sábado, 3 de octubre de 2015

El misterio en las alas de colibrí y otras historias de brujería.




Mi bisabuela amaba viajar y lo hacia con muchísima frecuencia. Tanto, que mis recuerdos infantiles sobre ella tienen una cualidad fugaz. Una imagen quebradiza envuelta en el hálito del delicioso perfume que solía usar. La recuerdo, caminando por el pasillo de la vieja casa familiar, arrastrando su vieja maleta, con la ropa arrugada y un poco sucia, saludando o despidiéndose, sonriendo a la aventura de comenzar un nuevo trayecto o recordar uno nuevo. A mi, ese espíritu errabundo suyo no sólo me deslumbraba sino que también, me desconcertaba. Con nueve años, mi mundo era pequeño, cómodo y conocido. No entendía bisabuela podía entrar y salir de él con tanta facilidad.

- ¿No te asusta? - le pregunté en una ocasión.
- ¿Que debería provocarme miedo?
- Irte. Estar lejos de casa. De nosotros.
- Miedo me daría estar tan cerca que no pudiera soportarlos.

Pardpeé, desconcertada por sus palabras. Nos encontrábamos en su bonita habitación del fondo de la casa, la última tarde de abril. Ella acababa de regresar de recorrer Europa del Este y mientras deshacía la maleta, me mostraba las pequeñas cosas que le recordaban el largo y extenuante periplo: Un libro viejo, una postal un poco rota y arrugada, un pequeña acuarela de un puente mágico y hermosisímo. Lo miré todo como si se tratara de pequeños tesoros. Quizás lo eran.

- ¿No nos quieres? - inquirí un poco desalentada. Bisabuela soltó una de sus carcajadas maliciosas.
- Si no los quisiera, me quedaría aquí siempre.

Seguía sin entender. Bisabuela sacó la ropa sucia, un montón de papeles arrugados y doblados, una vieja cámara fotográfica. Cerró la maleta vacía y el pestillo produjo un sonoro chasquido metálico.Tuve la idea que ese era un sonido extraño, como traído de otras tierras. Imaginé el mismo ¡CHAS! en Praga, Viena, Budapest. En habitaciones pequeñas y húmedas, en calles de piedra que sólo podía soñar. Me gustó el pensamiento, pero también me hizo sentir profundamente sola, aunque no supiera por qué.

- ¿Viajas para olvidarnos entonces? - insistí. Aquel trabalanguas comenzaba a impacientarme.
- No, viajo para extrañarlos.

Tomó la ropa y prenda a prenda, se la puso sobre el brazo. Caminó, bastón en mano, hacia la puerta. Me apresuré a seguirla. Ella me dedicó una mirada chispeante de vitalidad.

- ¿Me vas a seguir a todas partes?
- Te quiero preguntar cosas.
- ¿Qué te intriga?
- ¿Que...es intrigar?

Bisabuela volvió a reir. Caminamos juntas por el pasillo, seguidas del cloqueo lento del bastón. Me pregunté como era que no temía viajar, teniendo la pierna lastimada por una enfermedad impronunciable desde hace tanto tiempo atrás. Como se atrevía a caminar por el mundo enorme, con ese ritmo lento y defectuoso, como de muñeca rota. Por supuesto, no lo pensé en términos tan complejos: sólo me asombró que la abuela no temiera a su pierna débil, que no se detuviera para darle pausa o descanso. Que avanzara, segura y firme, a pesar del dolor que quizás sentía. De la incomodidad del bastón. Era una idea que me desconcertaba, que me hacía pensar que mi bisabuela era distinta a cualquier otra persona que conocía.

Lo era, por supuesto. No sólo singular en su espíritu libre e independiente, sino en su inteligencia, en su fortaleza, en su rara energía. Alta y estatuaria, con el cabello rojo y rizado cayéndole sobre los hombros, era una belleza atemporal que se resistía no sólo a la vejez sino a la desesperanza. En más de una ocasión, le había oído decir que sólo se es un anciano cuando se admite la derrota del cansancio. No comprendía muy bien la frase - quizás era muy joven para eso - pero aún así, tenía la sensación que bisabuela luchaba contra el tiempo con las únicas armas de su perseverancia, buen humor y astucia.

