jueves, 16 de junio de 2016

Delirios sobre la belleza: De arte y su lenguaje misterioso.


El nacimiento de Venus, de Botticelli. Mi obra favorita.


Hace poco, vi un detallado documental que mostraba las películas en que el director Quentin Tarantino se había inspirado para crear varias de sus mejores escenas. Varias de ellas, eran exactas entre sí, como si Tarantino — que jamás estudió cinematografía e insiste que su mayor fuente de inspiración fue la tienda de alquiler de vídeos donde trabajó buena parte de su adolescencia — no tuviera la menor verguenza en demostrar que la apropiación es un arte en sí mismo. Una y otra vez, las películas de Tarantino parecen alimentarse no sólo de la capacidad visual y técnica de su autor, sino también de una imaginería extraordinaria, que abarca la búsqueda de la originalidad — común en todos los artista — y algo más profundo y complejo relacionado con un lenguaje estético común.

Leo algunos de los miles de comentarios que acompañaban al vídeo. Muchos, son críticas directas y en ocasiones, directamente obscenas, sobre el talento de Tarantino, a quien acusan de “plagiar” buena parte de lo que muestra en pantalla. Incluso alguien insiste en que la obra cinematográfica de Tarantino no es otra cosa que un “refrito superficial” de obras más consistentes y célebres en la cinematografía mundial. Me asombra la prepotencia del comentario y también, ese juicio inmediato a lo que una obra creativa puede ser.
“Creo que Tarantino simplemente utiliza a sus referentes como estímulos visuales y sobre todo, como elementos imprescindibles para sustentar su obra” respondo “No pierde poder de evocación y mucho menos, su capacidad para expresar ideas el hecho que use imágenes reconocibles. ¿No lo hacemos todos acaso?”

Cuando lo digo, pienso en todas las ocasiones en que arte se nutre de sí mismos. En la manera como la obra artística se transforma, evoluciona, se refuerza y se profundiza de artista en artista, pero que en esencia, continúa siendo lo mismo. Luego de dos mil años de historia Universal, todo ha sido escrito y analizado a través de la palabra, pintado, esculpido, fotografiado, revalorizado a través de un trayecto estético y discursivo que sostiene lo que conocemos como arte. ¿Quién puede ser original en medio de un mundo que refleja idea insistentes dentro de nuestra identidad? Hablamos de un trayecto inconsciente hacia todo tipo de reflexiones sobre nuestra individualidad y que comenzó desde el mismo momento que el hombre asumió su capacidad para construir ideas. ¿Quién puede vanagloriarse de ser original mientras lleva a cuestas siglos de conceptos, percepciones y elucubraciones artísticas que heredó casi por casualidad?

“Plagio es plagio. No importa como se le nombre” me acusa el comentarista del vídeo con evidente mal humor “Siempre se busca crear algo a partir de lo original y lo novedoso. Sino ¿Cual es el sentido del arte?”
Esa es una buena pregunta, por supuesto. Imagino que se ha formulado má de una vez en toda la historia del hombre y la respuesta, claro está, pudo ser más o menos la misma: Ninguno. O mejor dicho, ninguno sencillo. Ninguno que no sea una compleja mezcla de ideas que intentan satisfacer la curiosidad espiritual, intelectual y emocional del ser humano. Pero más allá: el hombre construye una forma de mirarse así mismo que se transforma y es distinta cada vez, pero siempre mantiene una especulación muy concreta sobre quienes somos y cómo nos comprendemos. En otras palabras, el arte es la capacidad de la construcción de expresiones concretas, pero más allá de eso, asume el peso de ese legado inmemorial de algo semejante a una memoria colectiva.

