viernes, 12 de agosto de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Agosto: Japón.Yasunari Kawabata.





En una ocasión, Yasunari Kawabata admitió que leer sus libros no era algo sencillo. Lo hizo en una de sus cartas a Yukio Mishima, en que la intentó reflexionar sobre la complejidad de sus obras pero sobre todo, ese delicadeza que no sólo construye una visión casi onírica sobre lo que se cuenta, sino también una singular mirada nostálgica. El escritor, conocido por su discreción le aseguró a quien quizás fue su amigo más cercano que “ninguno de sus libros era una experiencia simple”. Una frase en apariencia humilde que podría resumir, mejor que cualquier otra, su trabajo.

Porque leer a Kawabata es un asunto de concentración pero también de sensibilidad. Un trayecto sinuoso hacia un tipo de narración donde la belleza, lo conmovedor y sobre todo, ese elemento desigual que hacen sus obras inolvidables, lo es todo. Expresivo y sugerente, el escritor nipón tiene la capacidad extraordinaria de construir historias a mitad de camino entre el miedo, el dolor y la expiación del sufrimiento a través del ideal. Una combinación que la mayoría de las veces, elabora una hipótesis existencialista sobre el hombre y su circunstancia. No hay nada sencillo sin duda en las historias de Kawabata, pero esa profundidad no resulta incomprensible. Hay mucho dolor humano, una belleza prístina del sufrimiento reconvertido en arte para que no sea por completo reconocible.

Y es que para Kawabata nada es ajeno. El amor, el erotismo y la soledad crean círculos concéntricos en su obra. Se entrelazan con una sutileza que asombra por su cuidadoso equilibrio. Hay una reflexión sobre la humanidad que alcanza una dimensión tan intuitiva que es imposible no cuestionarse sobre ese conocimiento esencial del escritor sobre la naturaleza humana. Kawabata asume la labor de contar historias emocionales pero a la vez, de trascender a ellas. De avanzar, con una poderosa capacidad de evocación, en algo más sensible que la mera enumeración de los sentimientos. Como escritor, sorprende su habilidad y buen hacer. Como hombre, la ternura infalible con que recorre derroteros desconocidos del espíritu humano. Entre ambas cosas, hay un espacio amplio y poco definido. Un asombro fortuito sobre la belleza — que en la obra de Kawabata está en todas partes — y también, esa insistencia en encontrar una manera de reflejarla a plenitud. No, no es sencilla la obra de un escritor obsesionado por el peso de lo emocional, por ese debate insistente entre la obra y la creación esencial. ¿Cómo podría serlo?

Quizás por ese motivo se suele insistir que cada obra de Kawabata es un verdadero acto de amor, con todas sus consecuencias y matices. Desde el desamor — esa nostalgia peregrina que el escritor construye a través de imágenes sugerentes y delicadísimas — hasta el desenfreno de la soledad del sentimiento no correspondido. Pero también hay amor — ferviente, sexual, implacable — en toda su capacidad para brindar a sus historias una corporeidad única. Una narración capaz de avanzar desde lo obvio hacia una plenitud que sorprende por su poder sensual. Una construcción maestra, que Kawabata elabora desde lo mínimo: sus narraciones están llenas de detalles en apariencia asombrosos, de extravagantes giros que miran hacia lo diminuto con una precisa atención. Y es allí, donde el escritor encuentra su mayor fortaleza: en esa necesidad de detener el ritmo y la estructura de sus narraciones para atenerse a lo circunstancial, lo frágil, lo preciado. Kawabata dibuja entonces un mapa de ruta hacia una imagen mucho más amplia de lo que la historia parece contar. Una meditada metáfora sobre cada elemento que sostiene lo que cuenta, pero sobre todo, la forma en cómo lo cuenta. Esa frugalidad de los detalles, ese tejido artesanal y subsecuente que no sólo sostiene todas sus obras — paralelas, construidas a través de un hilo conductor invisible pero apreciable — sino además, les brinda un brillo nostálgico que conmueve por su sinceridad.

