sábado, 14 de enero de 2017

El vuelo de la Mariposa secreta y otras historias de brujería.





Mi amigo J. mira mi pentáculo con cierta incomodidad. No se trata de un prejuicio, mucho menos superstición. Simplemente le desconcierta que pueda llevarlo, insistir en llamarme bruja y lo que le parece aún más confuso, llamarme a la vez una mujer moderna. Escucho su diatriba con una sonrisa, tomando a sorbos la taza de café que sostengo entre las manos.

- O eres una mujer moderna, o eres una bruja. Ambas cosas se contraponen - insiste - es decir ¿Como puedes decir que tienes un pensamiento contemporáneo si crees en una Diosa?

No respondo. Miro el crucifijo que se asoma en su camiseta, y la pequeña pulsera de cuentas que lleva en la muñeca. Según recuerdo, J. se crió en un hogar cristiano muy conservador. De hecho, recuerdo que su madre tenía una bella reproducción de la última cena sobre la mesa del comedor, una especie de recordatorio perenne de su firme creencia y su inquebrantable fe. No obstante, al hacerse mayor J. se hizo budista, por razones personales y que nadie objeto, a pesar de lo extraño que resultó para muchos de sus familiares y amigos. Quizás por ese motivo, su insistencia en mi forma de ver el mundo espiritual me resulte curiosa.

- ¿En que consiste el contrasentido? - pregunto. Él se encoge de hombros.
- La idea de la brujería es esencialmente primitiva. Se basa en esa visión animista, mitad panteísta, mitad simple combinación de creencias dispersas de muchos grupos étnicos - como antropologo, J. sabe más que la mayoría sobre religión, dogma y Divinidad. Ha dedicado buena parte de su vida a investigar sobre los motivos por los cuales creemos - o no -  y sobre todo, esa necesidad de creer que de alguna forma todo individuo profesa - Además, también es una reivindicación del género femenino. Es un tipo de creencia que se sostiene sobre ideas muy poco concretas.

Cuando teníamos quince años,  J. solía preocuparse mucho por cuestiones trascendentales. Tal vez se debiera al ambiente ultra religioso de su casa o a su curiosidad natural, pero para J. el dilema de creer o no hacerlo, de construir una opinión sobre lo desconocido y lo sobrenatural, era de capital importancia. La primera vez que le dije que era bruja, me dedicó una mirada asombrada, incluso un poco temorosa.

- ¿Tienes tratos con el Diablo? - me preguntó.
- No, ni siquiera creo que exista.
- ¿Comes gatos?
- No, quiero adoptar uno.
- ¿Vuelas en Escoba?
- Prefiero en Avión.

En esa ocasión, me miró enfurruñado y furioso. Creyó que me burlaba de él - bueno, admitamoslo, sí me burlaba un poco - pero en realidad solo me asombré, de nuevo, de esa visión oscurantista y medieval de la brujería. Ya la había escuchado antes por supuesto e incluso de mis amigas más cercanas. Pero la opinión de J. me desconcertó quizás porque era un muchacho que estaba obsesionado con el conocimiento, con aprender y hacer preguntas. ¿Como tomaba todo aquello como real? ¿Como no se cuestionaba un poco ideas tan ridículas?

- Tu abuela usa hierbas para curar, la he visto - insistió - ¿No vas al médico?

Lo miré, aturdida. Había un tono acusador en sus preguntas, pero no precisamente porque me considerara culpable de alguna cosa, me pareció entender, sino que se trataba de algo más sutil: una mirada a otro mundo que consideraba inexplicable. Imposible de asumir desde su propia visión de las cosas. Vamos, que ambos teníamos quince años y estabamos obsesionados con el mundo adulto, con las ideas irreales sobre lo que ocurriría a partir que la niñez quedara atrás. Supuse entonces que esa pregunta tenía mucho que ver con esa necesidad de comprenderme - de comprender a mi familia - y sobre todo, mirar esa misteriosa divinidad femenina desde un contexto reconocible. Por supuesto, era una adolescente: no lo pensé en términos tan complejos. Sólo comprendí que para él era necesario colocar las piezas sobre lo que conocía y comprendía en un lugar correcto.