“El arte expresa ideas individuales por supuesto, pero la gran mayoría de ellas están compuestas por visiones y percepciones de alguien más” insisto “ hablamos que el arte es un vehículo para muchas cosas. Y todos nos hemos apropiado de percepciones y planteamientos ajenos más de una vez.”
Por décadas, se ha debatido sobre el apropiacionismo, un movimiento artístico que se construye sobre la apropiación de referencias y elementos de otras obras de arte para crear algo nuevo. Por supuesto, no es un concepto fácil, mucho menos digerible en una cultura que la mayoría de las veces malinterpreta y sobre todo, distorsiona el sentido de la originalidad. Tal vez por ese motivo Walter Benjamin insistió que toda obra acaba perdiendo su aura primitiva a medida que es reproducida, versionada y comprendida por el espectador, no obstante de conservar su esencia. O lo que viene a ser lo mismo: el hecho que toda obra se transforma a medida que se hace parte de un lenguaje más amplio y general.

Claro está, no es sencillo explicar algo semejante. Sobre todo, en una época obsesionada con la individualidad y a la que se ha tildado de egocéntrica. Aún así, el arte sobrevive gracias a la referencia, a la transformación en algo más complejo, como el producto de una visión compartida y universal. No en vano, el arte dejó de definirse como una “manera de expresión” para sustentarse sobre algo más profundo: El lenguaje que engloba la comprensión, difusión y expresión de ideas individuales.

Con frecuencia, el arte es vehículo y también herramienta. Lo es tanto para la evolución de lo que consideramos artístico como para la percepción de lo que el arte puede reflejar del autor. Hay un espacio entre ambas cosas que sustenta una idea esencial sobre lo que creamos: Toda forma de arte crea una estructura de percepciones, una red poco convencional de conclusiones sobre nuestra individualidad y la manera como percibimos el mundo. Más allá de eso, el arte además construye teorías consistentes sobre el pensamiento, esa línea que nos une a una idea profunda y originaria sobre quienes somos como creadores de cualquier índole. Una visión enaltecedora sobre la belleza, el dolor y ese elemento desconocido que llamamos con mucha ingenuidad, ideal.

— Todo arte es un espejo, una puerta o una ventana — me dijo una vez una de mis profesoras de la licenciatura de Literatura — Decides qué mostrar o que esconder, pero esa decisión también es ilusoria. El arte escudriña, destruye barreras y límites. Te muestra aunque no lo sepas. Te hace vulnerable aunque no lo desees.

En esa ocasión, le había mostrado uno de mis cuentos. En medio de la timidez y el terror que produce mostrarle lo que se escribe a alguien más, también sentí una enorme curiosidad. Una expectativa profunda sobre lo que podría encontrar en mi pequeña historia. La profesora no me defraudó: leyó el cuento de un tirón y después, me habló sobre mis obsesiones visibles e invisibles escondidas entre las palabras. Mi forma de contemplar el Universo de las pequeñas cosas que me rodeaban. Y me sorprendió lo acertado de sus conclusiones, la manera como mi cuento pareció convertirse en una hoja de ruta hacia no sólo mi forma de pensar, sino las ideas aparentes y enrevesadas en mi mente.

— Hay una percepción sobre el arte como inocente. En realidad el arte es malintencionado, manipulador y en ocasiones, cruel. Eso es hermoso — sonrió al decirme aquella sorprendente frase — toda obra de arte crea una estructura que sostiene lo que piensas, sientes, temes y anhelas. Es una comprensión inusual sobre los elementos que te crean y sobre todo, los que pueden definirte.

Por años, recordé esa frase en diferentes ocasiones. Sobre todo, porque como fotógrafo, he pasado buena parte de mi vida intentando construir un lenguaje visual consistente y comprensible, pero también de definirme — y quizás analizar mi mente y forma de pensar — a través de mi trabajo artístico. Y no lo he logrado. O al menos no tanto como desearía haberlo hecho. Aún así, la imagen y la escritura suelen ser los medios más inmediatos como expreso mis ideas. O mejor dicho: ese descubrimiento a trazos que crea una visión elocuente sobre mi misma.

Por supuesto, no se trata de una idea reciente. Virginia Woolf deploraba la pobreza del lenguaje al momento de describir la enfermedad, el dolor físico y mental. Y lo hacia porque la mayor parte de su vida, había padecido de todo tipo de padecimientos mentales y biológicos que de alguna forma, marcaron y definieron su obra literaria. Para Virginia Woolf escribir no sólo era un método de expresión formal, una obra de arte en constante construcción sino también un vehículo válido para contar el horror y la angustia privada. Esos pequeños espacios de dolor infernal íntimo que nadie puede comprender muy bien.

