miércoles, 28 de octubre de 2015

El país a fragmentos: El paisaje desolado del gentilicio roto




Mi amiga K. sonríe junto a la cuna de su bebé recién nacido. Lo hace, con toda sinceridad, con esa alegría espontánea y supongo que irreprimible de toda madre reciente. No obstante, cuando comienza a explicarme las penurias que debe padecer para cuidar de su recién nacido en la Venezuela del 2015, la sonrisa se hace una mueca dura y lenta. La expresión contraída por una angustia que es incapaz de disimular. Su esposo Juan la escucha de pie junto a la puerta de la habitación con los brazos cruzados y la cabeza inclinada.

— Hace dos días, hice una cola de casi cuatro horas por un paquete de pañales y al final, no logré comprar — me explica en voz baja —. Cuatro horas bajo el sol, sin que nadie te dijera que pasaba o si realmente, tenía las posibilidades de comprar el bendito paquete. Para cuando pude entrar en el local, ya no quedaba nada. Menos mal que Juan logró encontrar un par de paqueticos en otro lugar y así vamos.

Le dedico una mirada rápida a Juan, que se encoge de hombros. Parece cansado, un poco ajado, un hombre viejo muy joven. Hace dos años, era un empleado público que defendía frente a quien quisiera escucharlo a la llamada Revolución Chavista. En más de una ocasión, nos enfrentamos a gritos por el tema, intercambiando argumentos, después opiniones y finalmente insultos. Recuerdo que en una ocasión Juan me aseguró que el chavismo “era una oportunidad histórica para Venezuela”. Cuando me mostré incrédula, sacudió la cabeza con enorme prepotencia. “Los años te enseñarán que Chavez sacó del foso a este país”, insistió, “y que tendrás que agradecerle el futuro”.
Pienso en esas palabras, mientras lo miro caminar alrededor de la habitación de su hijo, con las manos apretadas a la espalda, el rostro pálido de preocupación. Su esposa continúa desgranando el rosario de pesares a los que deben enfrentarse a diario en un país depauperado como el nuestro.

— Después está el tema de la leche. No puedo darle pecho por la cesárea. Entonces tenemos que buscar formula. Y no te la venden a menos que lleves la partida de nacimiento — me cuenta — entonces es otra cola. En donde se pueda. La otra vez nos levantamos a la cinco de la madrugada…
El bebé duerme plácidamente, ajeno a todos los desastres que su madre narra con voz monocorde. Lo miro, recordando el día en que celebramos el anuncio de su nacimiento. Juan tenía casi un año desempleado y recibió al pequeño grupo de amigos que quisimos acompañarle para celebrar con cierta incomodidad. Fue una ocasión tensa, inusual. Nadie levantó copas por el futuro recién nacido, tampoco hubo felicitaciones, risas o conversaciones ligeras. De lo que se habló esa noche fue de emigración.
— Tengo los pasajes comprados para la semana que viene — comentó R. tomando sorbos de la cerveza que sostenía en la mano con gesto distraído — pero sigo sin lograr vender el apartamento. Así que me voy con lo que tengo en la maleta y en efectivo. Ya veré que pasa.
Nadie respondió. Recuerdo haber sentido el leve vértigo de miedo que siempre me provocan esas conversaciones entre sobrevivientes, el pequeño intercambio de anécdotas rotas. Juan, evitó cuidadosamente mirarme, mientras un coro de murmullos de preocupación recorría la sala.
— Yo quiero irme. Pero ahora hasta para escapar de este país es un dolor — dijo entonces P., que todavía esa noche dudaba si debía emigrar (lo decidiría dos meses después, luego de un asalto a mano armada) —, no sé exactamente qué haré, pero creo que el plan es a final de años estar agarrando maletas.

Las conversaciones son como un eco, se superponen entre sí. A pesar de eso, las recuerdo con nitidez. Me producen el mismo miedo que el relato entrecortado de K., de la mirada abrumada de Juan, que la escucha con la mandíbula tensa y los puños apretados. Del grupo que celebró la noticia del bebé, sólo nosotros tres continuamos en Venezuela. El más reciente naufrago en partir, mi amigo A., lo hizo casi a ciegas, llevándose sus pocas pertenencias en dos maletas. Tengo una imagen suya en el aeropuerto, de pie y con los hombros encorvados. La mirada asustada. El llanto de su madre como un pequeño susurro intimo que me provoca vergüenza escuchar.

