domingo, 24 de enero de 2016

La voz de la Luna y otras historias de Brujería.




Para una bruja, el pasado es conocimiento, el presente una aspiración y el futuro, una idea a medio construir. Pienso en eso mientras abro el circulo de luz en el cual celebraré a la Luna, en donde bailaré desnuda con los brazos abiertos. En donde cerraré los ojos para recordar, crear el futuro y celebrar el presente. En medio de un circulo de velas que me recordarán el poder de la esperanza y la capacidad para soñar.

H. era la más más ancianita de mis tías y también, la más severa y en ocasiones antipática. Nos visitaba pocas veces en casa pero cuando lo hacía, vaya que era memorable. Nadie estaba a salvo de sus regaños, gritos y el toc toc toc impaciente de su bastón de madera. Y por supuesto, yo no lo estaba, con mi hábito de preguntar, impacientarme y desobedecer a la menor oportunidad.  Ya se había un hecho un hábito que me riñera con los brazos apoyados en sus amplias caderas, lanzándome miradas estrábicas desde sus anteojos de leer.

- ¡Eres insoportable! - me acusó una vez, al parecer escandalizada de mi energía inagotable - ¡No puede ser que no me obedezcas nunca!
- ¡Pero es que no quiero estar sentada y copiar cosas! - me quedé con los brazo cruzados - Titi, cuéntame una historia de la luna.

Tía hizo un gesto impaciente e inclinó la cabeza sobre el libro abierto que tenía sobre el escritorio. Me acerqué a ella y retorciendo el cuello, traté de mirarla a la cara. Por supuesto que, para hacerlo, tuve que casi tenderme sobre el montón de libros que estaban esparcidos a su alrededor y echar al suelo unos cuantos.

- ¡Pero niña! ¡Que desorden es este! - me reclamó. Reí.
- ¡Anda Titi! ¡Por favor!

Tía se quedó muy quieta y furiosa, con los brazos cruzados del pecho, pero a  mi no me importó. Quería de verdad escuchar sus historias. Porque además de severa, antipática y regañona, tía era también la bruja de la familia que sabia todas las historias sobre brujas del pasado, sobre el lenguaje del viento, sobre antiguas narraciones que nadie más recordaba. ¡Y yo quería escucharlas todas! Me encantaba la manera como mi tia comenzaba a desgranar esas viejas escenas, palabra por palabra y las traía al presente, las construía con todo el cuidado de su imaginación, de ese talento suyo para contar viejas glorias de hilos familiares de los que yo no sabía nada. Pero tía, como toda bruja que se precie, guarda sus secretos. Y había que insistirle un poco para que los revelara.

- Eres una niña muy insoportable ¿No tienes nada más que hacer que molestar a una vieja como yo? - se quejó entonces. Pero la vi ordenando los libros del escritorio uno a uno y supe, que quizás  - sólo quizás - querría contarme alguna de sus historias. Le supe por su expresión entre contenida y un poco soñadora, que siempre tenía cuando había tomado la decisión de contarme alguna cosa. Pero claro, no era algo fácil que eso sucediera.

- ¿Por qué celebramos la Luna Titi? - pregunté. Tía suspiró y miró la biblioteca a su alrededor con un gesto cansado.
- Cada vez que vengo me preguntas lo mismo - se quejó. Pero ya sabia yo que no lo decía en serio. Más de una vez, había tenido la sensación que tía disfrutaba mucho más de lo que admitía de mis preguntas y mi insistencia en escucharla hablar.  Me apresuré a sentarme en un banquito de madera que se encontraba cerca del escritorio.
- Siempre me dices algo nuevo.
- ¿Qué puede haber de nuevo en una tradición que tiene cientos de miles de años? - dijo con voz teatral. Allí venía, me dije entusiasmada.
- No lo sé. ¿Lo hay?

Suspiró. Se levantó con un gesto lento y muy elegante de la silla donde estaba sentada. Miró la biblioteca desordenada de mi abuela con un aire afligido que yo sabía era su forma de ordenar sus pensamientos y comenzar a narrar historias.

- No siempre, chiquita. Las historias se repiten una y otra vez a medida que transcurre el tiempo - me dijo en voz baja - se conservan, como tesoros. Son parte de todo lo que recordamos, sabemos, heredamos. Una bruja sabe todo lo que su familia guardó para ella. Ese es un pensamiento bonito.

- ¿Guardado como?

Tia me dedicó una mirada chispeante por encima de sus anteojos de leer. Aja, se estaba divirtiendo, yo lo sabía. Narrar cuentos era lo que más disfrutaba del mundo, aunque jamás lo admitiera y no se lo dijera a nadie. Pero yo lo sabía porque a mi me encantaba coleccionar sus historias, llevarlas entre los dedos como pequeños trozos del pasado que me permitían construir el presente. Y porque claro está - y eso nunca se lo había dicho a nadie - a mi también me apasionaba narrar nuestra vasta historia. Esa mezcla de escenas y sabiduría que salpicaba donde lo ocurría en la casa de mi abuela - la sabia, la bruja - y que eran parte de mi vida.

