sábado, 23 de enero de 2016

Danza nocturna y otras historias de brujería.






Toda bruja es un espíritu salvaje en busca de sus propias fronteras. Para luego atravesarlas, olvidarlas, construir algunas nuevas. Toda bruja es desobediente, contradictoria, poderosa, misteriosa. Toda bruja...

- ¿Fronteras cómo? ¿Como si fuera un país?

Mi prima M., que tenía muy poca paciencia, me miró por encima de su libro de las sombras con un brillo irónico en sus grandes ojos negros. Parecía un poco fastidiada de aquella tarde de lectura, que por otra parte, no había pedido. Había sido uno de sus castigos por haber fumado en casa - ¡Qué escándalo! ¡Apenas con quince años! había dicho su madre - y quizás, el que menos le agradaba. A veces tenía la impresión que la prima prefería limpiar el suelo del pasillo, ordenar los libros de la biblioteca, incluso desbravar el jardín antes de sentarse a leer viejas historias a una niña inquieta de ocho años. Con toda seguridad por ese motivo, su madre le había ordenado hacerlo en al menos cinco ocasiones a la semana. Un buen castigo, además de dejar el cigarrillo, claro.

- Ni siquiera estaba fumando de verdad - le había escuchado quejarse con mi prima E., su amiga más querida y en quien más confiaba - simplemente aspiré humo y lo dejé salir. ¡Todo el mundo lo hace en el colegio!

Pensé en su tono angustiado y pesaroso mientras la veía allí, sentada con la espalda muy derecha y un libro entre las manos, tratando de disimular su mal humor. ¿Por qué querría fumar? me pregunté curiosa. No entendía muy bien el sentido de hacer algo que te hacia salir humo por la boca y la nariz, a menos que quisieras parecerte un dragón. Eso si que era divertido, pensé entusiasmada. Pero era poco probable que prima - petulante y malcriada - pensara en ese tipo de cosas. Seguramente le había parecido gracioso o incluso "cosa de adultos", como solía decir.

- De tu mente, Agla. Cosas que te impiden seguir pensando y creando cosas - me explicó de mala gana. Asentí en voz baja, asimilando la información.

- ¿Y que cosas son esas? - pregunté. Ella puso los ojos en blanco.

- ¿Me vas a dejar leer?

- Pero ¡Quiero entender que me dices! - me quejé - ¿Para que leerme todo eso si no sé de que me hablas?

- O sea que vas a hacerme preguntas en todas las páginas.

- Abuelita no se molesta.

Prima hizo un chasquido con la lengua para expresar su profundo fastidio, pero no me contradijo. Y era que ella sabía tan bien como yo que abuela - la sabia, la bruja - era alguien que disfrutaba las preguntas, que las escuchaba siempre con atención, que las respondía con enorme gusto. Era una de las cosas que más me gustaba de ella y la que me hacía quererla más.

- Las cosas que no te dejan crear son el miedo, las dudas, eso - respondió por último mi prima con supremo fastidio - ¿sabes? lo que siempre dice ella que son los lobos de la bruja. Pues eso.

Sí, había escuchado la frase. Abuela solía decir que las brujas, siempre deben luchar contra sus propios monstruos. Que deben mirarlos a los ojos, enfrentarlos con las manos desnudas, luchar con ellos hasta vencerlos. Y avanzar en el camino de su mente hacia el conocimiento. Claro está, era una bella metáfora pero yo todo lo imaginaba de manera literal: con los ojos de mi mente, veía una manada de hermosisimos y enormes lobos, que perseguían a una mujer pálida y de cabello muy largo. La mujer corría por un valle descampado, mirando atrás sobre su hombro, con el rostro contraído de horror y angustia. Corría y tropezaba, con el viento cortándole la cara. Escuchando el aullido cada vez más cercano de los lobos. Entonces, sin que yo supiera por qué, se detenía. Los puños apretados, el rostro tenso. Se volvía para mirar las figuras que corrían para alcanzarlas. Que gruñian y lanzaban dentelladas al aire. Y de pronto, ella también corría pero para enfrentarles, gritando, el puño alzado. Poderosa, solitaria y...

