lunes, 23 de enero de 2017

De la mirada a lo cotidiano y la expresión de la belleza inusual.




Diane Arbus estaba obsesionada con mirar. No sólo a través de la cámara (su mayor y más recurrente obsesión) sino a diario, con una insistente necesidad de encontrar cierto elemento irregular en la secuencia de lo cotidiano. Para Arbus, había algo espiritual en esa búsqueda de la fealdad y lo inusual “Ves a alguien en la calle”, escribió en una ocasión “y lo que adviertes ante todo es la falla”. La fotógrafa, que intentaba descubrir a través de la cámara lo que llamaba la “esencia de la realidad” utilizó la fotografía no sólo como un espejo analítico sobre lo que vemos — e interpretamos como normal — sino además, sobre sus implicaciones e importancia.

La obra de Diane Arbus es sobre todo vivencial. Hay una sinceridad extraordinaria en cada una de sus imágenes, siempre en un perfecta sincronía entre una composición ideal y una noción sobre el peso sustancial del retratado que asombra. Por ese motivo, su trabajo continúa siendo actual a pesar de las décadas transcurridas desde su muerte: Hay una constante visión sobre la identidad cultural, la forma como nos comprendemos y sus pequeñas grietas que el trabajo de Arbus retrató y que sorprende por su vigencia. Como si el ojo de la fotógrafa — convertida en mito, quizás a su pesar — fuera aún una ventana a través de la cual puede analizarse como concepto.

Además, en la actualidad la figura de Diane Arbus es un mito, apuntalado por el alcance de su trabajo fotográfico, su trágica muerte y sobre todo, su forma de meditar sobre la naturaleza humana. No obstante, hay mucho más en Arbus que el análisis esquemático de una obra prolífica y de complicada interpretación. “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te dice, menos sabes ”. Una de sus frases más conocidas, parece resumir mejor que cualquier otra cosa, la noción de Arbus sobre lo que la imagen puede ser y sobre todo, su poder como registro de lo cotidiano.

Arbus coleccionó secretos, circunstancias, rostros y vivencias desde su infancia. Con diez años, la fotógrafa llevaba un “diario de rarezas” en el que apuntaba todo tipo de pequeñas anécdotas sorprendentes, algunas imaginarias, otras reales. En conjunto, la narración cotidiana hizo de la futura fotógrafa una persistente observadora que muy pronto cambió la pluma por la cámara para encontrar una forma esencial de narrar el mundo que le rodeaba. Para Arbus, la necesidad de contar historias — ya fuera a través de la palabra o de la imagen — era indispensable al momento de comprender el sentido de la imagen como obra esencial y existencial. Había algo perspicaz y osado en la intención de Arbus de construir una historia coherente sobre lo cotidiano a partir de sus grietas. Y lo hizo, desde cierta distancia emocional que le proporcionó una perspectiva privilegiada sobre la historia humana que intentó captar. “Fotografías en busca de lo que no existe” llegó a decir en una oportunidad, asombrada por el poder de la fotografía para cautivar su imaginación, pero sobre todo para conservar la identidad del mundo a la periferia que durante buena parte de su vida intentó captar.

El trabajo de Arbus es una búsqueda consciente de identidad — del otro, de los espacios que recorre, de las ideas que maneja, de los secretos con los que está obsesionada — y eso lo hace un documento singular, más allá de la recopilación de información visual. En más de una ocasión, la fotógrafa insistió que su trabajo no se definía bajo ningún aspecto y que para ella, lo ú único realmente reconocible en su búsqueda intencionada de lo cotidiano, era la percepción de lo ajeno, lo distinto e inusual. Para Diane Arbus, fotografiar era un acto vivo, dinámico, que se transformaba cada vez. Una búsqueda insistente y formal de un elemento elusivo que brindó a sus imágenes una indudable profundidad.


Diane, en la búsqueda de la mirada profunda:
Diane Arbus abandonó el mundo de la moda con treinta y tres años, en busca de un lenguaje fotográfico menos banal y artificial. Por entonces, su matrimonio con el actor Allan Arbus se resquebrajaba y la vida personal de la fotógrafa se desdibujaba en un conflicto emocional que logró sobrellevar gracias a la fotografía. Lo hizo además en la calle, un lugar que complacía su obsesión por los secretos. De pronto, esta mujer acaudalada y privilegiada — ella misma se define como una “típica niña bien” — se encontró sumergida en la vida real, con toda su potencia, dolores y angustias. Para Arbus, el descubrimiento significó una visión por completo nueva no sólo sobre sí misma sino del concepto que hasta entonces había tenido sobre el arte. Desdeñó todo lo que había fotografiado hasta entonces — “fue una delicia quemar los negativos del trabajo que jamás me importó” — y en 1956, marcó con el número 1 el rollo que marcaría el comienzo de una vida artística que jamás pensó disfrutar y que creó todo un nuevo de estilo de fotografía que le sobreviviría.

