miércoles, 17 de agosto de 2016

De lo fatídico al misterio de la maldad: De la Amy de Gilliam Flynn a otras miradas sobre el poder femenino.





Hace unos meses, el crítico de revista TIME Mike Huckabee se preguntaba en voz alta si la película Gone Girl (basada en el libro homónimo de la escritora Gillian Flynn) era feminista o misógino. Una disyuntiva que asombra no sólo porque parece abarcar ambos extremos de lo que se supone son dos visiones completamente contradictorias sobre la mujer sino además, analiza el tema de la mujer y su identidad desde dos ópticas enfrentadas. Pero la polémica del argumento continuó siendo exactamente esa: ¿Que tipo de mujer muestra el argumento de Gone Girl? ¿Es un análisis por completo novedoso de lo que la mujer contemporánea ES o Gillian Flynn simplemente liberó a lo femenino del lastre de la bondad? Una idea que entusiasma y desconcierta a partes iguales.

Por supuesto, que ni la película Gone Girl y mucho menos su gemelo en tinta del mismo nombre, son por completos novedosos.La batalla de los sexos personalificadas por el hombre desconfiado y la mujer fatal ha sido suficientemente analizado en el cine y en la literatura e incluso con mayor acierto. Incluso, la misma percepción de la novela parece ser sencilla: se trata de una novela romántica — o así lo asegura su autora — con tintes detectivescos, una combinación que podría haber resultado poco afortunada de no haber creado un matiz ligeramente distinto sobre ambas cosas. Y es que Flynn, antigua periodista y crítica de renombre, crea con su novela no una nueva perspectiva de un tema sencillo, sino en realidad, una aproximación novedosa a la complejidad de la identidad femenina. Porque la Amy de Gillian Flynn es sorprendente por el mero hecho de ser indefinible, ambigua, incluso despreciable. La autora la dota de todos los elementos que usualmente se desdeñan de lo femenino y la convierte en un símbolo novedoso sobre la identidad femenina sino que reconstruye, quizás con poca sutileza esa noción de la la mujer como fuente de bondad y de pureza, la mujer frágil, vulnerable. El personaje de Flynn tiene tantas dimensiones y tantas maneras de percibirse a sí misma — una serie de estratos hacia una profundidad turbia y definitivamente real — que por si misma, es toda una declaración de intenciones. Y es que la escritora no sólo se rebela contra esa percepción tradicional de la mujer, sino contra esa interpretación única de lo femenino en el arte, la literatura y en el cine. Una complicada interacción entre lo que su personaje puede ser — y es — y lo que público percibe acerca de ella. Tal vez por ese motivo, la pregunta de TIME resulta tan pertinente o quizás resuma ese debate insistente sobre que ocurre cuando la identidad tradicional y cultural de la mujer se transforma en otra cosa, cuando abandona los límites muy restringidos de la herencia cultural que la sostiene.

La película ha generado polémica al respecto, no sólo sobre la insistencia en analizar al personaje de Amy como “buena” o “mala” sino por la mirada sobresaltada de una cultura que no está acostumbrada a la complejidad de los personajes femeninos en el arte. La película y el libro — quizás desde perspectivas distintas y sin duda, desde planteamientos disímiles — desmenuzan las dinámicas de género. Porque el personaje de Amy es definitivamente cruel, duro y malvado según los cánones evidentes — asesina, miente, manipula — pero también es una mujer que incluso antes de percibirse así misma como “malvada” ya luchaba por abandonar los epítetos y estereotipos. Flynn, con una durísima visión sobre la cultura tradicional que mira a la mujer desde la perspectiva de una única dimensión admisible — la eterna compañera del género masculina, la figura pasiva -, construye un discurso que pondera de manera original el Universo femenino. Alejada de los tópicos habituales de la mujer, Flynn rememora a otras heroínas malvadas del cine como Mae West, pero brindándole un nuevo sentido, uno lo suficientemente turbio para hacerlo temible. Porque el estereotipo femenino que construye Flynn no es picaresco, mucho menos delicioso, burlón. Es una mujer inteligente, maquiavélica. Vengativa y dura. Una perspectiva donde los habituales elementos que suele celebrar la cultura sobre la mujer pierden valor, para crear algo que intriga por su profundidad y atemoriza quizás por su realismo.