— Tú, ¿para cuando? — me dijo en el último abrazo; sacudí la cabeza, me tragué las lágrimas — Coño, no esperes que te maten o que el país no te permita irte. No te quedes como otro rehén.
No respondí. Me negué hacerlo incluso cuando me secó las lágrimas con los dedos — al final lloré, claro — y me miró abatido. Seguí con los labios apretados incluso cuando lo vi caminar por la cromointerferencia de color aditivo de Cruz Diez y desaparecer en el tumulto. Su madre se acercó y me rodeó los hombros con un brazo.
— ¿Y usted mija? ¿Para cuándo se me va? — No sé — siento el cansancio de mil pequeñas penurias, de mil miedos aplastándome —, quisiera decirle que voy a esperar… que… cualquier cosa. Pero la verdad es que no sé… que ya llegó el momento de…
¿El momento de qué? Pienso mientras Juan se pasa las manos por el cabello, la cara. Un gesto de desesperación tan viejo como inocente. Hace tres años, yo hice el mismo gesto cuando me dijo que el chavismo era necesario para la supervivencia del país. Para la historia, para comprender al venezolano. Y que él, orgulloso chavista, lo sabía.
— Hablamos de un sistema político que capitalizó el odio, el resentimiento, el rencor y lo usó como arma para un proyecto personal — le dije en esa oportunidad—. ¿Cómo puedes considerarlo viable? ¿Cómo puedes defenderlo?
— ¿Cómo puedes tú hablar de chavismo si eres una de las personas que lo provocaron? — me respondió, muy irritado — ¡Coño, eres una sifrina que lo único que sabes de un barrio es que lo has visto desde la ventana de tu casa!

Juan y yo nos conocimos en la Universidad. Unos adolescentes idealistas obsesionados con transformaciones sociales. Siempre me llamó “la sifrina” — como se le suele llamar a las hijas de padres adinerados en Venezuela, cosa que no soy — pero por aquel entonces, lo hacía con una sonrisa. Éramos amigos. Pero mientras yo confié decididamente en el estudio, en el campus académico para comprender ese malestar y esa noción de la necesidad de transformación social y cultural, Juan lo hizo en la promesa de un hombre que encarnó el viejo pensamiento venezolano del hombre fuerte. Juan fue chavista incluso antes que alguien se llamara de esa manera. Lleno de ideales utópicos, encontró en Chavez el símbolo de una reivindicación muy vieja, muy dolorosa y muy cercana a la superficie del resentimiento. Cuando hablamos de Chavez, sentados en el jardín de la Universidad, lo hacíamos con un debate ardoroso e irreal sobre el mundo y el país al que pertenecíamos.
— Mira, se trata de un tema obvio: Chavez entiende al pobre porque es pobre — me solía decir —, como mis padres, como mi familia. Un pobre que logró escapar de la marginación. Un pobre que capitaliza toda una serie de esperanzas. Eso es Chavez.

La familia de Juan había vivido en la parroquia Antimano desde los tiempos de Pérez Jiménez. Juan solía contarme cómo era “el pueblo” décadas atrás, sin el azote del hampa, con sus callecitas pequeñas y su plaza adoquinada, alimentado por las historias que escuchaba de su madre y de su abuela. Lo hacía con placer, encantado con su propia mitología de hombre de barrio, de hombre pobre que se educaba con esfuerzo. Quizás éramos muy inocentes para analizar esa brecha, para asumirla como definitiva. Pero para Juan, esa historia reciente marcaba su futuro.
— No confío en nadie que haya querido usar la violencia para llegar al poder — me empeñaba yo — por más que haya tenido buenas intenciones, por más que la tenga ahora. No confío en él.
Pero Juan confío en Chavez. Como toda su familia, como su abuela que celebró con una misa en la Iglesia de Antimano el triunfo de “El Comandante”. Como su padre que se terció la gorra roja y no dejó de usarla hasta el día de su muerte, once años después. Una y otra vez, la idea de Chavez refundando la República desde su proyecto personal, sedujo no sólo a todos los muchachos como Juan, sino a todo aquel que asumió que Venezuela necesitaba una transformación, la clásica mano dura. Para Juan y tantos otros como él, la promesa no estaba en lo que Chavez podía o no hacer sino en la expectativa de soñar con la posibilidad. La esperanza de una Venezuela construida a cuatro manos.

