miércoles, 3 de agosto de 2016

Crónicas de la ciudadana preocupada: Tres historias para comprender el rostro de la crisis.

Mi amiga G. decidió emigrar de Venezuela hace un año, después que la asaltaran por segunda vez en la calle donde vive. Me cuenta que luego de sobrevivir — otra vez — a la experiencia que un desconocido le apuntara con un arma al rostro, comprendió que no podía enfrentarse por más tiempo a la incertidumbre venezolana. Llama de esa manera al miedo, como si se tratara de un síndrome singular nacido de la crisis que atraviesa nuestro país, en medio de la maraña de límites y restricciones que te impone una situación insostenible. Tal vez sea así y yo no lo sepa, me digo.

— Nadie puede jugarse la vida tantas veces — me explica — es un juego de la ruleta ruta que involucra a todo el país. En Venezuela, todos estamos al borde del desastre, la tragedia o el luto. Ya no puedo seguir así.

Toma un libro de la pila que se alza junto a la cama, lee el título. Después, lo arroja a la pila de todos los objetos que no podrá guardar en la maleta, que se quedarán en su ausencia. Se trata de una colección creciente, una mezcla rara de recuerdos y pequeños trozos de su historia. Los rastros de una pequeña tragedia que me duele comprender con tanta claridad.

— Mi mamá me dice que esto va a mejorar — sacude la cabeza, toma una bocanada de aire — lo insiste con esa esperanza vaga que se le da a los enfermos. La que intenta consolar la agonía. Esto “tiene que mejorar” porque no puede estar peor. No puedo vivir así.

Las cosas que sí llevará al nuevo país apenas ocupan un par de maletas medianas. Me dice que ha tenido que tomar decisiones mínimas que le sorprendieron por lo dolorosas que pueden renunciar. Arrojar al cesto de las cosas que se quedan las fotografías de la infancia, los objetos amados y atesorados por años, los viejos recuerdos de relaciones, momentos extraordinarios y preciados. Como si tu vida se convirtiera en una colección de piezas dispersas, que no encajan en ninguna parte. El preludio del desarraigo.

— No es sólo volver a empezar, sino empezar con las manos vacías — me dice. Intenta contener las lágrimas con un gesto rígido — uno se va no porque quiera, sino porque no puedes hacer otra cosa. Y cuando eso ocurre…la herida es profunda.

Sacude la cabeza. Toma una pequeña caja de madera, repleta de pequeñas joyas de bisutería, monerias para el cabello y maquillaje. La arroja a la pila de las cosas que se quedarán, que ya no son suyas. Un trozo más de una historia que nadie cuenta.

— Siempre supe que tendría que irme de aquí — camina por la habitación. Abre y cierra gavetas. Mira al fondo del clóset vacío, remueve cajones sucios colocados sobre los muebles a los que pertenecen — siempre supe que no tendría otro remedio. Que Venezuela me la puso difícil, que por más ganas de Ávila verde y de playas infinitas, no me puedo quedar en un país que no te quiere. ¿Sabes lo que es eso? ¿Que tu país no te quiera?

Lo sé, claro. Como ella, me hice adulta en un país donde mi opinión política me condenó a la marginación, en una Venezuela donde soy un ciudadano de segunda categoría por el mero hecho de oponerse al poder. Soy una estadística, una incomodidad para un gobierno con aspiraciones totalitarias que no perdona la disidencia. Llevo el gentilicio roto a cuestas, destrozado por años de la erosión del insulto y la violencia.




Cuando se dice así, parece exagerado, una tragedia abominable con el rostro de lo cotidiano. Quizás ese sea el dolor más duro, más incomprensible, de una tragedia que se cuenta a diario. El no existir en un país que te rechaza, que te empuja a tomar decisiones que no pensaste jamás que podías tomar. A vivir con miedo de la incertidumbre. A la venezolana, me recuerdo. La incertidumbre de todos los días.

— Cuando sabe que debe emigrar, pierdes al país, aunque no hayas puesto un pie en el aeropuerto — dice G. y va a sentarse a mi lado, en medio de la maraña de objetos perdidos y anónimos que se quedan y los pocos que le acompañarán en el futuro — uno pierde el amor, la esperanza, la alegría. Te levantas y miras por las ventanas el país que ya no tienes, que no comprendes. El país de las puertas cerradas. El país de las calles oscuras. Uno no quiere irse pero te vas. Y te alivia hacerlo. Te alivia el pensamiento que puedes volver a empezar.

