sábado, 18 de octubre de 2014

De las grandes promesas y otras formas de sonrisas. Historias de brujería.



La primera vez que sufrí un ataque de pánico, tenía doce años. No sabía que me ocurría: un terror ciego me invadió y me dejó sin fuerzas, tan agotada y exhausta que por unos cuantos minutos no pude hacer otra cosa que llorar. Recuerdo que la sensación me desconcertó: fue como perder el control de mi mente a un nivel inimaginable. Me quedé muy quieta, con las manos apretadas sobre las rodillas, mirando al mundo moverse y ondular a mi alrededor, la realidad rasgarse como si se tratara de una tela muy fina. Apreté los ojos, incapaz de mirar ese leve vaivén, como si los sonidos y los colores de la realidad me superaran.

Seguí sufriendolos durante muchos meses, sin decirselo a nadie. El pánico iba y venía, como una tormenta que me arrasaba hasta dejarme indefensa. Me dejaba en carne viva, acurrucada en la tierra inhóspita del miedo.  Así me encontró mi abuela en un rincón de su jardin antipático. Escuché sus pasos pero no me atreví a abrir los ojos, enfrentarme de nuevo con esa cacofonía que me desbordaba y me abrumaba. Sentí sus brazos rodeandome, su labios rozandome la frente. Escondí la cabeza en su hombro, sin llorar, temblando con tanta fuerza que me castañearon los dientes.

- ¿Qué ocurre mi niña? - me susurró. No llores, no llores, me dije. No llores, o toda esta angustia, llenará el mundo, lo llenará de los tonos grises y discretos que me agobian ahora mismo. No llores. Apreté los puños, sacudí la cabeza.
- Siento mucha angustia, pero no sé que es - intenté explicarle. Quise decirle que a veces, sentía que no podía comprender el mundo que me rodeaba. Que no podía entender por qué Doña Jose, la extraña de la casa del fondo que tanto había llegado a querer, salía tan poco y se había hecho tan frágil que apenas me reconocía. El motivo por el cual, el perro de mi amiga M. había muerto, siendo tan pequeño y tan querido. La razón por la que había una mujer muy frágil y harapienta a las puertas de mi colegio. De vez en cuando tenía la impresión que todos los pequeños dolores y padecimientos a mi alrededor eran enormes, inabarcables. Palpitaban como un torbellino de luces y sombras inabarcable. Todo esa noción del dolor, del verdadero sufrimiento a mi alrededor me golpeaba con tanta fuerza que apenas podía defenderme, respirar, aceptarlo. Un dolor inexpresable.

No pude explicarselo, claro. De manera que me quedé allí, con los labios apretados con fuerza - no llores, no llores -, parpadeando muy rápidamente y respirando de manera entrecortada. Ella aguardó, como bruja magnifica que era, hasta que lentamente, mis jadeos de miedo se hicieron más lentos y menos erráticos y pude mirarla a los ojos. Me pregunté si creería estaba loca, si se burlaría un poco de mi extraño acceso de nervios. Pero ella sólo me contemplo, en uno de sus silencios largos y cálidos, hasta que sonrío.

- ¿Mejor?
- A veces tengo miedo de no sentirme mejor.

Me avergonzó decir aquello en voz alta. Mi mamá solía decir que tenía un indudable talento para el drama, una predisposición a exagerar cada uno de mis sentimientos y pensamientos. Quizás era así, me dije con cierto cansancio, quizás ese dolor cegador que de vez en cuando sentía, era sólo una debilidad de mi parte. Aguardé mientras la abuela permanecía allí, sólo abrazandome, sus manos aún acariciandome las mejillas con ternura.

- Sí, a veces podemos pensar cosas semejantes - me dijo entonces.

Su respuesta me sorprendió. Lo hizo, porque no me la esperaba, porque parecía comprender esos raros momentos que sufría donde el pánico parecía llenar el mundo. Lo hizo porque no me juzgo, ni tampoco se impacientó ante mis terrores. La verdad, parecía comprenderme, pensé confusa, mientras caminaba junto a ella a la cocina, entre los colores y sabores del mundo, de nuevo encantadores y brillantes. Pero ¿Cómo podía ser? Mi abuela era una mujer reposada, extraordinaria. Siempre sonreía, con los ojos brillantes de vivacidad, siempre tenía una palabra y un momento de profundo cariño para mí. Jamás le había visto dejarse vencer por el miedo. ¿Cómo podía comprenderme? ¿Cómo podía saber el cariz de este miedo insoportable, de este dolor agudisimo? La miré, mientras me servía un vaso de jugo de parchita y lo me extendía con un gesto pausado.

