martes, 3 de julio de 2012

La Metamorfosis de las ideas: Carta a Frank Kafka.





Frank:

Una vez leí una entrevista con un escritor que no pensaba siquiera en nacer cuando tu habías decidido morir, muy lentamente. Su nombre es Gabriel Garcia Marquez y él decía de ti, que tus relatos le habían abierto las puertas de un mundo nuevo de palabras. Hablaba de como, esa primera linea de La Metamorfosis: "Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo,  Gregorio Samsa se encontró en la cama convertido en un insecto monstruoso" le habían hecho pensar en como el mundo de la imaginación es inabarcable, extraordinario y carente de todo límite. ¿Se puede escribir así ? cuenta pensó Gabriel, por entonces un muchacho que aun recorría Macondo a solas, dando tumbos, intentando encontrar el lugar correcto donde comenzar a construirla. Después de eso ocurrió todo lo demás: se sentó bajo los almendros retorcidos bajo el sol y comenzó a levantar las paredes del pueblo de los espejos - o de los espejismos - y soñó Frank, soñó con cien años de soledad.

Gracias a ti.

A mi me pasó algo semejante. Leí la Metaformisis siendo muy niña. Tenía unos siete u ocho, y tuve miedo. Sentí un genuino pánico que me sucediera como Gregorio Samsa, y me encontrara una mañana, antes de ir al colegio, aun envuelta en sábanas, entre incomoda y adormilada, convertida en un colosal insecto. Con muchas patas levantadas hacia el techo, sacudiéndome de terror y fascinación. Lo imaginé Frank, y hacerlo, me abrió puertas cerradas en mi mente. En esa mente de niñita asustadiza pero llena de curiosidad. Que quiso seguir leyendo para ver que ocurría con Gregorio: que sintió asco cuando la hermana sin nombre tuvo que barrer la habitación donde se subía por las paredes, o lastima, simple conmiseración, cuando la Madre y el padre se lamentaban fuera, en algún lugar de la casa pequeña y gris. Y el miedo se convirtió en comprensión, cuando Gregorio comprendió que no había vuelta atrás, que simplemente era un insecto, que el ser humano que había sido. Subiéndose por las paredes, atisbando de un lado a otro.  Siendo ese misterio, sin nombre, que inventaste Frank para hacernos comprender sobre los monstruos de lo cotidiano, sobre los temores de la vida y la muerte, sobre el tiempo que nació y murió con ese extraña criatura - nunca supimos cual ¿verdad? - en que Gregorio se transformó. Que grande fue el alivio también, cuando murió esa bestia grotesta que antes habia sido un muchacho discreto. Senti alivio sí y entonces, en mi mente de niña, comprendí de alguna manera que gracias a ti, habia mirado a esa oscuridad de muchos matices que habita en la enorme casa de la mente humana. No lo pensé así, claro está, pero por semanas enteras, por meses incluso, continue pensando en Gregorio, convertido en insecto repugnante y luego muerto. Y en ti.

En ti Frank Kafka porque en tu desesperación anónima, en tu silencio monascal de hombre perdido en sus propios temores y cuitas, fuiste el escritor de las pequeñas bestias de los cotidianos. Los temores enredados en la rutina, en los pasillos de piedra gris, en las ventanas abiertas hacia ciudades antiguas e indiferentes. Asombrada, imaginé esa pasión tuya, escribiendo a solas, sin esperar ser leído por nadie, entre toses y escalofríos, con los dedos agarrotados de frío tal vez, soñando, soñando. No con cúpulas radiantes de prístina belleza o historias de esperanzas inauditas, sino con lo que se esconde en los rincones, con los juegos de la mente, claustrofobico y venial. Te vi, muchas veces, en las habitaciones en penumbras de mis ojos cerrados, escribiendo, encorvado, a la luz de una vela, para que nadie pudiera sospechar lo fervorosa que es tu pasión, la furia con que necesitabas gritar y gritar, mientras el resto del tiempo permanecías callado, tembloroso, encorvado y pálido en tu escritorio de funcionario sin nombre. Nadie podía adivinar los infinitos mundos y universos que habitaste y recorriste, que construiste y diste nombre en tu silencio, en tu fervorosa fe en la palabra. En tu irredimible convicción que la creación podría salvarte, consolarte o quizá, solo condenarte definitivamente.

Un día como hoy, naciste. Un verano radiante quizá. Con olor a madera reseca por el sol, las piedras de los adoquines de tu ciudad brillando como espejos. Y sin embargo, esa calidez inolvidable nunca te perteneció. Más allá de ella, descubriste algo que pasa inadvertido, casi con una delicadeza imposible de imaginar: la belleza del temor.

Y ese Frank, quizá sea tu gran legado y tu gran dolor.

C'est la vie.

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