domingo, 22 de julio de 2012

De las pequeñas batallas diarias: El "Caso Aglaia soltera" y otras menudencia.





La soltería es un tema que me atormenta. Y no porque quiera cambiar de estatus jurídico - me encanta mi vida tal cual es - sino porque pareciera que todos a mi alrededor si están interesados en que lo cambie. He tocado el tema varias veces en este, su blog de confianza: y es que ser soltera en mi país - y a mi edad - es un tema que preocupa. Al menos a mi familia y a mis amigos le preocupa y de hecho, es una especie de tópico común en todas las conversaciones que suelen involucrarme. Algo así como  "El Caso Aglaia", una especie de obsesión sobre que pasa conmigo o lo que parece ser lo que preocupa a todos "Que va mal conmigo".

Porque de hecho, hay una gran pregunta que parece atormentar a mis padres, tíos y primos: ¿Que pasa conmigo que con treinta años cumplidos continuo soltera? Admitamoslo, en un país como el mio, hay una linea invisible que nadie comenta, pero que todos parecen saber exactamente cuando comienza y cuando acaba: esa meridiano imaginario que indica cuando una mujer debe "sentar cabeza" y empezar a pensar en "lo realmente importante". Lo que sea que eso sea, por supuesto. La cuestión es que cuando rozas esa barrera que existe a y a la vez no, en el mundo de lo cotidiano, pareciera una serie de alarmas se activan. Tus amigos comienzan a presentarte "Por casualidad" toda una serie de variedades de "amigos en tus mismas condiciones" - ¿cuales serán esas? me suelo preguntar - o empiezan a cuestionarte sobre "ese estilo de vida" que sin duda transgrede alguna idea poco concreta  sobre el deber ser del adulto joven en nuestra sociedad. Y esta súbita preocupación puede ser tanto cariñosa como realmente amable - la pregunta casi angustiada ¿No te sientes sola? - o francamente insultante -  el despectivo: toda mujer necesita un macho Y LO SABES -  pero en medio subsiste una idea: La soltería, a cierta edad, no es aceptable. No es normal, en otras palabras, lo que sea que signifique esa normalidad para una mujer de esta época. El caso es que el poco interés por formar parte de las felices casamenteras parece inquietar a mucha gente a tu alrededor.

Y comienzan a pasar cosas.  Conversaciones donde parece analizarse tu conducta con todo cuidado, porque "algo" sucede. Porque tiene que ser así ¿No?, no es posible que una mujer en los treinta, independiente económicamente, sin ninguna deformidad física apreciable - me han dicho ESA justa frase más de una vez -, amable y que no está al borde de la camisa de fuerza, prefiera por motus propio tomarse las cosas emocionales con calma. O al menos eso es lo que piensa mi amiga G., quién durante los últimos meses ha insistido al respecto más de una vez en nuestros acostumbrados almuerzos mensuales. En la última ocasión, me miró de arriba abajo, con una mueca de clara angustia, más propia de las neurosis de mi madre, que de una de mis amigas más antiguas de la Universidad.

- Y todavía nada que piensas en matrimonio ¿no? - me deja caer. Casi con delicadeza. Hay que reconocerle el mérito. Esta vez no fue una critica directa a mi estilo de vida o al hecho que no tenga especial interés en colgarme al brazo del primer soltero que se me atraviese por delante. Un comentario, nada más, dice el tono. Pero la mirada un poco acusadora dice otra cosa ¿Que te parece de malo en el matrimonio? dice esa mirada, de la mujer que conocí en las aulas de la Universidad, con el cabello azul y vertiginosas minifaldas, que ahora lleva un sofisticado y pulcro peinado y un anillo de bodas en el dedo anular. ¿Me estás criticando con tu actitud? ¿Quién te crees que eres para emitir un juicio así? Me parece casi escucharla, mientras tomo lentamente un sorbo del café que pedí hace rato y que por pura incomodidad se ha quedado frío. Finalmente, siento que debo responder. El silencio tiene un olor extraño, como algo que se quema, como ea furia lenta que parece cocinarse en algún lugar de mi renuencia a contestar.

