martes, 7 de junio de 2016

Crónicas de la feminista defectuosa: La cultura de la violación y otras formas de horror.




Hace unos meses, alguien me insistió que el “Feminismo no sirve”. Así de simple y de directo. Lo hizo mientras debatimos acerca de los logros de la nueva feminidad y sobre todo, sobre todos los logros y triunfos que ha obtenido la defensa de los derechos de las minorías durante el siglo XX y el siglo XXI. Para mi interlocutor, no vale la pena ni tiene sentido en plena segunda década del nuevo milenio, insistir en defender los derechos de la mujer. ¿Por qué hacerlo si tiene todos los derechos que necesita e incluso “algunos que ni siquiera espero tener”? Me pidió mirar a mi alrededor y asumir que las mujeres actuales no necesitan “un movimiento político caduco” para luchar por la inclusión y la equidad.

— Mira, no lo tomes como algo personal — añadió luego — sólo que todo movimiento político y social tiene su período de vigencia. Y el feminismo lo perdió hace un buen tiempo. Una mujer de esta época no necesita que nadie reivindica sus derechos.

No es la primera vez que escucho argumentos parecidos. De hecho, me tropiezo con ellos con tanta frecuencia que de vez en cuando me pregunto si se trata de una línea de pensamiento o una opinión generalizada. Con seguridad lo es: después de todo, el feminismo ha luchado contra todo tipo de prejuicios casi desde su nacimiento. Pero ahora, el ataque parece ser más sutil, insistente y sobre todo, estructurado. Una y otra vez, parece enfrentarse no sólo a las mismos prejuicios de siempre — la acusación de radicalismo, de innecesario, de simplificar conflictos históricos de género — sino a su menosprecio directo. ¿Por qué es necesario la defensa y promoción de los derechos de la mujer? Vamos, En un siglo donde las mujeres pueden hacer prácticamente cualquier cosa ¿Por qué alguien debería defender la inclusión? ¿Por qué nadie debería preocuparse por la equidad, por las insistentes diferencias de género? ¿Por qué alguien debería insistir en visibilizar los problemas y las circunstancias que atraviesan las mujeres a diario sólo por el hecho de ser infravaloradas en lo cultural y lo social? En un mundo obsesionado por sus propios dolores y tragedias, en una época egocéntrica, superficial y decidida a homogeneizar a todos los ciudadanos bajo una misma óptica anónima ¿Quién necesita un movimiento que insista en enfrentarse a la discriminación y los prejuicios?

— El feminismo sólo es un conjunto de ideas sin mayor coherencia — me dice P., quien se llama así misma “Humanista” y suele insistir que cualquier defensa por los derechos de la mujer carece de valor — Es decir ¿para qué proteger a quien no necesita que lo protejan? Los problemas de género actuales no se comparan a los que sufrían mujeres de otros siglos. Hubo una época donde era imprescindible la defensa de derechos individuales por género. Actualmente, no lo es.

Me habla de la multitud de logros que el feminismo obtuvo a través de las décadas: el derecho al voto, la igualdad en derechos económicos y sociales para las mujeres, la lucha por el reconocimiento de la individualidad e identidad femenina. La celebración de la obra intelectual, artística y cultural asociada a la mujer. Me explica que una mujer de la segunda década del siglo XXI no necesita protegerse del “patriarcado” sino asumir que cualquier diferencia es cosa del pasado y así se comprende. Además, insiste, toda mujer actual sabe cómo luchar sus propias batallas. No necesita que nadie lo haga por ella.

— Además, hablamos de un tipo de movimiento social tan retrógrado como poco útil — me dice como colofón a todo lo anterior. Sonríe cuando lo hace — ¡No necesitamos que nadie nos proteja de una horda de bárbaros que vienen para violar y asesinar!

Recuerdo esa conversación, mientras leo la noticia sobre la violación que sufrió una adolescente brasileña a manos de treinta hombres. La agresión fue difundida por las Redes Sociales con fotografías y videos. Durante días enteros, las imágenes del cuerpo ensangrentado y destrozado de la víctima se compartieron de una red a otra hasta que se hicieron virales. Provocaron chistes y risas. Finalmente, el país reaccionó. Brasil entero se conmovió por la brutalidad de la agresión…hasta que salió a relucir que la víctima estaba borracha, tiene tres niños y además, conocía a varios de sus agresores. Entonces, el debate cambia, se transforma en otra cosa. Ahora se insiste sobre la conducta de la víctima, de su manera de vestir, caminar o a quienes frecuente. Se pone bajo el foco de la atención pública su vida emocional y sexual. Se le juzga, se le señala. Ya no se trata que una mujer fue violada por treinta hombres, sino de lo que pudo hacer para “provocarlo”. La torpeza que cometió bebiendo, lo irresponsable fue frecuentando un grupo de hombres. La forma como se “expuso” a la violencia machista. Como si su cuerpo fuera un objeto a disposición de cualquiera. Como si una violación fuera un castigo moral. Como si la sociedad no tuviera el firme compromiso de educar para no violar.