No sé que responder a eso. Nos quedamos sentadas en silencio, mirando el paisaje del desarraigo que nos rodea. Ese espacio en blanco sin pasado y sin futuro que describe mejor que otra cosa, la historia que nos tocó vivir. Esta Venezuela desconocida que heredamos de la violencia y el miedo. Un país sin rostro. Una cicatriz que no llega a curar jamás.

***
La madre de mi amigo P. me recibe con un abrazo cariñoso. Cuando le pregunto cómo se siente, sacude la cabeza, con los labios apretados por una angustia lenta que le deforma la expresión. Sacudo la cabeza, avergonzada e intento disculparme por la pregunta banal, sin sentido. Ella me acaricia la mejilla y sonríe. Una mueca sin alegría que me produce escalofríos.

— Uno debería mantener la normalidad en lo que pueda en este país — dice — así se sobrevive, supongo.
Hace siete semanas mi amigo P. murió de cáncer linfático. Durante casi dos años, luchó por llevar adelante un tratamiento de quimioterapia que jamás pudo terminar, debido a la escasez de medicamentos en el país. Por último, simplemente abandonó la esperanza. Lo recuerdo tendido en la cama huesudo y consumido, negándose a que continuaran las campañas de apoyo, la recolección de dinero e insumos médicos en la que todos los amigos y parientes participamos. Cuando le visité por última vez, me dedicó una mirada furiosa, angustiada y amarga cuando le hablé de todo lo que podíamos hacer para continuar ayudando.

— Voy a morir — me dijo con brusquedad — no importa lo que hagas. No importa si la campaña llega a Twitter o alguien me envía los medicamentos. Me voy a morir. Ya estaba muerto cuando esta mierda me dio aquí, en este país.

No supe que responder. ¿Qué se puede responder a eso, en todo caso? ¿Qué podría haberle dicho para contradecir esa verdad seca, dura y absoluta? ¿Cómo podía consolarlo cuando pensaba exactamente lo mismo? Me quedé muy quieta, con las manos apretadas sobre las rodillas. Contuve las ganas de llorar lo mejor que pude. Me sentí ridícula sólo de pensar que me viera llorar, sentada allí, saludable y en pie, mientras él se debilitaba por momentos en una cama olorosa a sudor y a medicinas. De manera que me tragué el miedo, la desazón y la incertidumbre a la Venezolana que intentaba desbordarse, hacerse visible.
— Morirse en Venezuela es facilisimo — me dijo luego de unos minutos. Estaba tan débil que le costaba un esfuerzo visible incluso respirar, no digamos hablar. Levanté las manos, intenté pedirle calma. Sonrío — no, ya va. Déjame hablar. Me voy a morir porque en Venezuela la muerte es un conteo. Te mata el malandro, te mata la enfermedad, te mata el hambre. Morirse en Venezuela es tan fácil que lo raro es estar vivo.

Entonces si lloré. Que avergonzada me sentí de secarme los ojos con el dorso de la mano, intentando disimular la angustia, el pánico que me produjo escucharle hablar de esa manera. Él desvió la mirada — ¿cuántas veces habría visto llorar gente a su lado? me pregunté después — y se quedó muy quieto, la cara contra la almohada grande de tela blanquísima y bien planchada, olorosa a sol. Su madre, pensé. Su madre que intenta mantenerlo cómodo, querido. Qué solo puede darle sábanas limpias y un poco de paz en medio de la debacle.

— Vayanse todos a la mierda — dijo por último. No volvió a mirarme — de verdad, todos vayanse a la mierda.

Fue la última vez que lo ví. Y me llevé su rabia como un amuleto, como un buen recuerdo. Para recordarlo en medio del dolor con fuerzas aún para enfurecerse, para sufrir las heridas abiertas de una situación insostenible. Me alivio el insulto, pienso a veces. Me alivio que aún pudiera luchar con todas sus fuerzas contra la incertidumbre a la Venezolana que terminó matándolo.