- El hecho de tener sabiduría no quiere decir que desdeñes otro tipo de conocimiento - respondí. La sabelotodo pecosa de quince años que era se sintió muy bien con aquella frase - puedes curar algunas cosas con hierbas, pero ¿Por qué no acudir a la medicina normal? No son ideas contradictorias.

Esas conversaciones se repitieron por años. Para J., la búsqueda de respuestas a su curiosidad sobre el mundo de la fe y la creencia se amplió, se hizo parte de su vida e incluso su profesión. Lo miré desde lejos, mientras ambos nos hacíamos adultos y nos mirábamos con cierta desconfianza. La palabra "Bruja" continuó pendulando entre ambos, como una especie de interrogante no definida, una idea borrosa que una y otra vez intentó comprender o darle un sentido real, sin lograrlo. Siempre me pregunté el motivo de su insistencia. Después asumí que era una necesidad suya que tenía mucho que ver con su idea sobre lo misterioso y lo enigmático. Una respuesta comprensible a quienes eramos y sobre todo, quienes seriamos después.

Recordé todo eso mientras pensaba en sus palabras sobre la brujería, la reivindicación de lo femenino y ese concepto tan insistente suyo sobre encontrar lo esencialmente primitivo en mi manera de ver el mundo. Pensé en la manera como mi creencia asumía la Divinidad, esa forma constructiva de pensamiento que parecía englobarlo todo en una interpretación de lo invisible profundamente personal. Esa sencillez de la devoción, de asumir tus responsabilidad con respecto a lo que asumes como real, la belleza de lo que creas a partir de algo tan humilde pero de inconmensurable valor como la fe. ¿Qué era lo que desconcertaba tanto a J.? ¿Qué era exactamente lo que le producía incomodidad?

- Ninguna creencia se sostiene de ideas concretas, se sostiene de tu capacidad de creer y reformular la realidad a través de un pensamiento elevado, abstracto y en ocasiones, directamente lineal - respondí - en Brujería, se propugna que la Divinidad es femenina porque crea a partir del caos. Estructura la idea originaria sobre la creación como una gran capacidad para asumir que cada parte de lo que es el Universo, es una forma de creación sin opinión moral, sin necesidad de justificación ética. Una madre no juzga si el acto de parir es bueno o malo: crea por naturaleza, por instinto, porque esencialmente su don es crear.

- La misma definición del Dios cristiano - dijo casi con entusiasmo - Admitelo: las brujas miran a la Diosa con el mismo fervor ciego que los católicos a Jesucristo.

Me pregunté si era cierto. Recordé todas las pequeñas escenas familiares, los rituales que había aprendido en el largo proceso de aprendizaje para comprender la brujería como parte de mi herencia personal. Pensé en todas las ocasiones en que me había hecho preguntas directamente existencialistas, sobre la necesidad de creer, la posibilidad de asumir la responsabilidad de mis decisiones sin una personalidad divina a quien atribuir las culpas. Esa lenta toma de consciencia sobre mi poder para crear y confiar. Y me pregunté hasta que punto todas las religiones - creencias, dogmas - buscan construir una forma de mirar el futuro, de elaborar un concepto elemental sobre quienes somos y a donde vamos. Sacudí la cabeza, con cierto cansancio.

- En toda creencia existe la capacidad para creer: desde el escepticismo simple al cuestionamiento más radical. Y también la devoción más ciega - acepté - pero en Brujería, no se exige ninguna de esas ideas elementales. En Brujería se asume la independencia de pensamiento como una forma de crecimiento espiritual, un homenaje a esa visión del tiempo en tu mente y tu madurez espiritual. Nadie te dirá en que creer, pero te ofrecerán las herramientas para responsabilizarte por tus propias decisiones, acciones y visiones. Nadie te justifica, porque la Diosa que se asume creadora, no es juez ni tampoco se asume como una personalidad vigilante, una Divinidad que a semejanza de lo que consideras humano y real.

J. me miró un poco sorprendido. Tal vez recordaba todas las oportunidades en que me había escuchado despotricar sobre las religiones, sobre la pesada losa que la fe a ciegas simbolizaba sobre el conocimiento, el libre albedrio y la responsabilidad moral. Pero también, había conocido a mi abuela - la bruja, la sabía -, un espirítu libre que siempre había insistido que esencialmente toda creencia debería libertarte, brindarte opciones, construir una visión del mundo por completo cada vez. No obstante, para J. la cuestión parecía ser un debate más profundo, un analisis más allá de poesia y la metáfora de cualquier insistencia en la fe. Para él, lo que creemos es parte de nuestra construcción de un mental autonomo, una versión del yo profundamente elemental.