Además, era una bruja malvada. No porque yo lo creyera o pensara algo semejante, sino porque ella misma insistía en serlo. Solía reír a todo pulmón cuando mis tías y primas se escandalizaban por su humor mordaz, sus afilados comentarios y su extrañísima manera de ver el mundo. Sentada en su butaca favorita, con el bastón apoyado sobre las rodillas, solía mirarme con un brillo malicioso en los ojos, disfrutando de la fascinación que me causaba, que la siguiera a todas partes, que nunca dejara de hacerle preguntas.

- No hay nada tan vulgar como una bruja "malvada" - aseguraba - pero de haberla, yo sería la peor, sin duda.

Entonces soltaba una de sus carcajadas rotundas, que le sacudían los hombros y el cabello, que la hacían inclinarse para paladearlas con un genuino placer. Solía mirarla fascinada por esa curiosa energía suya, por ese humor profano que nadie comprendía en realidad, pero que sin duda era una manera de asumir su lugar bajo el sol, tal vez comprenderlo con mayor profundidad. En más de una ocasión pensé que la risa de la bisabuela era sin duda una palabra misteriosa, ondulando y elevándose en el silencio que venía después.

- Algo que te intriga, despierta tu curiosidad, lo cual siempre es bueno - me respondió - hacer preguntas es una forma de libertarse de la ignorancia. ¿Por ese motivo te gusta escucharme hablar?

La verdad era que no, pensé un poco aturdida por la pregunta. Me gustaba hacerlo porque la bisabuela tenía la capacidad fascinante de usar las palabras para crear mundos nuevos, de mirar lo cotidiano de formas tan singulares que me hacía descubrirlas otra vez. ¿A eso se refería con "liberarme de la ignorancia"? pensé esforzándome por seguir sus pasos mientras atravesábamos el pasillo hacia la biblioteca desordenada de la abuela. Quizás sí, pero no todo era tan sencillo ¡Y yo no sabía como explicarlo! Me faltaban las palabras para describirle esa sensación de descubrimiento que me hacia sentir escucharla hablar, describirme sus viajes y aventuras. Era como encontrar una puerta abierta hacia un lugar imposible, hacia paisajes maravillosos que sólo parecían habitar en mi imaginación.

- Pues no sé...no sé si es eso - admití - me gusta viajar contigo cuando me cuentas.

Bisabuela abrió la puerta de la biblioteca con un gesto firme. Estaba a oscuras y como siempre, un poco desordenada y con olor a polvo. Como debían ser todas las buenas bibliotecas del mundo, me dije. Solía pensarlo con frecuencia: me encantaba el paisaje de libros desordenados y muy usados que llenaban las paredes, las mesas repletas de papeles y dibujos. Un buen lugar para pensar y soñar.

- O sea que viajas escuchándome.
- Voy contigo a donde me cuentes.

Una vez, bisabuela me había dicho que viajar era un privilegio de valientes, de lo que no tienen miedo de perder nada, de los que dejan el amor y los afectos  para correr a encontrarse así mismo. No había entendido nada de aquello y por días, me había obsesionado con la idea que viajar, era una forma de silencio, una ausencia pequeña y solitaria. No obstante, ella siempre regresaba, me dije después. Ella siempre volvía para reír a carcajadas en la mesa familiar, para leer en voz alta con su voz grave y sedosa, para reñir enfurecida porque alguien había tocado sus libros. Para habitar su espacio privado entre quienes la queríamos. Entonces ¿Que era realmente viajar?

- Es una idea bonita, pero también incompleta - me respondió. Se dejó caer en su sillón favorito y se puso el bastón sobre las rodillas - me escuchas porque te cuento lo que vi, no lo que pasó.
- ¿No es lo mismo?
- ¡Ojalá no lo sea! - río. Después se puso seria - la verdad no lo es. Viajar es destruir lo que te retiene, enfrentarte al miedo, ser tan libre como para recorrer lo desconocido con inocencia. Viajar es una forma de soñar, sólo que duele y te brinda placer. Se adueña de tu voluntad, te convierte en eterno migrante.