Virginia, además, estaba convencida que la literatura debía encontrarse al servicio de esa identidad intangible y voluble que nos define en mayor o menor medida. El “animus glorioso” me contó en una ocasión. Para la escritora, el fenómeno del arte era parte de una serie de ideas que sustentaban otras más profundas e ideales. Más elementales y dolorosas. “El idioma inglés, que puede expresar el pensamiento de Hamlet y la tragedia del Rey Lear, carece de palabras para describir para el estremecimiento y el dolor de cabeza. El Inglés se desarrolló en un solo sentido: el de la búsqueda de lo intangible, no de las infinitas variaciones de la carne y el cuerpo” dijo en una ocasión, abrumada por sus constantes migrañas y también por ese dolor emocional que no le abandonó jamás en el transcurso de su vida. Como si la palabra — o su connotación artística — estuviera sostenida sobre cierta expresión del yo más abstracto, una cierta idea divinizada sobre lo que podemos crear y construir a través de lo que consideramos artístico.

Podría reflexionarse sobre el arte en general de la misma manera. Tal vez por ese motivo, los Egipcios se esforzaron por humanizar a los Dioses, de la misma manera que los Griegos. Los Romanos crearon un panteón a la medida de sus temores. Y de pronto, el arte se convirtió en ese lenguaje humano y recurrente que era capaz de explicar lo desconocido. Todos creamos por nuestra necesidad de analizarnos y expresar ideas elementales sobre quienes somos y cómo comprendemos el mundo. Y esas ideas parecen reiterarse
Hace poco, revisando varios de mis libros favoritos sobre historia del arte, me encontré con una crónica detallada de lo que se llamó “La Gran castración Vaticana”. En uno de los episodios más oscuros y enfermizos del arte renacentista, en 1857, el Papa Pío IX decidió que la representación de los genitales masculinos podría incitar la Lujuria dentro de la ciudadela de la fe Cristiana. Inflamado por un delirio prejuicioso, tomó un escoplo y un mazo y cercenó los atributos masculinos de todas las estatuas que colmaban los pasillos y salones del vaticano. En un gesto imperdonable para todos los amantes de la escultura y del mundo estético en general, mutiló obras de Miguel Angel, Bramante y Bernini. Posteriormente y a instancias de la curia vaticana se utilizaron hojas de higuera de yeso para ocultar los considerables daños que tesoros del arte mundial sufrieron durante el terrible episodio. No obstante, cientos de esculturas fueron dañadas por mero deseo irrestricto del venerable monarca Cristiano de negar la belleza del cuerpo humano.
No deja de ser desconcertante pensar que la Gran Castración ocurrió justamente en el período donde el Vaticano rebosaba de Nepotis, como solía llamársele a los hijos bastardos de diversas personalidades del Clero. Se trataba de una costumbre extendida: los varones de las relaciones ilícitas de Sacerdotes, Obispos e incluso el mismísimo Papa solían formar parte de la curia eclesiástica, en una muestra evidente de que la Iglesia de Dios no sólo contradecía sus propias prédicas sino que además, parecía muy poco preocupada por el castigo divino. ¿Fue la reacción de Pío IX una forma de expresar malestar, de castigar sus propios demonios o simplemente una forma muy hipócrita de expresar arrepentimiento?

— El arte tiene la particularidad de mostrar pero jamás ocultar — me comentó un amigo escultor cuando le hablé del tema. Pareció muy divertido de imaginar al anciano pontífice corriendo de un lado del otro del Vaticano castrando obra tras obra. Golpeando la piedra sin dejar de admirar quizás sus eróticas proporciones — De manera que por buena parte de la historia, el arte ha sido un reflejo de nuestros dolores y pesares, de nuestros terrores y angustias emocionales. Nada se escapa al arte. Nada se escapa a quienes somos. Nada se escapa a la denuncia tácita. Por ese motivo, para la Iglesia y otros entes de poder, el arte es inaceptable y en ocasiones, directamente peligroso.

