lunes, 11 de enero de 2016

Luz de estrellas muertas: Panegírico para una criatura infinita.





David Bowie no le temía a la muerte. Lo dijo en más de una ocasión en diferentes entrevistas y lo insistió siempre que pudo, con su trabajo y su actitud fuera y dentro del escenario. Pero lo demostró por completo al despedirse de su legión de fanáticos — y de quienes no lo eran- con música. Muere Bowie y culmina su extraordinaria carrera artística, como si ambas cosas fueran lo mismo, como si se tratara de único fenómeno y de una sola idea que se completan entre sí. Muere Bowie como vivió: en lo insólito y su tenaz búsqueda de nunca permitirse el tedio. Muere para vivir, para ser un Lázaro — como lo anunció en su maravilloso epílogo BlackStar — y nos deja a cambio esta sensación de celebrar una despedida que no existe. Que no llega a ser otra cosa que un espejismo entre los cientos que creó para deslumbrar.

Cuando era jovencita, Bowie me asustaba un poco. Quizás se debía a esa combinación de hombre talentoso y una raza misteriosa que no logré jamás identificar. Lo pensé desde la primera vez que escuché un disco suyo — Space oddity , por supuesto— , y yo era tan pequeña como aprender de corrido las letras inteligibles. Con catorce años, todavía no hablaba inglés pero si podía repetir de oídas algunos estribillos — Can you hear me, Major Tom?/Can you hear And I’m floating around my tin can/ Far above the Moon/ Planet Earth is blue — y memorizarlos como si se tratara de un juego. Y lo hice, fascinada aunque no supiera el motivo por el ritmo de una canción que no comprendía. Tal vez no hiciera falta hacerlo. Como si formara parte de esas canciones de infancia que repites sin pensar y que de pronto son tuyas. Había algo en la música de Bowie que incluso a mi, que no sabía nada sobre él o lo que podía significar su lírica visión del mundo, me emocionaba. Que traspasaba la barrera del idioma — de la edad, de la intuición, de la supuesta madurez necesaria para entenderla — para brindarme una sensación de alborozo y descubrimiento que en adelante relacioné únicamente con Bowie. Una emoción ligera, de puro asombro. Maravilla, llegué a pensar años después.

Recuerdo ese disco como una parte de mi vida, como si resultara inevitable no hacerlo. Porque Bowie creaba música para recordar, para trascender, que fuera inevitable mezclar con escenas y dolores en medio del terror y la belleza. Bowie, extraterrestre, experimental, irritante y devastador a partes iguales creó un lugar para si mismo en el mundo cuando no encontró el suyo. Una visión duradera sobre la capacidad del arte — la cualidad transformadora de la música — para hacerse parte de los elementos que consideramos más importantes de tu personalidad. Y es que Bowie era músico, pero también, era una visión sobre lo que el arte puede hacer por ti si se lo permites. Cómo puede reconstruir, pieza a pieza, si asumes el riesgo de su peso, su dolor y quizás, esa cuota de desastre que toda creación lleva consigo. Para Bowie la música sólo fue el vehículo para asumir esa sabiduría de los mil contrastes, de una criatura mitológica que llevaba su rostro.
Pero nadie piensa en términos tan complejos cuando ama. Se ama y punto. O al menos, como yo lo hice, con ese amor instantáneo y voraz que suele despertar algunas ideas prodigiosas y que sentí por Bowie — su música y sus múltiples rostros — desde que le conocí. Crecí convencida que Bowie era no solamente un cantante, sino un mito. Una criatura de leyenda capaz de asustar y crear un Universo propio. Bowie que parecía fascinado por toda forma de arte — fue actor además de cantante, hizo una involuntaria pero decisiva incursión en el mundo de la moda, fue un gran lector — parecía decidido a demostrar que había un mundo más allá de lo cotidiano, lo normal. Esa noción de lo evidente que tanto le molestó y que tan concienzudamente reconstruyó. Para Bowie, la música lo era todo, claro pero también era el puente hacia algo más: esa comunicación persistente con todo lo que consideraba insólito. O al menos tanto como si mismo.

En una ocasión, leí una entrevista suya donde hablaba del definitivo peso del arte — así, en general — en todo lo que hacía: confesó que la música era la excusa para verse reflejado en una especie de espiral donde todo lo simbólico se unía para elaborar algo nuevo. Que a diario, se planteaba la idea del arte por el arte, como si su música e incluso, su cuerpo se trataran de algo siempre nuevo y en completa transformación. “Leo cuatro libros al día, me apasiona la moda, no puedo dejar de pensar en que tengo el repugnante impulso de ser algo más que un ser humano”, declaró, con esa impasibilidad suya que parecía sugerir un misterio apenas revelado. Quizás por eso, Bowie siempre fue vanguardista, caminó un paso adelante de un mundo que intentó seguir su vertiginoso rastro sin lograrlo. Como ocurrió en ’73, cuando llevó un mono negro con perneras en su gira Aladdin Sane. Fue de una de las primeras veces que un músico llevó un vestuario diseñado ex profeso para su espectáculo. Esa decisión — en apariencia superficial — abrió toda una nueva perspectiva sobre lo que la música como espectáculo podía ser. El diseñador Kansai Yamamoto diría después que el mundo del pop cambió gracias a esa pequeño gesto de inconmensurable valor.

