domingo, 26 de junio de 2016

Secretos de tierra y oscuridad y otras historias de brujería.





Mi tatarabuela comenzó a quedarse ciega al cumplir los noventa años. Fue algo progresivo y que nadie notó en realidad hasta que resultó inevitable. Al principio tropezaba con muebles en pequeños accidentes que atribuía a la torpeza. Después, comenzó a quedarse muy quieta en mitad del salón para escuchar los sonidos que le rodeaban. Por último y cuando no pudo ocultarlo más, pasaba los días en su habitación, furiosa y humillada, negándose a recibir a nadie. Consumiéndose de miedo y quizás algo muy parecido a la desesperanza.

Pensé en esas cosas cuando toqué a la puerta el día del Solsticio de Verano. Me dije que quizás era una temeridad venir a visitarla cuando no quería estar con nadie. Pero no pude evitarlo. Eso a pesar que mi abuela - la bruja, la sabia - me había insistido en que tatarabuela estaba muy furiosa y en realidad, era probable se comportara de manera desagradable. Me miró con ojos preocupados mientras yo anudaba las cintas de pequeño paquete de tela que había confeccionado para tatarabuela.

- Está muy angustiada y temerosa - me explicó - eso hace que con toda seguridad, te riña y te hable de malos modos. Lo sabes ¿No?

Claro que lo sabía. La semana anterior tatarabuela había salido al pasillo del segundo piso para gritarme por "hacer esos sonidos insoportables", que no eran otra cosa que mis pasos mientras iba hacia el cuarto de baño. Me quedé de pie, con la toalla apretada contra el pecho y avergonzada, aunque no sabía muy bien por qué. Ella siguió gritando sin dejar de sacudir su bastón, hasta que mi tia E. vino a mi rescate y me sacó del pasillo. La miré al borde las lágrimas.

- Pero ¿Qué hice? - pregunté aterrorizada. Tía suspiró.
- Nada real.

Esa simple frase se me grabó en la mente y previniendo volver a molestar a tatarabuela con algún sonido involuntario o algo que no pudiera entender, dejé de pasar por el pasillo mientras ella tenía la puerta abierta. Con todo, recibí un par de regañinas más por "respirar muy fuerte" o "hacer molestos sonidos con las manos". No era la única contra quien tatarabuela la emprendía: tatarabuela riñó por horas a mi prima M. por cometer el exabrupto de escuchar música en su habitación, un piso más abajo. Prima había corrido hacia el jardín, con los puños apretados y las mejillas sonrojadas de furia, al lugar donde Tia M. y yo tomábamos la merienda. Vino a sentarse junto a nosotras con los ojos muy brillantes de furia y humillación.

- ¡Me dijo de todo! - le contó a su madre - ¡Me dijo irresponsable, loca, escandalosa! ¡Pero yo no estaba haciendo nada!
- Es la edad mi amor - comentó tía con cierta tristeza - no es otra cosa sino eso.
- ¡Está loca! - protestó mi prima, dando una patada enfurecida al césped mal cortado - ¡No la soporto!

Mi tia se apresuró a lanzarle una mirada fulminante a prima, que la hizo callar de inmediato. Me quedé muy triste: la tatarabuela siempre había sido una mujer vivaz y divertida. Me dolió imaginarla en su habitación, en la oscuridad de las cortinas corridas, sin se capaz de acostumbrarse al miedo de la ceguera o incluso, al terror de la vejez.

No era algo que yo comprendiera del todo, claro. Con once años, la edad de la tatarabuela me parecía impensable. Un mundo lejano que no creía que tuviera que recorrer. Me resultaba impensable las arrugas, los dolores y achaques ancianos que atormentaban a tatarabuela, la idea cierta que la vida comenzaba a ser muy corta y que el final se encontraba muy cerca. Me recorrió un escalofrió con el pensamiento. Tia E. ladeó la cabeza y me miró con los entrecerrados.

