sábado, 6 de agosto de 2016

Danza de estrellas muertas y otras historias de brujería.





En casa de mi abuela - la sabia, la bruja - siempre era un buen día para los sobresaltos. No, no me refiero a los clásicos de cualquier película de terror al uso ni tampoco, al miedo mismo. Pero esa enorme y destartalada casa de brujas siempre tenía algo que decir y que mostrar. Como si fuera un laberinto, una extraña mezcla de secretos y atajos que me llevó años descifrar. Porque una casa de brujas no es una casa corriente, aunque tenga todo el aspecto de serlo, con su corredor largo y oloroso al sol de la tarde, su jardín antipático, su salón lleno de muebles viejos. En una casa de brujas nada es lo que parece: Una puerta no es una puerta, una escoba no es una escoba y por supuesto, una mujer sabia es algo más que una anciana venerable.

Me llevó algún tiempo aprender eso, pero una vez que lo hice jamás lo olvidé. Con nueve años, ya sabía que la colección de fotografías enmarcadas en la pared contaban historias como si de un libro abierto se tratara y que los ramilletes de especias puestos a secar en la cocina, simbolizaban magia y misterio. Incluso algo tan sencillo como las ventanas abiertas - con los cristales siempre muy limpios y cubiertas por cortinas de encajes amarillentas - eran más que una simple ventana. El día que mi abuela me lo contó, me quedé mirando los alfeizares viejos y cubiertos de raspones con la boca abierta.

- ¿No son ventanas? ¿Entonces que son? ¿Como cosas especiales? ¿Nos llevan a otro planeta?

Con mi imaginación salvaje, estaba convencida que las ventanas de la casa podían abrirse para enviarme justo a esos lugares extraordinarios que siempre dibujaba en mi mente. Lo vi muy claro: abuela abría la ventana y yo flotaba directo hacia la enorme montaña que rodeaba la ciudad y luego más arriba, en un vuelo trepidante hacia las estrellas púrpuras que tanto me gustaban. Lo imaginé tan claro y con tantos detalles que cuando mi abuela me llamó por mi nombre por tercera vez, me encontré con los brazos extendidos y la cabeza levantada, lista para volar.  Me apresuré a dejarlos caer flojos junto al cuerpo, avergonzada.

- Debes prestar atención, mi intrépida aventurera  - dijo mi abuela. Se veía muy seria pero noté que apretaba la comisuras de los labios como siempre hacia cuando estaba a punto de reírse - ven, acércate para que veas esto.

Le obedecí. Ella levantó las cortinas y me mostró el marco de madera que rodeaba los cristales corredizos de la ventana. Miré con los ojos muy abiertos la sucesión de grabados y dibujos que se extendían hacia arriba, rodeando y creando una preciosa maraña de símbolos que jamás había visto antes. Cuando los toqué con la punta de los dedos, me sorprendió su tacto rugoso y firme, como si la madera se ondulara para crear algo nuevo a partir de las singulares formas. Me quedé con los ojos muy abiertos, sin saber como jamás había notado antes que las ventanas de la casa tuvieran sus pequeños secretos.

- ¿Esto evita que entren monstruos del bosque? - pregunté. Y aunque la idea me hizo dar un salto me encantó. De inmediato, me puse a imaginarme criaturas fabulosas de pie frente a las ventanas, repelidos por aquellas dibujos singulares. Mi abuela esta vez no pudo contener la risa.
- No, mi niña. Nos recuerdan que el mundo y el aprendizaje están allá afuera.

Vaya, eso si que no lo esperaba. Entrecerré los ojos para mirar las flores, pequeñas hojas y estrellas talladas de arriba a abajo en el marco de la ventana. ¿Eran algún tipo de lenguaje? ¿Eran...dibujos misteriosos de poderes misteriosos? Mi abuela ladeó la cabeza y acentuó su sonrisa brillante cuando se lo dije.

- Sí y no. Todo símbolo es misterioso porque contiene significados e historias, pero no es un tipo de lenguaje - encendió la lámpara del salón y los símbolos parecieron refulgir bajo la madera, flotar en medio de la luz de la tarde que se confundía con el resplandor crudo de la bombilla - los símbolos que las brujas usamos para bendecir y dar poder a nuestras cosas son recordatorios que la vida, en toda su sabiduría extraordinaria, comienza y termina en nosotros.