¿Es entonces Amy — y por tanto la mujer que describe — un figura misógina? Lo es, en la medida que el personaje encarna lo que parece ser la visión inmediata sobre la mujer que los hombres temen que exista. O al menos, así lo sugiere Gillian Flynn durante su entrevista con Lev Grossman. Y es que la maldad de Amy — cual sea la manera como se entienda el término mal actualmente — parece radicar en la forma se percibe su frialdad. Porque Amy es una mujer que al contrario del estereotipo tradicional de la mujer, es cerebral hasta lo abrumador, carece de esa emotividad frágil e incluso blanda que se le atribuye a la mujer literaria, cinematográfica e incluso, a la real. Porque Amy no sólo mata — lo que podría convalidar su cualidad de villana sin necesidad de otra cosa — sino que además utiliza su razonamiento, capacidad de deducción y sobre todo, su frialdad como un arma. Así que Amy no sólo es una asesina, sino también una mujer desnaturalizada. Una mujer inusual e incomprensible. Y aún así, Flynn insiste que su venganza es totalmente femenina, que cada una de sus acciones tienen un motivo que cualquier mujer podría comprender. ¿Es entonces Gone Girl — libro y película — una aproximación a un tipo de mujer original y desconocido? ¿Un tipo de villana atípico que sorprende por comportarse de la misma manera que hasta ahora se le atribuye a un hombre agresivo? La cuestión parece ser un tema recurrente en el arte, la literatura e incluso en esa sistemática reflexión sobre nuestra visión cultura de la mujer. ¿Dejó de existir la chica buena?
El fenómeno no es exclusivo de Gone Girl y probablemente no termine con la novela de Gillian Flynn. Durante los últimos años, hay una proliferación de personajes femeninos, profundos y tridimensionales no sólo en el cine sino también en la Televisión (Girls, The Good Wife, Nurse Jackie, Don’t trust the Bitch in Apartment 23, Homeland o 30 Rock –cuánto te vamos a echar de menos, Liz Lemon–. Mujeres de temperamento impulsivo, violento. Mujeres que gritan groserías, mujeres con durísimas opiniones sobre si mismas y sobre lo que le rodean. Mujeres inquietantes, con cientos de dimensiones emocionales y mensajes. Aún así, lo que plantea Gone Girl parece ser un nuevo paso, una nueva percepción sobre esa feminidad que hasta entonces fue un símbolo elemental para la percepción de la mujer real. La maldad de la mujer cultural parece reflejar en realidad, esa otra dimensión de la mujer cotidiana, la mujer que finalmente se ve reflejada en el arte más allá del estereotipo.

Porque más allá de lo que sugiere Gone Girl y su controvertida Amy, la cuestión que se debate en una reflexión cruda sobre el matrimonio, la vida en pareja y sobre todo, las expectativas irreales del mundo con respecto a sus expectativas sociales. Porque Amy no sólo no es la mujer perfecta, la mujer ideal, la mujer que la sociedad suele concebir como real, sino que además, tampoco su matrimonio, la vida que lleva, son lo que se supone debería ser. De pronto, el libro y la película parecen cuestionarse — a la distancia, con la gélida mirada de Flynn y la durísima visión emocional de Fincher — sobre quienes creemos ser — y quienes somos — en un mundo creado a base de las apariencias. Y la película lo recuerda constantemente, insiste sobre el tema una y otra vez: El marido de Amy se pregunta en voz alta ¿Que nos hemos hecho el uno al otro? y después, ambos personajes ponderan en voz alta sobre la irrealidad de lo que son o mejor dicho de lo que fingen ser: “ Somos tan encantadores que me dan ganas de pegarnos un puñetazo en la calle”, dice ella en un momento de intimidad. Y de nuevo, esa violencia femenina inexplorada y misteriosa sorprende. ¿Es entonces Amy o lo que el personaje pretende sugerir abiertamente feminista? La respuesta aún se debate y sobre todo, parece evitar una explicación sencilla.

