jueves, 12 de enero de 2017

Una recomendación cada viernes: Private Citizens de Tony Tulathimutte





Nuestra época se comprende a través de sus debilidades, sobre todo las de la generación que nació y creció durante los últimos veinte años. Se trata de un fenómeno inevitable: lo contemporáneo se ha transformado en una conversación incesante entre el medio y también, el análisis del mensaje que refleja esa rápida e incompleta evolución social. Reflexionar sobre las dos primeras décadas del nuevo milenio conlleva una noción muy clara sobre su ausencia de significado, su cinismo superficial y sobre todo, la pérdida de la identidad conjuntiva en favor de una idea movediza sobre la individualidad.

Quizás por ese motivo, el libro debut del escritor Tony Tulathimutte, que justo intenta echar una mirada desapasionada sobre esa sociedad de consumo frágil e infantil que heredamos de la hiper tecnología y la ideología confusa, no resulta sencillo de definir. Por un lado, Tulathimutte parece obsesionado con los dolores y temores de sus contemporáneos y los disculpa con cierta ternura secreta y permisiva. Pero también los analiza con una dureza crítica que desconcierta por su crueldad. No hay concesión alguna a la mirada del escritor sobre el mundo actual, sus matices y sufrimientos secretos pero tampoco. Y quizás por ese motivo, el libro pendula entre la autocomplacencia — con declaraciones de amor incómodas, críticas a la maternidad solapadas en anécdotas en apariencia humorísticas y elegantes paisajes urbanos — y una aplastante amargura. El realismo con que Tony Tulathimutte observa a su propia generación — y con toda seguridad, a sí mismo — sostiene una serie de historias que se entrecruzan para mostrar un paisaje durísimo sobre una actualidad movediza y sin personalidad.

Aún así, Tulathimutte no triunfa del todo en su evidente intento por erigirse en narrador — testigo — de una época de la que es protagonista y quizás pieza invisible. El libro no siempre logra el tono correcto y avanza entre el estudio de la vida urbana — con la ciudad de San Francisco de fondo — y algo mucho más complejo de entender a la primera lectura. La ambición de Tulathimutte es clara: su novela está escrita no sólo como espejo social sino también, como una percepción intelectual sobre lo actual. Hay una cierta prepotencia en su largo recorrido por los estereotipos y tópicos del Milenio y un juicio mordaz sobre su comportamiento, pautas y costumbres que resultan en ocasiones desagradables. En el mundillo de “Private Citizen” nadie es realmente bondadoso ni tampoco memorable. Los personajes atraviesan las escenas con una rapidez borrosa que los desdibuja del mapa esencial del argumento. A primeras de cambio, el truco resulta: las diversas líneas de la historia se entrecruzan para crear un híbrido consistente sobre el panorama moderno. Al estilo de las grandes series de los últimos años, el narrador desmenuza la autocomplacencia, dolores y pequeñas tragedias de nuestra sociedad con elocuencia. Pero el experimento se tambalea por momentos: la crítica resulta artificiosa y el cinismo engañoso. Debajo de la reflexión hay amplio espacio sin concepto y objetivo que amenaza la consistencia de todas las historias. Y lo hace justo por carecer de motivación. ¿Qué intenta analizar el narrador? ¿Hacia dónde le conduce la insistencia en señalar las grietas de la imagen de idílica perfección de nuestra época?

Los cuatro personajes de la historia gravitan alrededor de un cierto sin sentido que los hace por momentos borrosos y en otros, esquemáticos. Tal vez por ese motivo, el tema de la muerte — que en la novela ocupa un lugar preponderante pero que no llega a sostener por completo el discurso de perdida de la inocencia y temor por el futuro — atraviesa sus historias con un lirismo artificial que no termina de convencer del todo, pero aún así resulta efectivo. Arrojados juntos en el ambiente Universitario y después, atravesando el mundo adulto, el pequeño grupo de desadaptados y tristones protagonistas de la historia, terminan siendo sin querer un crisol de las opiniones más duras y ambivalentes del nuevo milenio. Desde el sexo, las drogas, el dolor de la soledad moderna, la misoginia y la corrección política, los personajes de Tony Tulathimutte analizan el mundo desde sus salvedades y fracturas. Todo en medio del aislamiento social que nos define y que sin duda, es parte del clima enrarecido y agobiante del siglo XXI.

