domingo, 5 de junio de 2016

La voz del espíritu de la Tierra y otras historias de brujería.




La última Luna Llena que mi tatarabuela celebró fue la de septiembre, que de vez en cuando coincide con mi cumpleaños. Aunque ya era casi centenaria, insistió en construir el altar de piedra, poner las velas del círculo y por último, encender la vieja hoguera. La miré, respetuosa y asombrada por su fortaleza, esperando me invitara a entrar. La vi de pie junto al fuego, puro perfil y ojos brillantes. Frágil y poderosa. Anciana y atemporal.

- Ven aquí muchacha - me dijo entonces, haciendo un gesto para que fuera a su lado. Me apresuré a obedecer.  Entré en el circulo de velas con paso lento y luego le ayudé a sentarse junto a su viejo caldero abollado. De inmediato, comenzó a arrojar hierbas y hojas a su alrededor, con un gesto pausado y lento que me asombró por su precisión.

Todo era un poco extravagante en ella. Tatarabuela era la primera mujer de nuestra familia en llegar al continente Americano y quizás por ese motivo, había un toque exótico y desconocido en su manera de hablar y comportarse. Era alta, rubia y maciza y aún conservaba el acento de su natal Florencia.  No hacia nada como el resto de las brujas de la casa, como si su sabiduría no procediera de la repetición de rituales e invocaciones, sino de algo más viejo, más poderoso y sobre todo, más intimo. Quizás por eso, sus celebraciones eran inolvidables: nunca se parecían entre sí y tenían un poder cálido y vívido, tan real que a veces sentía podía tocarlo.

Tatarabuela era concienzuda, metódica pero sobre todo, misteriosa, a la manera que la cultura popular suele imaginar a las brujas.  La miré pasear los dedos por las llamitas de las velas - un movimiento suave y ondulante que me sorprendió por su precisión - y luego, levantar las manos hacia la luz de la Luna Llena enredada entre las ramas de los árboles. El viento sopló con fuerza desde la montaña, nos golpeó el rostro, impregnado del aroma lento de la naturaleza viva más allá. Me pregunté si me imaginaba su fuerza, el lento ulular de las rachas de viento que parecían responder a la voz de mi tatarabuela. Supuse que sí.

- La primera vez que celebré la Luna Llena, no sabía lo que hacía - me dijo al cabo de un rato, arrojando al fuego del caldero canela y albahaca. El olor se mezcló y creo algo más denso, con un cierto regusto oriental - era muy pequeña. Una niña que estaba asombrada por todo lo que veía.

Tatarabuela había crecido en Scandicci, un pueblo muy pequeño en los alrededores de Florencia. Se había criado en una familia excéntrica y rural que decidió no enviarla a la Escuela y que trajeron un maestro de Génova para que le enseñara todo lo que debía saber. Pero el maestro dedicaba horas a leer los libros de la enorme biblioteca de sus padres y olvidaba a la pupila, que aprovechaba el tiempo para subirse a los árboles, correr por los campos en flor y claro está, aprender brujería de la vieja abuela Beba, que por entonces vivía con su hija mayor. Beba era vivaracha, llena de viejos conocimientos y muy interesada en transmitirselos a la nieta inquieta, que la escuchaba con atención.

- Pero Beba no me había dicho nada de la Luna Llena  - me contó Tatarabuela mientras la fogata a nuestros pies se hacia cada vez más alta, radiante - me había hablado de la Señora sin nombre, de la Diosa blanca. Le gustaba enseñarme cosas, pero aún era muy pequeña para enseñarme el arte, supongo. Con siete años, era una zafia inquieta y escandalosa que iba a de aquí para allá dando alaridos a placer.

La imaginé, con el cabello rubio y desgreñado, los ojos azules llenos de entusiasmo, el cuerpo pequeño y flaco lleno de energía saludable. La vi con los ojos de mi mente, corriendo por los caminos vecinales, encaramándose en los árboles con facilidad,  arrojándose con corazón temerario al sueño. Sonreí.

- Y entonces ¿Qué? ¿Abriste un circulo de velas y...? - comenté. Ella suspiró y sonrío.
- No no. Nada tan elaborado. Simplemente desperté y corrí afuera, para ver a la gran Madre de las estrellas salir. Y sentí amor, emoción, miedo. Una mezcla de todas esas cosas. Levanté los brazos, le di la bienvenida. Le pedí venir a mis dedos, extendí los brazos para tomarla en ellos.

"Beba me descubrió en la cornisa de la casa, asombrada y pálida, amando a la Luna Llena sin conocerla. Asombrada por su brillo, desconcertada por esa sensación real que algo me unía a ese brillo de plata. ¿Lo estaba soñando? ¿Era real? Beba me llevó a la habitación antes que Padre o Madre me descubrieran y me dijo bajito: "Es real para ti. Eres una bruja".

Me asombró la sencillez de su relato, su belleza. Tatarabuela permaneció en silencio, como si disfrutara de ese silencio exquisito de sus recuerdos, de mirar otra vez los campos bañados en luz dorada, el rostro de la abuela perdida. La infancia que añoraba.

- Me hizo reír la palabra ¿Bruja yo? ¡Abuela! ¿Cómo puede ser eso? Ella sonrió. "Tu madre lo es también" dijo.

La fogata a nuestros pies crecía por momentos, atrapada a medias en su lecho de piedra. La casa de mi abuela tenía un aspecto casi siniestro en la Oscuridad, con sus ventanales largos y oscuros, la fachada repleta de hiedra. Pero también había algo bello en su silencio simple, en las puertas abiertas, en las tejas carcomidas que se doblaban sobre el techo. Pensé en todas las historias que guardaba, en todos los secretos. Pensé en como le llamaban en nuestra urbanización "El Solar de las brujas". El pensamiento me hizo sonreír, me elevo a otro lugar de mi mente. Un escalofrío de placer.

