lunes, 21 de marzo de 2016

ABC del fotógrafo curioso ¿Que tan importante es el equipo fotográfico que usa el fotógrafo?





Decía el extraordinario Ernest Hass “Eres tú y tu cámara. Las limitaciones que existan en tus fotografías son las mismas que las que puedas tener como persona, porque lo que vemos es lo que somos”. Una idea que parece contradecir toda esta nueva tendencia de las últimas décadas de valorar — o mejor dicho, asumir la calidad — de un fotógrafo a través del equipo que usa. Y sin embargo, la pregunta que se hace cualquiera que se comunique a través de las imágenes es una tan simple que resulta en ocasiones desconcertante: ¿Qué hace a un fotógrafo serlo? ¿Hasta que punto la fotografía depende de la cámara — como herramienta — para expresar su lenguaje visual? Es un cuestionamiento que últimamente parece cobrar aún mayor valor, sobre todo a la vista de la democratización del uso de la tecnología de punta al momento de fotografiar y más allá, su relación con el resultado que obtenemos como fotógrafo.

Antes las cosas estaban bastante clara: un fotógrafo era un profesional que se perfeccionaba con la práctica y el tiempo. Tal vez por tratarse de un arte / técnica muy joven, la fotografía era una manera de interpretar la realidad a los que muy pocas personas tenían acceso y el conocimiento se transmitía de una manera casi sacramental. Con frecuencia un fotógrafo educaba a un asistente en los secretos de la imagen y la fotografía, en una especie de iniciación técnica y conceptual que podía llevar años completar. De manera que un fotógrafo lo era por esfuerzo propio, por recorrer ese largo trayecto desde el deseo de plasmar la realidad en imágenes hasta lograrlo. Nadie rebatía el trabajo y mucho menos la dedicación del fotógrafo a su arte profesión y mucho menos la manera de expresar sus ideas visuales. Para entonces, la cámara era la herramienta capaz de permitirle al ojo detrás de ella, construir una serie de ideas comprensibles. Aunque una buena cámara podría facilitar la captura de la imagen, jamás se le consideró como indispensable para que la visión del fotógrafo fuera mucho más sustentable o certera.

No obstante, a medida que la tecnología ha perfeccionado la herramienta, permitiendo que la imagen se democratice y se haga mucho más accesible, el concepto de la fotografía — como arte — se ha desvirtuado. Porque a medida que la fotografía perdió esa noción del trabajo y la construcción de la imagen para sostener un lenguaje — se simplificó — la idea que se tiene sobre ella pierde sustancia. Y ¿Quién puede decir que no es una consecuencia inevitable de este acercamiento a la fotografía? ¿de esta reinterpretación del método y la forma bajo el cariz tecnológico? Consecuencia o no, es que la idea del hecho fotográfico se ha descontextualizado y lo que es peor aún, simplificado hasta ser considerado algo poco menos que una técnica depurada de una expresión formal de lo visual.

* La fotografía como arte: Una visión personal del mundo visual.
Cuando comencé a fotografiar tenía once años. Era una época inocente de descubrimientos: no tenía reales nociones sobre técnica fotográfica y de hecho, no las tendría hasta mucho después. Pero deseaba fotografiar: quería hacerlo por una serie de razones no demasiado claras que no descubriría hasta muchos años después. Pero la cosa estaba clara: deseaba hacerlo, necesitaba captar escenas del mundo para que formaran parte de mi interpretación. O quizás, por un motivo mucho más elemental: mi manera de comprender el mundo que me rodeaba era por completo visual. De manera que lo hice sin preparación alguna y con la simple intención de coleccionar escenas, rostros y momentos. Atesorarlos a través de una idea de trascendencia que me parecía extraordinaria.

