martes, 30 de agosto de 2016

El posmodernismo y el terror iniciático: Unas cuantas reflexiones sobre la obra de Mary Shelley.





En una ocasión, Ursula K. Le Guin, decana de la ciencia ficción, comentó que escribir era crear un Universo en el cual somos Dios y el Diablo a la vez. Una frase muy curiosa para una escritora que ha dedicado buena parte de su producción literaria a la reflexión existencialista a través de la fantasía. Y no obstante, esa visión sobre la ciencia ficción — o quizás la literatura en general — refleja mejor que cualquier otra esa capacidad de la palabra para reflejar nuestros miedos y temores. Esos espacios silenciosos y abstractos que la hoja escrita es capaz de traducir como emociones, pesares y quizás belleza. Un mirada hacia la profundo de la identidad propia — y quizás, la colectiva — y más allá de eso, un análisis insistente sobre nuestra propia capacidad para el miedo y la esperanza.

Lo pienso, mientras leo por enésima vez “Frankenstein” de Mary Shelley, quizás uno de mis libros favoritos. Como si se tratara de la primera lectura, la historia logra cautivarme de nuevo, me desconcierta por esa mezcla de ternura, crueldad y sofisticado horror. No hay nada sencillo en esta declaración de principios sobre el aislamiento, la angustia circunstancial, el debate moral entre la capacidad humana para crear y la ética. Y en medio de esa complejidad, hay una búsqueda de sentido — forma y significado — que avanza hacia terrenos sensibles y dolorosos que pocas veces pueden tocarse más allá de una novela terror. Porque el miedo nos hace frágiles, vulnerables, quizás conscientes de nuestra insignificancia hacia lo desconocido. Esa visión sobre el terror y la belleza que se sostiene en medio de las formas y la expresión de la bondad ideal. No somos otra cosa que nuestros temores o quizás, nuestra necesidad de vencerlos.

Sonrío, acariciando la portada de mi libro, ya muy viejo y manoseado después de docenas de lecturas. Desde el cartón, un hombre con el rostro cosido de manera grotesca, me observa con los ojos entrecerrados. La criatura sin nombre — como le llama la autora a la lo largo de la obra — que de alguna u otra forma, nos representa a todos y también, a esa mínima variación de luces y sombras en nuestro interior que con tanta ingenuidad, llamamos individualidad.

* Una mirada hacia la oscuridad:
Mary Shelley fue una mujer extraña desde que era muy niña. O eso aseguran las crónicas de sus contemporáneos, que la describen como silenciosa, observadora e incluso “un poco lánguida”, un termino confuso muy frecuente en la época que le tocó vivir y que parecía describir un cierto tipo de actitud contemplativa. Y es que Shelley parecía encajar en el estereotipo femenino de su época: Una mujer pálida, delgada, que contrajo matrimonio con un poeta discreto siendo muy joven y llevaba una vida familiar poco menos que anónima. No obstante, Mary Shelley, futura madre de uno de los monstruos literarios más famosos del género gótico, no era una mujer normal. No para la asfixiante y abrumadora sociedad donde nació. Incluso para que le admiraron mucho después. Y es que Mary Shelley, narradora, dramaturga y una convencida filósofa, era un espíritu educado que aspiró a lo intelectual desde su infancia, que construyó un mundo a la medida de su mirada analítica sobre el mundo y que finalmente, legó al futuro una visión profunda sobre su propia vulnerabilidad. Una percepción durísima sobre los peligros de la pérdida de la humanidad y más allá, sobre los terrores del conocimiento carente de moral.