Lo terrible del caso Brasileño no es sólo la manera como reflejó la opinión de un país sobre la mujer y sus derechos, sino que además, dejó muy claro que la percepción sobre la violación — como delito y agresión — sigue siendo ambigua, la mayoría de las veces peligrosa e incluso, una simple noción moral de la que la víctima debe defenderse como pueda. No se trata sólo de la violencia física que sufre la víctima, sino de la cultural, emocional y social que padece, sólo por ser mujer. Sólo por no coincidir con lo que se supone debe ser la imagen femenina. Sólo por transgredir esa sutil frontera entre la normalidad y lo debido que a la mujer se le impone desde la cuna.

El mismo día que salta a las noticias la violación grupal, almuerzo con un grupo de amigos. Alguien saca a colación el tema y de inmediato, el debate se centra no sólo en el hecho sino también, en la reacción machista que lo rodea. Varias opiniones parecen apuntar a que no “todo está muy claro” con respecto a todo lo ocurrido y sobre todo, a todo el escándalo que parece preceder a la situación.

— Hablamos de una muchacha de dieciseis años que ya tiene tres hijos a cuestas — dice alguien en tono condescendiente — no creo que todo sea tan simple como un batallón de salvajes la violaron.
En alguna parte, leí que la chica perdió el conocimiento cuando el hombre número veintiocho la agredió. Que estaba tan drogada que no sabía que ocurría y sólo sentía dolor y miedo. Que gritó hasta que comenzó a escupir sangre y entonces le dieron alcohol y más drogas. Que uno de los agresores la golpeó con el puño cerrado hasta que le rompió tres dientes. Entonces se quedó callada, testigo impotente y horrorizado de un tipo de violencia tan hórrida como impensable. Una agresión brutal que con toda seguridad destruyó su vida para siempre.

— Lo que quiero decir es que no es ninguna inocente: tienes tres muchachos, estaba bebida y en compañía de treinta hombres — prosigue el opinador — ¿Qué se puede esperar de una tipa así? ¿Qué esperaba ella que le pasara?

La escritora Zuleika Esnal contó en un pequeño texto que se hizo viral en Facebook que la víctima fue encontrada deambulando en estado de shock a unas calles de su casa. Estaba semi desnuda, bañada en sangre, temblando de horror. Que no recordaba bien que había sucedido y que cuando pudo hacerlo, comenzó a gritar y llorar horrorizada a gritos. Que lo primero que dijo es que no quería llegar a los diecisiete años.

— ¿O sea que se lo buscó? — digo sin disimular lo mucho que me enfurece la idea. El opinador levanta las manos en un gesto tranquilizador y se apresura a sacudir la cabeza.

— No, no. Pero…

Pero estaba bebiendo. Pero tiene tres hijos. Pero estaba con un grupo de hombres. Pero le fue infiel al novio, quien planeó toda la agresión para vengarse de ella. Pero era una muchacha “de la calle”. Pero…¿Qué? ¿Hasta que punto somos conscientes que disculpamos una acto de violencia inimaginable como lo es la violación por nuestros prejuicios? ¿Qué cada vez que tratamos de explicar, justificar, atenuar, minimizar las consecuencias de una agresión sexual cimentamos la idea que es un delito donde la víctima también tiene responsabilidad? ¿Que en cada ocasión en que titubeamos al condenar una agresión sexual alentamos la posibilidad que otra posible víctima sea menospreciada, estigmatizada, señalada?

— Bueno, lo que ocurre es que lo estamos viendo como algo absoluto — salta alguien más — o sea…Hablamos de que una chica que sabe lo que puede pasarle se va con treinta tipos borrachos y peligrosos. No es cultura de la violación, es que no podemos cuidarlas a todas.

Un silencio incómodo se extiende en el grupo. Me pregunto si las demás mujeres que están sentadas a la mesa, recuerdan todas las veces que les han dicho lo mismo cuando se sienten agredidas y violentadas por un hombre. Si alguna recuerda el terror que provoca caminar a solas por la calle de noche. Si recuerda la ocasión en que tuvo que soportar un insulto machista, acoso callejero o laboral. O esa ocasión en que alguien le dijo que “las mujeres no hacen eso”. O esa otra donde descubrió que su salario es mucho menor que su contraparte masculino. O esa vez que un tipo en una discoteca la tocó y la persiguió sólo porque llevaba una falda corta. Tantas pequeñas situaciones que hacen seas muy consciente de lo mucho que se necesita profundizar en una cultura de equidad e inclusión. De todas las pequeñas heridas y grietas abiertas que exponen a la mujer al peligro, a la agresión, a la violencia sexista.

