viernes, 27 de enero de 2017

Una recomendación cada viernes: “Los hornos de Hitler” de Olga Lengyel.


Llegada de deportados a Auschwitz. Al fondo, las chimeneas de los hornos crematorios. YAD VASHEM




Por motivos que nadie puede explicar, existe una serie de fotografías que registran el proceso de selección y maltrato al que se sometía a los prisioneros recién llegados a Auswitch. Nadie sabe si se trata de un documento que tuvo algún valor legal para el Tercer Reich o se trató de la decisión de algún miembro de la burocracia nazi para atestiguar — para sí mismo, para los cuidadosa burocracia alemana de la época — lo que sucedía. Por los ángulos y diferencias sustanciosas en las imágenes, se deduce que las imágenes fueron tomadas por dos SS en mayo de 1944 o un poco después. En la página web del Yad Vashem, el museo de la Shoah situado en Jerusalén, se puede consultar la colección de 193 fotografías, bautizada con una rigurosidad espectral como Álbum de Auschwitz. Las fotografías — impecables, objetivas y que no disimulan el horror del campo — muestran el horror cotidiano del Campo y lo llevan a una nueva dimensión: no se trata del testimonio de un sobreviviente, sino una mirada objetiva y durísima sobre un genocidio cuya cualidad mecánica, violenta y perversa continúa asombrando por sus implicaciones. Las fotografías, sin otro objeto que dejar constancia histórica no disimulan el horror ni tampoco lo exageran. Sólo lo analizan desde cierta distancia helada, que hace a la recopilación incluso más terrible y dolorosa.

Las fotografías registran paso a paso, la llegada de los ciudadanos judíos al campo, las largas filas de espera para los hornos crematorios, los escasos sobrevivientes que caminaban hacia las barracas. Hay un horror inexpresable en los rostros de quienes miran a la cámara, entre agotados y agobiados, sin imaginar que están a punto de morir. En los niños que sonríen apenas, con cierta timidez, mientras esperan a la muerte. De la multitud que marcha para ser asesinada en medio de las cercas y las serpentinas que brillan al sol.
Es un registro fotográfico extraordinario y a la vez, impensable. Un trayecto hacia el olvido resumido en foto tras foto, que avanza hacia un tipo de horror inimaginable. Para quien mira las fotografías, es imposible no preguntarse que pensaba el fotógrafo anónimo al registrar las imágenes, que sabía sin duda que cada uno de las imágenes captaban los rostros de hombres y mujeres ya destinados a morir. Cuales eran sus pensamientos al saber que documentaba sus asesinatos antes que ocurrieran. Se trata de un manifiesto sobre la frugalidad de la maldad humana. El terror absoluto de la depravación en la sencillez de sus actos. Una mirada a la oscuridad del espíritu del hombre.

Quizás algo semejante pensó Olga Lengyel cuando en 1943 un comandante Alemán borracho le habló sobre lo que realmente estaba ocurriendo en los llamados “campo de trabajo” del nazismo, como se les conocía por entonces al exterminio. El oficial, atormentado por lo que llamó “su conciencia dolorosa” le explicó entre eufemismos sobre la liquidación, experimentación y solución final. Le intentó detallar lo mejor que pudo y con una objetividad casi científica lo que en realidad sucedía en medio de las deportaciones masivas. El horror que se escondía en medio de los secretos y las medias verdades que la propaganda nazi dejaba traslucir. Una narración corta y sucinta sobre la carnicería que el tercer Reich llevaba a cabo en medio de la tensión de la guerra y el control político del totalitarismo nazi.

Olga Lengyel no creyó la historia y no lo hizo, por la misma incredulidad que evitó que millones de sus compatriotas pudieran imaginar que el nazismo había creado una máquina de asesinatos de enorme efectividad que asesinaba a diario a cientos de miles de personas en un proceso de una crueldad impensable. Cuando un año después, se subió al tren que la llevaría a Auschwitz a su marido deportado, continúo convencida que se trataba de exageraciones de un funcionario burocrático desencantado del régimen de Adolf Hitler. No comprendió la magnitud del horror hasta que bajó del vagón del tren en el que había viajado hacinada con cientos de personas por casi veinte días y descubrió la realidad del campo, con sus altísimas rejas de serpentinas afiladas, soldados armados, las barracas oscuras y sobre todo, las altas chimeneas que no dejaban de expulsar humo de día o de noche. Cuando preguntó en medio del caos de la llegada al campo preguntó que se quemaba con tanta frecuencia, recibió un bofetón y una risotada de un oficial armado. “Quizás te enteres” le respondió.

