viernes, 24 de junio de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Junio: Francia. Anais Nin.




Anaís Nin, como autora, produce antipatía. Y también una fervorosa idolatría. Nadie sabe muy bien el motivo, aunque puede ser una mezcla de elementos que hacen que la autora despierte sentimientos encontrados, pero siempre extremos, pasionales. Se diría como sus obra, en una metáfora sencilla. Pero aún así, hay una visión inquietante sobre Nin que parece incluso hacerla irritante en su osadía, en su planteamiento de la sexualidad cruda y dura. Y es que para Anais Nin nunca hubo matices ni claroscuro. Tenía una vocación por el escándalo y la provocación perfectamente definida y la disfrutó no solo en sus obras, tan meticulosas como crudas y que escandalizaron por provenir de una pluma femenina, sino en su visión del mundo. Porque Anaís, honesta y poderosa, vivió como escribió.


Anaís fue un espíritu libre desde la adolescencia: abandonó la educación formal a los dieciséis años y comenzó a trabajar como modelo de un artista de poco renombre. Audaz como pocas, se concibió así misma como creación artística y tal vez por ese motivo, escribe en su diario una descripción durísima sobre sí misma, un relato intimo sin verdadera resolución, creándose y elaborándose a través de esa necesidad suya de elaborar la realidad a base de impresiones y deseos. Sensualista desde la niñez, la Anaís de los diarios íntimos, muestra una avidez por el mundo que desconcierta incluso ahora, casi medio siglo después de escritos. Quizás se deba a esa negativa suya de concebirse como parte de una idea cultural que brinda a lo femenino un rol secundario, silencioso.  La palabra como espejo pero más allá de eso, la identidad como expiación. La escritora en formación, se concibe como una personalidad radiante, se asimila al relato y con toda probabilidad, madura y crece a través de él.


Por supuesto, que su despertar sexual no fue ajena a su maniática necesidad de contar. Porque Anaís, más que escritora, más que novelista, se definió así misma como cronista de su propia vida. Cada página, descubre a una visión indómita de un mundo que ella describe con una dureza crítica que más tarde sorprendería a propios y a extraños. Anaís, la observadora, intuía el poder de lo que se cuenta, más allá de lo que se esconde entre las palabras, de manera que apostó a lo directo, a lo inquietante, incluso a lo directamente desagradable. Tal vez por ese motivo, esa antipatía visceral que produce en los lectores, que deambulan entre las páginas intimas sin comprender el sentido estricto de esa pasión por la palabra, esa necesidad de reinventarse a través del deseo y el talento. Hedonista y creadora, Anaís Nin despertó la curiosidad no solo del mundo literario, sino de todo aquel en la búsqueda de una idea que le defina, una interpretación abstracta sobre la necesidad y la inquietud existencial, a través de la palabra.


Y es por ese motivo, que la obra de Anaís, es además de su reflejo, su esencia e identidad. Cambia y se transforma a medida que la autora encaja piezas y visiones de si misma, que se transforma bajo el afilado borde del lápiz y la hoja y se transforma en otro rostro, bajo la misma conclusión de la interpretación de quien se mira como objeto de arte. Resulta curioso que de Modelo de artistas sin nombre - el símbolo de la belleza - Anaís se observara así misma como un personaje más en medio de la perturbadora meticulosidad de sus escritos. Un sueño  de creación que quizás dotó a su obra de esa imperecedera cualidad de documento intimo que aún conserva.

En el año 1931 conoció al escritor Henry Miller y a su esposa June y el encuentro supuso una ruptura en la vida de Anaís. Una que jamás superaría o que nunca quiso superar, en todo caso. La pareja de alguna manera fue el simbolo más claro de la manera de Anaís de concebir la sexualidad, la libertad y su especialisima interpretación del mundo: no solo comenzó una relación con Henry Miller sino que además, con su esposa June. Nunca fueron los diarios de Anaís más elocuentes, más fríos y detallados que al hablar sobre sus experiencias sexuales con la pareja, el descubrimiento erótico que le supuso esa nueva construcción de lo normal bajo el deseo, sus angustias y alegrías. Más allá, la vida monótona, la que tanto rehuyó Anaís durante su vida adulta, quedaba al margen: una relación fragmentaria y confusa con su psicoanalista Otto Rank, a la vez que insistía, en frases profundamente sentidas, en sentir un profundo y desesperado amor por su esposo Hugh Guiler. En el libro Henry and June (que contiene parte de sus diarios de 1931 y 1932 y describen sus confusas relaciones sentimentales por la época) Anaïs de nuevo, traduce en palabras esa tempestad emocional que parece ser parte de su manera de asumir su identidad: “Lo cierto es que ésta es la única forma en la que puedo vivir: en dos direcciones. Necesito dos vidas. Soy dos seres.” Y en su Diario Amoroso, en la entrada del 13 de febrero de 1935, insiste, con esa clarividencia de quien se conceptualiza a través de la palabra, se concibe a través del yo literario “Ser yo misma consiste en eso, en ser dual. Y no se puede ser dual sin tragedia”.

Y en medio de toda esta turbulencia, de esta dualidad creativa, Anais sigue escribiendo. Nunca dejará de hacerlo: en 1939 emigra a Estados Unidos y se convierte en la primera mujer en la historia de ese país que publica relatos eróticos. Asombra a crítica y público con su estilo duro, sin disimulo, directo. Porque aún la mujer no era sexual, ni mucho menos se concebía así misma como erótica. Quizás por ese motivo, el asombro que rodeó a esta Anaís Nin, implacable y poderosa, que contó sin disimulo los matices del deseo y la belleza de la necesidad creer en la lujuria.

Muy probablemente por ese motivo, la mayor parte de su obra fue considerada pornografíca al momento de su publicación. Se le tachó de vulgar y obsceno, de recrear escenas imposibles, de llevar al límite de lo decoroso la imagen de la mujer en busca del amor. Pero es que Anaís no hablaba de amor o probablemente sí, pero bajo sus propios términos. Una manera de dibujar la nueva mujer que excita, se excita y reconstruye el idea femenino para crear algo totalmente muevo. El sexo femenino sin la atadura de la historia, de la cultura y el prejuicio. La trascendencia del llamado Eros hembra, con todos sus símbolos y esa metáfora ambigua del poder sexual más allá de toda idea racional.

Una visión polémica sin duda. Se llegó incluso a insistir que la escritora padecía algún tipo de locura y ella lo aceptó, con todo su buen humor de Diosa salvaje e instinto contestatario. Llegó a decir, tal vez disfrutando la improbable belleza de la locura: "todos somos parcialmente locos con zonas de lucidez.”

Y tal vez es verdad.

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