- La Tatarabuela está atravesando la edad sabía con mucha dificultad - dijo entonces, como si supiera lo que pensaba - algún día todos la atravesaremos. Quizás somos tan antipáticos con la tatarabuela que nunca pensamos en eso.

Esa frase me remordió la conciencia por días. Tanto que por último, no puede soportarlo más y decidí que tenía que hacer algo. ¿Algo como qué? En realidad no lo sabía, pero comenzaba por reunir los ingredientes y herramientas que me permitirían celebrar en solsticio en un talego de tela verde. Abuela me observó sin intervenir, como si pronto, comprendiera mis intenciones.

- ¿Estás segura de intentarlo? - preguntó entonces. Sostuve la pequeña bolsa entre las manos. Me temblaban de puro nerviosismo.
- Sí...al menos intentarlo.

Abuela asintió con un gesto paciente aunque algo preocupado. Rebuscó en el bolsillo del suéter de lana que llevaba. Luego me extendió un palito de canela envuelta en una cinta roja. La tomé un poco desconcertada.

- ¿Y esto?
- No hay nada que el olor de la canela no pueda aliviar - dijo. Me hizo uno de sus guiños traviesos - ahora ve. Y corre al menor grito.

Sus palabras me hicieron sonreír. Pero el entusiasmo me duró bien poco: cuando toqué por segunda vez la puerta de la habitación de la tatarabuela, la escuché gritar desde el interior. Un graznido impaciente que casi me hace correr de nuevo a la cálida cocina.

- ¿Se puede saber por qué molestas a esta pobre vieja? - me imprecó aún sin abrir la puerta. Contuve mi timidez como mejor pude.
- Tatarabuela, quería venir a celebrar contigo el Solsticio.

Silencio. Me pregunté si incluso recordaba que nos encontrábamos muy cerca de las festividades del fuego en Junio. Fue una idea muy rara: Tatarabuela era la que siempre se ocupaba de organizar los rituales y celebraciones, de preparar los licores que tomaríamos durante las invocaciones y el pan para homenajear al Fuego purificador. Pero en esta ocasión, se había limitado a permanecer al margen: no había participado en la limpieza de la casa, ni tampoco en la preparación del banquete de celebración. Los ojos se me llenaron de lágrimas de tristeza. Me apresuré a secarlas: mi tatarabuela odiaría verme llorar. Mucho menos por ella.

No puede verte idiota, pensé. Y fue un pensamiento vertiginoso, afilado como una flecha. Apreté los labios y erguí los hombros, envalentonada.

- ¿Me escuchas? Quiero celebrar solsticio contigo - repetí - me gustaría...
- No estoy sorda  - la puerta se abrió con un rápido movimiento y me encontré mirando al alta figura de mi abuela, enfundada en uno de sus vestidos de lino que cosía ella misma. Su rostro permanecía oculto en la oscuridad - Ya se lo que dijiste.

No supe que responder. Tatarabuela parecía tan firme y fuerte como siempre...si no te fijabas en sus manos nerviosas que apretaban el quicio de la puerta y la manera como se balanceaba sobre sus pies. Apreté el talego contra el pecho y en un impulso, saqué la ramita de canela y me la puse entre las manos.

- ¿Quieres entonces?

Tatarabuela avanzó un paso. Su rostro quedó a la luz. El miedo me subió como un borbotón a la garganta y me obligué se quedara allí.  Su ojo derecho era blanco y opaco, como si una sustancia firme y gruesa lo cubriera. El otro tenía su natural color azul pero brillaba de una manera extraña. La combinación deformaba de una forma casi incomprensible el bonito rostro de mi abuela.

- ¿Todavía te quieres quedar? - dijo.

Ahora entendía por qué la tatarabuela había llevado cristales tintados por meses y luego, había decidido ocultarse en su habitación. En un momento de pura confusión pensé si debía a forzarla a salir de su voluntaria reclusión, si era respetuoso obligarla a hacer cualquier cosa que no quisiera en medio de una situación tan difícil. Reflexionaba sobre eso cuando el olor de la canela que sostenía me llenó la nariz y me envolvió. Sacudí la cabeza, como si hubiese despertado de un sueño y di un paso hacia ella.