Sobre todo en los medios americanos, la idea de esta nueva figura aparentemente feminista, violenta y cruel, se mira con recelo. Es especial, porque la ambigüedad moral del personal, su decisión de romper cualquier tipo de restricción ética en favor de convalidar su identidad, sugiere que la figura femenina que construye es cuando menos pérfida. Y es sin duda, esa cualidad de “Antiheroína” lo que pone al descubierto todos los tópicos y roles tradicionales a los que la mujer debe someterse y los destruye, en una crítica directa a lo que se espera de la mujer incluso actualmente. Además, Gillian Flynn ha resumido esa visión en un nuevo estereotipo que parece resumir toda la visión de Amy, toda su inusual complejidad: la “Cool girl”. La escritora resume la visión de la vida de Amy en quizás el párrafo que reinventa la cuestión de la “mujer bondadosa” para dar paso a algo más duro y perturbador:

Ser una chica Cool significa que soy una mujer sexy, inteligente y divertida a la que le encanta el fútbol, el póker, los chistes guarros y que eructa, que juega a los videojuegos, bebe cerveza barata, le gustan los tríos y el sexo anal, y se atiborra de perritos calientes y hamburguesas como si estuviese protagonizando la mayor orgía culinaria del mundo, mientras, de alguna forma, consigue mantener una talla XS, porque las chicas Cool son por encima de todo sexis. Están buenas y son comprensivas. Las chicas Cool nunca se enfadan; solo sonríen con desazón, de una forma encantadora, y dejan a sus hombres hacer lo que les dé la gana […].

Los hombres creen que esta chica existe. Quizá estén engañados porque hay muchas mujeres que están dispuestas a fingir que son esa chica. Durante mucho tiempo, las ‘chicas Cool’ me han irritado. Veía a los hombres –amigos, compañeros, extraños– atontados por estas horribles mujeres falsas y quería sentarlos y decirles calmadamente: ‘No estas saliendo con una mujer, estas saliendo con una mujer que ha visto demasiadas películas escritas por hombres socialmente ineptos a los que les gusta pensar que este tipo de mujer existe y que les besará’.

Una reflexión chocante, una mirada chirriante al estereotipo de la mujer popularizado por la cultura. Y es que la “Chica bondadosa” y quizás su variante contemporánea “La Chica Cool” muestra un tipo de mujer irreal, que hasta ahora, ha pasado desapercibida o quizás invisibilizada por esa identidad debida de lo femenino que hasta ahora parece ser indispensable para comprender lo femenino. Una mujer que se enfada tan poco como el personaje Mary Jensen de Algo pasa con Mary, o tan tópico como la Andie Anderson en “Cómo perder a un chico en 10 días”. Con su Amy, y sobre todo, con su “Chica Cool” Gillian Flynn crea una nueva interpretación sobre la mujer. Una perspectiva de ruptura quizás de lo que asumimos es real y esa otra noción de lo que podría serlo, basado en la percepción social sobre la mujer que hasta hace muy poco se tomo como necesaria. Porque Flynn y el director David Fincher dieron vida a una mujer compleja, luego de décadas de tibios papeles bidimensionales y por completo insustanciales y quizás, eso es lo que desconcierta. Y es que hay tan pocos personales femeninos realmente poderosos en la literatura, el cine o la televisión, que la complejidad se convierte en un elemento desconcertante por si mismo. Con sus motivaciones egoístas, su punto de vista durísimo sobre las motivaciones inteligentes de un inusual villano, la nueva mujer cinematográfica revela el sexismo de esa percepción necesaria de la mujer como bondadosa, amable, exquisita, etérea.

¿Es entonces una representación sexista de la mujer? ¿La peor pesadilla masculina o un manifiesto feminista? La respuesta es quizás es que esta nueva visión de la mujer se encuentra entre ambas cosas, al mismo borde de una definición sencilla y es esa confusión, lo que la hace real, intrigante. Y quizás perdurable.

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