sábado, 11 de junio de 2016

Voces de Primavera y otras historias de brujería.




Cuando tenía unos diez años, mi mamá me explicó que era hija única y que lo más probable, era que continuara siéndolo, a pesar de su nuevo matrimonio y que ella era aún una mujer joven. Me enfurecí.

- ¡Pero yo quiero un hermanito! - le reclamé con toda la autoridad que pude reunir sin hacer pucheros y sentirme desgraciada. Ella me acarició el cabello con tristeza.
- Tengo mucho trabajo. No podría cuidarlo bien. Ya apenas puedo cuidarte a ti - se inclinó y me besó en la mejilla - también quisiera tener otro bebé pero...no creo que por ahora sea posible.

Nunca entendí muy bien el motivo por el cual mi mamá decidió explicarme la situación sobre todo en términos tan adultos, aunque mucho más adelante me pareció entender que se trataba de su forma de ser. Para mi madre, no había nada que no pudiera decirse en voz alta, lo cual era bueno y malo. A veces sus respuestas a mis preguntas eran tan duras como hirientes. Como en esa ocasión.

- ¿Estaré sola siempre entonces? - pregunté enfurecida y nerviosa. Ella suspiró y me dedicó una larga mirada triste.
- Es probable que todos los estemos.

Por supuesto, era muy pequeña para comprender a profundidad una frase semejante. Pero si me quedó algo muy claro: No disfrutaría de ese extraño y poderoso vínculo fraterno que tanto me asombraba en ocasiones. Jamás habría una hermana mayor a quien hacerle preguntas ni una hermana menor a quien cuidar. El pensamiento me sacudió y me dejó profundamente triste. Mi madre me dio un abrazo cálido y firme que sin embargo, no me consoló.

- Siempre nos tendremos la una a la otra. Y eso también es bueno.

No supe que responder a eso. Porque aunque amaba a mi madre, siempre había deseado - supongo que como cualquier otro niño de mi edad - un hermano con quien compartir mi vida. Abrazada a su cuello, miré mi habitación repleta de juguetes y libros. La imagen siempre me había hecho sentir querida y feliz: Mi madre jamás me negaba ningún capricho y mi infancia, estaba llena de buenos recuerdos, de lecturas asombrosas, de tardes de juegos en solitarios. Pero ahora, la vista me resultó un poco dolorosa. Jamás habría nadie con quien compartir mis pequeños tesoros. Nadie a quien explicarle mis juegos o leerle en voz alta mis cuentos favoritos. Escondí la cabeza en el hombro de mi mamá para que no supiera tenía muchos deseos de llorar.

- Oye, pero eso es bueno a veces - me trató de consolar Flor, mi amiga del colegio cuando se lo conté - Mejor que nadie te rompa tus juguetes o te manosee tus libros. ¿No? Es chévere eso. Mi hermano era muy desordenado. Siempre dejaba todo regado y...

Suspiró y lamenté haber tocado el tema. El hermano de Flor había muerto unos meses atrás y ella aún le extraña mucho. Tanto como para de vez en cuando soltar algunas lágrimas al recordarlo o perdonarle que le tirara del cabello cuando estaba de mal humor. Esperé que se secara los ojos antes de responder y procuré decir lo correcto para que no se sintiera aún más apesadumbrada.

- Lo sé y tienes razón - dije no muy convencida - pero de verdad, no me molestaría limpiar mi cuarto después de jugar con un hermanito.

Flor asintió, comprensiva y me pasó un brazo por los hombros. Nos quedamos allí, mirando al resto de las niñas del colegio de monjas bigotonas donde estudiamos reír y jugar. De pronto, Flor me dio un sacudón entusiasmado.

- ¿Y si adoptas una hermana? - me dijo con una de sus raras sonrisas de muchos dientes torcidos. La miré desconcertada.
- ¿Como es eso?
- No sé, tienes un montón de primas. Podrías decirle a alguna que te prestara a su hermana o que ella misma fuera la tuya - comentó a toda velocidad, como siempre hacía para explicarme una de sus locas y siempre geniales ideas - Si alguna tiene tres hermanas ¿Por qué no prestarte una a ti?

Oh ¡Eso suena bien! pensé feliz. Supongo que a los diez años aquello me pareció lo más coherente y divertido del mundo. De inmediato, comencé a repasar los nombres de todas mis primas y a tratar de pensar a cual de ellas me gustaría tener como hermana. Flor asintió cuando le expliqué que había un par de ellas que seguramente estarían más que encantadas de venir al pequeño departamento que compartía con mi mamá y su esposo o incluso, a la casa de mi abuela - la sabia, la bruja - para ser mi hermana.

