miércoles, 7 de octubre de 2015

Crónicas de la soltera torpe: La oda a la soltería de Isabelle Tessier y otros temores postmodernistas





La cosa es más o menos así: hace unos cuantos días, me reuní con un grupo de amigos y de pronto, salió a relucir el más reciente fenómeno viral de las redes sociales: La apasionada carta de una soltera del Milenio — o así se identifica — hacia su hipotética pareja futura. El grupo completo me aseguró que era una pieza de lucidez intelectual e independencia emocional, una prueba que el nuevo siglo “trajo un nuevo tipo de crecimiento espiritual a las parejas”. Escucho los comentarios entre asombrada e intrigada. La verdad, había escuchado algo sobre lo que parece ser el nuevo credo de lo solteros del nuevo milenio, pero aún así, me sorprende el entusiasmo a mi alrededor. De hecho, alguien se levanta y con una sonrisa, me explica que la mentada carta resume “todo lo que una mujer debe esperar de una relación madura e independiente”. Y a continuación, en lo que supongo es un impulso irresistible, comienza a leer la carta en voz alta.


Lo escucho todo, desde la apasionada descripción escritora canadiense Isabelle Tessier — se puede leer aquí — sobre lo que debería ser la intimidad hasta su visión sobre la idílica vida que le espera junto a su hipotética pareja. Lo hago, con toda la buena fe que soy capaz de reunir en el momento y sobre todo, intentando comprender, mientras la escucho, el motivo por una considerable cantidad de mujeres solteras se siente identificada con esa narración fugaz sobre lo que debería ser la vida en pareja. La descripción de la vida y las aspiraciones perennes avanza, con una preciosa redacción, desde una perspectiva casi nostálgica de lo que puede ser ese misterio del amor entre un hombre y una mujer. Finalmente, cuando acaba, me quedo un minuto confusa, medio desconcertada y sobre todo, medio furiosa. ¿Qué es lo que acabo de escuchar?


Silencio. La concurrencia entera me mira, con toda seguridad a la espera de algún comentario enaltecedor, que demuestre mi alegría por haber encontrado un aparente Santo Grial con respecto a la independencia y a la soltería moderna, temas e intereses sobre los que debato e insisto a diario. Pero en lugar de eso, me quedo muy quieta, con las manos apretadas sobre mis rodillas, sin saber muy bien como disimular la incomodidad que me produjo escuchar aquel panfleto mal armado de supuesta independencia, que no obstante, parece resumir los peores clichés sobre lo romántico que he escuchado en años.

— ¿Y entonces? ¿Qué opinas? — dice el voluntario lector — ¿No es lo más sincero que has leído nunca?

Pues no, no lo es, me digo. En realidad es lo más pusilánime, simplón y lamentable que he escuchado en mucho tiempo con respecto a las relaciones de palabras. Una combinación de sensiblería, una extraña mezcla de ambiguo romanticismo y esa persistente visión sobre “el debe ser” de las relaciones que últimamente se ha hecho tan común. Y es que la famosa “Carta” resume el problema originario sobre la percepción moderna sobre las relaciones de pareja: la contradicción, los puntos de vista contradictorios, esa expectativa brumosa e inexacta que parece bambolear de un lado a otro. Además, celebra esa noción que la soltería es un estado intermedio entre dos necesidades inmediatas — estar en pareja y querer estarlo — como si la convivencia y la independencia, fueran dos ideas irreconciliables. Sacudo la cabeza, intento sonreír. Quizá sería mejor cambiar de tema, pienso ofuscada. O aceptar sin más que sí, la famosa “carta” es probablemente la mejor expresión de amor de una época cínica y un poco abrumada por sus dolores. Quizás la discusión pueda quedar para después. Quizá…

No lo hago, por supuesto.

— En realidad, me parece un panfleto sobre la resignación y lo más alejado a la libertad en pareja y gracias a la pareja que he escuchado — respondo —. Una especie de “llevar la fiesta en paz” que no tiene nada que ver con la independencia emocional.

Otra vez silencio. Un coro de miradas más o menos incómodas — algunas irritadas — me contempla durante lo que parece ser un interminable y tenso minuto. Finalmente una de mis amigas sonríe, con cierto esfuerzo.