Nadie me enseñó cómo hacerlo. Hace dos décadas — y un poco más — la educación fotográfica en mi país era escasa y muy costosa, fuera del alcance de una niña de once años que necesitaba aprender fotografía por una pasión que era bastante difícil de explicar al mundo adulto. Así que aprendí de manera autodidacta: dediqué esfuerzo, dedicación y muchísimo esfuerzo en aprender los rudimentos de la fotografía, como asumo, lo hacen muchísimos fotógrafos alrededor del mundo. Y es que esa cofradía del conocimiento fotográfico de décadas anteriores, pareció evolucionar a una especie de aprendizaje personal, un ritmo propio de descubrir y construir el lenguaje fotográfico. Un camino que no es sencillo por supuesto pero que tiene una evidente semejanza con el método de aprendizaje tradicional: Una lento recorrido por la fotografía como pasión y necesidad artística que se convierte en una forma de expresión por derecho propio.
El esfuerzo valió la pena: aprendí que la fotografía es una expresión artística tan compleja y metódica como cualquier otro, y que requiere una considerable comprensión de sus métodos y técnicas para expresarse y construir una idea coherente al respecto. Fueron años, donde conceptos como la composición, la atención a la iluminación, la elaboración de un lenguaje sustentado sobre la imagen fueron tan valiosos e importantes de aprender como el uso de la cámara de turno. Y es que asumí que la fotografía era mucho más la interpretación que tenía sobre ella que la forma de mostrarla a nivel formal. Aprendí, en la práctica, el error, el tropiezo, la búsqueda, la asimilación, la mirada privada, la observación que la imagen es un reflejo de quien somos, de lo que deseamos contar del mundo. Tal vez, por ese motivo las palabras y la idea fotográfica siempre se mezclan en mi mente como un vehículo único de expresión: ambas son un reflejo de como veo — interpreto el mundo — y más allá. como quisiera mostrarlo a partir de una idea básica. Mi manera de crear.

¿Tuvo un significativa importancia la acelerada evolución tecnológica del equipo fotográfico en mi manera de aprender y crecer en fotografía? Sin duda, hizo mucho más simple el momento de la captura de la imagen. No soy tan ingenua como para asegurar que una mejor cámara no mejora de manera sustancial el proceso de captura y procesamiento de imágenes. Y no obstante, el concepto que continua prevaleciendo a pesar de ese, del que sigue siendo sustancial y esencial dentro de mi visión del lenguaje fotográfico, es que lo fotográfico — como arte — supera y con crecer a la tecnología fotográfico. Porque lo que nos hace recordar una imagen, lo que la hace memorable, trascendente, la que es capaz de conservar una imagen como documento visual consistente, es la opinión visual que transmite. Una mejor cámara por supuesto, te permitirá hacerlo con mayor facilidad. Pero es tu mente, tu interpretación de la realidad que captas o mejor aún, ese mundo que construyes a través de luz y sombra, siempre será mucho más valioso que la calidad del megapixel o de luminosidad de la óptica que utilices. Porque una fotografía, al fin y al cabo, es una reflejo de quien eres y más allá, de cómo asumes tu propia humanidad.

* Del reflejo del otro en la fotografía.
Durante mi adolescencia, fotografié mucho. Lo hice a la manera desordenada del que aprende. La cámara se convirtió en mi Querido Diario y de hecho, a la distancia, miro mi trabajo fotográfico personal como una reformulación de mi identidad. Un poco como mis libros favoritos, la fotografía me permitió crecer, madurar, hacerme preguntas y cuestionarme. Pero sobre todo la fotografía me permitió cruzar ese limite entre lo enteramente personal y el mundo circundante. De alguna manera hablé a través de la fotografía con mucha más claridad que de cualquier otra manera y en el trayecto aprendí el poder del arte para curar y construir un concepto personal sobre el mundo.