- ¡Claro que le encantará! ¡A lo mejor quiere cambiar su hermana ya y se va a alegrar cuando se lo pidas! - opinó muy segura. Me contagió su optimismo.
- ¡Voy a tener una hermana! - exclamé radiante de renovada felicidad y en voz tan alta como para que algunas de las niñas del patio voltearan la cabeza a mirarme sobresaltadas - ¡Tendré una hermana, eso es lo que pasa!

Un par de ellas soltaron risitas. Y otra se encogió de hombros. Pero por supuesto, la que continuó mirándome con ojos maliciosos y coléricos, fue Gloria. Era la niña más popular de la Escuela y por alguna razón, le había caído muy mal desde la primera palabra que habíamos cruzado. Se acerco, con su cola de cabello rubio muy bien atada oscilando sobre sus hombros.

- Así que habrá otro bicho raro como tu ¿No? - comentó en su tono dulzón cargado de veneno - ¿Habrá que soportar dos locas de las escobas en vez de una?

El coro de niñas que la seguían a todas partes soltaron risitas al escucharla. Me quedé muy erguida, sentada sobre el banco de piedra donde estaba conversando con Flor. Sentí que la sangre me hervía en las venas, tanto como para quemarme de pura ira.

- Pues no es que "habrá" - le dije antes que las señas de Flor pudieran detenerme - ¡Es que ya tengo una! ¡Y es muy bella e inteligente! ¡Una mujer increíble!

Todas me miraron con curiosidad. Hasta entonces, me habían visto junto a mi madre o mi abuela, quizás una de mis tías. Pero con nadie más. De hecho, más de una vez se habían burlado de mi justo por esto: tal parecía que no había nadie de mi edad a quien le simpatizara o ese era el rumor malintencionado que Gloria había dejado correr hacia meses. Recordé las burlas y las risitas. La piel del rostro se me calentó de verguenza y furia.

- ¿Una hermana? - repitió Gloria con un leve regodeo - ¡Te lo estás inventando!
- ¡Pues no! ¡Tengo una hermana! ¡Hermosa y buena! - grité. Estaba tan colérica que no me detuve ni un momento a pensar en lo gruesa de la mentira en la que insistía - ¡Y mañana la voy a traer!

Flor retrocedió, desencajada y preocupada. Ella si tenía una idea muy clara del aprieto en que me estaba metiendo y sin duda, imaginaba con mucha claridad las crueldades que tendría que soportar cuando se descubriera que en realidad Gloria tenía razón y yo estaba mintiendo. Pero no me detuve a pensar en el tema. Envalentonada, erguí los hombros y encaré a Gloria como jamás lo había hecho hasta entonces.

- ¡Ya verás! ¡Y ojalá le caigas tan mal como para que te de un bofetón! - dije por último. Gloria apretó los labios y los ojos le brillaron de malicia. A la distancia, supongo que la bravata le demostró algo muy claro: yo no tenía ninguna hermana que fuera a hacer algo semejante en un colegio. Curvó los labios en una sonrisa leve que podría haber sido hermosa de no haber sido tan temible.

- Mañana que te venga a buscar o quedarás como la mentirosa bocaza que eres - dijo en voz muy baja. Ladeó la cabeza - mañana me voy a reir mucho.

Se marchó. La vi alejarse con su paso grácil y rápido, seguida de su corte de amiguitas risueñas. Flor se acercó a donde me había quedado parada y me apretó el hombro. Cuando volví a mirarla, tenía una mueca de angustia que me sobresaltó. Sólo entonces, comencé a comprender lo que había dicho y lo que podía significar.

- ¡Ay no! - dije bajito. Flor soltó una bocanada de aire.
- ¡Buena que la has hecho esta vez! - contestó.

***

Estaba tan nerviosa al llegar a casa que corrí a esconderme en mi habitación. ¿Qué había hecho? me dije aterrorizada. Caminé de un lado a otro, con los brazos doblados sobre el estómago. ¿Cómo me había metido en semejante lío? Pensé que lo mejor era quizás admitir al día siguiente que había mentido. Quizás disculparme con...¿con Gloria? pensé escandalizada. ¿Darle motivos para más burlas? ¿llevar el remoquete de mentirosa para siempre? Una y mil veces me arrepentí de haber dicho aquello en el patio de colegio. ¿Qué había estado pensando? ¿Qué locura...?

- ¿Estas bien mi niña?