- ¿Te...ha pasado esto? - me atreví a preguntar. Le di una probadita al jugo. Como siempre, tuve la sensación que bebía aire de montaña, vivo y fresco. De ese brillante horizonte de la ciudad que veía a la distancia de la ventana de la cocina. Abuela me contempló, con la cabeza ladeada.
- No hace falta sufrir las mismas cosas para lamentarlas y comprenderlas mi niña - me dijo - si tu la sufres y te causan dolor, para mi es suficiente. Sólo quiero que te sientas mejor y me expliques que puedo hacer por ti.

Sacudí la cabeza. No llores, no llores. Pensé en las ocasiones en que había pensado que esos ataques mios de miedo y angustia, eran una forma de debilidad. Como una enfermedad, como tener las rodillas flojas o no ser agil para saltar y correr. En lugar de la debilidad física, pensé con cierto cansancio, yo sufría de algún tipo de debilidad espíritual inconfensable. Un tipo de dolor tan caótico, que me dejaba sin fuerzas y sin deseos de hacer otra cosa que quedarme en silencio, avergonzada y dolorida, a carne viva. No lo pensé en términos tan complejos sin duda, pero sí tenía algo muy claro: había algo incorrecto en mi, algo herido y roto que no sabía como curar.

- No lo sé - le dije por último. No llores, no llores. Me repetí tantas veces las palabras que las sentí encajar lentamente en mi mente, abrir algunas viejas heridas que no sabian que existian - sólo sé que a veces, es como si todo lo que me duele y me preocupara del mundo me aplastara, me dejara pequeña y aterrada en un rincón. No puedo mirar para ningun lado, no puedo dejar de pensar en cómo me duelen. Es...

Comencé a respirar de nuevo muy rápido. Tomé un sorbo del jugo. Mi abuela siguió escuchandome, con la mirada calma y dulce que me hacía sentir de pronto reconfortada. Quizás, lo que más agradecía era que no hubiera en su rostro otra cosa que una amable atención, como si mis palabras le importaran. Por entonces, era una niña muy solitaria y siempre abrumada por pequeños dolores mentales e irreales, y esa atención suya, esa capacidad para escucharme era gratificante. Una muestra de amor como la que pocas veces había conocido. Quise agradecerselo, quise decirle que la amaba por encima de todas las cosas, que agradecia sus abrazos, ese lento momento en la cocina soleada, el olor de las galletas del horno, el escándalo de arrendajos en el jardin. Pero permanecí allí, simplemente sentada, sosteniendo entre los dedos el vaso de cristal helado y esforzandome por no llorar.

- El miedo es un cuarto inexplorado de tu mente mi amor - dijo entonces mi abuela - un lugar en sombras que guarda lo que te hace llorar, lo que te deja sin fuerzas, lo que te hace cerrar los ojos. Es ese espacio donde no habitan canciones, bellos recuerdos o la imagen de tus cosas favoritas. Es un lugar que donde se guarda lo que nos hace daño.

"En Brujería, se dice que la más grande lucha que la bruja lleva a cabo es para abrir esa puerta cerrada. Por entrar en medio de toda esa penumbra e iluminarla con su capacidad para soñar y crear. De construir algo totalmente nuevo y bello a partir de lo que teme. La magia de confiar en tu capacidad para mirar el mundo de una manera totalmente distinta. Hacerte invencible".

La escuché, con los ojos muy abiertos y asombrados. ¡Precisamente así me sentía! sentía que había un espacio en mi mente sobre el que no tenía control, olvidado y acechante, al límite de las palabras que disfrutaba, las imagenes que soñaba, todas las cosas que atesoraba del mundo. Un lugar donde no había otra cosa que terror, uno muy primitivo y enorme, que bien podía aplastarme sino huía de él. Y cuando lo hacia, cuando corría en los pasillos de mi mente para no mirarlo, tenía que cerrar los ojos, allí en los páramos de mi imaginación y en el mundo real. Tenía que quedarme muy quieta, con la garganta cerrada de pánico, las manos apretadas intentando aferrarme a la realidad que parecía escurrirseme entre los dedos, sin forma, punzante y  angustiosa.

- ¿Se puede lograr eso?
- Abriendo los ojos.

La frase me sobresaltó. En todas las ocasiones en que había sufrido un ataque de pánico, terminaba sin aliento, con las manos sobre los oídos, la cabeza inclinada, los ojos cerrados. La oscuridad en todas partes. Me llevaba mucho esfuerzo regresar de esa nada punzante a la luz, al mundo de los pensamiento cálidos, de las sonrisas y el olor de la realidad. Me pregunté como sabía mi abuela ese pequeño pero dolorísimo detalle, ese cerrar los ojos porque la angustia no me permitía abrirlos.