No entendí mucho lo que mi abuela me decía, como solía ocurrirme con frecuencia. A pesar de eso, agradecía que siempre me hablara como si en lugar de una niña, fuera una mujer adulta que podía sacar algo en limpio de sus interesantes reflexiones. A veces me preguntaba si mi abuela me enseñaba para demostrarme que lo que ella llamaba "el conocimiento" estaba en todas partes y podíamos atesorarlo para cuando nuestra mente y espíritu pueda comprenderlo. Muchos años después, comprobaría que tenía razón.

- ¿Y empieza en estas florecitas y estrellitas? - comenté interesada.
- Para la brujería, el simbolo es una manera de recordar a nuestra mente su poder - me explicó. Como yo había hecho antes, acarició las tallas de la ventana con la punta de los dedos - de manera que un símbolo es muchas cosas a la vez: es quien lo recuerda, la historia que representa, lo que comprendes a través de él. Es una mirada a la historia, al presente por como lo interpretas y al futuro, por ese conocimiento que llevas contigo a todas partes.

Camino hacia la siguiente ventana del salón, que era grande, cuadrada y tenía ventanas de cristal corredizas que no encajaban bien y producían sonidos chistosos cuando las movias de un lado para otro. Unos chirridos que parecían risitas y pequeños lamentos, como si expresaran en voz alta su humor a través del viento.

También el enorme y robusto marco de madera estaba cubierto de pequeños simbolos en los que yo no había reparado antes. En esta ocasión, eran el bonito talle de una hoja de parra, con sus hojas de puntiagudas y sus ramas retorcidas, que se elevaba alrededor de la ventana como si creciera al compás de la luz y la venas naturales de la madera bien pulida. Me gustó que las figuras bien podía verse si les prestas atención, pero si no, podían permanecer ocultas allí, flotando silenciosas esperando que alguien las mirara.

- Cada vez que recordamos que aprender es una manera de crecer, nos hacemos más fuertes, pero sobre todo, podemos construir el mundo a nuestra medida, que es lo que una bruja mejor sabe hacer - me explicó mi abuela - cada vez que una bruja asume el poder del riesgo, la osadía y aventurarse más allá de sus límites, descubre que el mundo siempre puede ser nuevo, desconocido y enorme.

- ¿Por qué estrellitas y plantitas? ¿Qué simbolizan? - pregunté muy interesada.

Abuela miró las tallas de la hoja de Vid, que se enroscaban hasta alcanzar cada centímetro del marco. Bajaban y subían, se enredaban entre sí, fluían en las líneas de la madera, se confundían con su brillo deslustrado y lleno de rasguños. Tuve la sensación que aquellas formas imaginarias, que nacían de la madera pero tenían una belleza  poderosa, tenían vida propia.

- Hace muchos siglos, las brujas europeas dibujaban hojas y ramas en los lugares donde vivían para recordar que toda vida es un trayecto de crecimiento, madurez y poder - me dijo - flores de Lis para simbolizar el poder del conocimiento, ese que heredaba de madre a hija. Flores de estío para simbolizar la conciencia del cuerpo que madura y envejece. Flores de Vid para simbolizar la familia que se cuida y se protege junto al fuego de los recuerdos. Rosas para simbolizar el poder de la Diosa en cada una de nosotras. Azucenas y Azahares para simbolizar el paisaje de la Luna Llena que bendecimos en nuestra mente. Cada planta, cada fruto y hoja es una metáfora de la vida que transcurre, del ciclo del tiempo en nuestro cuerpo.

Camino hacia la siguiente ventana, pequeña y cuadrada junto a la puerta. Me apresuré a acercarme para mirar también. En esta ocasión, la madera estaba cubierta de estrellas de cinco puntas, que subían en espiral por el marco de madera clara y seguían en tropel de derecha e izquierda. Tenían el aspecto de una sucesión de un largo camino que se elevaba en lentos pétalos misteriosos. Hacia arriba, pensé emocionada, hacías las estrellas. Hacia el infinito que es un misterio.