- Sí...me quiero quedar - suspiré, avergonzada - bueno, si quieres que lo haga.

Ella continuó de pie junto a la puerta y luego, en uno de sus gestos airosos y frágiles, volvió a la oscuridad de la habitación, en la que no había ni una sola lámpara encendida. La seguí con el corazón latiendo muy rápido.

Sabía que abuela se ocupaba ella misma de limpiar la habitación de la tarabuela, pero a pesar de eso, reinaba en el lugar un cierto caos ruinoso que me conmovió. De ordinario, tatarabuela era muy ordenada y puntillosa y el desorden en sus pertenencias parecía un reflejo de su dolor y angustia. Había ropa sucia sobre sus adorados muebles de palo de rosa y sus libros estaban apilados de cualquier forma en una de las esquinas de su habitación. La ventana estaba cerrada y las cortinas de encaje corridas e incluso su pequeño jardín de Bromelias estaba seco y descuidado. Me quedé de pie en mitad de todo aquel lastimoso desastre, sin saber muy bien que hacer.

La tarabuela caminó entre las sombras y los objetos desperdigados con una extraña gracia. En la oscuridad plomiza de la habitación, parecía sentirse mucho más segura que en cualquier otra parte de la casa. No la vi tropezar no una vez mientras se dirigía a paso firme hacia su sofá favorito y se dejaba caer en él con un junto desmañado. Adelanto el cuerpo y parpadeó, como si pudiera distinguirme allí de pie a pesar de la penumbra que nos rodeaba.

- ¿Qué haces allí parada? - preguntó en voz alta - ven acá si es que te vas a quedar.

La obedecí de inmediato entre trastabilleos. Me dejé caer junto a sus pies, aún sosteniendo el talego entre los brazos. Se puso los gruesos anteojos que usaba desde hacia años. Sus ojos inquietantes parecieron aumentar el doble de tamaño.

- Entonces, ¿Qué acto de lastima es este? - exclamó con dureza - tienes abajo comida, diversión y la familia entera...pero prefieres venir ¿Aquí? ¿Con una vieja ciega?

La miré sorprendida. Tatarabuela siempre había sido una de mis personas favoritas y aún lo era. Me encantaba su loco y extravagante sentido del humor, sus historias misteriosas, incluso el acento europeo que aún conservaba. Suspiré, entristecida por su rabia y angustia.

- Quise venir porque esta es la noche en que las brujas agradecen lo bueno y bailan para conservarlo - respondí - y tu eres algo muy bueno en mi vida. ¿Te extraña tanto eso?

Tatarabuela no respondió. Se pasó la mano por su rebelde melena clara y enredó entre sus dedos un grueso mechón. La oí tomar una lenta bocanada de aire. De pronto fui muy consciente de los olores ácidos y desagradables de la habitación...y del pequeño aroma de la canela, colándose entre ellos. Tomé la rama y la sostuve entre las manos, como si me aferrara a su aroma fresco y crujiente en la oscuridad.

- A veces me pregunto si alguno de ustedes entiende lo que significa para mi perder parte de la vista - comentó en voz baja y cansada - si mis hijas, mis nietas o cualquiera de esta casa llena de ruidos y de entusiasmo, entienden el dolor de quedarme al margen, confinada en las sombras. Si saben lo que significa para mi este claustro que escogí sufrir.

No lo sabía, sin duda. Pero podía imaginarlo. Tatarabuela era una mujer determinada y poderosa, la primera de nuestra familia en cruzar el océano Atlántico para llegar a América. La que había trabajado a brazo partido para proteger a su familia en un país extraño, al que llegaba con el peso de la viudez y con dos hijas pequeñas de las manos. Era la mujer que había luchado por su familia y su vida durante casi cien años contra todo tipo de obstáculos y adversidades cotidianas. Sí, podía imaginar su dolor al verse disminuida de esa manera, al llegar al final de su vida en medio de las sombras. Un nudo de lágrimas me cerró la garganta. Me esforcé por disimularlo.