— ¿Lo dices en serio?

Aprieto los labios. Sí, lo digo en serio. Lo digo por completo en serio al recordar el párrafo con el que Isabelle Tessier parece describir el inicio de toda relación exitosa: la libertad de la atadura emocional. Y eso está bien, es lo deseable, hasta que comienzas a preguntarte donde se encuentra esta compasiva, amable y sobre todo, inteligente mujer mientras su pareja hipotética disfruta de esa percepción tan ecuánime sobre una relación romántica. "Quiero que vayas a tomarte una cerveza con tus amigos, para que al día siguiente tengas resaca y me pidas que vaya a verte porque te apetece tenerme entre tus brazos y que nos acurruquemos. Quiero que hablemos en la cama por la mañana de todo tipo de cosas, pero algunas veces por la tarde; quiero que cada uno haga lo que quiera durante el día" Dice la autora, en lo que parece ser una visión magnánima sobre lo que aspira permitir a su pareja, como si las cervezas y los grupos de amigos fueran una especie de dádiva de esa imagen estereotipada de lo que la chica y el chico hacen o deben hacer. ¿Qué se supone debo entender por esa idea? — me digo — . ¿Qué pasa con la mujer que está esperando por el hombre que toma sus merecidas cervezas? ¿Dónde está ella mientras le espera para acurrucarse? ¿Está en casa, como se supone debe de estar, mientras el incorregible, el hombre, el niño malcriado emocional toma sus cervezas y hace tiempo para regresar a casa?

Espero que no. Espero que ella esté en el lugar donde prefiera, conversando en voz alta. Riendo a carcajadas. Quizás bebiendo también un par de cervezas. Feliz, siendo libre, siendo plena. Consciente que ambos tienen el mismo derecho al espacio, a la independencia, a la complicidad. Que ambos pueden o no regresar a ese lugar seguro, de brazos y conversaciones en la cama. Que el estereotipo de lo que la “mujer hace” y el “hombre disfruta” es tan antiguo como melancólico, tan incompleto como irreal.

— Lo digo por completo en serio — respondo —. Hablamos de un estereotipo, de esa insistencia que los problemas en toda relación comienzan cuando el hombre “deja de ser hombre”. Así que la mujer mejor acepta. Mientras todo se mantenga igual y ella entienda esa libertad todo irá bien, aunque probablemente no funcione en vía contraria.

Mi amiga sacude la cabeza. Un murmullo burlón recorre al grupo. Los comprendo. La carta insiste en esa visión idealizada y profundamente añorada de la complicidad entre parejas, del “te digo todo” y “compartimos todo”. Pero nadie parece hablar de la mujer invisible que escucha. "Quiero que me hables sobre las noches que sales con tus amigos. Que me digas que había una chica en el bar que te ponía ojitos. Quiero que me mandes mensajes cuando estés borracho con tus amigos para que me digas chorradas, sólo para que puedas estar seguro de que yo también estoy pensando en ti." ¿Tú también le escribirás para contarle del guapo de la oficina que te sonríe cada día? ¿Tú también le enviarás mensaje, con algunos tragos encima, mientras él aguarda en casa o donde prefiera, para contarle lo mucho que lo extrañas? ¿Dónde está la complicidad que es más que eso? ¿Dónde están los pequeños secretos realmente importantes? ¿Dónde están los susurros, esa comprensión que esa intimidad es fruto no de lo que se cuenta, sino de lo que ambos comparten? Pienso en todas las comedias románticas, en esa cristalización del Sueño del Principe azul, ahora reconvertido para las consumidoras del nuevo Milenio. El hombre libre y la mujer libre. Una idea encantadora, una idea hermosa. Pero, ¿dónde está ella? ¿Dónde está la mujer que escribe esta carta?

— ¿Por qué eres tan cínica? — dice un amigo — ¡Esta carta te deja abierta todas las puertas y posibilidades! ¡Se trata del amor siendo libres!