Me gustaron sus palabras, aunque no las entendí. Me senté a sus pies, mirándola con toda atención. Me sorprendía que después de cada viaje, luego de pasar horas de avión en avión para atravesar el mundo y regresar a casa, lo primero que bisabuela hacia, era venir a la biblioteca. Sentarse en el sillón verde llenos de remiendos y apoltronarse en él, con el mismo gesto exhausto y bonito. Era como si sólo entonces llegara realmente a casa.

- ¿Entonces viajas para poder venir otra vez? - dije en voz alta. Era una idea muy rara y que no encajaba en ninguna parte. En voz alta, sonaba aún menos comprensible y apenas pronuncié las palabras, me pregunté si se trataba de una de mis locuras atolondradas de niña inquieta. Pero bisabuela me dedicó una rara mirada tranquila al escucharme.
- Todo viajero necesita un hogar donde abrazar el silencio - dijo y me pareció muy poético - así que supongo que sí, viajo para volver. Después de todo, soy una vieja bruja.

Sonrío, con toda su acostumbrado humor profano. El rostro se le llenó de luz. Me encantó verla así.

- ¿Que tiene que ver que seas bruja con que te guste viajar?
- Oh, lo tiene todo que ver, muchacha fisgona - dijo sacudiendo la cabeza. La masa de rizos carmesí brilló y se combó alrededor de sus mejillas pálidas y las coloreó - A una bruja se le educa para ser libre. Para enfrentarse, para luchar, para defenderse, para insistir, para desoír, para desobedecer. Para gritar a todo pulmón. Para ser una loca, para ser una artista, para buscar la verdad. Y viajar es una buena manera de hacerlo. Viajar es una manera de soñar, de atravesar los límites, de seguir a pesar del cansancio y el miedo.

"Una vez leí en el Libro de las Sombras de alguna pariente, que viajas cuando admites que necesitas crecer. Que tomas tus recuerdos y temores, los guardas en una maleta y corres por el mundo, en busca de ti misma. Corres con la Luna, con los ojos muy abiertos, persiguiendo no sabes qué. Pero sabes que debes hacerlo. Que no estás tranquila, que no puedes dejar de moverte de un lado a otro. Y eso magia, de la vieja, de la profunda, de la antigua, de la peligrosa. Porque una vez que paladeas el placer de viajar - en tu mente y fuera de ella -,  de construir una idea profunda sobre quien eres y hasta donde quieres llegar, ya no puedes detenerte. Te conviertes en un trotamundo. En un espíritu que busca respuestas, que debe encontrarlas. Sólo para hacerte más preguntas."

Suspiró, como si contarme aquello la hubiese agotado. Echó una miradita a su alrededor, a las altas paredes de libros le produjera un indudable placer o algo más esencial y personal. El silencio pareció llenarse del olor del polvo de los libros cerrados y de la luz del sol que entraba por la ventana, dorada y caliente. La imaginé otra vez, tan hermosa como distante, sentada como estaba ahora, en cualquier lugar del mundo. En algún lugar exótico del que yo sólo conocía el nombre. Paladeando esa libertad de la que me hablaba, de esa magia férrea y vieja que le brindara nuevas fronteras a tu espíritu.

- A veces, viajar es una forma de soñar - dijo entonces, en voz bajita, como si se lo dijera así misma - de enfrentarse a lo que nos limita. De esos temores y terrores que todos llevamos a cuestas. Viajar es el límite del sufrimiento, la frontera hacia la esperanza. Y lo haces, a pesar de todo, no obstante todo lo que te ata. Lo haces porque de pronto, tu mente desborda tu cuerpo, todo lo que eres. Y necesitas el mundo para comprenderte.