— Donamos las medicinas que nos sobraron — me dice su mamá y parpadeo para recordar donde me encuentro. Ella está sentada en el sofá junto al diminuto jardín de Hortensias mal cuidado — llegaron dos cajas después…del velorio. Pensé que una madre las estaba necesitando como yo…y que a lo mejor.
Arruga un poco la cara. El dolor le deforma los rasgos y de pronto me parece muy vieja, muy frágil, muy pequeña. La madre de P. es una mujer fuerte, siempre lo fue. Se enorgullece de haber sacado adelante a su pequeña familia de cuatro con el trabajo de su máquina de coser y de los almuerzos que cocinaba por pedido. La recuerdo de niña, monumental y siempre en constante movimiento. Una clásica Venezolana abnegada, con su sonrisa amplia, los ojos brillantes de entusiasmo. La mujer que todavía sonríe en las fotografías que me rodean y que ahora, no reconozco en la anciana diminuta que llora con disimulo en el mueble junto al que me siento.

— ¿Tu puedes creer tamaña injusticia? — me está diciendo — ¿Puedes creer que después de meses de batallar, de enviar cartas al ministerio, de poner anuncios, de hablar por Twitter y por Facebook las medicinas llegaran es ahora? ¿Tu puedes creer que este país sea tan mierdas?

Es la primera vez que le escucho decir una grosería desde que la conozco. La veo transfigurada de angustia y de furia, ahogada por un dolor imposible. Aprieta el puño, golpea el cojín del mueble. Desvía la cabeza para mirar la fotografía de la mesita del salón. Mi amigo P. sonríe en ella, ajeno al tiempo y a todas las angustias, joven para siempre. La lleva del brazo. Ambos parecen seres distintos e inexplicables al hombre huesudo que murió hace poco y la mujer delgada y cansada que lo llora.

— En este país de mierda todo es injusto. Todo es al revés, mal hecho. Todo es odio, todo es puertas cerradas. Todo es esta angustia — se lleva la mano al pecho, se lo golpea con la mano cerrada — todo es este angustia que no sé ni como llevar. Es todo. No sé como uno vive en un país que no existe.
Me trago mis lágrimas, las de compasión, las de cariño, las inútiles. Y mientras ella llora lo que necesita, sigo mirando la foto de P., que amaba el bicicross y correr Ávila arriba, gritando que este ¡Carajo! era el país más bonito del mundo. Mi amigo P. que me enseñó como echarle agua al radiador del automóvil nuevo, que me acompañó la primera vez que conduje por Caracas. ¿Te acuerdas? me dijo una vez, ya enfermo. Y pensé que te morirías primero, loca con el carro nuevo.

Parpadeo. Las lágrimas se me desbordan sin querer. Me apresuro a secarlas. La madre de P. me dedica una mirada cansada, los labios temblando de angustia.

— Llore mija — me dice entonces — en Venezuela lo único cierto es la lágrima.

***
Cuando me acerco a la fila, ya cruza dos cuadras desde la puerta del Supermercado. Dos Guardias nacionales de Uniforme me miran con suspicacia cuando rebaso la pequeña multitud y me acerco a la reja con candado que cierra la entrada principal al establecimiento. Uno se acerca, con el arma de reglamento bien visible apoyada sobre el muslo de derecho.

— Vaya a hacer su cola pa’ allá — me dice. Sacudo la cabeza.
 — No voy a comprar nada regulado.
 — Haga la cola pa’ lo último.

Me pregunto si debería intentar explicarle de nuevo que desde hace meses, no compro productos regulados. Que hace meses, renuncié a las filas desordenadas, el tumulto diario, las largas horas bajo el sol. Que cambié mis hábitos y gustos para ajustarlos a la escasez, para evitar esa humillación dolorosa del control, de las manos vacías. Pero no lo hago. Camino de nuevo hacia el final de la fila y me quedo allí, con el corazón latiendo muy rápido y la furia coloreandome las mejillas.

— Estos tipos están cada día más autoritarios y sobraos — me dice una anciana unos pasos por delante de donde me encuentro — ahora controlan a todo el que va a comprar, así no sea regulado. ¿Qué quieren hacer? ¿Meterse con lo poco que uno se lleva a la boca?

Es una mujer pequeña, con el cabello blanco muy corto y un pálido rostro muy arrugado. Debe tener unos muy mal llevados setenta años o unos pocos ochenta. Lo cierto es que no debería estar aquí, pienso. Bajo el sol radiante y duro de las once de la mañana, de pie en la acera desigual, rodeada de una multitud tensa y cansada. Ella sonríe con amabilidad cuando se lo digo.