Sus anotaciones de la época revelan su fascinación por la dimensión de la realidad que acababa de descubrir: “Morgue; freak en su casa; mujer que practica roller derby; prisión de mujeres; camioneta de la policía; matadero; salón de tatuajes; club de corazones solitarios; mujer luchadora; mendigos-ciegos; lugar- waterfr. hotel; habitación de mujeres- coney- metro”. Recorrió Nueva York y encontró su cara temible, la marginal. Una ciudad violenta y atípica que le sedujo por su oscuridad. Para Arbus, esa sociedad a la sombra era fuente inagotable de cuestionamiento: todas sus fotografías de la época observan con obsesivo detalle los rostros excéntricos, inquietantes, desagradables. Y lo hacen con una perspicacia sin matices ni dobles intenciones. Si algo es evidente en las fotografías de Arbus, es la necesidad de asumir espacios visuales desde la franqueza. Una mirada directa a lo esencial de la imagen, del concepto que crea a través de una serie de pequeños detalles de enorme importancia estética. Para Arbus, la fotografía es un discurso que se alimenta de sus imprecisiones pero también, de su profunda coherencia en los detalles y la comprensión de la profundidad del discurso que muestra. Y Arbus lo hace siempre que puede.

“Veo la divinidad en las cosas ordinarias” escribía en el año 1958, asombrada y desconcertada por sus descubrimientos en las calles de Nueva York. Había recorrido la ciudad de cabo a rabo y había encontrado en ella todo un motivo visual que le hizo replantearse el hecho fotográfico de origen. De pronto, Arbus descubrió que fotografiaba no para documentar la calle en un registro puro y duro sin matices — como lo habían hecho sus predecesores Paul Strand, Walker Evans Gary Winogrand y Lee Friedlander — sino para comprender una cualidad esencial e índole emocional inédita. Mientras la mayoría de los fotógrafos retrataban la calle desde un ángulo invisible e intentaban no interferir en la imagen, para Arbus la fotografía era un vehículo de comunicación y permanencia directa que le permitía no sólo interactuar con quienes retrataba sino con lo esencial del documento visual. Un experimento social que le llevó a convertirse en un medio y parte de su propuesta discursiva. Hay mucho de Arbus en cada una de sus imágenes, una impronta concreta que se elabora a través de toda una serie de percepciones sensoriales que la fotógrafa maneja con un fino instinto creador. Una curiosidad por la naturaleza enigmática de lo que no puede comprender y que intenta descifrar a través de la fotografía. Y lo hace con un pulso preciso, sin dobleces.

Arbus se concibió parte de la imagen desde su concepción y por ese motivo, analizaba cada una de sus fotografías como discursos personales. Para fotografiar interactuaba de forma directa con sus retratados y lo hacía con toda la intención de captar cierta intimidad y cercanía. Además, lograba crear un espacio privado entre ambos que la fotografía traduce como una suprema soledad entre el retratado y la fotógrafa. Una conversación silenciosa que le brinda una tensión insistente e invisible a cada una de las imágenes. Una atención recíproca que se trasluce en la imagen como una conversación invisible. El retratado mira a la cámara sin miedo, con una atención incisiva y también, una suprema vulnerabilidad que elabora toda una idea sobre su personalidad. Para Arbus la fotografía es comunicación en estado puro, un análisis subjetivo y poderoso sobre la individualidad y logra captarlo a través de una mirada personalísima acerca de lo que desea mostrar a través de ella.

Por supuesto, un trabajo como el suyo despertó asombro y críticas. Fue acusada de “usar” la cámara como un vehículo para violentar la intimidad de sus retratados. La escritora Susan Sontag incluso llegó a señalar que el trabajo de Arbus era un mirada arrogante sobre la identidad humana. “Arbus sólo fotografia gente patética, que despierta compasión, así como repulsiva desde una posición de la superioridad de distancia y de privilegio” llegó a señalar.

No obstante, el trabajo de Arbus carece de opinión política, social o cultural. O de tenerlo, es una apreciación en buena medida mezclada con una clara empatía por las escenas y situaciones personales de quien retrata. Es una percepción concreta sobre el otro que no llega a especulaciones críticas ni tampoco, es un señalamiento de intenciones sobre su vida o circunstancias. Arbus mira al otro desde el sentido del humor y cierta amabilidad empática. Además, lo muestra sin concesiones y quizás, eso es lo que incomode de su trabajo. No señala los defectos sino que los muestra y obliga a la confrontación del espectador con la identidad del desconocido. Un juego introspectivo que analiza la individualidad desde sus elementos más esenciales y que la fotografía sublima como discurso.