- A veces - comencé a explicarle. El miedo, tan cerca. No llores, no llores. Tragué saliva - a veces siento que el mundo es enorme, se me escapa de las manos. Que me aplasta, como si se trata de un gigante furioso que me persigue, una figura enorme que me hace sentir...rota. Como si no pudiera curarme nunca de una herida.

Me apreté las manos sobre las rodillas. Mis ataques de pánico me dejaban exhausta pero también, muy avergonzada. Sentía que se trataban de una debilidad, un defecto que debía de ocultar. Y lo hacia lo mejor que podía. Me controlaba de la mejor manera posible, a cada momento en vigilia. Siempre estaba atenta a esa lento tic tac del miedo, un mecanismo que avanzaba con lentitud y que algunas veces podía detener. Pero otras, simplemente algo se ponía en marcha: un proceso que se aceleraba con una rapidez de pesadilla, alimentado por mi propia energía, por el poder de las palabras que morían en los labios, las manos apretadas contra el pecho. Un pajarillo herido, palpitando en mi corazón.

- Todas las heridas dejan cicatrices, pero las cicatrices te recuerdan que eres mucho más fuerte que lo que te las causó - mi abuela se inclinó hacia a mi y me tomó de las manos. Las suyas, callosas y cálidas, tenían un tacto reconfortante - ven conmigo, te enseñaré una cosa.

La seguí hasta su habitación. Era un lugar muy bonito, que siempre me había gustado mucho aunque entraba sólo en raras ocasiones: todo el mobiliario era de madera pulida y había muchas plantas verdes en macetas, libros abandonados por aquí y por allá, cuadros colgados en las paredes. A veces tenía la impresión que podía pasar horas sólo mirando todas aquellas cosas, aquellos recuerdos que me sonreían con dulzura.

Mi abuela rebuscó entre sus gavetas, abriendolas con mucho ruido. Era un sonido limpio, el ras ras de madera contra madera. De inmediato, la habitación se llenó del olor de las hojas de albahaca que mi abuela incluía en su ropa y de algo más indefinible y delicioso, que no pude identificar de inmediato. Me pregunté si se trataba el olor de los buenos recuerdos, de las cosas hermosas que atesorar.

- Aquí esta - dijo mi abuela con ternura. Levantó una pequeña cajita - ven, acercate.

Le obedecí. Abuela abrió la caja con una de sus sonrisas de pillete. Se me escapó una exclamación de asombro: era su pentáculo de plata. La estrella de cinco puntas enredada en un árbol que por años le había visto llevar sólo en ocasiones especiales, brillando con una opacidad venerable que siempre me había impresionado. Retrocedí un paso cuando ella lo levantó de la caja y lo extendió hacia mí.

- ¡Abu pero es tu pentáculo! - balbuceé. Tenía el mio, por supuesto: una discreta estrellita de plata que llevaba a todas partes con cierta timidez. Pero el de mi abuela era otra cosa: una pieza delicadísima, tan antigua que parecía estar llena de los roces y recuerdos de mucha gente, de muchas historias. Mi abuela me hizo uno de sus guiños humorísticos.

- Lo sé, ven acá y deja de moverte.

Me lo colgó al cuello. Me quedé muy quieta, esperando que el pentáculo se soltara. Me sentí de pronto diáfana, liviana. Era muy conciente del contacto de la plata en mi piel, del rasguño amable de los pequeños eslabones de la cadena. Muy despacio, subí los dedos y toqué la pieza: la plata estaba fría y se notaba pesada, fuerte. Antigua.

- Cada vez que el miedo te llame por tu nombre, recuerda que yo te estoy mirando, para decirte como volver a las sonrisas. Que todas las mujeres que llevamos ese pentáculo antes que tu, estamos aquí, esperandote para reconfortante. Que nunca más, estás sola en esto.

Me puso la mano en el pecho, justo a la altura del corazón. No llores, no llores. Tomé una bonacada de aire y me sentí más agradecida que nunca, más feliz de lo que había estado nunca antes. No sabía como explicarselo, pero ese momento, tuvo a sabor a cristalino, a cientos de pequeños prodigios diminutos que parecían unirse en un complicado entramado para crear la emoción que me cerraba la garganta, que me hacía temblar y por una vez, no de miedo. Pero mi abuela, como siempre, pareció entenderlo. Me besó en la mejilla y en la frente, y luego sonrío.

- El poder de creer y confiar, va contigo. Recuerdalo.

Sonreí, con dificultad, como si el dolor del miedo aún me escociera un poco. Pero sonreí, al sol reflejándose en la madera, a las manos cálidas de mi abuela. A la historia de amor que llevaba como un secreto colgando sobre el pecho, muy cerca de mi espíritu y mi corazón.