— Ya uno no está para estos trotes, pero ¿Qué más hace uno? — suspira, cambia de manos la bolsa de plástico duro que sostiene con incomodidad entre los dedos artríticos — pero ¿Qué hace uno?
Hay un chirrido de metal: la reja de la puerta del Supermercado se abre. La fila entera avanza, se agolpa en una maraña de impaciencia. Atrás, avanzamos un par de pasos. El militar del fondo sacude la cabeza y nos indica que nos detengamos. Los impacientes, los cansados, los inquietos del frente de la fila protestan. Escucho al segundo militar gritar pero no entiendo lo que dice con claridad. La anciana a mi lado entrecierra los ojos, furiosa.

— En mis tiempos, los militares eran caballeros — me dice — eran hombres de bien, con su traje bien planchado y la educación por delante. Ahora…uno sabe que el país se nos viene encima por quienes llevan las armas.

Señala por la cabeza al militar que grita. Lleva el arma de reglamento sobre la cabeza, la sacude bajo el sol con un gesto de prepotencia irresponsable que me produce escalofríos. El metal lanza destellos, parece deslizarse en la ilusión óptica que produce el concreto caliente del mediodía. Le rodea una multitud que vocifera, que exige, que sacude el puño, enfurecida y nerviosa. Me pregunto que ocurrirá si el arma de pronto, se dispara. Un accidente, de esos que ocurren casi de manera espontánea. Que ocurrirá si el arma que se sacude, que baja y sube en la cara de una mujer pequeña y rechoncha o del hombre alto a su lado, comienza…

— ¡Para atrás! — un nuevo Guardia aparece por la izquierda, caminando calle arriba. Es más joven que sus compañeros y tiene un rostro cetrino cubierto de sudor — no se apelotonen que obstaculizan la vía pública, para atrás. El Supermercado abrirá en una hora o dos.

La multitud a mi alrededor estalla en impaciencia. Una mujer de la que sólo veo su cabello largo y despeinado, grita que necesita la leche para su hijo. Una voz masculina reclama que no “hay orden”, que “necesitamos disciplina en medio de la mierda”. Abrumada, retrocedo al fondo de la calle. La anciana me sigue, con los ojos muy abiertos y preocupados.

— Esto es un bochinche, no sé que va a pasar aquí — murmura cuando nos quedamos casi al final de la fila, que vuelve a avanzar y se queda como ondulante sobre la calle repleta de rostros angustiados — esto no es sólo aquí. Venezuela parece que se nos está rompiendo entre las manos. ¿Hasta cuando esto? ¿Cuanto se aguanta todos los días esta angustia?

Incertidumbre a la Venezolana, pienso con nerviosismo. Pienso en todos los lugares de Venezuela donde las inmensas colas se extienden de un lado a otro. En los rostros de los hombres y mujeres hambrientos que lo forman. En el hecho que debes formarte en fila humillante incluso para comprar lo básico, lo mínimo. Pienso en los que llegan con las manos vacías, en la soledad del miedo, en el paisaje blanco y árido del hambre. Pienso en Venezuela depauperada, rota, en medio de un caos lento y peligroso cada vez más cerca de la frontera de la desesperación. En este país que es puro miedo e incertidumbre. En medio de este horror aciago, lento y calculado al que nadie sabe muy bien cómo enfrentarse.

Me salgo de la fila, con la respiración convertida en un nudo azaroso. La anciana me mira, entre preocupada y comprensiva. Nos despedimos con una sonrisa triste, silenciosa, sin mucho significado. Víctimas de la misma historia ciega. Ella sacude la cabeza y mira la fila interminable, la multitud más adelante, las armas que brillan bajo el sol.

— Uno no sabe pa’ donde va este país que es pura cola — dice por último — para donde avanza un país que siempre tiene hambre.

Tampoco lo sé, pienso más tarde, cuando paso de nuevo por la calle y me sorprende encontrar la misma multitud desesperada y silenciosa, frente a la puerta abierta de un supermercado arrasado. Y me pregunto, cómo la anciana y supongo tantas otras personas en el país, a donde se dirige un país de esperanzas rotas, devastado por la desesperación, al borde mismo del colapso. Quién sobrevivirá a la debacle. Quién podrá sobrevivir a la incertidumbre a la Venezolana que está en todas partes.

No lo sé, me digo con un nudo en la garganta. Con toda seguridad, nadie tiene una respuesta para esa pregunta. Y quizás, eso sea lo más preocupante.

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