jueves, 25 de agosto de 2016

Un mundo de palabras: ¿Por qué somos lectores? Esta es mi historia.




Comencé a leer siendo muy niña, casi por casualidad. Un libro cualquiera, que me dejó sin aliento, asombrada e inquieta. ¿Todo esto puede contenerlo un libro? Recuerdo que pensé, tan pequeña que el libro que sostenía me parecía del tamaño del mundo entero. La biblioteca de mi abuela era enorme, desordenada, y repleta de todo tipo de libros: desde romances Arlequín polvorientos que alguna tía romántica había olvidado en los anaqueles, hasta tratados sobre literatura rusa que mi abuelo conservaba por razones familiares más que académicas. Los leí todos. Los leí con ese alborozo de la infancia, sin saber que era peor o que era mejor. Sin tener ninguna noción que había lecturas “buenas” y otras “terribles”, que había libros “baratos” y otros “enaltecedores”. Mucho menos sabía nada sobre “clásicos” y “best sellers”. Leí todo lo que pude a placer, a escondidas bajo el enorme escritorio de mi abuela. En el jardín antipático y soleado. En el patio de recreo de mi Escuela, aguardando por la consulta del dentista. En suma, leí todo lo que quería de leer de la manera que quise.

De manera que crecí — y leí — sin saber ni tener la menor noticia que Garcia Marquez era costumbrista y había creado el realismo mágico, John Steinbeck analizaba la vida de la Norteamerica profunda de una manera sumamente sentida, que Harper Lee meditaba sobre la moral y la ética, Turgeniev recorría la historia rusa con una mirada dolorosa o que Flaubert creaba una nueva visión de la mujer literaria. Y creo que de haberlo sabido, no me habría importado tampoco. Porque mi único interés — mi gran, obsesivo y fascinado interés — era leer historias, conocer mundos ajenos al mio, construir mundos en mi imaginación a través de las palabras, de esas visiones prestadas de la realidad que cada libro traía aparejado. Nunca me detuve un momento para pensar si el libro que sostenía entre los brazos, del que hojeaba a todas partes tenía algún valor literario, si su autor había trascendido la fama para alcanzar algo más profundo, si el análisis de obra poseía algún valor elemental. Para mi lo importante era otra cosa: era la capacidad que cada libro tenía para cautivarme, para convencerme de continuar leyendo hasta conocer sus secretos. De obligarme a hacerme preguntas, a mirar el mundo de las palabras con mayor fervor. Poco a poco, la lectura se hizo una parte de mi mente, indivisible de mi visión sobre la realidad. Aprendí a vivir y a soñar gracias a las páginas de los libros y me aprendí el valor de la transgresión — la real, la de las ideas — gracias a que cada palabra que leí me recordó que el lenguaje era absoluta libertad, que los libros representaban la frontera misma entre el mundo de las cosas comunes y las que creaba la imaginación. Esa otra versión de lo que conocía, en tinta y papel que tenía el poder de destruir cualquier limite y remontarse a otras regiones imposibles del espíritu humano. En suma, comprendí bien pronto que el poder de la palabra reside en esa herencia inmediata de cuestionamiento, de la diatriba sana, de hacerme preguntas sin cesar. Cada habitación de mi mente se construyó con palabras, y se hizo cada vez más grande y significativa a través de cada libro — pequeño, grande, clásico o de baratillo — que leí.

Esa saludable independencia de pensamiento resultó ser de inestimable valor cuando entré en la Universidad. Para entonces, ya sabía que la lectura era una parte de mi vida tan enorme que no podía ignorarla, mucho menos disimularla, de manera que decidí hacerla mi profesión. Todavía hoy, con diez años a la distancia, continúo insistiendo en que el día más feliz de mi vida fue en el que me senté en el pupitre de mi primera clase de la Licenciatura en Letras. Me sentí en el lugar correcto, el que había buscado toda mi vida, quizás sin saberlo. Estaba convencida que estudiar sobre la literatura a fondo, de comenzar a recorrer el trayecto para aprender sobre la palabra desde su origen, me permitiría profundizar en esa necesidad mía de la lectura, de esa inquieta visión sobre el mundo que cada libro me había brindado. Recuerdo que pensé, con un alborozo lo bastante inocente para conmoverme ahora, que ese era el primer paso para entender el mundo de las palabras más allá de mis pequeños prejuicios y mis temores. Aprendería el origen de mi amor por la literatura desde la palabra en estado puro. Una interpretación del mundo literario lo suficientemente sustancial para reconstruir mi propia versión sobre él.

Me equivocaba, por supuesto. Y lo descubrí a las pocas semanas de comenzar ese accidentado trayecto mio por el mundo literario Universitario. Porque lo que me encontré fue con la crítica encarnizada y el estereotipo nacido de algún lugar desconocido que parecía contradecir, y frontalmente, mi idea de la lectura como una forma de libertad. Porque sentada en un pupitre y frente a un pizarron, y no frente a las páginas de un libro — menuda paradoja — me enseñaron por primera vez que había libros buenos y otros que no lo eran tanto. Que había Clásicos, destinados a formar parte de su historia por una serie de méritos académicos y otros, muchos menos valiosos al decir de la teoría, que se olvidaban con facilidad o que al menos, así lo indicaba la costumbre docta. Que Gabriel Garcia Marquez no era el venerable anciano que contaba historias sobre una América niña, sino quien fabulaba la literatura a fuerza de mariposas amarillas. Que Chordelón de Laclos no era el chismoso que yo había imaginado — y con el cual me había divertido — sino un escritor que reconstruyó la visión de la novela epistolar para crear en si mismo un nuevo género. Perdí la inocencia de la página en blanco, del aliento contenido ante la primera línea a punto de leerse. Esa candidez de sostener un libro entre las manos para olerlo con los ojos cerrados. De dormir con el libro bajo la almohada para que lo primero que viera al despertar fuera una palabra. De las paginas dobladas por impaciencia, de las emborronadas de dedos húmedos. Y lo sustituyó esa directa visión de la literatura como algo utilitario, que tenía sentido, valor y peso. Dejé de leer por deseo y comencé a hacerlo por deber. Por necesidad. Por una obligación elemental que no tenía ningún parecido con mi entusiasmo infantil, con mi forma de ver el mundo de las hojas y las palabras. Con cierta tristeza, me pregunté muchas veces si conocer el origen de las cosas destruye su misterio. Y con cada nueva etiqueta (El libro inteligente, el que no lo es tanto, el valioso, el elemental, el indispensable, el best seller, el intrascendente) perdí un poco de esa ternura de la imaginación, de lo recién descubierto. Un tipo de agria madurez.