- ¿Y que pensaste cuando supiste eso? - le pregunté.
- Que ya lo sabía - murmuró Tatarabuela mirando el fuego con los ojos muy abiertos - que jamás lo había dudado, que venía en mis venas, que estaba en mí mucho antes de soñarlo. Y es así: toda bruja sabe que lo es, sin que nadie tenga que decírselo. Una bruja por conocimiento, por perseverancia, por curiosidad, por amor, por impaciencia, por espíritu salvaje. Por corazón de estrellas.

El olor del fuego se hizo casi irrespirable. El humo se elevaba a la montaña y me pregunté que pensaban nuestros vecinos cuando escuchaban su crepitar o adivinaban su luz. Una vez, mi abuela - la sabia, la bruja - me había dicho que toda bruja es una impenitente provocadora, que sabe lo que desea y lo hace. Que jamás dañará a nadie pero tampoco le preocupaba lo que los demás puedan pensar sobre su proceder. Una bruja es tan libre como su responsabilidad sobre si misma y lo que hace. Una bruja no se atiene a otra cosa que su voluntad.

Imaginé a los vecinos acurrucados contra las ventanas, murmurando sobre el brillo del fuego que podía distinguirse a buena distancia. Preguntándose que ocurría en esa casa tan extraña. El pensamiento me hizo sonreír, aunque no era en realidad agradable. Me gusto esa pulsión de pura rebeldía con que me educaban en casa, esa pasión por vivir y crear a pesar de todo. Quizás por todo.

- ¿Y te enseño a celebrar la Luna Llena?
- ¡Se lo exigí! - rió mi tatarabuela bajito - ¡Le dije que no tenía otro remedio que hacerlo! Así que me llevó al campo, a la mitad del bosque rodeaba la ciudad y encendió el fuego de Luna Llena. El primero de muchos que vería. Uno muy parecido a este.

Mire el nuestro fascinada, a pesar del aire caliente que me golpeaba la cara y el humo cada vez más insoportable. Pronto tendríamos que apagarlo, volver al silencio de la noche. Pero ahora era nuestro. Un gran estallido de luz ígneo que me hacia feliz.

- Allí, junto al fuego, me dio la primera gran lección sobre Brujería - continuó - que jamás he olvidado y llevo a todas partes: debemos aspirar a la sabiduría. Debemos empeñarnos en construir, en comprender lo que nos hace funcionar y lo que sostiene al mundo. Porque una Bruja está llamada a contar historias, la suya, la de su clan, la de su familia. Una bruja lleva en el espíritu a todas las brujas del Mundo. Todas las historias que heredó, que son suyas y también nuestras. Que debe tener el valor de escribir la suya para soñar con el futuro.

Las imaginé con claridad: a la niña rubia y a la anciana de cabello blanco, de pie junto al fuego. Y me pregunté cuantas veces se había repetido esa misma escena en el pasado. En una Hoguera perpetúa, donde se reúnen todas las viejas tradiciones y conocimientos. Como la vieja sabiduría de la bruja pasó de mano a mano, de sonrisa a sonrisa, de corazón a corazón. Cuantas veces una mujer miró la Luna Llena y se reconoció en ella. Cuantas veces comprendieron el poder de su sabiduría.

E Imaginé también a Tatarabuela joven y espléndida, cruzando el mar azul y violento para seguir a su voluntad de crear, para buscar una tierra nueva a la que pudiera llamar hogar. La vi solitaria, de pie frente a esa inmensidad terrible y hermosa. Siempre fuerte, siempre osada. Una bruja que sueña, que vuela, que se enfrenta, que se sana así misma.

- La Brujería es el camino de las mujeres sabias - dijo entonces. Se levantó con esfuerzo y yo la seguí. Juntas nos acercamos al fuego, sentimos su poder primitivo cercano y temible. Pero permanecimos allí, tomadas de las manos, con los ojos muy abiertos y asombrados, recordando lo imposible, mirando la línea que nos une y nos separa a nuestra historia - De las que aprenden gracias a sus errores, de las que continúan a pesar del dolor. De las que insisten, cuando todo parece perdido. De las que no se rinden al pesar del miedo. De las que abren los brazos para abrazar la incertidumbre, de las que saltan al vacío por pura fe Y las brujas somos sus herederas. Las hijas de mil mitos, sin fronteras. Las hijas de la Luna Llena, de las palabras del conocimiento, de este eterno recorrido hacia la fe.

Y el fuego creció. Pareció devorar el mundo. Elevarse en hilos incandescentes hasta tocar el azul añil de la bóveda celeste. El tiempo de la belleza, el infinito conocimiento del valor y la osadía. Pensé en las brujas que nunca conocí, a las que nunca conoceré, pero que están allí, en algún lugar del confín de ese hilo que nos une y nos acerca. De esa esperanza profunda que llamamos esperanza y quizás, sólo amor.

***


A veces, ya de adulta, me gusta recordar a mi tatarabuela junto al fuego: Una figura espléndida, frágil y a la vez fuerte, inolvidable y tan querida. Y pienso que quizás, todos avanzamos por la vida en busca de esa sonrisa cómplice al fuego, ese asombro impaciente hacia el porvenir. Un vuelo alto de la memoria. Una forma de soñar y crear. Una visión más allá de las estrellas.

Una forma de crear.

1 comentarios:

Ollin Tonatiuh dijo...

Bella Historia

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