- No lo sé, Tati...pero si sé que de no ser por ti, yo no sería feliz - dije en voz muy baja para que ella no notara como me temblaba - y si tu quieres estar aquí, yo quiero estar contigo. Y celebrar juntas el Solsticio. El ciclo comienza. Para ti y para mi.

Ella se repantigó en el sofá y ladeó la cabeza. Me pregunté si a pesar de las cataratas, podía verme. Si algún instinto atávico e imposible le mostraba donde estaba yo en medio de las sombras. El pensamiento me gustó y me intrigó. Y también claro, me asustó.

- ¿Sabes celebrar el Solsticio sin ayuda? No podré hacer otra cosa que acompañarte - dijo en voz baja. Había un tinte amargo y duro en sus palabras que nunca había escuchado antes - no puedo hacerlo, aunque quisiera. Así que si vamos a Invocar el fuego purificador, tendrás que hacerlo tu sola.

Bueno, eso si que no me lo esperaba, pensé tragando aire. Para tratar de ganar tiempo y pensar en algo que decir - si es que había algo que pudiera añadir - deshice el talego y saqué las pocas cosas que habían en él: el cuenco para el agua, el incienso casero, las siete velas rojas. Después me quedé muy quieta, acariciando con los dedos la rama de canela. Dejé que el olor me rodeara y me relajara.

- ¿Por qué no te operas? - dije de pronto. Había escuchado a las tías preocuparse e insistir sobre la operación, lo mucho que podría ayudar a la tatarabuela.  La escuché revolverse incómoda en el mueble.
- Porque tengo ochenta y nueve años y quizás no sobreviva - me explicó a regañadientes - mejor ciega que muerta ¿No?

No respondí. Con cuidado, coloqué el recipiente con la tierra a mi derecha y la copa para el agua a mi izquierda. Vertí la poca que había traído en una botella de plástico. Noté que la tatarabuela parpadeaba al escuchar el sonido del agua borboteando.

- ¿Trajiste agua de rosas?
- La preparó tita E. ayer - le expliqué. Tatarabuela lo había hecho cada año siempre.

No dijo nada. Me levanté y comencé a ordenar todo lo que había a nuestro alrededor: arrimé los muebles atravesados de cualquier forma - ¿Habría tropezado con ellos? pensé preocupada ¿Se habría hecho daño? - doble la ropa limpia y arrojé a la cesta la usada. Luego volví a sentarme a sus pies y con lentitud, coloqué las velas a nuestro alrededor. Ella movió la cabeza de un lado a otro y de nuevo, pensé si podía verme. Si algún poder que yo no conocía, luchaba contra la ceguera y la vencía.

- Celebraremos juntas y el ritual lo haré yo - dije entonces en voz baja y sin ocultar mi nerviosismo - No sé si lo haré bien o será una celebración tan bella como las que sueles hacer tu, pero lo intentaré.

Tatarabuela no dijo nada. Fue un momento extraño, cargado de una rara tensión casi dolorosa. Cuando se inclinó hacia dónde me encontraba, temí me riñera o se mostrara desdeñosa. En lugar de eso, asintió con un gesto solemne y triste que me puso otra vez al borde de las lágrimas.

- Te acompañaré lo mejor que pueda.

Suspiré. Sentí que un hilo de miedo me recorría la espalda pero ya no había manera de retroceder. Tomé el yesquero de madera que había tomado de la cocina y lo levanté sobre nuestra cabeza. Una tensión casi dolorosa me recorrió los hombros y las manos. Recordé lo mejor que pude el brillo del Ritual del fuego, pero también su significado. Esa portentosa sensación de fe y renovación que brindaba sentido y belleza al ritual.

Encendí la primera vela. Parpadeé al recordar que tatarabuela solía decir que esa primera llama en mitad de la oscuridad era la puerta al conocimiento. El poder de las ideas. Me incliné y la bendije con voz temblorosa.