De la ternura al abismo: Una mirada hacia el Universo de Kawabata.
Kawabata es un héroe trágico de su propia épica cotidiana. Nació sietemesino y con una salud muy frágil, el 11 de junio de 1899 en un Japón todavía represivo y feudal al que tendría que enfrentarse por el resto de su vida. Huérfano desde muy temprana edad (su madre y padre mueren antes que Kawabata alcance los cinco años y trágica sucesión perderá a sus abuelos y hermana) atraviesa la infancia en medio de una percepción de la soledad como una condición inevitable. Pero además de eso, asume su vida como una intrincada mirada hacia la tragedia y el misterio. Una mirada hacia la oscuridad que dota de una dimensión a esa perplejidad juvenil por el sufrimiento que le acompaña a todas partes. Kawabata, en el aislamiento absoluto de una juventud signada por ausencias, comienza a percibirse a sí mismo como una colección de matices del dolor. Una presencia permanente que construye sus obras como una elaborada estructura que se sostiene sobre ese dolor ciego y remoto que Kawabata asume como su mayor fuente de inspiración.

La oscuridad de Kawabata es subjetiva pero también, una meditada expresión del miedo. El niño huérfano y perdido encuentra en la escritura una forma de expresión — la palabra me salvó del desastre absoluto, diría en más de una ocasión — y también, un símbolo de esa ruptura emocional e intelectual que le produjo ese ostracismo inevitable de la orfandad. En “Cartas a mis padres” (obra escrita entre 1932/1935) Kawabata analiza una idea sobre si mismo a mitad de camino entre el drama íntimo y algo más amplio. Una percepción sobre la angustia a mitad de camino entre la amargura y la melancolía: “Padre y madre, que hicieron de mí el hijo de mi abuelo, ¿no me habrán transmitido una sangre demasiado pura? Nadie en el mundo más que ustedes me dio el don de sumergirme en el éxtasis de la nada” (…) “Han muerto sin haberle dejado a su único hijo ningún elemento para recordarlos”. Para Kawabata, la memoria no es otra cosa que una amplísima reivindicación de la identidad. Un mito privado que se construye a trozos incompletos de historias que nunca encajan de la manera correcta. El escritor, asombrado por el abismo de su dolor pero también por esa búsqueda incesante de un símbolo que lo defina, encuentra en su talento narrativo el consuelo y más allá de eso, un planteamiento íntimo sobre su propio mitología.

Pero para Kawabata, la oscuridad no es sólo espiritual: El Japón de su época — represivo y obsesionado con lo tradicional — parece abarcar otro tipo de penumbra, tan inquietante y abrasiva como la interior. Un marco fantasmal que abarca y reconstruye el natural talento creativo de Kawabata en otra cosa. Este Japón en penumbras, que avanza entre las sombras de un dolor milenario para mirarse a través de sus pequeños dolores y achaques es una fuente inagotable de inspiración para Kawabata, que reflexiona sobre la paradoja de ambas visiones del sufrimiento en cada una de sus historias. Se trata de una percepción que compartió con su amigo Yukio Mishima y que este último resumió en una extraordinaria carta que elabora una teoría abrumadora sobre la belleza del dolor íntimo: No se necesita el Elogio de la sombra de Tanizaki (otro gran escritor japonés) para saber que el Japón ha sido siempre, al pie del continente asiático, una llanura envuelta por al inmensidad de la noche, (…) No bien terminó su era, los dioses se replegaron en el corazón de la noche. Y nunca más improvisaron danzas exuberantes bajo el sol del mediodía“. Una percepción sobre la tristeza nipona poética pero precisa y que Kawabata supo reflejar en sus noches de insomnio, plagadas de recuerdos y tristezas que reconstruyó como piezas de literatura de enorme valor emocional. Kawabata lo sabe y de hecho, lo asume como un elemento inevitable de su capacidad narrativa. Para el escritor narrar la oscuridad equivale a narrar la belleza, a construir una idea esencial sobre el asombro de la penuria y la angustia existencial inevitable :”Envidio cómo usted puede avanzar en su trabajo con tanta regularidad. A mí también me gustaría escribir cosas en las que pusiera toda mi energía, pero realmente no veo desde cuándo esto me será posible. En este momento estoy abatido por la melancolía” escribe a Mishima en el año 1945 y agrega “Después de que haya terminado, bien o mal, un trabajo que es una verdadera tortura, y que me hace aumentar la desesperación, espero recobrarme pronto. (…) Me gustaría encontrar algún modo de cambiar mi manera de trabajar.”