- ¿Agla? ¿Me estás prestando atención? - protestó mi prima, como si fuera imperdonable que además de tener que leerme yo cometiera el desatino de ignorarla. Parpadeé, intentando volver al mundo real desde mis fantasías.
- Me decías de los lobos.
- Bueno, eso es todo. Es simple como eso. Las brujas no obedecen a nadie, no escuchan a nadie que no sea su corazón y su espíritu. Son fuertes porque deben...porque siempre deben....

Se calló y se mordió el labio inferior. La miré, intrigada. Parecía abrumada y cansada.

- ¿Sabes? nunca entiendo porque dicen esas cosas y cuando uno hace algo de verdad audaz, entonces te castigan y te arman un alboroto - dijo en voz baja. Tanto, que pensé que hablaba para ella más que para mi - no entiendo entonces por qué hablan de libertad y esas cosas. Es un poco hipócrita ¿No?

Lo pensé. Las pocas veces que abuela me había prohibido algo desde que vivía en su casa me parecían bastante razonables. No podía montarme en el techo de la casa - una ruta peligrosa desde la ventana de mi habitación - ni tampoco treparme a la última rama del árbol más viejo de la casa. Tampoco correr sin pantalones largos - a riesgo de despellejarme las rodillas - o comerme los mangos del vecino - y tener que soportar sus gritos -. En resumen, la mayoría de las cosas que no me dejaban hacer me evitaban los problemas. Muy pocas veces abuela me había prohibido algo realmente divertido y que me gustara.

- ¿Que es hipócrita?
- Decir una cosa y pensar otra - dijo mi prima con cierto retintín de tedio, sin duda fastidiada que yo fuera tan pequeña y preguntona - Es decir, ¡Soy una bruja! ¡Se supone que puedo hacer lo que quiera y está bien!
- Como fumar ¿No?

Me dedicó una mirada asesina y cerró el libro con un golpe que sonó apagado y violento. Las mejillas se le colorearon de furia y me pregunté si me gritaria o me daría un empujón, como hacía a veces cuando estaba tan disgustada. No lo hizo.

- Decidí fumar. Nadie me obligó - me dijo, casi a los gritos - soy una mujer mayor y quería saber que se sentía. Porque eso es lo que manda la brujería ¿No? Que me enfrente a todo, que haga lo que quiera.

Bueno, la verdad en ningún libro de las Sombras que mi abuela me hubiese leído decía eso. Lo que si decía es que una bruja es una mujer fuerte, que sabe de temores y dolores y que aún así, puede sonreír, gritar de felicidad, llorar a lágrima viva. Que sabe leer en su propio corazón lo oscuro y lo temible para encontrar lo brillante y lo sabio. No entendía muy bien de qué iba aquello...pero si estaba segura que no tenía mucho que ver con "hacer lo que uno quisiera" sin detenerse a pensar un poco si eso era bueno o malo. Pero, vamos ¿Qué sabía yo? apenas tenía ocho años y me esforzaba por aprender todo lo que las brujas de la familia trataba de enseñarme, sin lograrlo siempre. Tal vez prima M. tenía razón y parte del poder de la bruja era meterse en líos serios y...

No sé por qué, en ese momento recordé a tio L., que era el hijo menor de la abuela y que tenía una capacidad enorme para meterse en problemas REALMENTE serios (Así, en mayúsculas). En una ocasión, hacía unos cuantos meses, tío había tomado el automóvil de mi abuelo para salir con una muchacha y había conducido a toda velocidad. Porque "los chicos grandes conducen así" había dicho al día siguiente, cuando regresó con la puerta del coche destrozada y un buen moretón entre las cejas. Abuelo y abuela le habían reñido muy mal en la cocina. Sobre todo mi abuela parecía especialmente furiosa.

