lunes, 25 de enero de 2016

ABC del fotógrafo curioso ¿Por qué fotografiamos lo que fotografiamos?


De la serie "desolación". Autorretrato.



En una ocasión leí que ningún fotógrafo deja de fotografiar jamás. Que lo hace incluso aunque no lleve la cámara entre las manos y que se trata más de un impulso creativo, que de una noción sobre el tiempo y la forma como comprende el espacio que otra cosa. Es cierto: estoy convencida que nadie que haya comprendido el mecanismo poderoso e intelectualmente desconcertante de crear a través de las imágenes, pueda dejar de hacerlo. O mejor dicho, pueda sustraerse de la experiencia inaudita de crear a base de experiencias sensoriales traducidas en imágenes. En resumidas cuentas, mirar la fotografía como una ventana que expresa ideas artísticas complejas y además, nuestra personalidad como autores en pleno crecimiento.

Comencé a fotografiar siendo aún una niña. Y lo hice con el entusiasmo de los niños. Con once años, intenté captar todo lo que veía a mi alrededor en imágenes. Fotografiaba cualquier cosa, a toda hora y sin ningún motivo: árboles, calles, paisajes urbanos, animales, piedras, basura, el cielo, el Ávila cien veces, escenas medio robadas a lo cotidiano. Pero sobre todo, fotografiaba rostros. Me obsesioné con los rostros por esa capacidad para transformar la realidad en otra cosa, por la manera como me contaban historias, por contener el mundo en miradas, sonrisas, pequeños gestos que me parecían casi milagrosos. Eran tiempos de fotografiar con inocencia: no pensaba en componer, en encuadres, en problemas técnicos, en discurso fotográfico. No tenía idea de que era aquello y no la tendría en mucho tiempo. Y por ese motivo, fotografiaba con una libertad ingenua. Tenía una cámara Kodak de esas muy baratas y gastaba un par de rollos semanales —porque la era digital aún se encontraba a varios años de distancia— en ese afán de coleccionar momentos e historias tan travieso como desordenado. Era un pasatiempo solitario, ese de coleccionar rostros. Una manera de quizás comprender el mundo en su esencia: Quienes somos.

Pero con once o doce años, yo no pensaba en términos tan complejos. Quería fotografiar, eso era todo. Miraba las fotografías, asombrada de poseer —de esa manera un poco accidental como se poseen los momentos ajenos— todos esas caras, las expresiones, las historias que contaban. Era la observadora, la que imaginaba historias en esas imágenes anónimas: El anciano que cruzaba la calle, la mujer despeinada de pie en una esquina, el muchacho saltando en la plaza. ¿Quiénes eran? ¿Cómo habían llegado allí? ¿Por qué el anciano tenía esa expresión de agotamiento, al caminar, paso a paso? Me había permitido fotografiarlo con cierta desconfianza, hacia la cámara y hacia la niña desconocida vestida de uniforme escolar que le había puesto la cámara de plástico bien cerca del rostro. ¿A dónde iba? Me pregunté mirándolo cojear y alejarse por la avenida, llevándose su tristeza a cuestas. O así lo quise imaginar. ¿Por qué había fotografiado a la mujer de rostro hinchado, con mucho labial que me ignoró con un gesto furioso? El muchacho sonrió cuando lo fotografié y me pregunto por qué lo hacia. Pensé la respuesta un par de minutos antes de decir cualquier cosa.

—Por Curiosidad —respondí. Y me sorprendió escucharlo decir. ¿Era tan simple todo? Me pregunté cuando miré la fotografía del muchacho: el rostro cubierto de sudor, las mejillas sonrojadas, los ojos muy vivos y radiantes en el papel. Sí, lo era. Me intrigaba ese misterio del otro, esa historia de cada arruga, de cada cicatriz, del tamaño de los ojos, de la simetría de los rasgos. Me gustaban los rostros porque eran distintos entre sí, variaciones infinitas del mismo tema, una manera de entender el mundo en su diferencia. Y también habían historias allí, que podían leerse en la textura de la piel, en las sonrisas cansadas, en los ojos que miraban a la cámara o en ocasiones, trataban de ignorarla. El mundo reflejándose en todos nosotros, un lenguaje diminuto que solo a veces podría comprender.

Durante toda mi adolescencia, continué fotografiando rostros. Nunca me consideré retratista o algo parecido. Ni siquiera me llamé fotógrafa en ningún momento sino hasta mucho más adelante y con un considerable esfuerzo. En mi manera de analizar mi relación con la imagen, esa sensación de pasional necesidad por fotografiar, poco o nada tenía que ver con esa pureza visual de los maestros que admiraba, con esas exquisitos retazos de luz y sombra que coleccionaba a escondidas. Había algo puramente orgánico en esa búsqueda de respuestas, en ese análisis del mundo a través de los rostros anónimos: Quería comprenderlos. Quería construir para ellos un lugar en el mundo de mi mente. Había algo definitivamente duro, en esa idea de perdida del anonimato, de arrebatar nombres o inventar alguno, para las protagonistas de mis imágenes. Había algo inquietante y bello en comprender que quizás no volvería a ver a ninguno de ellos nunca, pero conservaría sus rostros. Ese momento suspendido en el tiempo donde me habían mirado, flotando por instante en esa necesidad mía de fotografiar.
Entonces me tropecé con el trabajo de Diane Arbus. El término no puede ser más correcto: me tropecé con un libro sobre su trabajo en una de esas librerías polvorientas que tanto me gustan y a mis diecisiete años, sentí que nunca había comprendido la fotografía mejor que en ese momento en conocí su trabajo. Todos esos rostros extraños, inauditos. Todas las escenas de folletín, arrancadas de la realidad era como una hoja perdida del libro de la normalidad, de lo que se mira sobre la superficie, de lo que no se quiere mirar. Mucho después, conocería a Nan Goldin y su pornografia de lo cotidiano y fue como admirar el mundo a través de la rendija de la puerta que Arbus había abierto en mi mente años atrás. Y es que en ambas, en esa obsesiva búsqueda de la idea que se desliza, del tiempo que se resquebraja en los rostros, en lo que no se cuenta, en lo que se esconde, encontré tal vez esa pura inspiración para continuar buscando un significado de la imagen que podría nacer, de la necesidad de encontrarme en cada rostro anónimo que captaba a través del lente de mi cámara.

