martes, 22 de marzo de 2016

Crónicas del miedo: De la violencia de todos los días a la violencia universal. Una reflexión apresurada sobre los atentados en Bruselas.


Decenas de pasajeros evacúan el aeropuerto tras registrarse dos explosiones. LAURENT DUBRULE EFE/Original periódico el País de España.



Leo la noticia del atentado de Bruselas con una sensación de sobresalto y miedo. Son casi las cuatro de la mañana y al otro lado del mundo, el continente Europeo despertó con una tragedia que comienza a hacerse habitual, un riesgo cotidiano entre la larga lista de dolores de un mundo herido. En América todavía es de noche — tan tarde que es temprano — y las informaciones llegan a cuentagotas. Una peor que la anterior. Una que profundiza este horror a medio descubrir, la amenaza de un tipo de agresión a la que Occidente no termina de acostumbrarse.

Los periodistas de mi Time Line de Twitter intentan difundir la información lo mejor que pueden, pero todo ocurre tan rápido que cada tweet y frase parece necesitar una actualización casi de inmediato. Con una escalofriante sucesión de datos, el número de víctimas mortales y heridos aumenta por minutos. Cuando llego a la gran conversación de Redes Sociales, ya son casi veinte. Y a la información del primer ataque al Aeropuerto de Bruselas — dos bombas, diez muertos, casi una veintena de heridos — se suma la noticia de otro ataque en una estación de Metro, muy cerca de una oficina administrativa de la Unión Europea. De pronto, el ataque escala en intensidad y en dureza. No se trata de una circunstancia casual, sino de un estallido de terrorismo de consecuencias imprevisibles.

La migración apresurada — la huída — de Venezolanos que escapan de la crisis ha llevado a los amigos y parientes a los lugares más lejanos del mundo. Con el corazón palpitando con rapidez, me apresuro a sentarme frente a la pantalla de la computadora. Dos de mis amigos de la infancia ahora residen en Bruselas. Una de mis primas menores también.

— Estoy bien — jadea en la pequeña pantalla del Skype mi amiga S., con el rostro pálido y los ojos muy abiertos y brillantes. Puro miedo — Estoy llegando a casa. La ciudad es un caos.

Me cuenta que nadie sabe muy bien que está ocurriendo. Que los Medios de Comunicación Belgas intentan ser comedidos y cautelosos con la información. Son casi las once de la mañana en Bruselas y el miedo está en todas partes: las autoridades piden a los ciudadanos no abandonen sus casas. Hay sospechas que más bombas en distintos puntos de la ciudad. Mi amiga toma una bocanada de aire, me mira con aire desvalido desde su rincón del mundo.

— Y pensar que huí de la violencia — me dice — pensar que estaba segura podría respirar en paz. Ahora me encuentro con otra cosa. Algo incluso peor.

S. fue secuestrada hace dos años por dos sujetos desconocidos que le cubrieron la cara con un trozo de tela y le obligaron a recorrer Caracas a punta de pistola. El conocido secuestro Express que resulta tan habitual en nuestro país. Robaron sus ahorros de casi cinco años de trabajo, su teléfono, automóvil y finalmente, la dejaron abandonada con una herida de cuchillo en el pecho que casi la mata. Seis meses después que todo ocurrió, tomó lo poco que aún tenía y literalmente huyó a Bélgica, donde aceptó la hospitalidad de unos desconocidos parientes paternos. El primer correo electrónico que recibí de ella desde Europa me hablaba sobre la tranquilidad. A pesar de las privaciones, las puertas cerradas, las limitadas oportunidades, la soledad. La tranquilidad de caminar por las calles de la ciudad donde vives, sin temor.

— Y ahora pasa esto — me dice con el rostro contraído — Es como encontrarte cercado por el horror, por un tipo de miedo que no puedo explicarte. No sólo a morir, que ya es suficiente para espantar a cualquiera. Sino a la amenaza perenne. La paranoia que no te abandona nunca.

Hace años, leí sobre el trauma invisible que suele causar la violencia cotidiana en quien lo sufre. En todas las maneras en que te afecta la amenaza que está en todos lados, la conciencia que antes o después, serás una víctima. Lo que te provoca la real posibilidad de ser asesinado o lastimado a pesar de tus precauciones. El extenso artículo hablaba sobre el constante estrés, el pánico a todas horas, la ingobernable sensación de vulnerabilidad. Todo eso convertido además en una manera de vivir, en una forma de afrontar el día a día. Uno de los psiquiatras que participaron en la redacción del texto, aseguraba que la violencia continúa — su mero anuncio — hiere como pocas cosas pueden hacerlo. Te convierte en sobreviviente, en un individuo incapaz de discernir la amenaza posible de la imaginaria. Una especie de víctima propiciatoria de una situación que no comprendes en realidad, de la que no tienes ningún control.