- Para la brujería, las estrellas simbolizan la perfección matemática de la Diosa entre nosotros - me dijo - un conocimiento antiguo y personal que nace de la observación, del miedo y de nuestra capacidad para vencerlo. Que se eleva y se abre hacia el mundo de las ideas. Una bruja siempre mirará una estrella y recordará la fugacidad de la vida, la rapidez con que pasan los días. Pero también, se regocijará en el pensamiento que todo conocimiento te eleva, te hace superar escollos, te permite luchar contra la incertidumbre.

"La estrella de cinco puntas, además, simboliza la perfección simétrica. Dos triángulos, lo femenino y lo masculino, unidos en perfecto equilibrio. La mirada hacia todos los elementos y matices que forman lo bello y lo poderoso en nuestro espíritu. Una bruja sabe que la sabiduría es un trayecto interminable hacia lo hermoso, lo profundo, esa convicción que somos parte de un todo mucho más amplio, más exquisito, mucho más profundo de lo que percibimos a simple vista".

Rodeamos el salón desordenado y me asombró descubrir que de pronto, todo a mi alrededor parecía llenó de significado, un idioma secreto que comenzaba a descubrir. Un conjunto de pequeñas lecciones sobre el pasado y el futuro, escondidas entre lo corriente, entre los objetos que veía a diario. Sonreí asombrada cuando mi abuela se acercó a la ventana estrecha y rectangular que había junto a la cocina y en medio de los cuadritos de cristal esmerilado, descubrí también estrellas rodeando a una rosa delicada con pétalos tallados en cedro.

- Las brujas son simbólicas, ritualistas y también, osadas en su búsqueda de conocimiento - dijo, acariciando con cuidado el tallo lleno de espinas de la flor tallada - una bruja no se detendrá jamás por el miedo, aunque la sofoque, la deje sin palabras. Una bruja querrá siempre enfrentarse a lo que le atemoriza, a los podría limitarla y vencerlo. Una bruja tiene la convicción que el conocimiento la hace cada vez más fuerte, más decidida, más consciente del poder que supone crear y creer. Una bruja jamás se deja vencer por el desánimo, a pesar que puede sentirlo. Una bruja sabe que la desesperanza es una puerta cerrada que debe abrirse. Una bruja sabe que hay un poder ilimitado y preciado en recorrer el camino menos transitado, en vencer la resistencia del viento, en avanzar contracorriente todo lo que pueda detenerla.

Me acerqué para mirar la Rosa tallada. Era esbelta, de pétalos amplios que terminaban en pequeñas puntas. parecía flotar en la madera clara llena de vetas más oscuras, perdida en medio de su mar de estrellas. Cuando la toqué, sentí bajo mis dedos la forma como sus lineas ondulaban y se hacian gruesas y llenas de texturas. Pensé que a su manera, la flor estaba tan viva como cualquier otra plantada en el jardín.

- Las antiguas brujas representaban a la Diosa como la Rosa, para señalar que era poderosa en su belleza pero también, rara en la fuerza que nace de su delicadeza. Un equilibrio entre todas las pequeñas cosas contradictorias que sostienen el mundo - dijo mi abuela, arrodillándose a mi lado para mirar también la flor tallada - Las brujas italianas se bordaban rosas carmesí a la ropa para demostrar su fidelidad a los viejos conocimientos. Las alemanas, regalaban ramilletes de rosas a los enamorados y a las familias, para recordarles el valor del amor que nace de la piel y sigue al espíritu. Las brujas de Europa del Este grababan rosas en sus utensilios de cocina para asegurarse que la comida que preparaban estuviera impregnada de todo lo bueno de sus intenciones. La rosa siempre ha simbolizado el poder creativo, esa capacidad que se le atribuye a la magia para transformar la realidad, para hacer algo nuevo con el poder de nuestra imaginación.

Rosas. Como las enormes y deformes que abuela cuidaba en el jardín. Rosas, como las que llenaban las vajillas de la casa, como las que estaban bordadas en delicadisimo encaje en la cortinas, como las que aparecían aquí y allá en casa, siempre escondidas, a mitad de camino entre el secreto y la revelación. Rosas, como las que alguien había tallado en yeso en el altísimo techo de la biblioteca de mi abuela. Rosas, como las que alguien había taraceado en el lomo de los viejísimos libros de las sombras familiares. Miré a mi abuela con una sonrisa.