- La verdad no - respondo. Ojala pudiera dejar las cosas así, pienso. Y recuerdo todas las veces en que he dicho lo mismo a un interlocutor distinto. A mi mamá, a mis tíos, a mi amiga L., a mi prima S, y a todos los que antes o después, intentan escrudiñar que ocurre en mi vida que aparentemente no deseo formalizar lo que se supone es lo siguiente. Porque hay un orden ¿no? La adolescencia, la Universidad, los primeros veinte para disfrutar. ¿Y ahora qué? Suspiro. Ojala no tuviera que esgrimir razones. Pero tendré que hacerlo. G. me mira impaciente - No lo pienso y realmente no me interesa en absoluto la idea. Ni hoy ni supongo que mañana.

G. no responde de inmediato. Estira la mano, toma su taza, bebe su te de algo. Lleva en la muñeca la pulsera de hilos que le tejió su hija mayor, una niña graciosa y dulce que me agrada mucho. Hace años, cuando ambas estábamos en la universidad, el tema del matrimonio no existía. Era algo que se veía lejano, tan fragmentado que todos estábamos muy ocupados para tomar los trozos y armar una idea. G. y yo odiábamos a los niños: así lo declarábamos riendo.  Pero ahora, en estos treinta primaverales, las cosas han cambiado. O G. cambió y yo continuo aferrada a mis ideas. Quien sabe. He llegado a pensar si no será una cierta dosis de inmadurez la mia, a continuar renuente a ciertas ideas clásicas. Rebeldía sin sentido, o algo tan superfluo como una necesidad de mirarle y analizar mi mundo como una forma de creación personal.

- ¿Por qué? - pregunta. Eso si que me sorprende. Nadie me pregunta eso. De hecho, nadie está demasiado interesado en saber porque no deseo casarme, porque no mantengo relaciones largas, porque simplemente mi lado emocional tiene un peso poco importante en mi vida. Pero G. me observa como si de pronto, necesitara comprenderme. Y lo agradezco.  Tomo una bocana de aire y sonrío.

- Porque no hay nada en la idea del matrimonio con que pueda identificarme - respondo - ya sé lo que me dirás. Lo que me dicen todos: nadie puede vivir solo. Hay que buscarse a alguien para envejecer bien. Que la vida en pareja es estupenda. Pero sencillamente para mí, ninguna de esas ideas tiene mayor interés. Mi mundo emocional camina por otra parte.

G. guarda silencio. Hay algo agradable en esta sensación. Y me atemoriza pensar que ya vendrá el sermón, la historia inevitable. Mírame lo feliz que soy, dirá, yo tengo dos niños hermosos, un hombre que me ama y me complementa. No has encontrado el indicado, insistirá. Pero no hace nada de eso. Mi amiga me mira y sonríe. Una sonrisa como las de antes, como la chica del cabello azul que le gustaba fumar en el jardín eterno de la Universidad.

- Hay algo muy poético en esa insistencia tuya con la soltería. ¿A solas contra el mundo?

- La verdad no. A solas con mis ideas, sería más apropiado decir.

¿Es eso no? Pienso en todas las mujeres que conozco que también atraviesan esta curiosa edad y esta curiosa necesidad de no claudicar ante ideas concretas y socialmente devastadoras que no comprendemos bien. Porque hay toda una nueva de generación de mujeres que simplemente nos preguntamos porque. Y no solo las que tienen esta especie de alergia al compromiso de la que sufro, sino que llevan relaciones bien establecidas, plenas y satisfactorias. Simplemente no hay una idea que nos convenza, pienso, y eso es el meollo de todo el tema. No queremos. ¿Sencillo? No lo sé, pero en esa sencillez hay una complejidad que me hace sonreir. Una maraña de pensamientos que se enredan unos a otros para crear una nueva manera de ver el mundo: la nuestra.