Se trató de un hito dentro del mundo de la literatura. Hasta entonces, las autoras femeninas parecían restringidas al ámbito del hogar, el amor y los sufrimientos emocionales, tópicos de las que pocas escaparon y no siempre con éxito. En más de una ocasión, se insistió en la “novela femenina” para describir un subgénero ficticio, lleno de historias románticas edulcoradas y esquemáticas. De manera que la obra de Shelley, asombrosa, original y brillante, despertó toda la suspicacia de una sociedad donde la voz literaria de la mujer no sólo carecía de sustancia, sino aún de identidad. Se habló sobre que las inspiradas reflexiones de Shelley sobre la ciencia, la ética y los límites del sufrimiento intelectual no eran suyas, sino obra quizás de su marido o incluso, su padre, el filósofo político William Godwin. Y es que Shelley creó en su obra el más inspirado manifiesto contra la segregación y también quizás, un inédito alegado sobre la tolerancia, oculto bajo el cariz de una novela gótica al uso. Un atrevimiento que la llevó no sólo a la fama sino al centro de las críticas. ¿Quién era esta mujer que creó un monstruo más humano y sensible que el hombre que le levantó entre los muertos? ¿Quién era esta discreta editora, que dedicó buena parte de su vida a promocionar las obras de su esposo, el poeta romántico y filósofo Percy Bysshe Shelley? ¿Quién era el espíritu poderoso que dio vida no sólo a una obra perdurable sino a punto de vista único?

Para empezar, Mary Shelley nunca estuvo destinada a ser una mujer normal. Hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, desde muy niña, Mary aprendió el valor de la palabra y el poder contundente del pensamiento como una forma de liberación. Además, su padre fomentó su pensamiento político — algo rarísimo para la época — y le permitió analizar y comprender ideas culturales muy complejas desde su primera juventud. El resultado, fue una mujer de vanguardia, una libre pensadora esencial que asumió los riesgos de vivir y construir su propia vida no bajo las convenciones del siglo represor que debía padecer, sino de su ilimitada curiosidad intelectual. Tal vez por ese motivo, su vida avanzo entre el escándalo y el ostracismo social: Fue amante de Percy Bysshe Shelley mientras el poeta continuaba casado y poco después se embarazó de él, lo que al parecer provocó el suicidio de la esposa de Shelley. Finalmente contrajeron nupcias, pero la reputación de Mary — esa idea abstracta y elemental sobre la identidad social que tan perniciosa podía ser — resultó dañada para siempre. Incluso cuando alcanzó el éxito literario, su pasado continuó siendo una grieta insalvable entre la sociedad que continuaba repudiándola y su capacidad como creadora.

No obstante, Mary jamás dio su brazo a torcer ni se rindió a los convencionalismos habituales de una sociedad convencida que debía ocupar el lugar que le correspondía por deber. No sólo se destacó como una competente editora — suyo es el mérito del relativo éxito de la obra de su esposo en medio de un complicado momento del mundo literario Londinense — sino además, como una destacada ensayista y filósofa. Su lúcido punto de vista fue una perspectiva refrescante en una época donde la filosofía parecía obsesionada con ciertas ideas que no parecían encajar en las inmediatas discusiones sobre derechos laborales y humanos, una renovada mirada sobre la idea dignidad del hombre por el hombre y más allá, la tolerancia como un elemento esencial para la comprensión de la cultura. A menudo, las obras de Shelley meditaban sobre la cooperación y la compasión, lo que incluso la hizo enfrentarse directamente a la obra de su padre y su esposo, con quienes se insiste en comparar su obra.

Tal vez por ese motivo, resulta curioso que la autora Mary Shelley escribiera la novela que luego la haría célebre gracias a una apuesta entre escritores — su marido, el poeta Percy B. Shelley y Lord Byron — que terminó ganando casi de manera casual. No se trató de una de sus profundas elucubraciones sobre la filosofía y la convivencia, sino de una fábula levemente siniestra sobre los peligros del mundo moderno. Aún más intrigante es que la autora fuera la única de trío de escritores en completar la historia: según sus propias palabras, el relato del monstruo creado por un científico obsesionado por los misterios de la muerte y la creación, tenía “vida propia”. Como si la escritora encontrara en la ficción — y sobre todo, en esa ambiciosa metáfora sobre el dolor y el rechazo que elaboró con tanta rapidez — un espejo inmediato donde reflejó su propia historia. Una idea seductora y que tiene inquietantes interpretaciones, si recordamos que la desconcertante trama de la novela, intenta reflejar los peligros de la audacia audacia del hombre por rozar los limites mismos del saber, más allá de toda moralidad y sensibilidad. Porque Frankenstein no es una historia de terror tradicional, es un juego de símbolos morales y éticos que intenta llevar la reflexión sobre la identidad del hombre — y el poder de la razón — a una dolorosa comprensión sobre la individualidad y la enorme soledad moderna. El conocimiento destructor, ese que rebasa cualquier interpretación, que se asume asume así mismo como infalible y que intenta definir los limites de la mente humana, solo para sucumbir a su propia destrucción.