- ¿Entonces una flor...no es una flor para una bruja?
- Nada es obvio para una bruja. Para quien hace magia y cree en ella, cada cosa que le rodea y forma parte de su pequeño mundo privado, rebosa de conocimiento y recuerdos. No hay nada sencillo para una bruja. Nada aparente, nada superficial. Cada pequeño elemento que forma su pensamiento, tiene un sentido metafórico. Se sostiene no sólo en sus viejas creencias sino también, en las ideas que parte de sus experiencias. Una bruja lleva sus simbolos como una historia en la piel, como una vieja voz que canta en su mente.

Se acercó a la escalera de la casa. Era una vieja construcción de madera pesada y en algunas partes, podrida por efecto de la humedad y los años transcurridos desde su construcción. Una vez, mi abuelo me había contado que al construirla, temió no pudiera sostenerse: había usado madera vieja y a veces, tenía la impresión que el viejo yeso anegado de tierra blanda, parecía pendular de un lado a otro, ingrávido sobre los peldaños de granito.  Pero que de alguna manera, la escalera se sostuvo y con ella quizás la casa entera, con sus pasillos un poco torcidos, sus habitaciones de esquinas redondeadas y ese aspecto extravagante que no varió con el trascurrir de las décadas. Pensé en todos los símbolos grabados y escondidos en los rincones, las ventanas con sus flores de madera, las puertas que conducían a un jardin repleto de rosas olorosas. Había magia en todas partes, me dije emocionada y sobresaltada, magia de la espléndida, de la pequeña. De la desconocida.


- Una bruja conoce y valora la profundidad de un símbolo. Lo perpetúa, lo lleva a todas partes. Lo hace parte de su vida y de su mirada hacia el conocimiento. Y eso tiene una singular importancia - abuela comenzó a subir la escalera con paso lento. Me apresuré a seguirla. Los peldaños se elevaban con la desigualdad de lo artesanal, se inclinaban a un lado sin mucha simetría. Nunca lo había notado antes, pensé, apoyando los pies con cuidado en ellos. ¿Podrían significar algo?  - Una bruja está consciente que cada pequeña cosa a su alrededor crea algo mucho más mayor, más complejo, lleno de un tipo de sabiduría invisible que le permite aprender sobre su misma.

Abuela deslizó la mano por el pasamanos y sólo entonces noté que bajo las arrugas de la madera mil veces rayada, de los trozos carcomidos, de la viejas huellas del tiempo que la llenaban, estaban grabadas pequeñas ramas alargadas. Las reconocí al instante: eran idénticas a las buganvillas fucsia que colgaban junto a mi ventana, que se trepaban del muro del jardín para alcanzar el techo de tejas podridas. Las tallas subían en un lento degradé, suavizadas y ocultas por las décadas. Pero allí estaban, si se miraba con atención: las pequeña flores con sus pétalos alargados y rectos, los pequeños filamentos delicadisimos desapareciendo en las vetas naturales de la madera y los delicadisimos cálices, apenas dibujados por dos líneas oblicuas. Muchos años después, descubriría que la escalera - y sus secretos - habían sido parte de una rara y amarga historia de amor. Pero en ese momento, sólo admiré las preciosas ramas y hojas ocultas bajo su superficie.

- En la casa de una bruja, nada es sencillo y es bueno que así sea - dijo mi abuela -  En la mente de la bruja no hay sencillo y no lo hay porque una bruja siempre está llena de curiosidad, siempre está en la búsqueda de razones y motivos para hacerse preguntas, para seguir aprendiendo. Una bruja es una mujer que acepta que el conocimiento comienza por la ignorancia. Y que el bosque misterioso de su mente es interminable, extraordinario e infinito.