Kawabata construiría todo un estilo literario a partir de esa noción de la soledad inevitable, la angustia ante la muerte, la búsqueda de la belleza y sobre todo — un elemento desconcertante para su época y su cultura — la atracción por la psicología femenino, punto culminante en la mayoría de sus obras. La mezcla de la percepción sobre el miedo, la tristeza y algo más sutil fueron temas a los cuales giraron sus libros Yukiguni (1948; País de nieve), Yama no oto (1949–1954; El clamor de la montaña) y Nemureru bijo (1961; Bellas adormecidas), obras de plenitud artística que lo hicieron merecedor, en 1968, del Premio Nobel de literatura. Pero Kawabata nunca pareció muy obsesionado con la fama y el reconocimiento: en realidad toda su perspectiva sobre la literatura parece basarse en realidad en una búsqueda consciente sobre un delirio doloroso. Un recorrido desigual a través una percepción muy clara sobre lo que anhela, lo que jamás obtendrá y perderá sin lugar a dudas como sacrificio ritual al momento de construir una construcción literaria consistente. Kawabata, escritor pero también reflejo de su época, parece avanzar entre una síntesis de los valores de una cultura opresiva y su propia claustrofóbica sobre sí mismo.

Esa oscuridad visible se encuentra en toda la obra de Kawabata, en una especie de vinculo entre las historias que muestra como espejos de una angustia interior inabarcable. Lo está en el despliegue de personajes de sus novelas y cuentos, que avanzan en desorden pero siempre con una gracia infinita hacia el desamor, la angustia existencial no resuelta y la aridez emocional. Se hace muy evidente y agudo en las corrientes eróticas que sostienen esa particular visión del escritor sobre la pérdida y la melancolía. Ese desamparo elemental que sus personajes heredan del escritor huérfano, de una historia personal que sostiene y distorsiona toda percepción sobre la bondad, la maldad y el miedo que subyace en el abandono. Kawabata, en la absoluta soledad de su historia personal, parece más consciente que nadie de esa pérdida fragmentada, se espacio en blanco que construye a partir del desarraigo “Normalmente, para todo ser humano, los padres deben ser la fuente más rica y más preciosa de recuerdos, pero para mí no hay nada” dice el escritor en otra de sus cartas a Mishima y asombra el conocimiento profundo de su propia naturaleza ambigua. Esa necesidad de dotar de voz y forma las infinitas variaciones del desencanto y la angustia sobre las que el escritor reflexiona en su obra.

La última novela que el Kawabata publicó en vida se tituló “Lo bello y lo triste”, toda una declaración de intenciones sobre su necesidad obsesiva de asumir el dolor como parte de su percepción sobre lo misterioso y lo ambivalente. Para Kawabata nada es sencillo: la crueldad es parte de cada elemento engañoso en un paisaje emocional disperso. La belleza queda a mitad de camino entre lo que sugiere y la oscuridad perenne que elude toda explicación. Hay una mortificación insistente en esa búsqueda de lo hermoso — que jamás se cristaliza — y esa noción sobre la lenta caída en el desastre. Para Kawabata — melancólico, pesimista, hijo de una oscuridad sincera — esa belleza imprescindible, esa fina intuición sobre el desastre resulta imprescindible pero sobre todo, es una forma de arte en sí mismo. Una percepción más real que la realidad, un nudo entre la belleza y la tristeza que construye quizás el mayor legado del escritor: Un vacío existencialista incapaz de ser redimido pero que aún así, continúa siendo seductor e inabarcable. Un signo de la desdicha, la tristeza y más allá de eso, una metáfora de la fragilidad del hombre perdido en su propia oscuridad.

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