- La brujería no es una religión, tampoco un dogma. Es una creencia y como tal se transmite - empezó mi tia caminando frente a las apiñadas estanterías de  la biblioteca de mi abuela - de madre a hija, un hilo interminable de conocimiento que pasa de una mano a otra y se guarda, como un pequeño obsequio de conocimiento, para transmitir a alguien más. Una bruja recibe como obsequio todo lo que su familia guardó para ella, todo lo que vivió, conservo y le mostró el camino a seguir. Una bruja recibe no sólo conocimiento, sino también las sonrisas, lágrimas y dolores de quienes le antecedieron. La historia de la Luna, es la historia de sus hijas, de sus Maestras, de sus sabias, de sus curanderas. De sus brujas.

Vaya, como me gustaba esa frase, me dije columpiandome en el banquito. Con diez años, no había nada que deseara más que ser una bruja y aunque abuela solía decir que sin duda lo sería, a veces tenía mis dudas. ¡Había tanto que aprender! ¡Tanto que avanzar en el camino de la brujería! El Arte, como le llamaban las mujeres de mi casa. Es visión del mundo que era tan hermosa como discreta, simple como dolorosa. Una forma de avanzar a través del tiempo y del conocimiento. Una forma de crear.

- ¿Y cada madre debe enseñar a su hija lo que es ser bruja?  - le pregunté a tia, como lo había hecho tantas veces en el pasado. Era la forma de hacerla hablar, de continuar las grandes historias. Pero ella ya se sabía mis trucos y mis pequeñas trampas. Me dedicó una de sus raras miradas de ojos saltones.

- Mucha gente cree que la brujería es una forma de hacer magia, que es simplemente unir cabos y líneas para crear portentos que satisfacen la imaginación - dijo. Esa era una frase como de libro, pensé. Pero ella le brindaba una sonoridad cotidiana, una historia que pertenecía a todas, que era parte de cada una de nuestras vidas. Era un pensamiento que tenía con frecuencia y me hacia sonreír, me sorprendía por su trascendencia. Claro, yo aún no me sabía esa palabra y faltaban varios años para que pudiera utilizar con propiedad, pero sabía que la brujería - o al menos, como la entendían en mi familia - era una idea poderosa y bella más grande que mi misma. Ajena al tiempo y a la edad.

- ¿Y no es eso?
- La brujería nace del anhelo de todo espíritu curioso e impaciente por entender el mundo. Por cambiarlo y transformarlo a su medida - dijo tía. Su voz se volvió como de terciopelo, lenta y deliciosa y pensé en que quizás así era siempre en el pasado. Que por siglos - quién sabe cuántos - muchísimas mujeres habían escuchado de sus madres, tías y primas, la historia de la Luna. Una sabiduría muy vieja y quizás cotidiana, convertida en metáforas y símbolos. La magia de cientos de años de conocimiento reconvertidos en algo más perdurable, profundo y valioso - la brujería nace de la necesidad de aprender, de asumir la idea que todo lo que te rodea puede ser comprendido como un vehículo para crear, para sostenerse sobre tu pensamiento. Que lo sobrenatural no es otra cosa que la naturaleza desafiando tu imaginación, tu temor, tus límites. Es la tentación última, la idea más profunda que puedes encontrar en tu mente.

Tentación. Esa palabra si la conocía. Hacía unos meses, la Maestra de religión nos había contado como Eva había tentado a Adán para morder la manzana del bien y el mal, en pleno Paraíso Terrenal. Nos habló de la debilidad de Eva, de su vulnerabilidad y malicia. De como había seducido al aparentemente tontorrón Adán para darle un buen mordisco a la peligrosa fruta, a pesar que Dios en persona había insistido en no hacerlo. Levanté la mano de inmediato hubo terminado de hablar.

- ¿Que es tentación? - pregunté. La maestra me miró sin mucho interés.
- Es el impulso de hacer algo prohibido - me respondió - Eva tentó a Adán para morder la manzana y nos condenó a todos.
- ¿A que nos condenó?

La maestra parpadeó. La clase entera me miró con interés. Alguien se inclinó para susurrar en voz baja con su compañero de pupitre.

- A la muerte - dijo - Eva hizo a Adán morder la manzana y desobedeció a Dios.
- Pero Dios puso la Manzana.
- Sí.
- Y le dio Curiosidad a Eva.
- Sí - la maestra comenzaba a enfurecerse - y también le dio una orden. Y ella desobedeció. Y eso condenó a toda la humanidad a morir. La curiosidad debe tener un límite. Uno debe pensar en lo que le permitan.