La historia de “Los hornos de Hitler” sorprende por el hecho de ser un registro exacto, por momentos insoportable de lo ocurrido en los campos de concentración de Auschwitz — Birkenau. Uno de los pocos testimonios de primera mano de los que se tienen constancia sobre lo ocurrido en los campos de Concentración Nazi y que de la misma manera que los documentos fotográficos y de registro burocrático encontrados al finalizar la segunda Guerra Mundial, cumple una función de registro descarnado que conmueve por su exactitud. Olga Lengyel no sólo describe con meticuloso detalle la crónica de su experiencia en los campos de confinamiento y exterminio, sino que además lo hace con enorme rigurosidad. Paso a paso, la escritora narra a un estilo preciso pero sobre todo, directo los horrores que sufrió a medida mientras intentaba sobrevivir a la perpetua condena de muerte que significaba encontrarse en medio de la solución final Nazi. Aunque el propósito de Lengyel jamás fue la documentación histórica, su novela atraviesa cada detalle de una experiencia terrorífica con una frugalidad y economía de lenguaje que lo convierte en una visión transparente sobre una experiencia que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. No hay eufemismo o poesías en las largas y en ocasiones abrumadoras descripciones de la autora sobre las torturas, dolores y terrores que soportó en casi dos años de cautiverio. Tampoco en su manera de asumir el asesinato en masa del que fue testigo involuntario. Y es algo que se agradece.

Las cifras del horror:
Según registros de la época, en los cinco hornos de Auswitch se podían reducir 360 cadáveres en cenizas cada media hora y alrededor de 17. 280 cada día. Una cifra que resume mejor que cualquier otra la siniestra eficacia del nazismo al momento de echar a andar su mecanismo de aniquilación total. No obstante, en el libro de Olga Lengyel esa noción sobre la colosal proporción de la muerte se comprende casi de manera tangencial, a medida que la autora narra su propia tragedia y también la de quienes como ella, tuvieron que enfrentarse al despiadado poder opresor del nazismo sin otro recurso que su insistencia en sobrevivir. El dolor de Olga Lengyel como protagonista y narradora, avanza en medio de la historia oficial sin desentonar la tragedia que se intuye como contexto. Desde su decisión incomprensible de acompañar a su marido en la deportación junto al resto de su familia, la muerte de su hijo luego que Olga insistiera que no podía llevar a cabo trabajos forzados por ser menor de edad (quienes no podían trabajar eran asesinados sin contemplación) hasta las pequeñas muestras de humanidad en medio de la desolación y el miedo insoportable, el libro avanza entre las incontables visiones del miedo y la degradación, pero también la meticulosa narración de un hecho histórico desde la perspectiva única del observador. Para Lengyel el horror de su propia experiencia se confunde con el que ocurre más allá, se confunde con el de sus compañeras de cautiverio, con el de los cientos de hombres y mujeres hacinados alrededor de la europa invadida por el totalitarismo. Se trata de un testimonio que es a la vez una comprensión aguda sobre la complejidad del tema, un análisis quizás involuntario sobre el impacto real del exterminio Nazi en las historias de sus víctimas y sus implicaciones. Un documento a través del cual el horror se trasluce, se construye y se evidencia no sólo en la mirada al tragedia histórica sino esa otra, la mínima y quizás olvidada de quienes padecieron en carne propia los rigores del tormento.

Además, la historia de Olga Lengyel atraviesa las difíciles regiones del dolor humano con una sutileza que se agradece. Olga no es perfecta y no busca serlo. Comete errores — algunos terribles e incluso directamente despiadados — y quizás sea esa falibilidad lo que hace su relato tan profundo y doloroso. Sus vivencias están llenas de momentos bajos, mezquinos y angustiosos. Su sufrimiento es de un tenor realista que no evade la confusión de la culpa del sobreviviente, el horror del miedo que ciega y paraliza, la noción de la mortalidad, que llena cada parte del libro con un dolor tan genuino como sincero. No hay nada sencillo o heroico en la narración de Olga Lengyel, sino más bien una noción particular y dolorosa sobre la fragilidad de la naturaleza humana.