Juan perserveró en el sueño de esa Venezuela basada en un enfrentamiento feroz. Más de una vez me dejó claro que “toda transformación provoca un grado de violencia, como un parto”, todas las veces en que insistí en que el chavismo avanzaba por la historia abriéndose paso a la fuerza, aplastando a su paso todo contrincante, crítico o disidente moral. Lo hizo a pesar de los equívocos, de los enfrentamientos. De la evidente decepción. Lo hizo cuando el desencanto cundió por todas partes. Lo hizo incluso cuando él mismo comenzó a debatirse en dudas. Como si la estafa ideológica fuera algo imposible de aceptar, como si la evidencia le resultara insoportable. Lo hizo incluso cuando la decepción y el dolor destrozó la fe irrevocable del fanático que hasta entonces la había sostenido.
El día en que el hermano de Juan murió, acudí al velorio con la misma sensación de miedo abrumador que me suele acompañar a cualquier parte, en este país donde la violencia es cosa de todos los días. Me senté en una de las sillas que bordeaban la capilla y esperé, sin saber muy bien que hacer. Juan y yo habíamos perdido contacto durante los últimos meses y de hecho, dudaba que le agradara verme allí. Como a otras tantas personas en nuestro país, la política terminó separándonos, una distancia insalvable que de pronto resultó insoportable. Pero igual decidí acompañarle, a la distancia y desde cierto silencio gradual. Pura solidaridad simple, inocente, supongo.

Al hermano de Juan le dispararon. Uno de esos múltiples asaltos que llenan las crónicas rojas del país, donde no hay detalles ni tampoco se le brinda mayor importancia. Por el teléfono, me comentó alguien entre susurros. Por el reloj de oro que todo el mundo le dijo que debía quitarse, me dijo alguien más. Por nada, me confío Juan cuando se sentó a mi lado en una de las sillas de plástico, pálido y rígido, tan viejo. Nada de resentimientos. Me tomó de la mano, agradeció verme allí. Dos amigos, como antes, en la Universidad, hablando con las cabezas muy juntas. Pero nada es como antes, pensé con un nudo en la garganta. Venezuela nos hizo infinitamente ancianos, encorvados por el peso de pequeñas y grandes desgracias. Un par de sobrevivientes a una guerra que aún no se lleva a cabo.

— Lo mataron porque estaba allí, porque no entregó el celular y el reloj lo suficientemente rápido. Porque al malandro de turno no le importó meterle un tiro — dijo; apretó los labios, los puños; escuché el llanto nervioso de alguien en algún lugar cercano —. Lo mataron porque lo podían matar.
No dije nada. El hermano de Juan había sido siempre un muchacho inquieto, nervioso. Lo recordaba cuando iba con su hermano a la Universidad, corriendo por todas partes, riendo en voz alta. Siempre parecía llenó de una singular energía, a punto de estallar. Se había convertido en un hombre trabajador y exitoso, pero siempre conservó ese rasgo exaltado. No pude evitar recordarlo, un niño de sonrisa amplia y desdentada, saludando con el brazo. Y ahora estaba muerto. Porque un malandro le había disparado. Otro venezolano con una bala con su nombre.

Sentí rabia. Una dolorosa, quemante. Quise gritarle a Juan que si esto era el futuro por el que había trabajado, la insistente “patria” que tan machaconamente me había repetido con los años. Si este era el país que “ahora era una promesa” como me había asegurado llevando con orgullo la gorra roja del chavismo. Se me vinieron a la cabeza decenas de frases hirientes, cientos de reclamos e improperios. Pero cuando lo miré, hundido en la silla de plástico, con los hombros encorvados, sólo alcance a apretarle las manos entre las mías, temblando de furia. Pensando en este dolor sin nombre, de gentilicio, de herida abierta. Un paisaje desolado.

El llanto del bebé me trae a la realidad. Parpadeo mientras K. lo levanta y lo sostiene en brazos, sonriendo, murmurando palabras cariñosas. Juan sigue de pie, en una esquina de la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza inclinada.

— Me angustia que algún día no haya nada, incluso haciendo la cola — dice ella, mientras camina de un lado para otro con el bebé en brazos — o que peor, que no podamos comprarlo. ¡Si el pote de leche cuesta mil bolívares más cada vez que lo compro! Eso, por nombrarte algo. ¿Qué va a pasar cuando ya no podamos comprar nada? ¿Qué va a pasar cuando…?

Se muerde los labios y sólo entonces me doy cuenta que está a punto de echarse a llorar como el bebé. Un llanto frustrado, angustiado. Quisiera consolarla, explicarle que siempre habrá solución, que realmente estoy convencida que habrá una respuesta a la incertidumbre, que con toda seguridad…pero no digo nada. No puedo. Por más que me obligue a creerlo, que me esfuerce por componer explicaciones y conjeturas, las palabras se quedan cortas. Y el llanto del bebé sigue, como si fuera el reflejo de esas otras lágrimas, las de los que no lloramos pero quisiéramos hacerlo.
Cuando Juan me acompaña al lugar donde estacioné mi automóvil, me da un abrazo fuerte. De pequeños, solíamos decir que éramos hermanos. Que el mundo me había dado el hermano mayor que siempre había querido y a él, la hermana malcriada que no había pedido. Lo recuerdo mientras me abraza, un gesto fuerte, firme. Un gesto de despedida.ç
— ¿Cuándo te vas? — le pregunto. No me tiene que explicar. No tiene por qué hacerlo en todo caso. Se separa un poco, se encoge de hombros. El rostro pálido, seco. Sin esperanzas. — A principios del año que viene. No puedo más. No sabía si decirtelo…