- Somos el conocimiento, el poder de crear y aprender - completó tatarabuela. Su voz tembló un poco como la llama. La vi apretar las manos sobre apoyabrazos del mueble con los dedos tensos - Somos...lo que el fuego purifica.

De niña, la tatarabuela solía decirme que hay poderes invisibles que las brujas podían comprender. Que más allá de las creencias en magia y portentos prodigiosos, la bruja era capaz de ver con los ojos de su espíritu las infinitas líneas de poder y conocimiento que sostienen el mundo. Me lo decía, sentadas ambas junto al fuego extraordinario del Solsticio, envueltas en su calor y en ese resplandor que llenaba el mundo. Esa explosión de colores radiantes que parecían crear otro cielo dentro del cielo.

Mientras encendía el resto de las velas, vi con los ojos de mi mente cientos de escenas parecidas: todas las ocasiones durante mi infancia en que el Fuego del solsticio había iluminado la noche, el amor que mi tatarabuela le profesaba al viejo rito. Y también, esa esperanza, esa sensación poderosa que nacía de algún punto en su interior y que me había heredado en cada celebración. Esa celebración intima que nos unía como un hilo incandescente. El conocimiento tan sutil de la sabiduría que procede de la tierra.

Y pensé en las cientos de lecciones que mi tatarabuela me había dado. Le tomé de las manos y apreté sus dedos sarmentosos, feliz de ser parte de su historia, de crear la mía a través de la suya. Pensé en las cosas invisibles que aún podía ver. En el poder de las cosas enormes que le daban identidad. Y ella me miró, con sus ojos en blanco, con su sonrisa firme, con su misterio triste y apergaminado. Y sentí amor, amor por ella, amor la tradición que compartíamos, por ese fuego extraordinario y enorme que ardía en su espíritu y el mio. En esa complicidad furiosa, elemental. En ese hoguera perenne que nos convertía en ramas de un mismo árbol resplandeciente.

Juntas, compartimos ese ritual torpe, en esa oscuridad de objetos olvidados y tristezas. Juntas, cantamos las viejas invocaciones, celebramos las viejas creencias. Y cuando la última vela se apagó, nos quedamos sentadas juntas en la oscuridad, rodeadas por el olor de la canela que acababa de quemar y el sonido de la celebración del jardín. La escuché inclinarse: Apoyó su mano en mi cabeza.

- ¿Saben lo que dicen sobre las brujas? - murmuró.
- No Tati.
- Que la humanidad es ciega, pero las brujas ven en la oscuridad.

Me abrazó y en medio del olor del fuego, sentí quizás el calor de la esperanza renacer en el pecho de mi tatarabuela.


***

- ¿Y cuando te puedes quitar las vendas?
- No sé.
- ¿No sabes o no me quieres decir?
- No sé y no te quiero decir que sé.

Solté una carcajada, le puse entre las manos la taza de té que había preparado para ella. Habían transcurrido dos días desde la operación de cataratas y tatarabuela se recuperaba con toda su fantástica energía. Nadie entendió muy bien qué la había hecho decidir finalmente acepta ayuda médica cuando tenía meses negándose, pero yo sonreí de pura felicidad y le guardé el secreto del ritual privado de Solsticio. Era un secreto entre ambas, quizás.

- Tati ¿De verdad crees que las brujas vemos en la oscuridad? - le pregunté asombrada aún por esas palabras. Ella ladeó la cabeza y me sonrío. La luz de la tarde entraba dorada y verde por la ventana abierta y la habitación entera resplandecía de gozo. Bajo las vendas blancas, su piel tenía un aspecto arrugado y frágil, pero lleno de vida. Era una combinación asombrosa.
- Creo que las brujas sueñan con lo invisible. Y creen que hay un buen motivo para traer esa ensoñación a la realidad.

Nos quedamos en silencio mientras el viento cantaba entre los árboles. Y sentí de nuevo, la sensación que ambas compartíamos un misterio, una mirada al infinito, una forma de soñar. La firme creencia en lo invisible, en la voz del viento.

En la capacidad de soñar.

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