Sus palabras me sacudieron aunque en ese momento, no supe bien por qué. Aunque quizás, si lo sospechaba: me encontré pensando en las poquísimas veces que había viajado, en las pocas cosas que en realidad conocía. Claro está, sólo era una niña pequeña pero aún así...recordaba que mi bisabuela me había hablado que siendo muy pequeña, había viajado por primera vez, la pasajera solitaria y aterrorizada de un barco que cruzo el océano para traerla al país que después llamaría casa. Pensé en el miedo que seguramente había tenido, en el que habría tenido sin duda, una niña de su edad, con babuchas y lazos en el cabello, mirando el mar. Con cierta tristeza, pensé en mis recorridos rutinarios a la Escuela, mis paseos a la casa de la Playa, lo bien que conocía la casa familiar. Me sentí de pronto pequeña y torpe. O quizás simplemente solitaria.

- No sé si podré viajar tanto como tu - le dije entonces, desanimada - no sé si...seré una bruja libre, como dices.

Esas cosas me preocupaban mucho. Aún no sabía bien lo que era una bruja pero mucho menos, si podría serlo. Lo que si tenía claro, es que una bruja era la mujer que yo deseaba ser en el futuro: Espléndida y fuerte como lo era mi abuela, misteriosa y exquisita como mi madre, entrañable y cálida como mis tías. Quería ese tipo de brillo en la mirada, esa seguridad de palabra, esa convicción de pensamientos. Era muy pequeñita, claro, para describir esas ideas con palabras exactas pero tenía muy claro, que deseaba crecer para ser tan poderosa como ellas lo eran, cada quien a su manera, tan firme como para vivir mi vida a la manera en que lo decidiera. Me pregunté si tendría que hacer lo mismo que bisabuela: tomar una maleta e ir por el mundo para encontrar mi lugar. Si tendría que abandonarlo todo, para encontrar lo que consideraba valioso.

- Deseo tanto ser bruja - le expliqué a bisabuela - ¡Lo deseo tanto! Pero no sé si...no sé si podré ser como tu. Si podré viajar a todas partes, si....

Me callé. Bisabuela se inclinó para mirarme a los ojos. Los suyos brillaban de inteligencia y algo mucho más enigmático. Pensé en todas las veces que había pensado que el poder de una bruja residía en algo invisible y portentoso y me pregunté, no por primera vez, sino se trataba de algo más profundo, más extraño y sobre todo, intimo.

- Bruja, viajas con tu mente. El cuerpo te acompaña. Pero la verdadera libertad comienza cuando decides que no hay nada que te limite.

Se levantó con esfuerzo. Fue una de las pocas veces, que noté su edad, el peso de sus largas décadas de vida, de sus canas perfectamente disimuladas en el cabello rojo, de las manos sarmentosas. Pero allí estaba, la venerable y bella anciana de casi setenta años, de pie, aún alta y esbelta, con su bastón entre las manos. Tomó una bocanada de aire, como si el peso del tiempo le oprimiera los huesos.

- Cuando enfermé de Poliomelitis, era una enfermedad que nadie conocía - dijo entonces - un misterio. Mi madre me llevó a todos los médicos, intentando curarme. Nadie pudo hacerlo. Sufrí dolores insoportables, desgarradores. Por meses, yací en una cama empapada en fiebre. Cuando finalmente me curé, mi pierna era un palo, inservible y paralizada. Un miembro ajeno.

Se apoyó en el bastón. Intenté no mirar su pierna, pero desde luego, lo hice: era huesuda, con la piel seca bajo la media de nylon y el tobillo se combaba hacia un poco hacia la izquierda. Parecía ser más pesada que cualquier otra parte del cuerpo de mi abuela y ella le arrastraba un poco al caminar, rengando con un movimiento lento y poco airoso. Ella no se dio por aludida a mi rostro de preocupación y avanzó hacia la biblioteca más cercana, apoyada con firmeza en el bastón.

- Pero soy bruja. Y las brujas no nos detenemos por nada, por ninguna idea, por ningún motivo, por ningún dolor - continúo - somos migrantes, ya te lo dije. Un espíritu que jamás se detiene, una fuerza de la naturaleza que avanza a pesar de todo. Y yo comencé a viajar, a pesar del dolor, de las sábanas con olor a fiebre. Empecé a viajar antes de poder moverme.