- ¡Pudiste haberte hecho daño de verdad! - le gritó - ¡No se trata del automóvil, se trata de ti y que no puedas cuidarte!

Escondida en la puerta que daba al pasillo del salón, miré como el tío se encogía ante la voz de mi abuela. Vaya que debía ser terrible que te dijera esas cosas, pensé asombrada de verla tan disgustada. Mi abuelo, a su lado, sacudía la cabeza.

- Pero es...perdí el control - se excuso tío - de verdad no estaba bebiendo ni nada. Iba rápido como todo el mundo y ...
- No se trata de lo que hacías o cómo pudiste evitarlo. O incluso, quien lo hizo antes que tu. Se trata de cómo te pusiste en una situación semejante - dijo mi abuelo con voz triste - a veces hijos, somos responsable de nuestra vida en la medida que somos capaces de saber que es bueno para nosotros y que no lo es. Es responsabilidad, ni más ni menos.
- Somos capaces de decidir lo que puede hacernos bien y mal - añadió mi abuela, ya no tan molesta - y también, asumir las responsabilidades por lo que hacemos. Eso es lo que hace una mente fuerte. Una mente débil simplemente corre riesgos sin aprender nada de ellos.

Pensé en mi prima, que se jactaba de hacer todo lo que quería. Y siempre lo hacía, más o menos: recordaba la vez en que se había ido todo un fin de semana para acampar en el Ávila junto con un grupo de amigas. O la ocasión en que había decidido viajar a solas a Europa para conocer a nuestros parientes Italianos. Siempre lo había hecho sola, para asombro y preocupación de mi tia. Pero hasta ahora, jamás nadie la había detenido. Jamás nadie le había dicho que hacer y que no hacer. Me pregunté por qué ahora era diferente.

- Porque supuestamente fumar te hace daño - me explicó cuando se lo pregunté - pero igual, si hace daño o no, es mi decisión. Y quiero vivir la experiencia. Quiero fumar y dejar de hacerlo porque me da la gana.

Ahora parecía una niña pequeña, enfurruñada y con las mejillas color carmesí por la furia. Me quedé mirándola, sin saber que responder. No sabía mucho de lo bueno - o malo - que podía ser el cigarrillo y no sabía qué opinar sobre eso. Pero sobre lo que si podía opinar era sobre la idea de hacerte daño porque nadie te detendría. A pesar de de ser una niña pequeña, tenía algunas cosas que decir al respecto.

- La abuela siempre dice que las brujas somos poderosas porque decidimos cosas que nos enseñarán algo más - dije entonces - que cada una de las cosas que hacemos, son para aprender. Para hacernos fuertes, para hacer más sabio el corazón - me toqué el pecho y mi prima me miró entre incrédula y burlona - Un cigarrillo no te da nada de eso. ¿O si te lo da?
- Eres una mocosa y no sabes nada de nada - me dijo. Camino de un lado a otro de la habitación, con los puños apretados junto al cuerpo - fumar te da cosas. Le caes bien a las muchachas grandes del colegio, la gente cree que eres inteligente. Hace que la gente que te ve haciéndolo sepa que eres una mujer ya. ¿No es eso genial?

Me encogí de hombros. Una vez, había caminado por el borde la ventana de un salón de clases sólo para demostrarle al grupito antipático de Gloria - la niña más popular del colegio - que podía hacerlo. Estuve a punto de caer dos pisos hacia el jardín, pero al final, lo había logrado. Gloria me había dedicado una mirada fastidiada y después se había olvidado de mi. Me sentí como una tonta mucho rato.