Una mirada desde la oscuridad.
Olga Lengyel era una mujer adelantada a su época. De nacionalidad rumana, logró completar la carrera de medicina y sobrevivió a la muerte de toda su familia. Llevada a Auschwitz en el momento más crítico de la llamada solución final, trabajó en la enfermería del campo y formó parte de la rebelión que destruyó uno de los hornos crematorios del campo.

La misma Olga Lengyel dijo en más de una ocasión no comprender cómo pudo sobrevivir a una situación extrema como la que vivió. Para la escritora, la supervivencia tuvo una relación directa con su implacable necesidad de enfrentarse al monstruo de la guerra y de “dejar constancia” como llegó a admitir en una entrevista, de los horrores a los que se sometió al pueblo judío. Olga batalló desde las sombras, en medio de un sufrimiento personal paralizante y con la conciencia que lo más probable, es que no pudiera abandonar el campo con vida. Tal vez por ese motivo su historia está plagada de referencias a la muerte y a la posibilidad de morir, pero desde un punto de vista desapasionado y aguerrido. Olga Lengyel no rehuye a la muerte, sino que se enfrenta a su posibilidad desde la convicción de luchar contra una circunstancia apabullante como pueda. Y esa vulnerabilidad — que se adivina en medio de las durísimas escenas y de las reflexiones cargadas de un dolor existencial incalculable — la que convierte al libro en una meditada comprensión sobre la pérdida y el terror invisible que acecha en todo conflicto bélico.

En una oportunidad, Olga admitió que ya desde el campo concentración, pensó en la posibilidad de un libro futuro. Lo hizo en medio de un miedo terrible y agudo por la mera posibilidad del olvido. En una entrevista que concedió en París en el año 1953, contó que intentó recordar detalle a detalle lo que padecía para luchar contra el anonimato, esa última muerte a la que se enfrentaron la mayoría de las víctimas del Holocausto Nazi. Para Olga Lengyel dejar testimonio — mostrar al mundo incrédulo lo que había vivido — se convirtió en un motivo para sobrevivir.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial y una vez instalada en Francia, Olga comienza a escribir sus memorias. Al principio le asusta la franqueza de sus propias descripciones, la descarnada angustia en cómo narra el horror que aún lleva a todas partes. No obstante persevera y continúa. Lo hace a pesar del miedo que le aflige, de las insuperable sensación de horror que la paraliza. Olga Lengyel admite que jamás se recuperó por completo de lo vivido en la Alemania Nazi. Que el recuerdo ensombreció su vida futura y que destrozó sus esperanzas, a pesar de sus esfuerzos. Aún así, escribe y lo hace con la convicción de vencer la resistencia al olvido de nuestra cultural, de mirar hacia la guerra con una afilada y concreta intuición por la persistencia de la memoria.

El libro se convirtió en un éxito inmediato: tuvo cinco reediciones a través de cuales el titulo de la novela cambió hasta encontrar el que le permitió alcanzar la trascendencia: Five Chimneys: a Woman Survivor’s True Story of Auschwitz se erige como una mirada durísima y abrumadora sobre los Campos de concentración en una época donde su existencia se debaten en público y en juzgados. En medio del asombro mundial, el libro sentó precedente sobre la forma de comprender una tragedia que destrozó a generaciones del pueblo judío y el mapa de la historia para siempre. Una percepción sobre el horror personal que se convirtió en un reflejo de la tragedia inimaginable del genocidio.

El valor del libro, como historia individual y como aproximación a un hecho histórico escalofriante, es incalculable. El drama personal de la protagonista parece extenderse en todas direcciones, abarcando lo propio hasta lo simplemente anecdótico: El Drama de Olga sintetiza el horror de lo anónimo, de las cientos de vida que perecieron cada día en los hornos del campo de concentración. Su temor es el de todas las víctimas, su horror ante un escenario de pesadilla, los pequeños gestos de humanidad en medio de la degradación más absoluta es el de todo un pueblo sometido a una crueldad sin sentido, a un sistema de destrucción inexplicable y peor aún, inimaginable para nadie de su época.

Un testimonio desde la pesadilla, una visión desde el horror más profundo de una superviviente a su propio infierno.

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