Hubo muchas decisiones parecidas en la larga carrera de David Bowie y también en su vida. Tantas, que pareciera se habituó a crear modas en lugar de seguirlas. Que asumió ese lugar extraño de quienes no calzan en ninguna parte. ¡Y como inspiró — me inspiró — esa rareza! ¡Como logró convencer a varias generación de cínicos de las bondades de lo insólito! A veces, escuchar a Bowie era una manera de decir en voz muy baja, sí, está bien encontrarse fuera de lugar. Sí, es correctísimo no temer la ambigüedad, atreverte con el escándalo. ¿Por qué no? Tantas veces Bowie me inspiró a rebasar esa frontera imaginaria, a crearme a pedazos, a zurcir desde la imaginación lo insolente, lo chocante. Porque para Bowie no había otra cosa que avanzar hacia territorio desconocido. Un pionero en zonas hostil que logró reconstruir el mundo a su medida.
¿Planeo Bowie su despedida? resulta difícil pensar que no haya sido así, que no haya asumido el peso de la muerte como otra aspiración creativa. Que no planeara paso a paso no sólo cada letra de un disco que ya comenzaba a levantar pasiones por lo extraordinario de sus arreglos y el impactante vídeo que le acompañó sino que además, tuviera muy en cuenta el hecho que sería interpretado como una forma de evadir lo solemne de la muerte para dejar algo a cambio. Una especie de legado que pudiera ser una prueba de su necesidad de sobrevivir a su propio mito. Ya lo había hecho al recrearse como actor, al reconstruir cien veces su figura y mensaje para dejar espacio a cualquier recreación posible. Con Bowie nada era sencillo, tampoco aparente. Con Bowie, todo comenzaba desde el inicio, como si cada nueva transformación simbolizara un estrato nuevo hacia donde dirigir su esfuerzo creativo.

Se suele decir que Bowie se transformó en un camaleón luego de lo que se insiste en llamar “su experiencia Berlinesa”, allá por el ’76, donde experimentó con la música electrónica y por enésima vez, renovó su repertorio e imagen. Como si luego de decenas de interpretaciones de si mismo, de quitar y poner capas de música y revisiones asombrosas sobre su manera de entender la identidad visual, el término “camaleón” pudiera definirle. No obstante, Bowie era algo más que infinitas variaciones de un mismo tema, de vestuario ostentoso o un desconcertante aspecto físico. Era un creador obsesionado con la búsqueda de la obra de arte a partir de la propia piel, como si su cuerpo e incluso su mente, fueran un material dúctil que le permitiera modelar algo más profundo. No había un límite en la capacidad de Bowie para analizarse pieza a pieza y lo demostró ’83 cuando se convirtió en Superestrella — o así lo asegura la cultura popular — gracias a Let’s Dance, un disco catalogado como inferior en su producción artística pero que lo lanzó al gran público. De nuevo, Bowie supo encontrar la línea para continuar creando, elaborandose como producto. Existiendo al margen de la normalidad.

De manera que si Bowie se anticipó a la vida — a la manera de vivirla, a esa percepción de lo deseable que por tantos años sostuvo su obra artística — es inevitable pensar que también dio un paso por delante a la muerte. Que supiera cuándo crear el último gran espectáculo, para sus fanáticos, para el gran público, para la posteridad. Como diseñar el último gran show de su vida, dejando un terreno fértil de sospechas, interpretaciones e idolatría en una obra que culmina una carrera que se sostuvo sobre su capacidad para la sorpresa. Incluso en la muerte, Bowie tuvo un fino olfato para encontrar la manera de decir adiós sin traicionarse así mismo, sin bajar la guardia. Y lo hizo como siempre vivió: construyendo un perfomance a la altura de sus expectativas, de sus fantasías y de quienes le amamos. De esa multitud de seguidores que siempre esperaron sorprenderse gracias a audacia para crear y provocar.

Pienso en lo anterior escuchando sin parar “Lazarus”, una de las canciones del regalo final de Bowie, BlackStar. Lo escucho una sensación de asombro casi infantil, como si descubriera palabra por palabra, un mensaje cifrado que ahora sólo a la distancia cobra sentido: Look up here, I’m in heaven I’ve got scars that can’t be seen/ I’ve got drama, can’t be stolen/ Everybody knows me now. Canto la canción bajito, incapaz de asumir que se trata de una despedida. Quizás no lo es. Porque Ziggy Stardust, mesiánico estrella de rock y re descubrimiento de todo lo que el arte puede explorar, no muere con tanta sencillez, no desaparece solo por dejar de estar. Hay una idea que subsiste, que se resiste a ser comprendida. Como todo en Bowie, hay una segunda explicación. Una nueva versión de la realidad.

1 comentarios:

Tiquicia Vargas dijo...

Hola, soy de Costa Rica y soy una fiel lectora de tu blog. Quiero felicitarte pues es a mi parecer muy interesante. Lo que más me agrada son tus publicaciones sobre Historias de Brujería.Por cierto extrañé la de ayer. Besos y Bendiciones desde mi tierra

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