Pero seguro no era lo mismo, me dije de inmediato. Seguro que en el mundo de las muchachas grandes las cosas eran distintas y sin duda más complicadas. Pensé en el fragmento del Libro de las Sombras que la prima me estaba leyendo "Una bruja es tan fuerte como su duda más íntima, una bruja es tan sabia como su momento más inocente. Una bruja es tan firme como su momento más vulnerable. Una bruja crea su mundo. Toma decisiones, avanza con paso firme para encontrar un lugar donde erigir sus ideas más privadas. Una bruja tiene miedo pero sabe que puede vencerlo. Una bruja sabe que la sabiduría se crea de errores". No entendía la mayoría de las cosas que decía ese fragmento pero si sabía algo claro: Una bruja puede hacer lo que quiera, pero también saber que lo que quiere no siempre es lo mejor para ella, ni lo que le enseñará mejor.  Y eso lo sabía a pesar de mis ocho años - casi nueve, me repetí ufana - y que aún no era guapa, alta y mayor como prima.

- Si la gente tiene que verte fumar para saber que eres lista y que le caigas bien, no es gente que te conozca - dije, encogiendome de hombros - un cigarro es una cosa. Tu eres una persona.

Prima se inclinó mirándome con los ojos entrecerrados. Ahora si parecía verdaderamente furiosa, con la respiración agitada y la boca de piñón muy apretada.

- ¡No sabes nada! El mundo de la gente grande es muy distinto al de los mocosos como tu - me espetó en pleno rostro - no es fumar, es que hay cosas que hay que hacer para que los demás te respeten. Para que los demás quieran hablar contigo. Para que los demás piensen que...
- ¡Pero si necesitan eso entonces no quieren saber nada de ti, sino que seas como ellos! - le respondí. ¡Era una idea tan clara! Recordé lo asustada que había estado todo el rato al cruzar por la ventana abierta frente a todas las niñas del colegio, el miedo que me había dado resbalar y caer. ¿Todo para qué? ¿Para que Gloria me mirara una vez sin reírse de mi? Esa idea me fastidió mucho tiempo.
- ¡No sabes nada! - repitió prima y dio una patada en el piso - ¡Eres una mocosa estupida!

Se fue dando un portazo. Me quedé sentada en el suelo, sin saber que había hecho para disgustarla tanto. Cuando la abuela vino para ver por qué tanto escándalo, me encontró allí a solas, con la cabeza inclinada, un poco avergonzada por haber hecho disgustar a prima.

- Y le dije que si las cosas eran así, era que no la conocían - terminé de explicarle a abuela un rato después, sentada en sus rodillas - pero creo que a ella le molestó que le dijera eso y se fue.

Abuela asintió y me acarició las mejillas. Parecía preocupada, conmovida y distante. Y como siempre, una mujer muy sabia, con sus ojos color miel brillando de inteligencia y el cabello cobrizo recogido a la nuca en una trenza apretada.

- Hiciste bien en decirselo, pero supongo que ella no quería escucharte - comentó al final - no es sencillo crecer, mi niña. Y tu prima está atravesando justo el paso entre ser una jovencita a una mujer. Todo cambia a su alrededor. Todo se hace más duro y extraño. Y ella debe mirarse así misma y comprenderse mejor que nunca.
- Y fumar - dije. Abuela apretó los labios, preocupada.
- Supongo que es de las cosas que debe hacer.
- ¿Es bueno?
- Nada que te haga daño y que pueda ocasionarte algún trastorno de salud, será bueno - me explicó tajante - pero tu prima, ahora mismo, cree que es necesario correr ciertos riesgos para encajar a su alrededor. Pero ella sabe que la última palabra de todo esto, la tiene ella. Que ella debe asumir sus responsabilidades y comenzar a vivir su vida, como la piensa y la desea y no como se supone debe vivirla.

No entendí nada de lo que la abuela decía y pensé que el mundo adulto era muy complicado y extraño. Le eché los brazos al cuello y escondí mi rostro en su  hombro.

- Ser grande es un tedio - opiné. Abuela soltó una carcajada.
- Ser grande es una aventura. Y lo mejor que puede hacerse es vivirla con valor.