- De manera que para ti la Brujeria es una forma de pensamiento, más que de creencia - dijo - ¿No es eso una combinación de ideas un poco aleatorias e irreconciliables?

Sonreí. Me llevé los dedos al pentáculo en mi cuello. Lo apreté en el puño, recordando lo que significaba para mi llamarme bruja, a pesar de la incredulidad y directamente la desconfianza de muchos de quienes me rodean. Y es que la bruja, es quizás el rostro más reconocible de un conocimiento muy antiguo, profundo y esencialmente natural. La bruja que danza en el Bosque, bajo La Luna, libre y desnuda. La bruja, frente al fuego, con el cabello cubierto de flores y ese poder nacido de su convicción, riendo, poderosa e independiente. Porque quizás, el mayor legado de la brujería no sea solo un viejo conocimiento que sobrevivió la violencia, que se enfrentó al temor y al oscurantismo, sino algo más profundo. Intimo. La bruja como simbolo del valor del conocimiento espiritual, de la capacidad de la mente del hombre para buscar sus propias respuestas, de asumirse independiente. ¿Es por ese motivo que tantas veces se le clasifica de inmoral? ¿Fue por ese motivo que en el pasado se le miró como una amenaza, una idea que se enfrentaba frontalmente a lo que se consideraba moral y correcto? No lo sé, me digo, pero probablemebte fue una de las razones, quizás la definitiva. ¿Hasta que punto esa creencia que insistía en la Libertad del pensamiento, de las ideas y de las fe como fuerza irrevocable representó una amenaza a la necesidad de control que toda institución de poder necesita ejercer? Es una idea apasionante, quizás básica claro está, pero que sugiere que toda religión busca aplastar la opinión y toda creencia basada en el espíritu, liberar el pensamiento humano y permitirle alcanzar esa visión tan singular sobre el conocimiento llamada iluminación.

- Quizás lo sea - respondí - pero también, significa que mi creencia me permite comprenderme más allá de los simbolos que acepto como ciertos, que en cierta manera, me permite la libertad de la duda, de la pregunta y la incesante necesidad de responder tus preguntas por cualquier medio que necesites hacerlo.

- La creencia y la duda son contradictorias.

- La fe es contradictoria a la duda - insisto - pero la duda es parte de la naturaleza humana. Y la brujería te permite mirar el mundo a tu alrededor con curiosidad, comprender que la incertidumbre no es necesariamente una debilidad espiritual, sino parte de ese interminable camino hacia la sabiduría. La naturaleza humana se perfecciona, se transforma a medida que el conocimiento le permite encontrar respuestas. La brujería celebra la curiosidad, la necesidad de mirar con detenimiento el mundo que te rodea, tomar el riesgo de encontrar tus propia versión de la verdad.

J. no respondió de inmediato. Pareció sorprendido, pero también profundamente desconcertado por mi respuesta. Sabía que por décadas, ambos habíamos intentando encontrar un concepto de Divinidad que pudiera sostener nuestra concepción del mundo, esa que de tan personal, se vuelve indivisible de nuestra identidad. Para J. la respuesta había sido abandonar la religión familiar para recorrer otros caminos, para comprobar sus temores e incertidumbre a través de una creencia totalmente contraria a la que había sido educado. En mi caso, mi camino me llevó a preguntarme una y otra vez, el motivo por el cual creía o en todo caso, había decidido creer a pesar de los sinsabores diarios, de esa noción existencialista que construye una definición al borde de la razón. Había sido un trayecto arduo, la mayoría de las veces complicado, pero que me había brindado un tipo de paz muy particular, una sensación profundamente personal de haber encontrado las piezas que faltaban para completar poco a poco el infinito rompecabezas de mi mente.

- Cuando hablas de la brujería, el concepto parece indivisible de como te asumes, de tu propia personalidad - dijo - ¿La bruja que eres es una manifestación de esa creencia o una manera simple de estructurarla? Los cristianos se definen así mismos como hijos de Dios. ¿Tu insistencia en llamarte bruja te hace sentir parte de esa gran necesidad de asumir esa identidad religiosa que la Brujería te brinda?