Silencio otra vez. Y que cómodo es, no decir nada. Ni un gran debate de ideas ni una discusión sin sentido. Simplemente quedarme en silencio tomando café. Y pensar en que las grandes justificaciones continúan siendo simplemente esas pequeñas batallas diarias que llevamos a cabo a diario, sin mayor triunfo ni dolor. Una forma de crear imagino. O soñar.

¿Quién sabe no?

C'est la vie.

6 comentarios:

Licoa Salazar dijo...

Genial como siempre. Es asombroso como la gente no comprende que la felicidad no esta necesariamente ligada a una pareja, si eres feliz, se feliz ya sea sola o acompañada. Al final la soledad es algo relativo si hay ideas nunca se esta solo y si llega la persona indicada pues llegará y se sumara a la felicidad. Es también curioso que las mujeres nos estamos quedando solas si no estamos casadas a los 30 mientras por otro lado los hombres "disfrutan su juventud"...

latatisabel dijo...

De esas cosas incómodas que me pasaron antes de casarme (cuando tenía 32 años)... qué te puedo decir?
Soy la mayor de mis amigas del colegio y fuí la última en casarme... y ahora como que se me está viniendo encima el tema de la maternidad. =P

Nada, niña... que "las cosas" no son como antes, que ser económica (y emocionalmente) estable es lo máximo... y que las mejores cosas de la vida llegan cuando no se están buscando!

Un abrazo! ;)

Juliana Gutierrez dijo...

Querida mía,como siempre un post maravilloso, y todos mis buenos deseos para que sigas siendo feliz y tu por siempre, tu esencia es tan encantadora._
Un besote

ninoska dijo...

es asi, supongo que sera cultural, eso de ser metiche digo... de ninia/adolescente juraba que no me iba casar ni tener hijos jamas!!! mi mama lloraba... y bueh no cumpli, me case (un crimen a los 24 jajaja), y enseguida empezaron a preguntarme que cuando iba a tener bebes, (que no queria) yo respondida "creo que tenemos un problema porque no quedamos en estado" la gente ponia cara de tragedia,y asi evitabamos que nos volvieran a preguntar....

Vino Nicole, y en seguida la pregunta "cuando la parejta?", nuevamente "oh ni idea no me estoy cuidando y llego Amelie, y claro "ahora te falta el varoncito",,, "pues el varoncito lo tendra mi marido, yo me ligue"... igual siempre siempre habra una inconformidad tormentosa (para ell@s) que querran convertirlo en un tema...

un beso grande :)

Miss B dijo...

Hola Chicas!

Realmente el tránsito de los treinta es complicado, porque de alguna manera afloran toda una serie de prejuicios que al parecer están allí, pero pasan desapercibidos la mayoría de las veces: nunca en toda mi vida tanta gente se había preocupado a la vez, por mi estatus emocional. Y hablo que es una preocupación genuina: sobre mi futuro, sobre cual es mi decisión al respecto. Es algo que realmente me comienza a preocupar, realmente.

Gracias a todas por comentar y leer!

Alfirio dijo...

El matrimonio es cielo e infierno, una absoluta lotería, una absoluta utopía, conozco decenas de matrimonios "estables" que sólo han negociado dependencias, de parejas que se redujeron a un 50% y ahora son uno, en vez de ser un 200%.
He sobrevivido 8 convivencias, de ellas devienen mis 5 hijos, hoy estoy con la que espero fervientemente sea la última, una maravillosa mujer con la que llevo 5 años fabulosos.
Entre una relación y otra, disfruté montones con mis "lutos activos".
Conclusión: Mi eterna Admirada y Respetada, haga lo que se le dé la gana, si es feliz sola o como esté, séalo. De nada vale negociar espacios, momentos, emociones o actos privados si no se gana en felicidad o plenitud. La presión social sólo sirve en "la toilette"

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