lunes, 23 de febrero de 2015

El alto vuelo del espíritu creador: Algunas consideraciones sobre Birdman, de Alejandro Gonzalez Iñárritu.





Hace poco, el crítico de cine español Javier Ocaña, comentaba que para comprender — y por ende disfrutar — de la película Birdman, de Alejandro Gonzalez Iñárritu, habría que ser sobreviviente al ego herido del artista. Quizás no sea tan necesario, sin embargo: Birdman, con toda su espléndida cualidad onírica, la soltura de un guión que no obedece a reglas de pautas y ritmos y sobre todo, esa esencial sensibilidad sobre lo que se crea y lo que se comprende como arte, se sostiene por sí misma, más allá de la experiencia del espectador. Y es que Birdman es un alegato metafórico no sólo sobre lo que el arte es en esencia — esa reconstrucción del ego a partir de símbolos personales — sino también de cómo puede interpretarse. Esas pequeñas grietas esenciales entre el discurso, la creación y lo que se expresa a través de ella e incluso, ese misterio indescifrable de lo que lo hace valioso en nuestra imaginación.

Probablemente, lo más destacable de Birdman sea esa capacidad para asombrar por su consistente complejidad: la película bordea el absurdo, mientras avanza entre una serie monumental de capas narrativas, subtextos y re dimensiones de símbolos habituales que sorprende por su impecable equilibrio. Y es que Birdman nada parece fuera de lugar, nada se desborda o mucho menos adolece de sentido. Desde el punto de partida de este actor caído en desgracia — que insiste en llamarse artista — y que parece debatirse entre lo que fue y lo que podría ser, hasta esa conmovedora perspectiva sobre la perdida de la identidad en favor de lo que se crea y construye a través del yo artístico, la película del director mexicano medita no sólo sobre lo visceral del espectáculo que emociona, sino también sobre las cientos de ramificaciones de puede construir esa idealización de lo artistico. Para Alejandro González Iñárritu, nada parece quedar fuera de esa visión arrolladora sobre la realidad, la fantasía, el dolor, la sensibilidad del espíritu del creador, incluso los pequeños guiños de una cultura obsesionada con lo que se muestra y se asume real, sin serlo. La película, es todo un homenaje no sólo al Hollywood real sino a toda esa percepción poderosa y en ocasiones, casi caótica sobre lo que el cine es en esencia. Ese delicadísimo equilibrio entre lo que se narra visualmente y lo que sostiene el planteamiento que se oculta entre imagenes. Toda una proeza argumental.

Con un guión en ocasiones tramposo, pero sobre todo lleno de una sorpresiva vitalidad, la película analiza la cualidad humana del arte desde múltiples punto de vista: desde el Cine como creador supremo de la banalidad — lo comercial, lo bello, lo superficial sin mayor sustancia - hasta la percepción del cine como línea que divide adulto de algo más blando e inocente. También, analiza desde un punto de vista original esa nueva necesidad de comprender las Redes Sociales como espejo social. E incluso, se atreve a reinterpretar temas tan profundos y emocionales como la paternidad ausente, el método de creación y lo que es la conciencia artística, como elemento esencial de toda idea que se sostiene un planteamiento conceptual. Todo lo anterior, mezclado con tintes de paranoia, una revisión sobre el mundo del teatro — llena de extraordinarios guiños de la obra De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver — que no sólo unifica el mensaje sino que además, crea a partir de esa mezcla imposible definir algo totalmente nuevo. Gonzalez Iñárritu juega además, con toda una serie de meta mensajes cinematográficos, que refuerzan una y otra vez, esa necesidad suya de tocar todos los registros con impecable maestría. Y es que en Birdman hay mucho de Fellini y su inmortal Ocho y Medio, de un Scorsese en estado de gracia con Toro Salvaje y ese renacimiento espléndido en medio del dolor. Más allá de eso, el director se regodea creando un universo alternativo, rico en contrastes, profundamente inteligente y sobre todo, variada en lo que intenta expresar y construir.

Quizás por ese motivo, los metamensajes sobran y Gonzalez Iñárritu los utiliza con gran acierto para crear un juego de capas y dimensiones de interpretación asombrosamente variado: Michael Keaton, antiguo Batman y que durante mucho tiempo lamentó públicamente que su carrera se viera relacionada de manera inevitable con el personaje, parece interpretarse así mismo, aunque a unos estratos caricaturescos que desconciertan y por momentos conmueven. Incluso, Edward Norton parece reírse de sí mismo al parodiar el tan caracareado malestar que provocó durante años en numerosos directores su método interpretativo. Una y otra vez, la película gira sobre sí misma, se reconstruye en pequeñas líneas que delimitan espacios reales e irreales para finalmente sostener lo que parece ser un sentido homenaje no sólo al cine — que ya es obvio — sino algo más profundo: la inocencia del espectador.

Sin duda, una apuesta arriesgada de un director conocido por sus enorme libertad creativa. Y es quizás ese elemento de absoluta rebeldía, de gran y sentido espectáculo visual basado en una serie de reinterpretaciones del género, lo haga de Birdman una experiencia inolvidable. Desde esa ilogicidad que por último bordear el delirio, hasta los pequeños detalles que recuerdan el poder del discurso visual (para el recuerdo, el Solo de bateria intermimable como improvisación de Jazz), Birdman es una mirada exaltada hacia una forma de comprender el cine totalmente nueva, radiante y sobre todo, valiosa. Una obra visual que celebra el cine y sobre todo, la magia de crear.

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