor, sino las infinitas condiciones y elementos que transforman la fotografía en un reflejo de su entorno. En su ensayo, Becker no sólo debate sobre el valor intrínseco de las imágenes como punto de partida del argumento sobre el que se construye una hipótesis social. En unas otras palabras, concibe la fotografía como una serie de ideas consistentes sobre el entramado cultural y la analiza como un reflejo fidedigno de ideas complejas sobre la persistente idea de la personalidad humana.

* Hacia una filosofía de la fotografía de Vilem Flusser:
Flusser fue quizás el primer investigador fotográfico en analizar la fotografía como subproducto social de su época, su entorno y su visión creadora. Para el escritor , la fotografía separa la época pre y post Histórica — la imagen directa y la imagen que se crea a través de la técnica — y construye una consistente visión de la fotografía como discurso y documento. Se trata de un texto ideal para todos los que conciben la fotografía no sólo como una comprensión de valor artístico, sino también como un manifiesto de ideas visuales esenciales que crean una noción profunda sobre la realidad.

* Each wild idea: Writing, Photography, History de Geoffrey Batchen:
Se trata de un curiosísimo planteamiento sobre la visión, la creación y las implicaciones de la fotografía como recurso creativo. Más allá de eso, una elaborada investigación sobre las implicaciones y relaciones entre las artes, como expresión estética formal y también, como objetivo creativo. Batchen no sólo analiza la fotografía como producto tecnológico sino que además, debate las ideas esenciales sobre lo fotografiable y lo fotografiado como esencia de un argumento ideal sobre lo que la fotografía puede ser. Con una visión mucho más amplia que otros autores, Batchen se plantea la posibilidad que la fotografía no sólo complementa otras artes y visiones, sino que además, las cimienta como creación flexible de una idea en constante evolución.

* El ojo y el espíritu de Maurice Merleau-Ponty:
Merleau Ponty analiza desde su particular punto de vista como fenomenólogo de la percepción las múltiples relaciones entre la visión, lo que el ser humano percibe como real y la realidad objetiva, para crear una hipótesis intrigante sobre el valor del documento visual como expresión del yo y la identidad creativa. Para el investigador — que basó su reflexión en la pintura pero cuyos parámetros son aplicables a la fotografía — lo visual interviene en la realidad como una metáfora substantiva de lo creativo, lo conceptual y la expresión autoral como identidad formal de lo que se crea. El autor intenta analizar y reflexionar sobre el medio creativo como una parte elemental de la identidad del creador. Una pieza imprescindible en la mirada simbólica de todo el que elabora un discurso visual.

* Modos de ver de John Berger:
“La vista llega antes que las palabras” es la primera frase y propuesta en el texto de John Berger. Y a partir de allí, el autor no sólo asume la comprensión de la vista y lo sensorial creativo como un lenguaje por derecho propio, sino una expresión estética de considerable peso autoral. Para Berger, la imagen es el medio primordial de comprensión del mundo y también, el lenguaje más antiguo y comprensible de todo. Un argumento que además, sostiene su visión sobre el hecho creativo en estado puro y la comprensión de la imagen como expresión elemental de la cultura del hombre y para el hombre.

* Cultural Ram de José Luis Brea:
Brea analiza en una obra intrigante y sobre todo controversial, las implicaciones de las ideas visuales con respecto a los nuevos medios de difusión, almacenamiento, reconstrucción y construcción como valores creativos basados en lo inmediato. Para el autor, la memoria fotográfica y sobre todo, sus implicaciones se reconstruyen como un documento de infinitas variables, debido a la transformación del medio que muestra y conserva. En una interesante alegoría sobre los elementos culturales que sostienen lo que llama “la memoria constelación”, Brea no sólo reflexiona sobre el cambio definitivo en la forma como concebimos “el dato” — como elemento conjuntivo de la imagen — sino también, la complejidad del concepto artístico en constante enfrentamiento con el entorno — medianamente hostil — de la tecnología.

* La fotografía se aprende viendo buen cine, leyendo mucho y escuchando buena música:
Decía el fotógrafo y matemático Paco Vera que fotografiar era un ejercicio de imaginación. Por años insistió que la mejor manera de aprender fotografía es alimentar tu imaginación tu imaginación con todo tipo de espíritus. De hecho, una de sus frases célebres parece resumir esa mirada curiosa al mundo “Vaya mucho al cine, vea muchas obras de arte, lea mucha poesía y después en dos horas yo le enseñaré a hacer fotos”. Así que una de las maneras más intuitivas de aprender fotografía es crear y construir toda una visión sobre el mundo a través de sus referencias artísticas. Toma fotografías sobre tus libros favoritos — los que te inspira, las escenas que creaste en tu imaginación -, sobre las escenas de tus películas predilectas, sobre la música que te apasiona. Disfruta de esa combinación de sensaciones y estímulos para crear una comprensión sobre la imagen mucho más profunda y elemental. Sobre todo, individual.

¿La fotografía puede aprenderse o no? ¿Es necesario aprenderla o no? La disyuntiva continua supongo y quizás, es necesario su planteamiento y discusión constante. Lo que puede resultar destructor a cualquier propuesta fotográfica es la infravaloración de la imagen como concepto y sobre todo de la fotografía como disciplina. Una visión desigual e incompleta sobre lo que la fotografía puede ser y sobre todo, lo que aspira a crear. Un lenguaje de ideas mucho más amplio que la simple propuesta técnica y más aún, que la mera idea de la fotografía como reflejo de la realidad.

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