Por alguna razón, recuerdo un fragmento del libro “Perdida” de Gillian Flynn, donde la autora describe a esa mujer irreal que todo hombre desea encontrar:

“Ser una chica cool significa que soy una mujer sexy, inteligente y divertida a la que le encanta el fútbol, el póker, los chistes guarros y que eructa, que juega a los videojuegos, bebe cerveza barata, le gustan los tríos y el sexo anal, y se atiborra de perritos calientes y hamburguesas como si estuviese protagonizando la mayor orgía culinaria del mundo, mientras, de alguna forma, consigue mantener una talla XS, porque las chicas cool son por encima de todo sexis. Están buenas y son comprensivas. Las chicas cool nunca se enfadan; solo sonríen con desazón, de una forma encantadora, y dejan a sus hombres hacer lo que les dé la gana.”

Vaya que Flynn es cínica y lo es porque pone el dedo en la cicatriz más antigua de esa cultura romántica que se vende y se comercializa tan bien. Porque la mujer que todo lo acepta y el hombre adorable, el Principe azul en motocicleta, sólo existe en la imaginación popular. En esa idea cien veces repetida de Chico conoce a chica, se enamoran, se pelean y viven felices que la cultura pop construye en todas las versiones posibles. Pero más allá de eso, está la realidad, esa llena de matices, esa percepción sobre el hombre y la mujer complejos, que la “Carta” parece ignorar. ‘No estas saliendo con una mujer, estas saliendo con una mujer que ha visto demasiadas películas escritas por hombres socialmente ineptos a los que les gusta pensar que este tipo de mujer existe y que les besará’, dice Flynn y de pronto, el estereotipo de la mujer parece transformarse en algo más.

Pero para la autora de la “Carta” la chica cool no es una fantasía masculina. Es la pura realidad, o así lo deja bien claro: "Quiero que nos riamos mientras hacemos el amor. Que empecemos a reírnos porque estamos probando cosas nuevas y no tienen sentido. Quiero que estemos con nuestros amigos, para que me cojas de la mano y me lleves a otra habitación porque ya no puedes aguantarte más y tienes ganas de hacerme el amor ahí mismo. Quiero intentar permanecer en silencio porque hay gente y nos pueden oír." La chica Cool, en su máxima expresión. La mujer irreal, objeto del deseo, tan cercana.

— ¿Quién es realmente libre en esta carta? — insisto — ¿Quién es el que está disfrutando de esa libertad que tanto celebras?

Una pregunta válida: ¿Quién lo es? Porque Isabelle Tessier no lo deja muy claro en su ya famoso panfleto sobre el nuevo romanticismo: "Quiero que tengas tu vida, para que decidas irte de viaje unas semanas por puro capricho. Para que me dejes aquí, sola y aburrida, deseando que salte tu carita en Facebook diciéndome “hola”.

¿No desea viajar Isabelle Tessier también? ¿No siente la necesidad de tomar el pasaporte y correr por el mundo a ciegas? ¿No siente la sed de aventuras? ¿No siente esa necesidad inaudita de construir una historia propia, a solas? ¿No quiere encajar en esa idea singular del puro capricho aventurero? ¿No desea sonreír a la distancia?

Pero Tessier no se detiene en miramientos: ella desea una relación donde ambos sean complejos. Por supuesto, no explica el cómo, no habla en ningún punto sobre la necesidad de asumir lo bello y lo extraño, lo doloroso y lo feo. Lo días corrientes, la diferencia y la estupidez. Todo ese mundo realmente complicado que crea una relación. Que la sustenta, que puede conmover. Porque para Tessier, la cosa es mucho más sencilla: No quiero que siempre me invites a tus juergas, y no quiero invitarte siempre a las mías. Así, al día siguiente puedo contarte cómo fue la noche y tú puedes contarme la tuya. ¿Y qué ocurre cuando no hay “juergas”? ¿Cuándo hay simplemente un mirarse el uno al otro, irreconocibles, profundos, imperfectos? ¿De las mañanas de mal humor o las noches febriles? ¿Las peleas a gritos?

— La libertad de ser quien quieres ser, ¿no? — responde alguien incómodo — ¿De ser quien quieras ser incluso en pareja?