Pensé en mi tío y el coche destrozado y en prima, enfurecida por "querer hacer de todo". ¿Como sabias que hacer o qué no hacer? ¿Que era correcto o que no lo era? Me quedé pensando en que el mundo de la gente grande era una combinación de deseos y pensamientos que nunca llegaban a encajar en ninguna parte. Una especie de rompecabezas gigantesco del que casi nadie tenía la pieza correcta.

***

Esa noche, me despertó el sonido de alguien caminando por el pasillo fuera de mi habitación. Con la imaginación salvaje de mis ocho años, me quedé convencida que se trataba de algún monstruo fugitivo - y torpe, había que escuchar el escándalo que hacía al caminar - y que seguramente, venía para asustarme. Tomé el tubo de metal del armario y abrí la puerta, dispuesta  repartir bastonazos y enfrentarme a la criatura malvada que avanzaba por el pasillo con un sonoro toc toc toc.

El triángulo de luz de mi habitación irradió hacia la oscuridad y distinguí con toda claridad una forma alta y delgada que se detenía por el sonido. Reconocí de inmediato su cabello revuelto y sus enormes ojos enfadados. Encendí la luz del pasillo y prima volvió a apagarla con un shhhhh enfurecido.

- ¡Me van a descubrir! - murmuró. Me tomó del brazo y me hizo entrar a la habitación de nuevo - quedate tranquila, no pasa nada.

La miré boquiabierta. Iba muy maquillada y llevaba un vestido de fiesta tan apretado que le sacaba curvas por todas partes. Se veía preciosa, como una muñeca recién acicalada. Pero también...como una mujer que no era mi prima. No entendí que ocurría.

- ¿Para donde vas? - le pregunté confusa - es como que muy tarde. ¿Para donde vas?

Me hizo de nuevo señas para que bajara la voz y la miré fastidiada. Prima apretó los labios maquilladisimos frustrada.

- Voy a una fiesta que me invitaron - me explicó a regañadientes.
- Pero no tienes permiso - le recordé boquiabierta. Prima soltó una especie de jadeo de impaciencia.
- Lo sé, por eso voy escondida. Pero tengo que ir.
- ¿Tienes por qué?
- Porque sino voy a parecer una niña estupida. Tengo que ir.

Miró el reloj en su muñeca. Se acercó a la puerta.  Se la veía bella pero también cansada, muy nerviosa. Me recordó a mi misma, atravesando un barandilla de metal con los brazos abiertos sólo para sorprender a una niña a la que caía muy mal. Me acerqué a ella.

- Oye pero esa gente lo único que quiere es que hagas cosas que te asustan o que no quieres - le dije - en serio ¿Por qué lo haces?
- Mira ¡No voy a volver a discutir contigo! - dijo entre susurros - ¡Basta de portarte como un necia regañona! ¡Voy porque me da la gana! ¡Soy una bruja y hago lo que me provoca!
- O lo que esa gente te dice - le recordé. Me dedicó una mirada que echaba chispas.
- ¡Eres una estupida sabionda! - me dijo entre susurros - ¡Santurrona!

No respondí. La verdad, la veía tan asustada que no me molestaban sus regaños y pellizcos. Cuando se acercó a la puerta, la tomé de la falda y tiré de la tela para obligarla a mirarme.

- ¡Ni se te ocurra chismearle a la abuela! - me dijo aun muy furiosa.
- No lo hago. ¿Estás loca? - dije ofendida - Pero acuerdate, hacer lo que uno quiera también tiene que ver con hacer...lo que uno debe hacer.

¿Y de dónde había salido eso? me pregunté asombrada. Sabía que había leído algo así por alguna parte, pero nunca pensé que podía encajar tan bien en esa discusión tan extraña. Prima me dio un empujón y se soltó de mi.

- ¡Ay sí! ¡La sermoneadora! ¡Vete a dormir!

Cerró la puerta. Escuché sus tacones de mujer grande hacer ruido hasta llegar a la escalera del fondo. Imaginaba que llegaría hasta el saloncito pequeño y saldría por la puerta de atrás. Me asomé por mi ventana para verla.

