sábado, 21 de enero de 2017

Danza de fuego y otras historias de brujería.




Toda bruja tiene un secreto, una sonrisa sin razón y un sueño que cumplir, solía decir mi tatarabuela. Lo hacía mientras estábamos sentadas bajo el árbol de mango de la casa, conversando en voz baja, riendo entre cuchicheos. Solía inclinar su cabeza canosa hacia la mia y murmurar a mi oido, como si ambas compartiéramos una importante y singular confidencia.

- ¿Lo sabes no? toda bruja nace para crear.
- ¿Crear qué?
- Esa es una buena pregunta - reía, con el rostro lleno de profundas arrugas, muy vieja y muy joven a la vez - pero toda bruja avanza, construye, necesita soñar. Somos espíritus salvajes.

Tenía nueve años la primera vez que escuché esa frase. Imaginé una mujer desnuda, bailando con los brazos abiertos bajo la Luna. Una imagen extraordinaria, poderosa, que nunca supe muy bien de donde había sacado pero que desde entonces me acompaño a todas partes. La mujer salvaje, brillante, corriendo en la noche. La mujer poderosa, abriéndose camino en mi mente.

- ¿Que es una mujer salvaje? - solía preguntarle siempre, asombrada por sus palabras. Tatarabuela ladeaba la cabeza, suspiraba. Y a veces, sonreía.
- Es una mujer que no obedece a nada, sino al monstruo de su corazón.

Con la imaginación desbordada de la infancia, imaginaba una criatura peluda y colmilluda, viviendo en alguna parte de mi pecho, afanándose por llegar a mis ojos y a mis manos abiertas. Era una imagen ambigua, que me asustaba y me gustaba a partes iguales, que me hacia muy consciente de ese poder misterioso que según decía tatarabuela, vivía en toda mujer creativa. De pie en el jardín desordenado de mi abuela, imaginaba a ese monstruo espléndido y mio, corriendo en la oscuridad a mi lado, bailando con las zarpas levantadas sobre la cabeza, una canción privada que sólo comprendíamos ambos.

- ¿Soy una bruja tata? - preguntaba también.
- Lo eres, lo serás. Lo desearás. Toda una mujer desea ser libre.

Su frase me acompañó por años. Porque ¿qué es una bruja sino una mujer consciente de su fuerza, de la ilimitada y extraordinaria llanura de su mente? ¿De los espacios abiertos e inconmensurables de su espíritu? ¿Quién es una bruja sino cada mujer que asume su nombre, su identidad, que crea y asume el poder de hacerlo? ¿Quién es una bruja sino el espíritu indomable, el que anima y disfruta de esa necesidad de creer y confiar en sí misma? ¿Quien es la bruja sino la eterna solitaria, la audaz, la que educa, la que enseña, la que conforta, la que consuela?

Mi abuela reía cuando le hablaba de las palabras de la tatarabuela que tanto me intrigaban. Me escuchaba sentada en el escritorio de su biblioteca desordenada, mi lugar favorito de todo el mundo. Rodeada de libros viejos y manchados, de papeles y recuerdos, de paredes cubiertas de fotografías, de objetos extraordinarios que hablaban de grandes historias. Y yo intentando hacerle comprender mi asombro. De mostrarle, con las manos abiertas y el paso inquieto, esa sensación de sorpresa que me provocaba la idea de la bruja. De lo que significaba la simple palabra. La historia que evocaba.

- Entonces ¿Ser bruja es correr sin que nada te detenga? - pregunté en una ocasión. Abuela sonrío y ladeó la cabeza, los ojos brillantes de entusiasmo.
- ¿Tu que crees?

Cerré los ojos. La mujer salvaje en mis pensamientos, corría entre los árboles fabuloso que había imaginado para ella. El cabello sucio y desgreñado, el rostro lleno de barro. Las piernas cansadas. Pero sonriendo. Con las manos apretadas por el esfuerzo. Pero con los ojos brillantes. El corazón latiendole tan rápido, tan vivo. Cada vez corriendo más rápido, saltando entre rocas. Los brazos extendidos hacia el cielo. Bailando bajo luces y sombras.

- Creo que es una mujer que no tiene miedo - dije despacito, sin saber muy bien si me equivocada. La mujer en mi mente se detuvo un momento, escuchándome entre las ramas de los árboles - que puede continuar corriendo incluso cuando...esté cansada.

Abuela sonrío, miró a su alrededor. Parecía asombrada por el paisaje de libros y objetos singulares, por los altos anaqueles, por los papeles que llenaban las mesas. Parecía también feliz, como si cada objeto que le rodeara contara una historia, formara parte de un gran sueño. Una herencia compartida.

- Una bruja es una mujer que sabe su poder, su capacidad y su necesidad de construir el mundo a su medida - me explicó entonces - Una mujer asombrada por su propia capacidad para hacerse preguntas, una eterna cuestionadora. Un espíritu curioso, una mente infinita. Una bruja es un espíritu que se arroja al vacío, que corre a ciegas en la oscuridad. Que grita su nombre al mar.