Lo más asombroso de “El Monstruo de Frankenstein o el moderno prometeo” — titulo original del libro — es que fue escrito muchos años antes que la tecnología destruyera los últimos Dioses tambaleantes de la mente humana y lo sustituyera por la visión científica. De manera que no se trata de una crítica simple hacia el poder de la ciencia — como se suele analizar — sino a los motivos por el cual el hombre utiliza el poder del conocimiento como arma. Una abstracción tan amplia que no sólo abarca esa noción de Shelley sobre el debate ético sino sobre lo que se pondera como la individualidad como principal riesgo del intelectualismo. No se trata de una idea sencilla. Shelley se enfrenta a una época donde nace la gran soledad moderna, en la que los primeros anuncios de la industrialización destruyen los cimientos elementales de lo que hasta entonces había sido una sociedad obsesionada con el colectivismo. Durante siglos, el mundo se concibió así mismo como una gran mancomunidad donde la soledad era una virtual rareza y lo personal, una idea aún en construcción. Con la llegada de la primera mirada al mecanicismo, esa realidad se transformó en algo más: de pronto el talento era un reflejo de la identidad y el mundo, una combinación de esa presunción sobre lo íntimo y lo privado. Y es entonces cuando Mary Shelley describe un mundo nuevo: una maravillosa posibilidad — el hombre que crea vida, más allá del misterio — y también, el horror de ese descubrimiento.
Una alegoría angustiosa a esa búsqueda de una idea que pueda justificar la perdida de la inocencia, la caída en el dolor del alma humana ante la ausencia de fe. Una visión que inquieta por lo precisa, más allá de su poesía y sensibilidad, por mostrar ese dilema del poder de la sabiduría: el creador que pasa a ser esclavo de sus actos, la osadía del espíritu que puede llevar al desastre y la destrucción. Una moraleja ética. Y no obstante, Mary Shelley no se prodiga con facilidad. En Frankenstein el dilema no es evidente: el Monstruo no sólo encarna el dolor sino la crítica, mientras que el doctor parece ser el símbolo de la moral rota, de la pérdida de las esperanzas de un mundo carente de Dios o de cualquier creencia que pueda sostener esa prodigiosa capacidad. Ese misterio recién descubierto del hombre que se transforma por un momento, en un Dios.

¿De que escribe Mary Shelley en Frankenstein? ¿Sobre una época que se encontraba al borde mismo de una ruptura histórica? ¿Sobre ese papel secundario y eternamente anónimo que le endilgó su género? ¿O incluso sobre su madre, quien sufrió la deshonra y el dolor ser menospreciada intelectualmente durante su vida? ¿Qué se esconde realmente bajo esa monumental visión sobre lo bueno y lo malo, lo temible y lo bello? ¿Que ocurre debajo de esa aparentemente inocente visión de un monstruo benigno que lucha contra el horror que prodiga sin desearlo? ¿Que aspiraba Mary Shelley a crear, como un moderno Prometeo de la palabra, en esa declaración de intenciones tan profunda como dolorosa?

Con frecuencia, se le acusa al libro de sermoneador. Y podría serlo, si los personajes fueran menos complejos o la historia más edulcorada. Pero hay una crueldad subyacente en lo que se cuenta, que parece impregnarlo todo, que destruye la ilusión de solemnidad que abarca la visión del autora e incluso la desborda. Una breve ensoñación sobre el poder del hombre y a la vez, su fragilidad.

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