Cuando le conté ese día la reacción de la Maestra a la mi abuela, se escandalizó. Suspiró profundamente - como siempre hacía cuando algo le disgustaba - dobló el periódico que tenía entre las manos y luego me dedicó una mirada lenta y preocupada.

- Todos tenemos derecho a pensar en lo que querramos - me explicó - sea conveniente o no. Sea admisible o no. Nuestra mente debe ser libre como el viento. Y debemos seguirla a donde sea que vaya.
- Pero Eva...- comencé. Abuela sacudió la cabeza.
- Adán y Eva son símbolos de cómo la Iglesia Cristiana comprende a la mujer. Para el Cristianismo, la mujer es solamente la costilla del hombre. Su opinión siempre será secundaria y sujeta a la opinión del hombre - me explicó con cierta tristeza - en el Génesis, "Eva" peca de desobediente por hacerse preguntas, por osada y sobre todo, por arriesgarse a hacer lo que cree debe hacer. Ese es un mensaje muy concreto: Toda mujer que piensa por si misma se condena a la muerte. A no ser mujer, sino una criatura temible y que nadie comprende bien.

- Y eso es malo - pregunté asombrada y desconcertada por lo que la abuela me decía. Ella sonrió.
- Eso es espléndido.Eso es poderoso. Todo hombre y mujer debe hacerse preguntas, debe desafiar límites, abrirse espacio donde no deberían hacerlo. Contradecir, luchar, argumentar, batallar por sus ideas. Es la única manera de aprender.

Recordé esa escena mientras la tía H. me miraba fijamente. Sonreí.

- La brujería es una manera de aprender - dije entonces, muy ufana. Tia inclinó la cabeza, con un gesto exquisito y teatral.
- La Brujería es la búsqueda de respuestas y eso, claro te conduce aprender. Es la sabiduría de la Tierra, el viento, las estrellas. Es la sabiduría de observar, comprender, asumir el riesgo del error. Es la sabiduría que depende de tu mente, de tu espíritu para crecer. Por eso las brujas siempre han sido temidas y rechazadas, perseguidas y asesinadas. Las hijas de La Luna buscan la verdad, la crean, la construyen.

Tia se acercó al anaquel de Cristal, donde abuela guardaba la mayoría de los libros de las Sombras de la familia. Apoyo una mano en la madera y pareció disfrutar de su calor, tu textura, su tacto rugoso.

- Las brujas son el símbolo del poder de la imaginación. Aprendieron el lenguaje de los viejos misterios del mundo, persiguieron sin miedo su propio conocimiento. Una bruja no tiene miedo a la tentación, a la furia ni a la muerte. Una bruja crea y sigue sus pasos. Una bruja sabe que todo conocimiento conlleva riesgos, que toda sabiduría es un paso en el camino. Que todo el poder reside en tu capacidad para crear, para la esperanza, para vencer el miedo. Una bruja es valiente en su vulnerabilidad, en su capacidad para caer en la tentación de conocimiento. Una bruja es una eterna soñadora.

Tia ladeó la cabeza para mirarme y me sonrió, un gesto muy raro en ella. Le sonreí también, encantada con lo que acababa de decir. Quise abrazarla muy fuerte para agradecerle lo que acababa de contarme, la manera como ella y todas las mujeres de mi familia me educaban. Pero ella no le gustaban esas cosas, así que me contuve.

- Las hijas de las Lunas bailan alrededor del circulo de la luz - dijo entonces en voz bajita y confidencial - para buscar el pasado y aprender de él. Para sostener el presente entre las manos. Para aspirar al futuro que espera por ellas. Recuérdalo: lucha siempre por crear lo que aspiras encontrar en ti misma. Crea magia, empezando por la más antigua de todas. Encontrar tu propia historia.


Sonrío, rodeada de velas, con la ventana abierta hacia el infinito. El cabello cayéndome despeinado sobre los hombros. El cuerpo desnudo y libre rodeado de luz. Y pienso en el tiempo distante, en el presente con olor a viento y vida plena y al futuro que se esconde más allá. En el camino de las brujas. De las hijas de las Lunas. De las eternas buscadores de la verdad.

5 comentarios:

Patricia Valenzuela dijo...

Exquisito..como siempre ...realmente un deleite leerte...gracias, muchas gracias !!!!

Carolina González Velásquez dijo...

Una maravilla de texto!!!

Karla Rodriguez dijo...

Maravilloso genial increíble me erizo la piel me tranquilizó mucho xq a veces No hay quien me comprenda en mi forma de ser y después de esta historia no intentaré cambiar

Karla Rodriguez dijo...

Genial maravilloso me erizo la piel me siento feliz por leerlo xq mucha gente del mundo no me comprende ahora sé que no intentaré cambiar jamás seguiré en busca de la verdad equivocandome Y aprendiendo de mis errores

Unknown dijo...

bellísima explicación felicitaciones

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