Diane, la temible y la caída hacia la oscuridad.
Como fotógrafa, Arbus había sido parte del mundo de la moda y el glamour, pero siempre supo que podía encontrar algo más que el brillo irreal de la belleza prefabricada. Solía decir que desde niña, era muy inconsciente que más allá de la “normalidad” en que vivía había un mundo por descubrir que percibía como una serie de símbolos a la periferia. “¿Qué era animal y qué humano?, ¿qué era verdadero y qué fruto de la imaginación?” se preguntaba en sus diarios, llenos de anotaciones sobre la soledad, el alineamiento y el temor a la diferencia. Para Arbus la belleza residía en lo grotesco y fue la cámara el medio que le permitió analizar el concepto a placer. El pintor Mark Rothko, uno de sus amigos, le insistió en una ocasión que “Sin monstruos, sin dioses, el arte no puede interpretar nuestro drama”. Arbus escribió la frase en todas sus libretas, como un recordatorio constante de su visión fotográfica.
Arbus solía viajar a diario por el metro de Nueva York observando a los pasajeros, hábito que en más de una ocasión le trajo enfrentamientos con desconocidos y en una ocasión, una agresión física de la que nunca contó detalles. “Más que la violencia, me abrumó la existencia del silencio que la acecha” escribió para describir el hecho. También recorría callejones de mala muerte, bares desconocidos y sin nombre, visitaba morgues. El terror y el miedo habrían espacios en su mente, le permitían elaborar un mensaje sustancial sobre la fotografía que sorprendía por su poderosa capacidad de evocación. Junto a su cama, escribía sobre los lugares que deseaba visitar y fotografiar y la lista, parecía sugerir un amor por el caos y lo tenebroso que difícilmente podía comprender cualquiera de sus allegados. “Crematorio de animales de compañía, hospital de muñecas de Nueva York, hospicio de Manhattan, hotel en ruinas, Anne Bancroft en El milagro de Ana Sullivan”. La fotógrafa traducía la oscuridad en imágenes radiantes de una realidad alterna que comprendía mejor que nadie “Los monstruos nacen con traumas y pasan la prueba de la vida. Son aristócratas”, solía decir.
Por ese motivo, Diane Arbus no trabó amistad con ninguna de las fotógrafas más reconocidas de su época y de hecho, en más de una ocasión, confesó que el trabajo de Margaret Bourke-White, Eve Arnold e Inge Morath “le atraía pero no la cautiva especialmente”. Al contraste, se obsesionó con los fotógrafos que como ella, estaban obsesionados con la oscuridad al límite de lo cotidiano. Insistió en que amaba el trabajo de Bellocq (con sus imágenes de prostíbulos en Nueva Orleans) por su sinceridad y que a pesar de las críticas por las escenas de sangre y violencia del sensacionalista Weegee, le parecía un “documento sincero de un inestimable valor”. Arbus, que nunca se consideró rebelde ni mucho menos transgresora, convirtió la fotografía en un ámbito privado para el análisis de sus dolores personales y espirituales. En una forma de expiación.

En el silencio de las puertas cerradas:
Diane Arbus fue encontrada muerta en la bañera de su casa en Nueva York. Había tomado una dosis de barbitúricos y después, se cortó las venas. En el baño, se encontró un trípode y una cámara y aunque no llevaba rollo, corrió el rumor que la fotógrafa había intentado tomar una última fotografía antes de morir. Tenía 48 años, buena salud y su trabajo fotográfico atravesaba un momento de enorme resonancia pública. Nadie comprendió los motivos que llevaron a Diane Arbus al suicidio: la noche anterior a su muerte había cenado con dos de sus amigas y ambas aseguraron que había reído y comido con buen apetito. Una de ellas comentó que quizás el único vestigio de la oscuridad interior de Diane fue un comentario pasajero sobre el miedo “Siempre hay un momento en que creo me sofocaré de puro terror” le había dicho, en medio del las copas y las conversaciones ruidosas. Quizás se trató del preludio de lo que ocurriría después.
Al fotografiar, Arbus era una mujer poderosa y enérgica, como si la cámara le brindara un tipo de energía desconocida que le permitía superar cualquier titubeo. Llevaba la cámara como un escudo, una defensa contra el temor y la angustia existencial. Fotografiaba la irrevocable soledad humana, el aislamiento moderno y el temor subyacente a los límites de la memoria y de la comprensión de la identidad social. No había un lugar que Arbus, armada con negativo y la intención, no quisiera visitar, atesorar, inmortalizar. No había un espacio concreto que no pudiera analizar a través de sus imágenes. Pero cuando sólo era Diane Arbus — la mujer — , el espectro apuntaba al otro extremo. La energía se transformaba en miedo, en angustia existencial, en un terror insistente hacia la muerte y el vacío que la acompañaba a todas partes. Tal vez por eso, Diane Arbus siempre llevaba la cámara en las manos, incluso al dormir. Quizás por ese motivo, la puso junto al lugar donde había decidido morir.

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