lunes, 30 de enero de 2017

La belleza del silencio: La búsqueda de la alegoría estética en la fotografía.







Se suele decir que el trabajo fotográfico de Sarah Moon es es un “enigma que se interpreta desde la tristeza”, una frase con un leve dejo romántico que aún así, no engloba la rara belleza de un estilo fotográfico construido a través de la insinuación. Lleno de simbolismos y alegorías sutiles, las fotografías de Sarah Moon resumen un tipo de percepción de lo femenino que va más allá de la simple belleza y lo transforma en un vehículo poderoso para analizar cierta alegoría estética. Para la fotógrafa, lo bello y lo sutil elaboran un mensaje mucho más poderoso — y complejo — que la simple capacidad sensorial para cautivar.

Tal vez se deba a que Sarah Moon estuvo frente a la cámara mucho antes que detrás del visor. Fue retratada por Helmut Newton, Irving Penn o Guy Bourdin, lo que le permitió conocer de primera mano las frágiles e intangibles relaciones entre la fotografía y la capacidad de la imagen para expresar elaboradas ideas estéticas. Pero además, comprendió que la fotografía es una recombinación de símbolos en busca de una mirada única sobre nuestras obsesiones. Y la de Sarah Moon es sin duda lo que consideramos hermoso, ese velado misterio sobre nuestros cánones y estereotipos estéticos sobre los que reflexiona desde cierta abstracción vaporosa. Sarah Moon intenta meditar sobre lo bello — o lo que en todo caso, consideramos bello — como un concepto que se plantea desde lo misterioso. Una búsqueda de lo que se esconde en nuestras percepciones sobre lo atractivo, lo seductor y sobre todo, lo que es capaz de enaltecer esa noción sobre lo desconocido. Y lo hace con un pulso firme y creativo que sorprende por su firmeza.

Sarah Moon insiste en cada oportunidad que puede que huye de los estereotipos y de los clichés. Que su búsqueda por un discurso fotográfico en medio de la banalidad del mundo de la moda — o de lo que se presupone banal, en todo caso — tiene como objetivo una mirada singular sobre los símbolos y metáforas de nuestra cultura sobre lo que consideramos atractivo. En sus imágenes, la belleza es un elemento inevitable — todas sus fotografías son pequeñas obras de arte preciosistas — pero también lo es, la identidad de sus modelos, que la fotógrafa acentúa y utiliza como trasfondo de inesperada profundidad. También lo es el tiempo: Moon no sólo crea inspiradas visiones con cierto aire anticuado sino que utiliza esa disonancia cronológica como un reflejo de su percepción sobre ciertas ideas trascendentales. Para Moon, toda imagen es “el último testigo, o incluso la última evidencia, de un momento que de otra forma se hubiese perdido para siempre”.

En una ocasión, Moon confesó que fotografiaba desde niña, aunque solo sostuvo una cámara por primera vez siendo adulta. Se refería por supuesto a su capacidad para captar historias y convertirlas en pequeñas escenas imaginarias. Refugiada francesa en Londres en plena Segunda Guerra Mundial, la Sarah Moon de nueve años se esforzó por consolar los pesares y dolores a través de su devoción por lo estético y lo artístico. Durante la adolescencia, estudió diseño y dedicó años al dibujo y por último a la fotografía. Enfrentada a los prejuicios de la época, trabajó como modelo mientras lograba dar el paso definitivo como fotógrafa, que no llegaría hasta bien entrada la veintena. Entre tanto, fotografiaba a sus compañeras y como ella misma admitiría después “creaba el mundo a través de imágenes que tenían más de errores que de aciertos”. La joven Sarah Moon estaba convencida del valor del error y de la búsqueda de una mirada incompleta sobre la fotografía. En esas primeras imágenes, sus jovencísimas modelos jamás miran a la cámara. Desaparecen en vaporosas nubes de satén y muselina, ingrávidas y casi frágiles. Y no obstante, hay una fuerza considerable en su puesta en escena, en el instintivo conocimiento de Moon del simbolismo y el uso del color como parte de un mensaje sugerido.

Para 1950 e influenciada por los últimos coletazos de swinging sixties, Moon se dedica por completo a la fotografía. Su trabajo comienza entonces a definir los elementos que le harían reconocido y que le brindarán un importante identidad: la evocación prima sobre la descripción. Las imágenes de Moon alcanzan entonces otro tipo de madurez y se hace más complejas y profundas. Con una persistencia en el mensaje entre líneas por encima de lo evidente, Moon elabora un tipo de imágenes que libera a la mujer del tópico de objeto del deseo y lo convierte en algo más complicado y por lo tanto, poderoso. De la misma manera que Lillian Bassman y Deborah Turbeville, Moon celebra lo femenino pero sin caer en la retórica de la sexualidad, la lujuria o la provocación. Para Moon la fotografía es una comprensión sobre la atmósfera y la emoción que puede transmitir a través de la imagen. Y lo hace construyendo un tipo de propuesta donde buena parte del poder del mensaje radica en lo que el espectador puede concluir sobre lo que no se muestra en la fotografía. Con una osadía que sorprende, Moon creó un discurso fotográfico basado en un tipo de sensibilidad de enorme valor conceptual. Se negó a usar cualquier elemento o símbolo sexual y además, depuró el Glamour como algo más sensitivo que la mera idea sobre lo espectacular y lo llamativo. Sus retratos siempre tienen un aire desdibujado, incompleto. Una percepción sensorial levemente confusa que les brinda una identidad única a cada una de sus fotografías.