Me tomé unos minutos para pensar antes de responder a sus preguntas. Recordé todas las veces en que llamarme bruja parecía convertirse en una contradicción, como el mismo lo había señalado, a la mujer que aspiraba ser. Como más de una vez parecía encontrarme en la clara disyuntiva de definirme a través de ese viejo nombre que implicaba algo más profundo que la mera identidad religiosa y de algo más intangible, conmovedor. Y de pronto, comprendí que la Bruja en mi, la mujer que había crecido con la convicción de construir una visión de la verdad mucho más amplia y analítica que la podía brindarle la simple duda. No solo era parte de mi personalidad como J. señalaba, sino que formaba de mi necesidad construir una idea sobre la sabiduría y el poder de las convicciones sentida y elevada. Una aspiración al bien, como expresión de mi responsabilidad con el mundo que me rodea. La manera más esencial y devota de expresar en voz alta mi capacidad de crear y mi conexión con lo que considero genuino y divino. Un lenguaje Universal.

- Soy bruja porque creo fervientemente en que soy creadora. Tan simple como eso. La brujería me recuerda cada día que cada decisión que tomo es una forma de conocimiento, de asumir mis errores y aciertos como un tipo de aprendizaje interminable - sonreí. ¿Realmente era tan simple? Si y no. Recordé esa irrevocable conexión con mi herencia y con mi identidad que sentía al levantar los brazos para celebrar a la Luna. Esa visión de mi misma como parte de algo natural y salvaje, mucho más amplio que cualquier idea sobre fe que pudiera articular en palabras -  soy bruja, porque mi espíritu creativo se nutre de esa capacidad independiente y feroz de elevarme sobre mi incertidumbre. O quizás asumir que la incertidumbre es parte de un proceso de crecimiento espiritual interminable y necesario. Soy bruja por nacimiento, por conocimiento y decisión.

J. sonrío, con cierto amargura. Sabía muy bien por qué lo hacía: su visión de la fe era índole mucho más pragmático. Durante años, se había debatido entre la simple incredulidad y algo más doloroso, una orfandad casi cínica con respecto a lo que a creer se refiere. Se llevó la mano a la pulsera en su muñeca. La apretó en un gesto involuntario. ¿Que pensaba sobre mi pequeña proclama de intenciones? Y sin duda consideraba la mía como una idealización libre de una serie de ideas emocionales. Y quizás era así, en parte. Lo que nunca podría explicar ningún concepto, era ese vinculo con lo Universal en mi mente, con lo infinito en mi visión del espíritu humano y sobre todo, de mi necesidad de asumir como Divino incluso las ideas más simples. Porque quizás la verdadera esencia de la bruja que soy - y la brujería como creencia en la que confío - es esa búsqueda incansable de la manifestación de mi fe como creación. Una herencia que me unía no solo a todo aquel capaz de cuestionarse y aprender en el proceso de buscar respuestas, sino a todo el que podía mirar el conocimiento como una forma de devoción.

- Bruja, entonces. Por decisión, por convicción, por nacimiento - dijo por último - eso suena casi poético.

- Quizás lo es - respondí - o quizás solo se trata de cada visión del mundo forma en si mismo una metáfora. Una creación más profunda de la que podemos concebir a simple vista. Una historia que se construye a diario y que comienza en ese lugar de nuestra mente donde la idea toma forma como una forma de libertad.

No respondió. Pero supe que de alguna forma me había entendido. O quizás no, me dije mientras ambos caminábamos juntos por la calle, en silencio. Y sin embargo, me dije, mirando su pulsera de cuentas, el crucifijo medio oculto en su camiseta: la fe es una necesidad misteriosa de acercarte a una forma de confianza pura y casi inocente. Me llevo los dedos al cuello, rozo mi pentáculo de nuevo con la yema de los dedos. Todos somos inocentes, pienso con cierta alegría, apoyándome en el brazo de J. mientras el mundo a nuestro alrededor parece bullir en actividad, con su vocerío y sus colores. Esa sensación de vitalidad que lo inunda en todas direcciones a partir de nosotros: un significado. Tal vez, en esencia, todos buscamos lo mismo, insistimos en las mismas ideas bajo una sola esperanza.

Creer.

C'est la vie.

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