Vivo en el tercer país más peligroso del mundo y en la ciudad con mayor cantidad de asesinatos del continente Americano. Vivo en una ciudad donde asesinan a un promedio de sesenta personas cada fin de semana. De manera que comprendo lo que puede ser el miedo insistente, la perpetúa conciencia de la vulnerabilidad, del riesgo que corro por el mero hecho de transitar en la ciudad en donde vivo. No obstante, lo que me cuenta S. resulta incluso aún más enrevesado, doloroso y duro de asumir. Una perspectiva del temor que se convierte en una percepción sobre la libertad, la individualidad y la forma de mirar al mundo cada vez más amarga e insoportable. Como si el mismo sentido moral que sustenta el cómo vivimos y cómo queremos comprender nuestra cultura, fuera torpedeado por el terror, por la violencia inexplicable, por la agresión venida del centro mismo de cómo concebimos nuestra cultura. Lo que damos por supuesto.

— Sabes a donde ir o que hacer en una ciudad como Caracas. El temor es algo específico, focalizado — me dice S. secándose las lágrimas con un gesto infinitamente vulnerable y triste — sabes a qué temer. Intentas sobrellevar el miedo lo mejor que puedes ¿Sabes? Pero esto es algo más duro. Un desarraigo absoluto. Es el odio convertido en un arma.

Hace unos meses y a raíz de los atentados en París, discutí con un conocido que intentaba equiparar la violencia terrorista con la que a diario se vive en Venezuela. Me explicó que quizás “el mundo” no era tan sensible a las víctimas de bala en Venezuela porque somos un país insignificante en el juego geopolítico mundial. Pero que sin duda nuestra tragedia es mucho más dura y violenta que cualquier otra. Le escuché, escandalizada por el tinte condescendiente, víctima y ególatra del comentario.

— El Terrorismo no se trata sólo de un ataque, sino de las cientos de forma como destruye y socava la cultura — le contesté escandalizada por su razonamiento — es lamentable, doloroso y temible lo que vivimos en nuestro país. Pero la violencia terrorista es una dimensión por completo distinta de la amenaza. Una que puede desbalancear el delicado equilibrio de poder en el mundo, que puede crear y apuntalar la xenofobia, el ataque al distinto. No es sólo el arma que se empuña, sino la violencia que se convierte en mensaje.
Mi interlocutor insistió en señalar que en Venezuela mueren muchas más personas por el hampa común que en un conflicto armado. Que a diario, nuestro país se desangra por un lento goteo de hechos de violencia sin sentido que convierten al mapa nacional en una interminable sucesión de estadísticas sobre la violencia. Acalorado y furioso, me dijo que ignorar “las consecuencias trágicas del hampa común en Venezuela” es uno de los motivos por las cuales la violencia nacional se hace una situación cada más incontrolable. Más dolorosa y volátil.

— Matan a casi 22 mil Venezolanos al año pero todos se vuelvan a preocuparse por un atentado focalizado — me dice con evidente irritación — eso es simplemente una visión comercial de la noticia. Un olvido lamentable sobre situaciones tan duras como la nuestra.

— La violencia terrorista no es la consecuencia del mal manejo de leyes restrictivas o punitivas, de la impunidad o de una política de seguridad ciudadana. El terrorismo utiliza la violencia para destruir las bases de la sociedad y la cultura a la que ataca. Es una escalada de agresiones que buscan derrumbar la forma como comprendes la seguridad, la identidad nacional del país que lo sufre. Que intenta imponer un esquema de agresión que sacuda las bases del poder que asumen enfrentan.
— ¿No es lo mismo? — insiste. Sacudo la cabeza, desalentada.
— Podría parecerlo, pero no lo es.

Es difícil explicar el origen de la violencia en Venezuela. Su cualidad espontánea, imprevisible. Los rudimentos que se estructuran para crear un clima de insoportable agresión que parece provenir de todas partes. Desde la pobreza, la exclusión hasta la impunidad y la corrupción administrativa, la violencia en mi país tiene un ingrediente basado esencialmente en la manera como comprendemos al país, como gran parte de los Venezolanos se convierten así mismos. La violencia Venezolana parece relacionada estrechamente con un tipo de cultura que promociona la agresión y el asesinato como una forma de éxito social. Donde se admite que el criminal tiene un cierto estatus e incluso un lugar dentro de cierta visión sobre nuestra comprensión sobre el gentilicio. Barriadas controladas por grupos criminales que se jactan de brindar protección a los habitantes, bandas que se enfrentan al poder establecido. El miedo en Venezuela es una combinación de poder, caos y desorden institucional difícilmente comprensible.

Pero el terrorismo es algo más. Es el asesinato de los dibujantes del periódico Charlie Hebdo como retaliación a preceptos religiosos fanatizados. Es el ataque a una ciudad como París por su capacidad de simbolizar los valores occidentales. Es el agobio del terror en una Bruselas ingenua. Es el miedo en todas partes, es la comprensión de la vulnerabilidad hacia un tipo de ataque que se basa en el menosprecio de la diferencia, en la búsqueda de la imposición de un régimen de terror basado en la ideología extrema. ¿Cómo comparar esa paulatina degeneración de la percepción sobre la identidad Universal, sobre los principios en lo que se basa nuestra percepción sobre lo que el mundo puede ser con la violencia habitual, elemental y cruda Venezolana? ¿Cómo establecer paralelismos entre dos percepciones del horror que no tienen el mismo objetivo, motivos y mucho menos origen? ¿Cómo comparar el valor de las víctimas desde el descarnado punto de vista de la violencia que provocó su muerte?