Afuera de la reja de la casa, esperaban un grupito de muchachos y muchachas riendo y batiendo palmas. Uno de ellos, daba saltos y hacia cabriolas mientras las demás reian. Todos iban vestidos muy modernos y con colores chillones - o eso me pareció ver desde la distancia - y parecían impacientes. Cuando la prima apareció por allí, levantando las manos y riendo, todos la recibieron con un escándalo de voces y risas.

- ¡Callense! - la escuché decir a la distancia. Todos la abrazaron, se empujaron. Alguien levantó algo brillante. ¿Una botella? me pregunté sin distinguir bien que era. Abrí la hoja de la ventana para intentarlo mejor. Prima levantó la cabeza, como si hubiese escuchado el chillido del cristal contra el yeso de la ventana.

Y entonces me vio allí. Una niña con una pijama de franela y el cabello en punta, mirándola muy atenta. Nos miramos a la distancia y me pregunté preocupada, si de mayor, tendría que hacer cosas así para agradar a los demás, para agradar y para ganarme esas sonrisas y palmas. Era una idea un poco triste, me dije, mirando a prima que ahora estaba de pie allí, rodeada del grupo bullicioso y me miraba. Se veía un poco rara, con su cabello tan peinado y la ropa de gente grande que llevaba. Recordé que hacia muchos meses atrás, prima había sido muy buena conmigo. Me había cuidado y protegido en los primeros días angustiosos en aquella casa enorme llena de ruidos. Ahora sólo me miraba, mientras sus amigos bebían de la botella - ah, sí era una botella, me dije por fin - y se la pasaban unos a otros. Alguien le puso otra botella entre las manos - ¿de donde salían tantas - y ella la sostuvo, sin dejar de mirarme. Se la veía como otra persona, tan maquillada, tan distante. Y me convencí que prima quería a otra gente, de su edad, que era osada y divertida como ella, me dije. Y no a mi, quizás, que era una niña sabionda y fastidiosa.

Cerré la ventana y me fuí a mi cama de nuevo. Suspiré, entristecida, pensando que crecer era algo extraño que sin duda te dejaba huellas donde nadie podía verlas. Esa idea casi me saca lágrimas, pero entonces, sentí flotaba en el cansancio de la madrugada y las lágrimas desaparecieron en el silencio que vino después.


La bruja corría con toda la fuerza de sus piernas por el valle. Los lobos la perseguían. Eran tantos, tan fuertes. Cuando se volvió a mirarlos, sintió un miedo insoportable. Iba a morir, pensó. Sin duda moriría, entre las fauces y mordidas de aquella jauría ruidosa. Iba a morir pero aún así, valía la pena seguir corriendo, se dijo. Y lo hizo, moviendo los brazos alrededor del cuerpo, con los labios apretados para no llorar.

El olor de los lobos parecía tan cercano, tan insoportable. Tan duro. Carne viva y caliente. La amenaza. La muerte, tan cerca. La bruja sintió el corazón retumbar en su pecho, calentarle la piel. El miedo era sofocante, cegador. El miedo que lo llenaba todo, confundido con los aullidos de los lobos.

Entonces se detuvo. Nunca sabría por qué lo hizo. Simplemente dejó de correr y sintió que el miedo se disolvía en su espíritu. Se quedó allí, jadeando por la carrera y el nudo de pura emoción que le cerraba el pecho. Los lobos más cerca, el aullido que hacía se le erizaba el vello de los brazos. La muerte, en el sonido del tropel de cuerpos que se aproximaban a ella.

Cuando se volvió para mirarlos, sólo vio la ondulada superficie de un sueño. Una pesadilla. El lomo plateado de los lobos. Las fauces apareciendo y desapareciendo en la oscuridad. Y corrió hacia ellos, llorando y gritando, tan libre. Tan decidida, tan osada. La bruja gritando de la felicidad atolondrada de vencer el miedo. De enfrentarse a él con todas sus fuerzas.