Mi profesor de literatura Medieval era probablemente el hombre más irreverente que conocí jamás. Era uno de los pocos que tenía la impresión disfrutaba dictar su asignatura. De hecho, había en su manera de enseñar un alborozo infantil que contrastaba de manera directa con la sobriedad que se suponía era parte de los Romanceros, églogas y sonetos. Para él, la literatura era otra cosa: algo vivo, sustancioso, en pleno crecimiento. Recuerdo me asombró su alegría, la forma como brindaba a lecturas por narturaleza lentas y pesadas una viveza que me hacía pensar en algo frutal y extraordinaria. Literatura viva, pensé maravillada, mientras nos hablaba del caballero Verde, de la Europa sencilla donde el Juglar caminaba apresurado de pueblo en pueblo para llevar la palabra a donde no podría llegar por si sola. Se parecía tanto a mi visión sobre la literatura — a mi antigua visión, me recordé más de una vez, con tristeza — que me pregunté si me había encontrado con otro soñador, como yo. Con otro idealista de la palabra, como yo.

- Te encontraste con un loco, como tu — dijo entre risas, cuando se lo comenté. Era un hombre entusiasta, vitalista y sí, como yo, estaba perfectamente convencido que la palabra y los libros creaban mundos — así que eres otra de las decepcionadas del mundo del pupitre ¿No?

Intenté explicarle entonces el dolor que suponía para mi la losa de lo académico sobre lo bello de la lectura, ese constante cuestionamiento y clasificación de las palabras en una especie de teorema práctico que jamás podría explicar su verdadera magia, el origen de toda su belleza. Incluso a mi me sonó infantil aquello, así que me callé, esperando me explicara otra vez que había libros que estaban hechos para ser leídos y recordados y otros para ser olvidados, como solía insistir con frecuencia uno de mis profesoras. En cambio, él asintió con entusiasmo tomando a sorbos ruidosos una taza de café.

- La literatura es para vivirla. Como mejor puedas y como quieras -dijo — la literatura es para soñar, para reír, para llorar. Para todas las cosas buenas y tristes de la vida. No hay un libro que no te regale una imagen, un libro que no te consuele de alguna manera, un libro que no te obsequie una idea, un libro que no te haga cambiar la dirección de tu pensamiento. No importa si es un libraco de Guillermo de Ockham o algo sencillo y sentido de Oriana Fallaci. Leer es un placer, es un dolor, es una esperanza. Y recuerdalo siempre. Habrá quien se crea más sabio que tu y te indique que debes buscar para satisfacer lo que necesitas saber.
Que poético, pensé con cierto cinismo. Que cierto, añadí después, con una sonrisa. Y es que el profesor descubrió — y describió — punto a punto esa necesidad mía de encontrar algo más allá de lo obvio en las palabras, algo más de lo lineal, de lo que se puede analizar, de lo reflexivo y evidente. Porque para mi espiritu el libro ha sido un simbolo de lo que el mundo puede ser, del futuro y la ternura de la incertidumbre. Todas lo que la realidad puede ser, lo que puedo esperar de ella. Un libro que es una sonrisa, la obscenidad, el deseo, lo feo y lo bello, lo profundo y lo humorístico, lo superficial y lo que hiere y deja cicatriz. Cada parte de mi vida, lleva un libro aparejado. Cada idea, cada reflexión, lleva la imagen de una historia que me obsequió una página abierta. Y en esa conversación incesante — trascendente — no importa demasiado el peso de la historia, el verbo oculto, el respeto que infunde el nombre de su autor. Lo verdaderamente importante es la sustancia que crea el recuerdo, el peso de la palabra que conservaré. La belleza que me obsequia lo que se narra, más allá de toda discriminación estética. Porque cada libro es un mundo y para el lector, quizás el Universo entero.

De manera que luego de atravesar ese páramo árido de la incredulidad, regresé a mi inocente confianza de lectora veterana. Esa de quien abre un libro con la expectativa de lo que leerá, que contiene el aliento por la esperanza de encontrar — de nuevo — ese elemento mágico, diminuto y desconcertante que hace inolvidable un párrafo, una capitulo, una historia entera. Volví a sonreír con la convicción que llevo por mi amor por los libros — por la palabra, por su origen mismo — a todas partes. En mi insistencia por siempre declarar que cada hoja es una bandera de libertad y que cada sueño que me obsequió un recuerdo perenne de quien soy y a donde me dirijo. Y es que la niña lectora que fui, se convirtió en la mujer soñadora que aspiró a ser. Hija del ideal que cada escritor sueña con transmitir.

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