El pasillo del segundo piso siempre me había gustado mucho, con su papel de pared de florecitas, sus cuadros de paisaje enormes y las fotografías de parientes a los que no conocía llenándolo todo. Ahora lo miré todo asombrada, por el hecho que de pronto, nada parecía simple en las marinas de océanos transparentes con rosas fugitivas flotando sobre las olas, las pequeñas estrellas flotando sobre lomas verdes e interminables, los rostros en blanco y negro de hombres y mujeres que llevaban estrellas y flores en la ropa. De pronto me pregunté si se trataba de una ilusión, si de verdad, todas aquellas cosas extraordinarias - símbolos, me recordé - habían estado allí por tanto tiempo. Si habían estado ocultas, entre lo cotidiano, esperando ser descubiertas.

Mi abuela se acercó a la ventana del fondo del pasillo, bajo la cual se extendía el jardín antipático que nadie cortaba nunca y que tenía el mismo aspecto salvaje de siempre. La hierba mal cortada brotaba de todas partes y al final de la muralla, el árbol de mango abría sus ramas en toda su extensión. Me acerqué para mirar,  asombrada de encontrar también en esa sencilla ventana cubierta por una reja de metal, hojas y ramas talladas sobre la madera podrida y que se caía a pedazos. De nuevo, los símbolos sobreviviendo al tiempo, a su propia historia, quizás.

- Una bruja es una mujer que vive a mitad de camino entre lo invisible y lo visible - dijo entonces mi abuela. Me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su costado. La luz dorada del atardecer se extendía por el jardín como un estallido cálido con olor a verano eterno - está convencida del valor de amar su propia historia. De asumir el riesgo de enseñarse así misma, de avanzar hacia algo más profundo que lo obvio. De saltar con los ojos cerrados al vacío, de arriesgarse al dolor por la recompensa de encontrar historias perdidas en su propio espíritu. Una bruja es una mujer que sabe sonreír a la noche, que abraza el silencio de su mente para encontrar pequeños espacios iluminados por la razón y el conocimiento. Una bruja es una mujer que sabe descubrir misterios.

La luz continuó cayendo, haciéndose miles de pequeños filamentos radiantes, enredados entre la hierba retorcida y las ramas robustas del árbol más grande del jardín. Lo miré todo, sintiendo una rara emoción subiéndome a las mejillas, como si pudiera descubrir un misterio en medio de toda esa belleza, del tranquilo trino del arrendajo y la delicadeza del viento de montaña impregnado de olor a lluvia que cruzaba en vertical. Sonreí, pensando en los enigmas, en todo los conocimientos que aguardaban por mí, en ese largo trayecto de encontrar a la bruja que habitaba en algún lugar de mi mente. Y de pronto, con el último parpadeo del día, tuve la impresión que el jardín resplandecía como una estrella, cinco puntas meciéndose entre el verde y el color de las flores desperdigadas aquí y allá. Cinco puntas que el último rayo de luz del día definia con absoluta exactitud y que nadie podría notar sino en ese momento y en ningún otro. Pero cuando parpadeé, le jardin sólo era el jardín y la noche había caído del todo.

***

Con cuidado, dibujo una pequeño grupo de estrellas en un extremo de la hoja donde escribo. Un espiral dorado y carmesí que avanzan por la esquina de la hoja hacia su extremo, hacia las palabras que escribiré, hacia los párrafos con los que sueño. Cuando termino, añado una pequeña rosa que flota en la hoja blanca como perdida, a fragmentos en medio de esa promesa de una historia, de lo que ocurrirá después.

- ¿Por qué siempre dibujas estrellas en todas partes? - me pregunta él, curioso, tomando un sorbo de su taza de café. Sonrío, mirando las estrellas que flotan en la porcelana de la taza. Las flores escondidas entre los libros del anaquel unos metros más atrás. El azul medianoche de las cortinas que cubren mis ventanas. Y sonrío, con el lápiz entre las manos, con las estrellas invisibles brillando en mi mente.

- Toda bruja tiene sus secretos - digo y él comienza a reír. Sacude la cabeza, me besa en los labios con delicadeza - toda bruja busca el conocimiento.

En la noche de mi mente, las estrellas fluyen en espiral hacia la oscuridad de mi espíritu. Hacia la ternura de una noche de eterna belleza, donde la Luna Llena brilla en silencio y flota en medio de un campo de flores que espera por una mirada de simple conocimiento.

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