La voz de mi abuela me sobresaltó. Pegué un salto y miré su figura regordeta en el quicio de la puerta de mi habitación como si fuera la primera vez que la veía. Me mordí los labios, inquieta e incómoda.

- Estoy bien.
- Tu tía dice que no dijiste una sola palabra de vuelta a casa.

Por un segundo, odié intensamente a la pizpireta y curiosa tia E., quien durante las pocas cuadras me había observado con mucha atención y pocas preguntas. Pero al final, me sentí sólo triste y descorazonada. Y también muy estupida, claro. Me senté en la cama, exhausta y a punto de llorar.

- Le dije a Gloria que tenía una hermana y me iría a buscar mañana - respondí de un tirón. La verguenza me coloreó las mejillas - ahora nadie ira mañana y...

Intenté tragar el nudo grueso y amargo que me cerró la garganta pero no pude. Me restregué los ojos para que mi abuela no me viera llorar, pero supongo lo hizo. Se acercó y me rodeó los hombros con los brazos.

- Una mentira jamás es una respuesta. Sólo es una puerta que se cierra a una solución de verdad - me dijo con voz dulce pero severa - lamento que hayas dicho una.

Yo también lo lamentaba, pensé. Me imaginé con muchísima claridad, atravesando a solas el patio del colegio. Allí estaría Gloria y su grupito y al verme, comenzarían a reir. No tendría que decirles que había mentido. Sería muy obvio. Después vendrían las risitas y carcajadas. Al final todas lanzarían aullidos de júbilo. Me quedaría allí, horrorizada y apenada. Y después...seguramente nadie dejaría que olvidara algo semejante en todo el largo año escolar. ¡Quien sabía si hasta después!

- ¿Por qué dijiste eso? - preguntó abuela con tono amable. Me encogí de hombros. Le hablé sobre la conversación que había sostenido con mi madre el fin de semana. Lo mucho que me había dolido el hecho de comprender jamás sería hermana de alguien. Y finalmente la idea de Flor, que ahora me parecía muy ridícula. Abuela me escuchó con su habitual paciencia.
- Y bueno, ahora mañana tendré que decirle a todas que además de no ser hermana de nadie, soy una mentirosa.

Tuve deseos de salir corriendo, de arrojar libros y juguetes contra las paredes. No lo hice. Me quedé muy quieta, agradecida que mi abuela no me dedicara una regañina por mentir o se burlara de mi angustia. En lugar de eso, me apretó con un gesto cariñoso contra su costado.

- Sé que te debe doler muchísimo aceptar que quizás jamás tendrás una hermana - respondió - y la mentira fue una forma de no reconocer ese dolor. Pero existe. Está y te abruma. Y lo entiendo.

Levanté la cabeza para mirarla. Si algo apreciaba de mi abuela es que siempre me tomaba en serio. Que me escuchaba de verdad, con los ojos serenos y dejando que las palabras corrieran con lentitud. Me sequé las lágrimas que me bajaban por las mejillas.

- Me dolió mucho saber que nunca tendré un hermanito. Y también...- me aterrorizó el pensamiento, la idea que se había formado con lentitud desde que mi mamá lo había dicho - que quizás siempre esté sola. Que nunca...

De pronto, pensé en todas las cosas que no tendría: Sobrinos, cuñados. Una amiga genuina en quien siempre podría confiar. Una mano extendida siempre para recibir la mía. A pesar que era muy pequeña, sentí una rara sensación de abandono que no pude explicar. Como si de pronto, una puerta de mi futuro se cerrara, sin que supiera si se volvería a abrir alguna vez.

- Nunca estarás sola - dijo mi abuela. Levantó las manos y secó las lágrimas con el pulgar - ¿No lo sabes? Siempre estamos contigo.
- ¿Quienes?
- Las brujas ¿Quienes más?

Parpadeé. Aunque sabía que mi abuela tenía una visión del mundo muy poética y rara, jamás terminaba de acostumbrarme a su entusiasmo, optimismo y alegría. Me contuve para chasquear la lengua, incrédula.

- Si abuela, lo sé. La familia es la familia. Pero yo hablo de...

La verdad, no sabía de qué hablaba. Me miré las manos de uñas cortas y comidas, apretadas en un puño sobre el vientre. ¿Qué era lo que en realidad me angustiaba tanto? ¿Qué era lo que tanto temía? Suspiré.

- Es que duele saber que nunca habrá alguien tuyo, de verdad tuyo, de tu familia que se quedará contigo para siempre, pase lo que pase - murmuré - que no me...

Me dio miedo la palabra "abandoné", así que me callé. Mi abuela me apretó el hombro con un gesto cálido.