Por supuesto, se trata de una novela debut y siéndolo, no llena las expectativas pero tampoco, es una decepción real. De hecho Tony Tulathimutte logra un nivel de tensión y penetración psicológica en sus personajes que sorprende por su buen hacer y mano firme. Hay algo vital, dinámico y atrayente en este largo recorrido por la tristeza contemporánea y su superficialidad y quizás allí radique su éxito. Es imposible no identificarse con las largas conversaciones sin sentido sobre programas televisivos y libros de moda, todo aderezado por una serie de quisquillosas reflexiones sobre el sufrimiento y la angustia existencial. La novela está cargada de pequeños guiños a la cultura popular que la hacen tan reconocible como cercana: Tulathimutte los utiliza con sabiduría y logra crear una tensión entre el intelectualismo barato y algo más conjuntivo que su prosa rápida e inteligente capta en toda su extraña belleza.

Además, Tulathimutte no parece obsesionado — ni mucho menos, necesitar estarlo — por el realismo: hay un indudable aire de fantasía — o mejor dicho, de pura ilusión — en las historias de sus personajes, creadas y planteadas como un juego de piezas móviles sobre una filosofía incompleta. El escritor mueve sus piezas con perspicacia e inteligencia, lo que les brinda a ciertas escenas una clara sensación onírica. Además, Tulathimutte está conciente de sus limitaciones como escritor novel: sus líneas argumentales avanzan con buen gusto y una indudable capacidad para la narración. Aún así, algunas de las tramas decaen por los hilos endebles que la sostienen. Los personajes parecen correr de un lado a otro, chocan entre sí, para luego encontrar de nuevo el equilibrio en medio de las situaciones caóticas a las que deben sobrevivir.

Pero más que cualquier otra cosa, la novela de Tony Tulathimutte es una capsula del tiempo. Una descripción cuidada y puntillosa de todos los pequeños hechos y paisajes que hacen a nuestra época ser lo que es. Una mirada creativa y audaz a todas las consecuencias de su insistencia en sostener un discurso nihilista. El escritor sabe lo que busca — ¿una radiografía sobre la extravagancia de nuestra identidad como época quizás? — y trata de estructurarlo con bien medidas dosis de efecto que logra sostener con una inesperada nostalgia. Una gran oda a la temperatura cultural que intenta definir, sin lograrlo.

Las tribus culturales y sociales han sido motivo de estudio y reflexión durante buena parte de nuestra década, sobre todo por su capacidad de reflejar la época que les brinda contexto y sentido. Los millennials — con toda su carga simbólica de criaturas recién nacidas en un ámbito periférico novedoso — son quizás las que han soportado un escrutinio más violento y una crítica más empecinada. Como emblema de una cultura banal, hipertecnificada y reconvertida en una noción postrera sobre los alcances de la soledad moderna, la nueva generación de hombres y mujeres nacidos al borde del milenio refleja no sólo los pesares de una época hueca sino también, el insistente sin sentido que se le atribuye como símbolo de su existencia. Una percepción lenta y a menudo esquemática sobre la incertidumbre del futuro.

Tony Tulathimutte construye una poderosa ficción a base de la premisa y la profundiza gracias a un grupo de poderosos personajes que reflejan el miedo y profunda angustia espiritual de un grupo de hombres y mujeres abrumados por la desazón existencialista. Hay una búsqueda consciente de la justificación a ese vacío perenne que parece ser el sino de nuestra época y Tulathimutte no se toma concesiones en elucubrar sobre sus motivos. La historia avanza entre una sucesión de vicios, terrores modernos, una moralidad ajena y remota que termina creando una percepción sobre nuestra cultura temible e incompleta. La historia avanza en una serie de descripciones despiadadas sobre drogas, abusos sexuales y miradas ausentes sobre un universo hedonista que no termina de sostenerse sobre la frugalidad del cinismo sino que más bien, parece a punto de derrumbarse justo por ese motivo. Tulathimutte reflexiona de manera juguetona sobre la realidad alternativa de nuestra época y quizás encuentra su mayor triunfo en sus maravillosos diálogos llenos de un brillante dolor espiritual. Una mirada elemental hacia quienes somos o mejor dicho, las heridas abiertas de una generación que se hizo adulta en medio del desconcierto y el bombardeo de puro nihilismo vacuo de una época sin nombre.

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