Por supuesto, una propuesta que contradecía en forma y fondo el concepto más común acerca de la moda, tuvo sus inmediatos detractores y críticos. A Moon se le criticó el hecho de usar velos y diversos juegos de luces para dar una apariencia enigmática a sus imágenes y sobre todo, su estética a la que se le acusó de “mostrar un tipo de mujer ideal e inalcanzable”. A pesar de las puertas cerradas y el rechazo , Moon dedicó años a consolidar su estilo. Sería la marcha Cacharel la que consolidaría su nombre. Para la campaña publicitaria del perfume de la marca, Sarah Moon creó una serie de retratos que desconcertaron y subyugaron al público por su delicadísima estética pero también, lo novedoso de su propuesta. Las fotografías de Moon para Cacharel además, marcaron un hito en la fotografía publicitaria: no se trataba sólo de imágenes para mostrar al producto o ensalzar la belleza de la modelo. Había una real intención de la fotógrafa de crear un discurso consistente, una visión sobre lo esencial del producto que trascendía a la mera noción de su existencia. “Cuando hacía publicidad, me imaginaba un relato y una situación donde podía ocurrir. Finalmente cada fotografía era la primera y última imagen de una película que no iba a hacer, de una historia que nunca iba a contar” dijo cuando se le preguntó al respecto de la exitosa campaña. Toda una declaración de intenciones de Moon sobre su perspectiva sobre la fotografía como expresión formal de una interpretación más profunda de la imagen.

Para el fotógrafo Duane Michals — cuya correspondencia con Moon forman parte del libro “Now and Then” de la editorial ­Kehrer Verlag que analiza el trabajo de la fotógrafa — lo fantasmal y etéreo de la fotografía Moon es en sí mismo un análisis sobre su opinión sobre temas tan disímiles como lo femenino, el motivo fotográfico y la expresión de la identidad a través de la imagen . Más allá de eso, hay una noción persistente sobre la necesidad de Moon de reconstruir la fotografía que muestra a la mujer, sin añadir el ingrediente erótico. Hay una búsqueda de referencias y una conciente construcción de metáforas en el trabajo de Moon que asombra por su solidez “Sus instantáneas nos hacen recorrer la historia del arte sin que seamos capaces de definir sus referencias. Allí están los paseantes que se cruzan en nuestro camino como en el famoso poema de Baudelaire, las mujeres pájaro que conocemos de las obras surrealistas de Max Ernst, las bailarinas como las pintaba Degas, mujeres salidas de las litografías de ­Toulouse-Lautrec, estatuas que al igual que la Venus de Ille comienzan inquietantemente a moverse”, insiste la escritora ­Barbara Vinken en el mismo libro.

Todo es misterio en la obra de Moon y la fotógrafa procura conservarlo así, con un esfuerzo determinado por delimitar su trabajo de la identidad que se le presupone como expresión del yo creativo. Tal vez por eso, ha concedido muy pocas entrevistas. “Me ponen a la defensiva. Especialmente las que usan mi biografía como una anécdota para explicar mi obra” insistió en una oportunidad, cuando se le preguntó si el enigma en sus fotografías era parte de una propuesta más profunda. Para la fotógrafa, que no se considera artista sino artesana, hay una contradicción en el hecho que la biografía personal pueda usarse para comprender la obra, aunque admite que hay una mirada profunda sobre sus paisajes interiores en cada una de las imágenes que capta. “El blanco y negro es el color del inconsciente, de la memoria. Trata de la luz y la sombra. Es ficción. Es donde me encuentro a mí misma”.

Las imágenes de Sarah Moon son espejos del pasado y el futuro. Como pequeñas representaciones atemporales sin medida de tiempo ni tampoco contexto, lo que las convierte en un momento absoluto sin otra identidad que esa búsqueda sugerida de identidad y deleite sensorial. Hay un punto de vista profundamente emocional en la obra de Moon, que es quizás lo esencial de su obra y lo que trasciende de ella. “En el corazón del drama de tus fotos existe un gran enigma”, escribió Duane Michals a la artista. Quizás la definición más exacta que se ha hecho de su obra.

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