- Tus brujas jamás te dejarán - dijo. Me volví para mirarla. Estaba hablando en serio - eres parte de un hilo de conocimiento, sabiduría y amor que te acompañará cada día de tu vida.

No supe que responder a eso. Abuela me tomó de los hombros y me hizo darme la espalda. Me pasó los dedos por mi melena rebelde y tersa. Tiró de un par de mechones. Comenzó a trenzar.

- Pero...¿Cómo es eso? - pregunté desconcertada. La escuché suspirar y la imaginé sonriendo.
- Una bruja es parte de una idea, de una historia muy vieja que comenzó mucho antes que naciera - explicó, mientras sus dedos separaban un mechón tras otro de mi cabello. Los leves y gentiles tirones eran casi agradables - Una bruja es una mujer que reconoce su poder, su voluntad y su persistencia en quienes le rodean. Y le considera sus iguales. Una bruja va de un lado a otro, con las manos extendidas. Mirando a los ojos de quienes ama y quienes respeta. Brindándole su apoyo y devoción. Y sabe que lo tendrá a cambio. Que cada día de su vida, habrá quien le conforte, le consuele, le recuerde su valor y fuerza. Una bruja sabe que recorre el camino de la vida junto a quienes miran en su misma dirección. Los luchadores, los de corazón indómito, los de espíritu de fuego. Qué siempre habrá quien celebre su vida y su conocimiento. Que siempre habrá quien camine a su lado para sostenerla en las caídas, de la misma forma como ella lo hará. Que habrá una mano amable y cálida para apretar la suya, que tendrá sonrisas que reconfortan, lágrimas de simpatía, carcajadas de puro amor. Silencios amargos que alguien más compartirá. Una complicidad eterna y profunda. Una forma de amor profundamente significativa.

Tragué aire. Sentí que las lágrimas me golpeaban los párpados, luchaban por abrirse paso y dejar caer mi tristeza. Me esforcé por contenerlas. Apoyé la cabeza contra el hombro de mi abuela y apreté el rostro contra la tela de su vestido floreado. Y fue como si sus palabras flotaran a mi alrededor, como si me reconfortaran de maneras secretas que no comprendía muy bien, pero que estaban allí como pequeñas caricias. ¿Entonces...no estaba tan sola?

- Pero abuela...no...me une nada a ninguna de ellas - murmuré y fue como si el miedo que me provocaba esa frase, volara a mi alrededor. Se hiciera una sombra entre mil sombras. ¿Que sabe de la soledad un niño? ¿Que imagina que es más allá de la incertidumbre?
- Hija, te une todo lo visible y lo invisible - me contestó mi abuela - te une la Tierra que cuenta historias, el viento que las recuerdas. El fuego que purifica, el mar que consuela. Te une la sangre de mil creencias que nacen y mueren en ti. Te unen mil palabras que comparten. Que bailan en tu memoria y en la mía como una línea interminable de conocimiento. Eres una bruja como yo lo soy, como lo son todas las mujeres que crean, que luchan, que aspiran, que nunca se dejan vencer. Eres una bruja como cada mujer que confía en esa voz secreta de su espíritu, que levanta los ojos para mirar la Luna Llena. Eres una bruja como cada mujer que jamás se deja vencer por el temor, a pesar de sentirlo. Eres una bruja como cada mujer que baila y ríe a carcajadas, porque es libre. Tanto como para volar y soñar. Tanto como para celebrar la vida y al muerte. El miedo y el coraje. La fuerza y el dolor. Eres una bruja como cada mujer que decide atravesar el camino menos transitado. Eres una bruja como cada mujer que triunfa en las pequeñas y grandes batallas de su imaginación.

Abrí los ojos. Miré a mi abuela. Como lo había imaginado, ella sonreía. Una sonrisa, amplia, amable, llena de bondad y firmeza.

- Ellas se reconocerán en ti y tu en ellas. Siempre serán cómplices, amigas. Una fuerza misteriosa que une y separa. No hay sola bruja que no encuentre su clan. Que no sepa reconocer a su igual. Que no invite a otra a bailar bajo la luz de la luna.

Esta vez si lloré, pero de un alivio simple, sincero. Una sensación de triunfo que no podía reconocer, que era parte de mi vida y cada cosa que formaba parte de mi. Tal vez estaba muy pequeña para hacerlo. Mi abuela levantó la palma de la mano y me la mostró. Apoyé mi mano en ella.