— Creo que ninguna mujer quiere que la cuiden — dice entonces una de las mujeres presentes. La noto pálida e incómoda. Yo también lo estoy — sino que prefiere no temer ni tener que preocuparse pueda ser agredida.

Silencio de nuevo. Nadie parece saber que decir o que hacer. Pienso en todas las veces en que ese silencio significativo me produce temor o algo muy parecido al desconsuelo. ¿Por qué resulta tan difícil asumir la idea que aún existe una serie de ideas que sostienen y cimientan la desigualdad entre géneros? ¿Por qué nadie analiza esa idea perenne sobre la mujer que resulta un cerco, un límite, una restricción moral absurda? ¿Qué ocurre cuando simplemente la tradición que menosprecia se normaliza hasta el punto de considerarse inevitable?

— ¡Ya salió la feminista!— dice entonces alguien al fondo. Lo dice de buen humor, en un evidente intento por restarle importancia a ese silencio, a la tensión involuntaria que se percibe en el ambiente. Una broma, sin más. De esas que suelen hacer reír. Pero esta vez no hay risas. El silencio continúa y eso es más significativo que cualquier otra cosa.

Quizás todos estamos recordando todas las veces en que hemos tenido que enfrentarnos al machismo social. Todas las veces que cada uno de los hombres sentados a la mesa ha tenido que responder “como un hombre”, sin saber muy bien que significa esa obligación confusa. Portate como un hombre. Los hombres no lloran. Deja de portarte como una mariquita. Eres un hombre, compórtate como tal. O todas las veces que las mujeres que estamos aquí, hemos alimentado ese estereotipo del macho ancestral. Las ocasiones en que hemos sostenido los estereotipos y arquetipos sobre lo masculino que son tan dañinos y violentos como los que se impone a la mujer. ¿Somos conscientes hasta que punto soportamos el mismo peso social? ¿Hasta que punto somos víctimas del mismo argumento fallido?

Hace unos días, un juez condenó a seis meses de cárcel al ex estudiante de Oxford Brock Allen Turner, al encontrarlo culpable de violar por veinte minutos a una mujer inconsciente detrás de un contenedor de basura. El caso se convirtió en un debate en redes sobre los extremos de la cultura de la violación y la defensa de los derechos de la víctima, cuando el juez no sólo mostró una insólita indulgencia al condenar a Allen — a pesar de los tres cargos de abuso sexual en su contra — sino que además, aceptó una carta del Padre del agresor como parte de la defensa. En el texto, el padre de Allen Turner ignora por completo los cargos que se le imputan a su hijo y además, insiste en minimizar lo ocurrido de todas las maneras a su alcance. En algunas partes de la carta, se lamenta que su hijo — a quien describe como un chico “formidable” — ya no esté interesado en la “parrilla y los filetes de cerdo” que tanto le gustaban “a pesar de ser un gran cocinero” y que su “tristeza” es alto precio a pagar por “Veinte minutos de acción”.
La frase me produce un genuino malestar físico. Siento un tipo de miedo difícil de explicar mientras pienso en esos “veinte minutos de acción”. Veinte minutos en los que una mujer perdió por completo el control de su cuerpo. Veinte minutos en los que fue vejada, usada, violentada, agredida a límites oprobiosos. Veinte minutos en los que no pudo resistirse a lo que sea que Brock Allen Turner hizo con su cuerpo. Veinte minutos en que se convirtió en un objeto sexual. Veinte minutos en que no pudo luchar ni tampoco evitar ser violada. Una idea repulsiva y desconcertante sobre la manera como se percibe la agresión sexual y sobre todo, las implicaciones que tiene esa percepción.

De nuevo, la brecha entre la necesaria defensa de las diferencias de género y también los derechos de la mujer, parece ser mucho más profunda de lo que podemos suponer. Y esa profundidad, ese silencio, esa ignorancia sobre lo que puede significar la agresión machista — y sus consecuencias — es cada vez más preocupante. Lo es, porque parece no sólo abarcar esa imposición cultural sobre lo que la mujer y el hombre pueden ser y más allá de eso, las implicaciones que esa insistencia en el deber ser puede acarrear. Esa visión distorsionada del género y también, de la individualidad.

¿Es necesaria la defensa de los derechos de la mujer? Analizo el pensamiento mientras me tropiezo con otro comentario burlón sobre la violación de la chica brasileña, en la que alguien se pregunta en voz alta si alguien puede “violar a una trolla”. Y me aterroriza la idea que alguien piense que no es necesario, que aún no sea imprescindible insistir construir una nueva visión sobre la mujer y el hombre. Esa batalla no sólo contra los prejuicios sino también la cultura y la sociedad que los sostiene.

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