Sonrío, al recordar sus palabras. Lo hago mientras camino junto a mi ti E., casi diez años después. Recorremos Caracas, esta ciudad hostil y dura que amo tanto como temo. Miro a mi alrededor y me pregunto si cada uno de nosotros tenemos un bosque particular a través del cual correr, un lugar intrincado y fabuloso que considerar un mundo privado. Tía suspira, me toma del brazo. Caminamos juntas, la mujer joven y la anciana, por la ciudad estrepitosa y cegadora.

- A veces, creí que la palabra "bruja" era aceptar la rebelión definitiva de no asumir existen etiquetas - me comenta. Me aprieta el brazo con sus dedos largos y finos - esa percepción del espíritu voraz, de la búsqueda de todas las cosas. Y de pronto, encuentro que ser bruja es una mirada diferente, una capacidad innata para asumir riesgos. Todas las brujas nos equivocamos y aprendemos de eso. Avanzamos, nos reconstruimos. Todo espíritu busca el aprendizaje: para una bruja es una forma de magia.

Y  es que crear y creer es una manera de aspirar al futuro. Lo pienso, mientras sostengo la cámara y fotografío, mientras construyo una idea más allá de mi misma. La página con mis palabras creando mundos, hojas infinitas de sueños abiertos. ¿Quién es una bruja? Imagino de nuevo a la mujer salvaje de mi mente. La misma de mi niñez, que corre libre por la inmensidad del paisaje de mi imaginación. ¿Quién quiere llamarse así en esta época descreída y cínica? ¿Quién desea sostener las viejas historias, los antiguos ritos? ¿Quienes desean enarbolar esa vieja forma de comprender el mundo?

Yo deseo hacerlo, me digo mientras enciendo un circulo de velas a mi alrededor. Deseo ser la mujer salvaje de mi imaginación, la que crea y construye por mano propia, la que construye una herencia pequeña y personal de conocimientos, la joven, la poderosa, la anciana. La que crea y desea un camino personal. La que asume el poder de su imaginación como única. La que sabe el poder de su espíritu, de su mente al soñar, de cada pequeña pieza de su vida que elabora una noción de sabiduría.  Y soy me digo, la hija de la Luna, la que nace y renace. La que busca y encuentra, la que baila en el circulo de fuego, la que ríe y llora, la que aprende y olvida, al que siempre lleva la esperanza en las palmas abiertas.

En mi mente, la mujer salvaje continúa corriendo hacia el horizonte, hacia el brillo radiante de la mañana que despunta. Y más allá, la niña que fui sonríe, a la anciana junto al árbol, la que lleva el cabello blanco y trenzado. Y la escucha cantar, a la luz de ese amanecer de sueños. La que aspira a la belleza, la que la asume inevitable la sabiduría. La que mira hacia el Infinito de sus párpados cerrados, las Tierras interminables de su espíritu en fuego.

La mujer que danza bajo las estrellas. La poderosa, la audaz, la que teme pero se enfrenta al miedo, la que llora pero también ríe. La que asume el poder de sus sueños y su esperanza. La que mira el amanecer de su vocación y su necesidad de crear. Y somos, las brujas, las mujeres que danzamos bajo las estrellas, el eco de un conocimiento antiguo y primitivo. De una percepción extraordinaria sobre el mundo en nuestro interior. Ese paisaje interminable y radiante que forma parte de nuestro aprendizaje, sabiduría y experiencia.

¿Quién desea ser bruja en esta época? Sonrío, tendida entre mis circulo de velas. Sin un motivo para hacerlo, quizás por todos los motivos para aspirar a la belleza. ¿Quién desea llamarse así misma por el viejo nombre de las mujeres inquietantes, de las intrigantes, de las indómitas? Yo sin duda, me digo, con los brazos extendidos sobre mi cabeza, mirando la Luna danzar entre mis dedos, como una secreta promesa de búsqueda, de páginas por escribir, escenas que atesorar, historias que escuchar. ¿Quién soy sino una bruja? me digo y no puedo evitar reír, porque más allá de la palabra y lo que describe, hay un silencio de infinitas estrellas, una cúpula nocturna interminable, llena de deseos e ideas.

Una bruja siempre tiene un secreto, quizás en la oscuridad de sus párpados cerrados. Una sonrisa sin razón, en el eterno recorrido hacia si misma y una esperanza que cumplir, en esa convicción del camino que construye. La magia de soñar y crear. De las grandes e intimas experiencias. De elevarme en la necesidad de trasgredir mis limites y alcanzar quizás, ese lugar interminable donde vive mis secretos más preciados, ese vinculo definitivo donde vive la magia, la que se conecta con mi espíritu y vuela más allá de todo tiempo y lugar.

La bruja que fui y que seré. La mujer que aspira a soñar.

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