- Una bruja siempre encontrará a otra. Y serán un Clan - murmuró. Se llevó la mano al corazón y sin que nadie me dijera que tenía que hacerlo, hice lo mismo - allí donde está están el motivo de todo triunfo, el brillo de toda palabra, el reconocimiento de todo poder.
- En el espíritu de fuego - dije entonces, aunque en realidad no sabía por qué. Mi abuela me hizo uno de sus guiños amables y un poco maliciosos.
- Donde siempre podrás acudir para reconfortar el dolor.

***

Tal y como lo había imaginado, Gloria estaba rodeada de sus amiguitas cuando me acerqué a ella, caminando sola por el patio del colegio. Flor me miraba a distancia, avergonzada y afligida. Me miró asombrada cuando le expliqué que pensaba decir la verdad.

- Se van a burlar de ti - comentó en voz baja. Me encogí de hombros.
- Siempre lo hacen.
- Lo harán más.
- Ya veré que puedo hacer.

Gloria me dedicó una de sus pulcras sonrisas cuando me detuve frente a ella. Ladeó la cabeza, esperando.

- No tengo hermanas - confesé. Y fue tan duro y dificil como lo supuse. Y las risas y carcajadas fueron tan hirientes como lo imaginé. Pero lo había dicho, pensé avergonzada y cansada. Ya podía dejar de pensar en eso. Gloria se regodeó, feliz.
- Ya me lo suponía. Entonces, ¿además de loca de las escobas eres mentirosa? - soltó una carcajada - mira que yo lo sabía, pero...

- ¡Berlutti! - la voz de la hermana Rosa, quien cuidaba de la puerta de la Escuela desde la puerta de la salida, nos hizo dar un brinco. Me miraba desde el pasillo de las reja de la calle con gesto malhumorada - ¿Qué estás esperando? ¡Ya te vinieron a buscar de tu casa!

Gloria dio palmas y pareció disfrutar de lo lindo de verme allí, humillada y simplemente de pie. Yo suspiré, me colgué mi morral al hombro e intenté ignorarla. Por el rabillo del ojo, vi a Flor acercarse a donde nos encontrábamos. Se lo agradecí.

- Anda, loca de las escobas. No sea que te inventes otra cosa si te quedas un poco más.
- Vamos, no le tienes que hacer caso a esta bocona - la voz de Flor sonaba irritada y tensa - ¡No te quedes más aquí!

Levanté la cabeza. Allí, estaba Flor. Pequeña, frágil, con los ojos muy abiertos. Preocupada y confusa, lanzándole miradas desconfiadas a Gloria. Pero allí, firme y siempre solidaria. Extendió la mano, me apretó el brazo. Y sentí una complicidad extraña, dulce y firme. Una palabra sin palabras. Un aliento invisible. Cuando Flor me empujó para hacerme caminar, no pude evitar sonreír.

- ¡No tienes por qué aguantarte sus cosas! - me gritó. Me obligó a caminar, a pesar de las burlas en voz alta, de los coros de risas - ¡Todo el mundo dice mentiras grandes y chiquitas! ¡No les prestes atención!

Seguimos caminando. Flor parecía tan disgustada como yo, tan enfurecida como podría estarlo cualquiera de mi familia. Recordé las palabras de mi abuela. La sonrisa se me ensanchó.

- Gloria es una loca desagradable - insistió - ¡No le hagas caso más nunca!
- Serías una buena hermana - dije entonces. En voz bajita y avergonzada. Casi temerosa de que me escuchara. Flor me miró y entonces ella también sonrió.
- Yo sé - suspiró. Seguimos caminando. Distinguí la figura de mi abuela en la puerta de la escuela - Y sería una muy buena. ¡Fastidiosa y peleona!

Seguimos caminando. Aún podías las risas del grupito de Gloria. Pero ya no me importaban tanto. Quizás...porque no tenía que enfrentarla sola. Pensé en los hilos de fuego que unen a las personas sin saberlo. A las grandes y pequeñas historias. El clan invisible que crea la solidaridad.

***


La mujer me dedica una mirada desconcertada cuando me apresuro a cederle el puesto en el atestado subterráneo de mi ciudad. Tiene el rostro ajado, el cabello revuelto y pinta de estar profundamente exhausta.

- Oye ¡Gracias! - dice cuando le dejo sentarse. Le hago un guiño amable.
- Siempre hay que tener un buen gesto - respondo - una vieja solidaridad.

Me mira, seguro no me comprende. Pero cuando sonríe, lo hace con enorme agradecimiento. Y eso para mi, es más que suficiente.

Aquí y ahora, una mano que se extiende. Una vieja amistad.





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