Justamente quizás allí esta el origen de toda esta extraña visión sobre quienes somos y quienes queremos ser, en pareja o sin ella. ¿Cómo se concibe la complejidad emocional en nuestra época? ¿Esa sucesión de imágenes sonrientes, irreales, incompletas? La escritora no se mete en honduras, avanza sin mirar en todas esas pequeñas grietas en la vida en común y declara: Quiero algo que sea simple y, a la vez, complicado. Algo que haga que, a menudo, me haga preguntas a mí misma, pero que, en el momento que esté contigo en la misma habitación, desaparezcan todas las dudas. Quiero que pienses que soy guapa, que estés orgulloso de decir que estamos juntos. ¿Qué ocurre cuando el cuento de hadas acaba? ¿Cuándo ya las maravillosas y excitantes conversaciones sobre el re descubrir se transforman en silencio? ¿Qué pasa cuando ambos comprenden que una relación es algo más que esquemas? ¿Que “el chico y chica que fueron felices para siempre” no alcanza, no calza, no tiene el tamaño y la dimensión para abarcar algo tan extraordinario y duro como una relación real?
Y es que Isabelle Tessier parece insistir sólo en esa visión endeble, del ser y no sé como, de mirar con cierta ingenuidad el hecho que la soltería es algo más que una idea muy parecida a la resignación “Quiero ser esa a la que le haces el amor y después te quedas dormido. La que te deja en paz cuando estás trabajando y a la que le encanta cuando te pierdes en tu mundo de música. Quiero tener vida de soltera contigo. Porque nuestra vida de pareja sería igual que nuestras vidas de solteros de ahora, pero juntos.” Dice y podría parecer cierto, podría parecer tierno, un triunfo del espíritu rebelde de nuestro siglo, que se opone y se contradice, que avanza y se desdice. Pero no lo es. Es simplemente ese perspectiva confusa que no parece incluir cierto equilibrio. ¿Qué ocurre con la mujer que deja en paz cuando está trabajando? ¿Una niña que irrita, una mujer curiosa que detiene su vida para complicar la de su pareja? ¿Qué pasa con ella mientras el amado hipotético se pierde en su mundo de música? ¿Dónde está ella? ¿Qué está pensando? ¿Qué desea? ¿A qué aspira? ¿Por qué no está perdida en su mundo de baile, de danza, de canto, de cualquier cosa que pueda enriquecerla, que la haga más dueña de si misma?

Un día, te encontraré, finaliza la escritora. Lo que dice, como si para lograr esa libertad que aspira, ese estado de Gracia intelectual y de aceptación de sí misma, necesitara a alguien a quien demostrar que puede comprender la libertad. Que sólo puede ser esa mujer fuerte, paciente, extraordinaria y profundamente serena si hay alguien que pueda apreciarlo, disfrutarlo. Ese hombre misterioso que aspira, pueda sorprender con su enorme paciencia, amabilidad, tolerancia o resignación. Y es quizás esa frase la que resume mejor ese extraña reflexión suya, de la soltera que no lo es, de la paciencia que sólo elige callar, de la compleja que peca de pura simplicidad. Una visión incompleta y quebradiza de lo que asumimos como personal.

La conversación entre amigos culmina con incomodidad. No podría ser de otra manera, supongo y pienso, mientras todos sonreímos y nos despedimos con amabilidad, que somos una época aún muy niña, muy angustiada por su propia debilidad y en constante búsqueda de esa percepción simple sobre lo emocional. Y quizás por eso, aún la independencia se confunde con cierto temor y el estereotipo con la comprensión. Esas ideas arcaicas donde la “chica Cool” aún perdona, sonríe y es complaciente, aunque no sepa por qué lo hace o si incluso, si es necesario hacerlo. Y donde “Cartas” como la de Isabelle Tessier aún hacen suspirar. Un mundo a medias tintas y quizás, a medio completar.

C’est la vie.

1 comentarios:

Beatriz Garcia de Leon C dijo...

Cuando he leído la "carta" justo esa sensación me ha invadido: confusión de tanto y tan poco a la vez, no hay independencia en lo mínimo en ella... es triste ver que ese tipo de artículos proliferen tan rápido en la web, no s`y la única que la ha rechazado, aunque no lo fuera, me ha hecho pensar que retrocedemos las mujeres con el capitalismo o supuesta modernidad.

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