Visto así, el arte es sin duda una amenaza para cualquier forma de poder que insista en la dominación y por ese motivo, quizás, siempre se ha intentado controlar lo que se expresa — o las nociones del arte — como una forma de cerrar espacios a la crítica. En una ocasión, leí que el mecenazgo de la Iglesia hacia el arte ha sido siempre una forma de garantizar el control absoluto sobre la expresión de la forma artistica y el lenguaje visual de la cultural. Un lamentable pensamiento, claro está, pero no carente de cierta totalmente fáctica. Para la Iglesia cristiana la sujeción a normas limitantes y represivas a sido tan tradicional como cualquiera de sus dogmas de fe. ¿No fue la intención monacal del medioevo someter a los artistas por medio de una estética restringida y carente de cualquier atributo humano? Hasta el siglo XIII se consideró el arte una obra del demonio y más allá, solo fue proclive de la bendición eclesiástica cuando le dió forma a la imaginería religiosa a través de símbolos fácticos para la difusión de los valores morales del Cristianismo. ¿No eran los tapices de la época de Teodora de Constantinopla meros estructuras denotativas de la historia que la Iglesia quería revelar como verdadera? La autocracia de la estética, el lenguaje soez y prejuiciado de la forma religiosa como verbo cultural.

Hasta muy avanzado el siglo XV, el arte cumplía una función política: Daban fe de la presencia del poder soberano y hegemónico de la Iglesia sobre toda forma de expresión social. La jerarquía eclesiástica utilizaba la pintura y la escultura para adornar las iglesias usando una forma de esquematización general lo bastante sencillo como para ser comprendido a cabalidad por el pueblo llano. De hecho, muchas veces he pensado que se trataba más de una forma de feudalismo del arte, que un mecenazgo en si mismo. Un instrumento propagandístico de indudable valor popular, que convirtió la forma del arte en un nuevo lenguaje a través del cual la Iglesia podía enviar su mensaje moralizante e ideologizante; Crónicas detalladas sobre la vida de los Santos que deseaban ensalzar y pequeñas y fragmentarias narraciones que explicaban el mal que simbolizaba la mera decisión personal. No en vano, el rostro de las vírgenes y santos retratados durante el Medievo tardío, carecían de rasgos que les individualizaran: Un concepto general, amplio y delineado cuidadosamente a través de la sagaz comprensión de la iglesia de la expresión más intima del arte y la belleza. Un instrumento poderoso de segregación. El temor convertido en una forma de creación finisecular: Escenas minuciosamente detalladas de infiernos y demonios martirizando a los Infieles, la mayoría de los casos enemigos de la Iglesia. Vírgenes de rostro inmaculo que proclamaban con su delicada piel blanca y ojos vueltos a lo alto, que solo la pureza, el rechazo a la propia naturaleza instintiva, podía darle sentido a la idea más concreta de salvación. Personajes políticos convertidos en santos de ocasión por los lapices y pinceles de pintores obligados a otorgar un sentido a la idealización dogmática que la Iglesia propugnaba. Indudablemente, la Iglesia descubrió muy pronto que el dulce aroma de la forma estética podía darle sentido a esa idea divina que sus prédicas intentaban recrear sin demasiado éxito. ¿Como podían hablarle de cielos fecundos en belleza, de un paraíso donde la pobreza y la muerte no existieran si el mundo sucumbía a una terrible y dolorosa ausencia de símbolos etéreos? Las calles sucias y malolientes, las casas estrechas y mal ventiladas, las plazas de pueblos y ciudades desbordantes de suciedad, basura, excrementos y la mayoría de las veces, cadáveres de hombres y mujeres que morían de frío y de hambre. ¿Como hablar de una Hipotética bendición divina bajo una realidad tan aplastante? Fue el arte el que brindó la forma y el rostro al cielo que filósofos y pensadores habían vislumbrado en su imaginación por años. Fue las grandes obras de fastuosa belleza la que llevó al vulgo la espléndida concepción de una idea Divina más allá del tiempo y las limitaciones humanas.