Ya lo decía Susan Sontag: fotografiar —a alguien— es conferir importancia. Y sin duda, había un poco de eso: recuerdo que en una ocasión me dediqué por semanas a ordenar mi cada vez más numerosa colección de rostros y encontré que cada uno de ellos tenían un especial significado para mí. Aún más: sentía amor por todos aquellos desconocidos que había eternizado en el lente de plástico de mi cámara. Había un poco de mí en cada uno de ellos. Había una opinión en la fotografía del hombre con expresión de furia que después me había gritado por fotografiarlo. Había una interpretación en la figura amplia y generosa de la mujer de pie junto al coche lujoso. ¿Qué estaba mirando al fotografiarlos? ¿Qué deseaba decir? ¿Qué intentaba eternizar?

Amaba ese poder de la normalidad, concluí. Y es que hay un poder enorme, en encontrar belleza en lo visto demasiadas veces, en lo que creemos habitual, conocido, cansón. Existe un cierto asombro en redescubrir otra dimensión de lo aburrido, de lo muchas veces machacado. Me asombré en que todo fuera tan sencillo, pero a la vez tan profundamente significativo: El rostro humano como una manera de construir mi opinión sobre el mundo. Esa decisión muy consciente tal vez, de asumir la banalidad de este todo de circunstancias y omisiones que llamamos realidad.

Comencé a estudiar fotografía formalmente casi a la mitad de la veintena y ya por supuesto, tenía una idea muy clara y concreta sobre el motivo por el cual fotografiaba, lo que buscaba en el hecho fotográfico. Como autorretratista, me observaba con una atención desquiciada y cruel, como retratista interpretaba el mundo a través de lo único que realmente podía contarme una historia: sus protagonistas sin nombre. La combinación de ambas cosas, me hizo mirar la técnica, los conceptos, la misma necesidad de educarme desde otro punto de vista: encontrar lo que deseaba contar. Porque comprendí que la fotografía encuentra las historias escondidas, las que pasan desapercibidas, las que se deslizan entre ese todo borroso que llamamos realidad. Y la realidad, la historia más hermosa está construida con arrugas, con defectos, con la imperfección que es otra manera de llamar a la intimidad. La realidad en imágenes es la manera más profunda de asumir el paso del tiempo, de elaborar ideas concretas sobre el futuro y comprender el pasado. Si alguna vez decidí ser retratista —sin saber que lo hacia— fue justamente por ese capacidad de evocación del rostro humano, de su historia, de la fragilidad de lo que cuenta cada pequeña singularidad de su cuerpo. La profunda ternura de encontrar una manera de mirar el tiempo a través de la historia que no se cuenta, sino que se muestra. Se adivina. Se crea.

Todavía sigo recorriendo la calle cámara en mano, buscando historias y rostros. Ya no lo hago con la libertad de la niña, con la ingenuidad de la devota de las imágenes. La ciudad donde crecí cambió y yo también. Aunque sí, continuo sintiendo la pasión desordenada y traviesa. Y seguiré haciéndolo probablemente durante toda mi vida, comprendiéndome a través de los rostros, sonriendo de agradecimiento por cada expresión que capturo, por cada momento que me obsequian, quizás sin saberlo y que conservaré como parte de mi propia historia, de la manera como creo al mundo que habito, como aspiro soñar en imágenes.

C’est la vie.

Y tú, fotógrafo que me lees: ¿Por qué fotografías lo que fotografías? ¿Te lo preguntas a veces? ¿Qué te hace soñar en imágenes? ¿Qué te impulsa a levantar la cámara y escoger un instante que vivirá para siempre? ¿Qué despierta tu necesidad de construir un planteamiento visual que trascienda el mero documento inmediato? Quizás se trate de uno de esos cuestionamientos que te permitirá ver la fotografía de una manera por completo nueva. Y más allá de eso, como una legítima forma de arte y el más extraordinario vehículo para la expresión de tus ideas personales.

1 comentarios:

Marly Belisario dijo...

Este artículo se parece mucho a lo que me sucede cada vez que saldo a la calle a fotografiar y siempre consigo los mismos elementos repetidos de manera inconsciente dentro de las imágenes que proyecto. Todavía descifro cual es su realidad y el por que me atrapan. Es fascinante como a través de la imagen nos reconocemos o reconocemos al otro. Es un mundo infinitamente divino por que no siempre estamos conscientes de lo que podamos descubrir. Gracias por compartir tu manera de sentir la imagen.

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