— No entiendo como puedes lamentar las muertes del terrorismo teniendo tanto por qué preocuparte en tu propio país — me reclama por último — Como puedes ignorar las condiciones en que vivimos debido a esa violencia.

Suspiro, desalentada y abrumada por esa frágil percepción de los límites del horror que establece el terrorismo. Durante los últimos años se ha debatido hasta el cansancio el motivo y el origen de los ataques de extremistas en diversas capitales del mundo. La culpa va y viene entre la política, la percepción social, la conflictividad universal. Pero también, parece recaer sobre algo más desdibujado: nuestra percepción de la democracia. Más de un historiador ha insistido en que el auge del Terrorismo se debe al hecho de comprender la democracia sólo desde las libertades económicas que ofrece y la capacidad del ciudadano para tomar decisiones políticas. Pero que con frecuencia, se olvida el postulado real que sostiene una idea tan amplia como la libertad social: La capacidad para enfrentarnos a la barbarie con ilustración y educación. La capacidad del ciudadano moderno de aspirar a un tipo de libertad individual y personal frente a ideas totalitarias de control que no tienen otro origen que el totalitarismo.

Es un pensamiento que me horroriza y que me resulta incluso aún más descarnado que la violencia cotidiana, turbia y pendenciera que sufro en mi país. Porque se trata no sólo de la bala que puede herirme o matarme, de la violencia que puede dejarme cicatrices físicas y emocionales, de la restricción a la libertad personal fundada en el miedo, sino de algo incluso peor que eso. Hablamos sobre el desplome del mundo tal y cómo lo conocemos, de la defensa de una serie de ideas esenciales que consideramos absolutamente indispensables para la convivencia y el progreso. ¿No tememos a la violencia Venezolana justamente por demoler la idea de la libertad y la democracia que aspiramos? ¿No es el terrorismo un tipo de ataque directo a la defensa de ese ideal social y personal que todos consideramos nos pertenece por derecho? Y es que la mera idea del paralelismo entre ambas ideas, refleja una percepción limitada sobre las implicaciones de enfrentamientos ideológicos y sobre todo sus consecuencias.

— Se trata que la violencia en Venezuela amenaza tu vida — digo en voz baja y cansada — El terrorismo amenaza el mundo que conoces y la manera como quieres vivir.

Recuerdo esa conversación mientras S. continúa hablándome del clima de crispación que vive ahora mismo en Bruselas. Me explica que toda la ciudad se encuentra sumida en un tipo de desconsuelo y temor que hizo cerrar las puertas de establecimientos, lugares públicos, Universidades y comercios. Un toque de queda a la espera de la siguiente tragedia. El miedo propagándose en todas direcciones con el único objetivo de hacerse más fuerte, irrespirable y sofocante. Una forma de restricción a la libertad adquirida gracias a siglos de aspiración a la bondad y al bien común. La idea resulta difícil de comprender, mucho menos de admitir.

— El miedo me duele, es como una quemadura que no puedes evitar toquetear — me dice S. con la voz temblorosa. Está llorando, aunque creo que no lo nota. Esta veterana del miedo, esta sobreviviente a una ciudad árida, llora por un miedo inexpresable e inquietante que me hiere como si fuera mío — no sé que ocurrirá de ahora en más, no sé a hacia dónde caminamos en medio de este miedo y esta sensación de indefensión.

Cuando cuelga la llamada, me quedo pensando en su llanto invisible, en la ciudad desdibujada al otro lado de la ventana que apenas distingo sobre su hombro. Y pienso, con el pecho cerrado por un nudo amargo, que el mundo se convierte en una prisión de horrores, en una mapa de pesadilla donde la víctima en disputa es un tipo de identidad muy profunda que nos define a todos por igual. Sentada en mi estudio, mirando la Caracas brumosa y triste que me hereda una crisis progresiva, pienso que aún somos muy inocentes. Que aún no entendemos esta percepción inédita sobre el miedo de un mundo cada más cruel y árido. La idea me produce dolor, un sufrimiento íntimo e interminable. Una sensación de orfandad que no comprendo muy bien pero que supongo tiene que ver por esta pérdida de la fe en las pequeñas cosas que sostienen el mundo donde nací. Quizás, el objetivo más valioso en cualquier batalla a ciegas como es la terrorista.

Un triunfo silencioso de una lucha ciega y con cientos de implicaciones, cada vez más incontrolable y peligrosa.

2 comentarios:

Guillermo Andrés Ollarves Peraza dijo...

"El terrorismo amenaza el mundo que conoces y la manera como quieres vivir." creo que con esta frase resumes toda tu entrada. Mis respetos por atinar entre la diferencia de ambas situaciones.

Al final, ninguna forma de violencia es peor que otra, las causas y el objetivo son las que debemos tomar en cuenta para juzgar su magnitud.

Franklin Padilla dijo...

Las dos formas de violencia son repudiables. Se trata de un falso dilema. Ninguna es peor que la otra.

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