- ¿Agla?

Abrí los ojos. Prima estaba allí, sentada al lado de mi cama. Seguía maquillada y peinada, pero se había puesto una franela sobre el vestido cortísimo. Y sonreía en la oscuridad.

- ¿Prima? - murmuré medio adormilada. ¿Y los lobos? Ella asintió y me dio un empujoncito.
- Hazme lugar. Voy a dormir aquí.

La obedecí desconcertada. Rodé un poco más allá y ella se acurrucó a mi lado en mi cama de niña. Me abrazó y yo la abracé también.

- ¿Ya viniste de la fiesta? - ¿estaría soñando? me pregunté. Prima me acarició el cabello revuelto.
- No fui - murmuró - O sí...pero decidí que hay cosas que no son tan importantes. O que simplemente, no valen la pena.

No tuve idea a que se refería. Empezaba a quedarme dormida. Prima apoyó su cabeza sobre la mía.

- Duermete, es tarde - murmuró. Asentí.
- ¿Es mucho mucho de la madrugada?
- Es sólo de noche.

Sentí que flotaba, que prima y yo remontábamos la oscuridad de la habitación con olor a canela y volábamos hacia las estrellas fuera de la ventana. La escuché reir.

- ¿Las estrellas?
- Sí - dije casi dormida - es que son...

Ahora volábamos en sueños, las dos juntas, tomadas de la mano. La ciudad se veía pequeña y lejana y la montaña, una mole de sombras verdes más allá.

- Eres una brujita loca - le escuché decir ¿Estaba llorando? ¿Y yo seguía soñando? - una brujita loca que al parecer, a veces tiene razón.

Debía estar soñando, me dije mientras seguía avanzado en vuelo raudo y rápido hacia las estrellas, hacia la mancha púrpura y parpadeante del infinito. Y entonces sonreí, lejos de los aullidos de los lobos y me dejé llevar por el viento.

***

- ¿Todavía recuerdas eso?

Prima, convertida en una mujer adulta de rostro delgado y bello sonríe. Me encojo de hombros, colgándome el morral al hombro. ¿Como fue que acepté acampar con esta mujer? me digo por enésima vez. Ella se ve llena de energía, con el cabello recogido y los ojos brillantes de entusiasmo.

- Claro, fue la única vez en tu vida en que me diste la razón - comentó. Prima ríe y me se ajusta los zapatos de correr.

- Estabas soñando, no hice eso.

- Claro que sí. Te escuché, aunque ya estaba dormida.

- Ya sabes, las brujas a veces cometemos errores...el truco es aprender de ellos - me dice. Y reímos juntas, mientras caminamos por el camino que nos llevará a la montaña. Me asombra la osadía de mi prima, esa real y furiosa capacidad para crear y soñar. Esa necesidad de hacer siempre lo que desea y aprender de eso. Me hace sonreír recordarla como adolescente, como la chica que aprendió a crear a pesar del dolor.

- Entonces tu has aprendido mucho.

- Te voy a arrojar al primer riachuelo que encuentre - me amenazó. Corrió y la seguí, riendo juntas - eso te enseñará, santurrona.

Reímos otra vez. Miro el cielo, tan amplio e interminable, azul cobalto, tan lejano y cercano a la vez. Y pienso que los lobos jamás podrán alcanzarnos aquí. Que las fronteras y los límites parecen lejanos y poco importantes en esta inmensidad silenciosa. Y sonrío feliz. Por la niña que fui y la bruja en que me convertí.

1 comentarios:

zaira yaissa uribe cabezas dijo...

Me encantan tus historias,tus anécdotas. Hace poco empecé a leer lo que escribes y me ha parecido encantador, he aprendido mucho. Incluso he empezado a compartir estas lecturas con mi hermana pequeña que escucha fascinada cuando se las cuentos, tus anécdotas son geniales para ella y para ni que hasta ahora estamos empezando a vivir. Gracias por compartir tu sabiduría de bruja con nosotras

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