***

No llores, no llores.

De pie, en ninguna parte. Temblando tan fuerte que me castañean los dientes. Las rodillas doloridas por el peso de sostener este dolor, tan inmenso. Este miedo. A sola, sí, tan cerca de esa habitación de terror que sólo habita en mi mente. Retrocedo un paso. Tengo que correr, tengo que huir. En la realidad, estoy en un salón vacío de mi colegio de niña, balanceadome sobre la cintura. Los ojos cerrados. Que nadie me mire, que nadie vea mi dolor.

La habitación de mis temores se abre, tan enorme, amanezante. Huye, vete, te atraparé. Y sentirás mis dientes helados, mis dedos fríos e implacables. Corre, ahora que puedes, huye de nuevo. Pero te encontraré, soy tu temor. Puedo oler tu sudor de niña, esa huella frágil de criatura leve. Huye pero te encontraré.

No llores, no llores. Aprieto los dientes. Los ojos cerrados. Las palmas de las manos contra los oídos. El corazón latiendo tan rápido. El dolor, el dolor. Quiero huir, quiero gritar. No sé quien soy. El miedo es muy grande, tan cercano a la superficie. Quiero huir, no quiero verlo. El dolor.

La imagen rápida del jardín antipático de mi abuela. No sé que me lo recordó. Quizás un breve murmullo del viento, el olor benigno de la tierra del patio del Colegio. En el jardin de mi abuela, la luz del mediodia caerá muy fuerte, tan iluminado. Y ella estará en la cocina, cantando en voz alta, riendo con sus propias canciones. El olor del almuerzo flotando en la luz.

¡Huye! ¡Hazlo de una vez! ¡Huye del miedo! ¡Reconoce soy más fuerte! ¡Soy implacable! ¡Huye de mi!

Respiro. Bocanadas lentas, trabajosas. Sacudo la cabeza. ¡No! ¡No quiero! ¡No quiero huir! ¡No deseo hacerlo! ¡No huiré! Respiro, estiro los brazos, muevo los dedos de las manos. El temor está allí, pero yo sigo de pie, mirando. El dolor, el dolor, el dolor. Tan fuerte. Pero también hay luz. El sol de la tarde de Caracas, tan brillante. El Ávila que sabe a cielo, que sabe a azul interminable. Hay belleza, hay calor.

¡Vete! ¡Te atraparé si no te mueves! ¡Huye de mi!

Me llevo la mano al pecho. Me aferro al pentáculo. Y empiezo a llorar. No sé por qué lo hago, pero no puedo detenerme. Lloro, con los dientes apretados, inclinada sobre el pupitre. Lloro, en ese llanto lento de los muy agotados, de los doloridos. Pero imagino luz, la luz del jardin en Flor, del árbol de mangos inmenso, de la línea de la montaña que se extiende hasta el infinito. La luz de la ciudad plena de vida, de las risas, de las canciones, de la música que palpita más allá de las nubes. Lloro y de pronto, la oscuridad de esa habitación cerrada se fragmenta, se hace cada vez más simple, se desploma. Se abre en dos, como si se rompiera en una grieta amplia, larga. La luz, que soy yo. La luz en mis manos. La luz espléndida y radiante. La luz que soy yo misma. La luz que brota en todas partes. La luz que es el mundo. La luz que es poder y magia real.

Cuando abro los ojos, estoy en el salón de clases. A solas. El lento resplandor de la tarde entra por las ventanas y más allá, escucho los gritos y risas de mis compañeras al jugar. Sigo apretando el pentáculo en el puño cerrado, la respiración lenta y dolorosa. Pero la luz es verde, la luz es azul, la luz es sonrisas. La luz en la realidad.

Mi abuela me mira mientras caminamos juntas por la calle. Le sonrío, cansada, un poco aturdida. No tengo que explicarle mucho más. Ella extiende la mano, toma la mía. Juntas, en medio de esta historia a medio contar.

La oscuridad nunca se va, tal vez. Al menos no de todo. Pero aún, la mujer en que me convertí, que sufre de ese dolor joven de la niña que fui, levanta la mano para aferrarse al poder de los pequeños prodigios, para sonreír. Para que las lágrimas sean un rastro visible en la penumbra. Para mirar más allá del temor, que se alza denso y doloroso, un límite a la razón. Pero incluso en los momentos más duros, en esas pequeñas esquinas donde mora el sufrimiento, hay lugar para un rayo de luz. Uno muy alto y claro. Uno profundo, lleno del sol del verano eterno de un sueño a punto de ser recordado. Una manera de soñar.

C'est la vie.

1 comentarios:

Tiquicia Vargas dijo...

Muy bello. No todas tenemos recuerdos así.

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