Nunca tuve una cámara realmente buena. De hecho, utilicé la misma cámara por años: una vieja Canon EF que aún conservo. Eran tiempos de Film, de esperar el resultado de la imagen por días enteros y de equivocarte mucho hasta conseguir una imagen realmente buena. Me frustraba eso mucho por cierto: soy naturalmente impaciente por lo que aquello de esperar por tanto tiempo para mirar la fotografía que ya existía en mi mente me resultaba insoportable. Pero esa espera, ese proceso limitante y limitado, me enseñó algo que he llegado a considerar esencial en la fotografía: una evolución de esa necesidad de crear en imágenes. Porque ese paso a paso, ese camino largo y zigzagueante de la imagen a medio formar hasta el resultado final, me hizo mucho más consciente de mis decisiones artísticas, de lo que debía hacer — o no — para asumir la idea fotográfica como una expresión del yo. Poco a poco, me hice mucho más humilde en cuanto a lo infalible de la fotografía, lo poderoso de lo visual y finalmente aprendí que lo que fotografiamos no es solo nuestro por derecho propio, sino como esquema sustentable de nuestra valoración de quienes somos.

Llegué al mundo digital casi por accidente. Me resistí muchísimo de hecho, antes de abandonar la cámara y el carrete y comenzar a pensar en megapixeles. Y lo hice porque no tuve más remedio. Tenía unos veintiún años y aún faltaba mucho para la renovación definitiva de la fotografía gracias a lo digital. Faltarían mucho también para que asumiera mi trabajo fotográfico y no meramente referencial. Sobre todo, me llevaría un buen trabajo emocional comprender el valor consciente de una imagen que se toma, que se crea y se construye desde un mensaje y un concepto que trasciende cualquier otra cosa. Pero sabia lo esencial: que el mito y la metáfora fotográfica eran un documento personal, intimo y al que brindamos significado a través de nuestro mundo personal.

Cuando pienso en fotografía, tengo bastante claro que no es sencillo ni tampoco directamente comprensible hablar de lenguaje, metáforas y símbolos. Pero la fotografía es justo ese núcleo esencial de las ideas que hace posible transmitir y contar la historia desde la intimidad de nuestra mente, una ventana hacia lo que somos y quienes somos. ¿Un buen equipo mejora tu capacidad para hacerlo? Sin duda lo hará más fácil, pero lo realmente valioso en una imagen no se traduce en elementos técnicos.

De la imagen conceptual a la herramienta electrónica: Una interpretación de la realidad.
Por supuesto que, soy una fiel creyente que como diría Susan Sontag , la fotografía”Es la manera ineludiblemente “moderna” de mirar: predispuesta en favor de los proyectos de descubrimiento e innovación.” De manera que asumo sus transformaciones no solo como inevitables, sino además como beneficiosas. La fotografía es un reflejo de su tiempo, un arte joven y en construcción y reconstrucción constante. Y el mejoramiento y especialización de las herramientas fotográficas es una inmediata consecuencia. No obstante, lo nuclear en el lenguaje fotográfico continua siendo mucho más sutil y esquivo, mucho menos complaciente y sencillo de encontrar: El poder de expresar ideas a través de las imágenes. Porque en nuestra sociedad de consumo, esa que se mira así misma como inevitable y directa, como creadora constante, la mirada sutil de la fotografía es una ventana frontal hacia la realidad, una muestra indiscutible hacia lo que se asume como real y lo que no lo es. Y el fotógrafo, es el testigo ineludible, el observador perenne de sus cambios y transformaciones.

De pie, frente a mi cámara, siento la inevitable vulnerabilidad del que se sabe observado. Aguardo, con el corazón palpitando muy rápido. Me miro el reflejo convexo del lente, contemplo esa fragilidad de la imagen humana y de pronto, el poder de la fotografía me parece real, inevitable. Cuando escucho el click, sé que una parte de mi historia se eternizó, comenzará a formar parte del mundo de mis ideas, que cimentará mi opinión sobre mi misma y quizás algo tan diminuto como doloroso: mostrará un fragmento de mi identidad.
C’est la vie.

1 comentarios:

yesa glez dijo...

Maravilloso texto.

Publicar un comentario