Hace años, Juan me pidió le acompañara a una de las multitudinarias manifestaciones del Chavismo. Me pidió viera “el otro lado de las cosas”. Lo hice. Caminamos juntos desde el Centro de Caracas hasta Plaza Venezuela, rodeados de hombres y mujeres eufóricos, vestidos de rojo. Lo escuché gritar consignas, levantar el puño en el aire. Había un ambiente picante, abrumador, pero definitivamente festivo. Y fe. Una fe irrestricta, como de niños. Me asustó esa confianza sin ambages, ciega. De pie entre la multitud, medio sofocada y aplastada, escuchando a la multitud coreando el nombre de Chavez, pensé en que ocurriría si el Líder Carismático, si el Hombre fuerte llegaba a traicionarlos. A romper esa confianza simple, de sueño recién cumplido. Juan a mi lado, reía y saltaba, henchido de entusiasmo. Las mejillas sonrojadas de alegría.

— ¡Este es el mejor país del mundo! — gritó y el gritó se perdió en otros tantos — ¿Ves por qué me quedo? ¿Ves por qué hay que quedarse?

El Juan que está ahora a mi lado, es una sombra de ese otro. Un hombre que perdió esa fe inquebrantable. Un hombre con las mejillas hundidas, los ojos secos. Un hombre que se quedó sin historia, sin promesa. Un hombre que perdió un país. Siento una ira simple, un sufrimiento íntimo. Y pienso en todas las cosas que podría decirle. En todos lo recuerdos que podría invocar para dar ganada la partida. Para dejar muy claro que finalmente, el tiempo dio un ciclo entero para desmentir a la violencia. Pero no lo hago, claro. Simplemente me quedo en silencio, escuchando el sonido del tráfico, ese aliento incesante de la ciudad.

—Te irá bien — digo por último, por decir cualquier cosa.

Me mira, con los ojos enormes y ciegos y me pregunta : ¿Tú cuándo te vas?

No hay opción, ¿verdad?. No hay otra pregunta que hacer. Quisiera gritar, a todo pulmón, con los ojos cerrados, los puños apretados. Gritar y gritar hasta que me duela el cuerpo, gritar por ese país que yo también perdí, por este dolor insoportable, por esta angustia que me despierta por las noches, que me acompaña a toda hora todos los días. Cuando sacudo la cabeza, el grito parece cambiar de forma, presionar contra mi mente. El mundo gira a mi alrededor. Venezuela sólo es una idea angustiosa.
—No sé — repito, ¿cuántas veces he dicho lo mismo últimamente? ¿Cuándo habrá una respuesta real? — Ya veremos.
No lo miro de nuevo. Cuando maniobro para avanzar por la calle, su reflejo desaparece en el espejo retrovisor y siento que su historia lo hace también, con sus pequeñas luchas y batallas. Sus dolores y pérdidas. Y me pregunto cuantos más somos los huérfanos, los perdidos, los aplastados por este gentilicio roto y a grietas. Por este sufrimiento silencioso.
Me angustia no saber la respuesta. O quizás, no querer saberla, en realidad.

2 comentarios:

yesa glez dijo...

Wow Aglaia, leo todo el texto y es como un sentir mio también, realidades tan iguales en tantas familias venezolanas. A veces no tengo palabras para expresarme ante este tipo de vivencias porque me ahoga la impotencia, solo me queda decir que Dios nos proteja y que podamos salir pronto de esto y sobre todo vivos; lloré con esto. Justo el lunes un amigo y ex_compañero de trabajo fue asesinado porque a un delincuente le dio la gana, lo asesinaron junto a su hermano, era un chico bello, sano, Ingeniero industrial, locutor con un programa donde se hablaba de Venezuela. ¿Como podemos digerir esto? ¿como?
Es una angustia latente cada vez que despertamos y esperamos no recibir este tipo de noticias. Que desgracia nos ha caído.
Bendiciones Aglaia

Unknown dijo...

leer tus palabras me hace llorar, comparto tu sentir, sentir que se agoniza con todo alrededor sin ver un futuro para Venezuela, para uno

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