No se trata de algo novedoso o de uso exclusivo del poder religioso: siglos después del auge de los grandes mecenas eclesiásticos, el poder dictatorial comprendió las infinitas relaciones del arte y la opinión popular. A Leni Riefenstahl se le ha llamado el Ojo de Hitler, un título que resume casi a la perfección su estrecha y controvertida colaboración con el Tercer Reich. La cineasta no solo creó la iconografía del nacionalsocialismo sino que además, dotó al régimen Nazi de una personalidad artística que contribuyó a su rápida difusión y aceptación. Y aunque mucho después se reivindicó su papel dentro del estamento artístico que apoyó al nazismo y sobre todo, le brindó sustento conceptual desde la visión artística, su figura continúa siendo el ejemplo ineludible de esa mezcla peligrosa que puede llegar a ser el arte y la ideología política. Claro está, que Riefenstahl utilizó su indudable talento para construir una interpretación de su época lo bastante peligrosa como para considerarse nociva: es suya esa visión plenipotenciaria y multitudinaria del nazismo, con sus masas alienadas durante el congreso del partido nacionalsocialista en Nuremberg en 1934. También es obra de su ojo documental infalible y refinado esa asimilación de los promoción del nazismo a la cultura alemana, hasta crear una amalgama desconcertante y casi indivisible. Revolucionó el lenguaje del documento histórico y a través de esa transformación, dotó de cierto sentido épico a una conceptualización de la política y sobre todo, atribuyó méritos a toda una serie de discutibles visiones sobre el arte al servicio del poder.

Pero, más allá de cualquier mérito estético y técnico, Riefenstahl reformuló la teoría política nazi para brindarle una visión histórica nueva. Es probable que la documentalista sea el primer artista audiovisual del siglo anterior en utilizar los símbolos del poder para construir una visión intelectual concreta, una ilusión de majestuosidad que realzó la ideología a niveles desconcertantes. En el documental”Olympia”, no solo mostró la belleza del deporte, con una estética muy cercana a al hedonismo griego, sino que además, supo introducir de manera nada sutil ese elemento de segregación racial que el Nazismo utilizó como política y sentencia durante su breve existencia: la supuesta superioridad física de la raza aria. Y es que para Leni Riefenstahl, lo verdaderamente importante era la necesidad de expresar ideas a través de las imágenes, sin que le preocupara en especial su peso histórico o lo inquietante que estas pudieran parecer dentro del ámbito de una Europa divida y disminuida en lo político y lo social. La cineasta encontró una manera de realzar y construir un nuevo altar de ídolos visuales de dudosa sustentabilidad pero con el suficiente poder de evocación como para construir una idea nueva, que se afianzó a medida que su insistencia en contar la historia a su manera contaminó su visión artística. Y es sin duda ese motivo, por el que a Leni Riefenstahl se le recuerde más por su colaboración con un régimen político dictatorial que ayudó a sostener antes que por sus méritos artísticos: su revolución en el lenguaje estético del documental y sus descubrimientos técnicos que brindaron un vuelco a la re interpretación de la historia como elemento visual. El arte convertido en motor y núcleo de la contienda política o lo que es más preocupante, como reflejo y herramienta de manipulación social.

Pienso en todas estas ideas mientras la sencilla discusión que provocó el video sobre el trabajo de Quentin Tarantino sobre la evolución del arte, la apropiación y el plagio sigue sumando comentarios. Todos son más o menos parecidos — un debate interminable sobre la idoneidad del arte, la originalidad y la trascendencia — excepto uno, que insiste en el valor del arte como reflejo de la época. El comentarista no sólo “manda a la mierda” todo intento de restringir el arte “a un monopolio del significado” sino que además, insiste en que toda obra creativa “es un Universo sin rostro”. La frase me sorprende, me emociona y de pronto, parece resumir la idea del arte no sólo como una forma de expresión — que lo es — sino algo mucho más duro y doloroso (real) de lo que suele suponerse. Un fragmento de nuestra identidad.

¿Todo es tan sencillo? Me pregunto con una sonrisa.

Tal vez lo es.

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