Se inclinó sobre la biblioteca. Tomó uno de los libros y después me lo arrojó. Lo sostuve, con un gesto de sorpresa, sin saber a que se refería. Por entonces, la biblioteca de abuela, era un mundo misterioso al que no me atrevía a acceder, a pesar que empezaba a enamorarme de las palabras y tenía la sensación que todas me pertenecían en su belleza. Pero leía con cautela, como quien recorre un camino desconocido. Como quien mira a través de una puerta entreabierta hacia un lugar en sombras.

- Empecé a leer - dijo abuela y se quedó de pie, muy erguida y fuerte apoyada en su bastón, mirándome a los ojos  - empecé a viajar con mi mente, a libertarme del miedo, de las interminables noches de lágrimas. De los lamentos. Comencé a comprender que la primera libertad está aquí - se tocó la frente en un gesto rápido y elocuente - que soy lo que soy porque mi mente sabe lo que busca. Comencé a crear antes de levantarme de la cama, antes de dejar de sentir dolor en la piel y en el hueso.

"Y entendí que somos libres en la medida que lo asumimos. Que nadie lo es en el miedo, en el rencor, en la autocompasión. Que para comenzar a viajar, el verdadero viaje que atraviesa montañas, estrellas y lugares misteriosos, tienes que estar consciente de hasta donde te llevará. Que el paisaje de tu mente es el primer territorio que atravesar. Que el primer viaje comienza aprendiendo, palabra a palabra."

Suspiró. Se dio la vuelta, miró la biblioteca. Y entonces la imaginé, no como la viajera impentitente, la bruja malvada y deliciosa de risa escandalosa, sino como una niña asustada, con las manos apretadas en el pecho, la pierna débil yaciendo flácida sobre la cama. Pero con un libro entre las manos. Libre tan libre. Tan consciente que debía liberarse del dolor del espíritu para encontrar una manera de soñar y crear. De avanzar y encontrar las piezas de un mundo interior perdido. Apreté el libro que me había arrojado contra el pecho. Imaginé que palpitaba contra mi piel, como un segundo corazón. Tan vivo como yo.

- Toda bruja viaja, muchacha - dijo - lo hace porque crea, porque cree, porque se dirige al centro mismo de tus ideas. Viaja a pie, viaja con tu mente. Haz magia. Haz poder. Encuentra el asombro.

Sonreí. Sólo entonces noté que tenía los ojos llenos de lágrimas. Y para mi sorpresa, ella también.

- Uno viaja para regresar - susurró por último - pero también, para recordar por qué lo hace. Uno viaja para extrañar. Uno viaja para abrir puertas. Uno viaja para saber que el mundo es nuestro.

Se tocó el pecho, miró de nuevo los libros. Seguí su mirada, con mi pequeño tesoro quemandome el pecho y los dedos.

- Pero el primer viaje comienza en ese lugar misterioso que llamamos nuestro - continuó - ese lugar a lo que conduce el asombro y la alegría. La belleza y el dolor.

"Toda bruja viaja, y lo hace al centro de su espíritu."

***

Sentada en mi cama de niña, tomo el libro que la bisabuela me dio. Miro la solapa: me lleva esfuerzos pronunciar en voz alta el nombre del autor.  Los dedos me tiemblan cuando abro la primera página y una voz misteriosa me cuenta que Gregorio Samsa despertó convertido en un insecto, en una criatura inimaginable y aterrorizante. Sentí miedo, sentí una nítida fascinación y de pronto, mi habitación desapareció. Desapareció la casa, la ciudad más allá de la ventana. Y me encontré en la pequeña casa de Gregorio, temblando de miedo y expectativa.

Y de pronto, comprendí que todo viaje comienza por una palabra. Un deseo. Una esperanza. Una palabra. Una imagen. Una forma de magia.

Hacía el paisaje más intricando imaginable.

Nuestra propia identidad.

1 comentarios:

luis nakura dijo...

Es la cronica de un viaje anunciado mi querida Aglia?...cuando leo las historias de tu singular familia termino fascinado...Quisiera preguntarte que papel ocupan los varones en esta historia de brujas?..saludos y nunca dejes de escribir!

Publicar un comentario