sábado, 5 de noviembre de 2016

Las manos abiertas al infinito y otras historias de brujería.




La primera vez que vi una escultura de la Virgen María, creí que se trataba de la Diosa. Era una niña pequeña y tenía una mezcla confusa de imágenes e ideas sobre la divinidad femenina. De manera que de inmediato, creí que esa hermosa Dama de mirada compasiva y ojos oscuros, era la Diosa que veneraban las mujeres de mi familia. El Dios mujer. Me encontraba junto un grupo de compañeras de clase en la pequeña Capilla de la Escuela donde estudié. No recuerdo exactamente que ocasión celebrábamos pero sí, el nítido olor de las flores que lo impregnaba todo y la reverencia de los cantos dedicados a la hermosa Dama del velo que nos miraba desde el altar.

Me aparté del grupo para mirar bien de cerca la escultura. La dama llevaba un espléndido vestido azul de pliegues y un velo blanco que le cubría los cabellos. Su rostro era joven y extraordinariamente bello. Con mis cinco o seis años recién cumplidos, miré la imagen maravillada, con esa sensación de portento que suelen producir lo que te parece muy hermoso en su misterio. Una de mis maestras se acercó y me dedicó una mirada amable. Después sabría que había confundido mi curiosidad con devoción. A veces me pregunto si no son la misma cosa.

- ¿Quién es la Señora? - le pregunté. La maestra sonrío, acariciándome el cabello despeinado.
- Ella es la virgen María, Nuestra Madre.

No entendí mucho aquello. Con siete - casi ocho años - tenía una idea muy poco precisa sobre la palabra virgen, pero si sabía algo esencial: Una doncella no podía ser a la vez una Madre. Se lo expliqué, entre titubeos avergonzados. La maestra asintió, comprendiéndome. O fingiendo hacerlo, en todo caso.

- Si, es verdad lo que dices. Pero nuestra dulce Madre está por encima de esas ideas - me explicó - ella es parte del misterio de la concepción divina.

De eso sí había escuchado algunas cosas. Sabía que había muchas Diosas que habían concebidos bebés de maneras extraordinarias: Como Leda, con Zeus convertido en Cisne o Metis, también con el seductor Señor del Olimpo. Miré de nuevo la imagen y pensé en que había algo realmente discreto y sutil en la Virgen María, en su misterio y su aparente inocencia. Era como si la Diosa, el sagrado femenino que conocía por las creencias de mi familia, hubiese tomado otra forma, una apariencia nueva para hacerse comprensible a la visión católica de la mujer.

Medité en la idea por días. Era una época difícil: comenzaba a estudiar en el estricto colegio de monjas francesas donde me eduqué y tenía la sensación de no encajar muy bien en aquel ambiente disciplinado y férreo. Había una sequedad casi dolorosa en su manera de impartir educación: todo lo que consideraba valioso y querido, quedaba fuera de las paredes de la Escuela. La imaginación, el bullicio, la individualidad no estaban muy bien vistas y en su lugar se fomentaba la rigidez y el recato. Y aunque no analizaba todo en términos tan complejos, si sabía muy bien, que mi educación ruidosa, llena de colores y una asombrosa visión de la vida no combinaba muy bien con aquel lugar.

De manera que la Virgen - su historia - pasó a ser otro de los elementos que intenté comprender. Leí todo lo que pude sobre la figura divina de la Mujer para el Catolicismo y me inquietó no entender mucho sobre su imagen, la veneración que se le profesaba, la forma como se insistía en su bondad y pureza. ¿Qué ocurría con los otros aspectos de la Dama? ¿El aspecto furioso, el venerable, el cruel, el poderoso? La maternidad era algo hermosísimo y la Diosa en la que creía daba a luz el Dios para crear el ciclo del año...pero también se veneraba su capacidad para comprender la dualidad humana, esa mirada sobre la dualidad la naturaleza del espíritu de hombre, el simple instinto creador.

- ¿Qué te preocupa? - la voz de mi tía L. me sobresaltó. Me encontraba en su taller, mirándola esculpir una de sus bellas y obesas mujeres. Me encantaban sus esculturas, con las curvas muy pronunciadas y los rasgos africanos. Había algo bello e indómito en ellas.

- Me hablaron de la Virgen María en la Escuela - comenté como de pasada. Tía L. era atea, recalcitrante y mal hablada, pero por alguna razón, tenía montones de esculturas de la Virgen María en su taller. Las había preciosas como la que había visto en la Escuela, o modestas tallas de madera, con el rostro pulido apenas sobresaliendo en asombrosos relieves. Mi favoritas sin embargo, eran las bizantinas, con su rostro aceitunado y sus ojos rasgados. Había algo exquisito en su delicadeza, en su fragilidad casi eterea. Siempre me había preguntado por qué tía E. sentía predilección por esas imágenes.

- ¿Te gustó lo que te dijeron?

- No lo entendí, más bien.

Sonrío como de pasada. Siguió pedaleando el torno, apretando levemente la arcilla con la punta de los dedos. Las figuras parecían brotar de entre el barro, con una lentitud de milagro. La miré delinear y redondear con cuidado las caderas de una figura, darle aquella voluminosa belleza que tanto me asombraba. Cuando terminó, la levantó con delicadeza.

- De niña, decidí que haría mis propias vírgenes porque ninguna de las que veía se parecía a mi - me explicó - y después descubrí que me representaba a mi misma.

Dejó la estatuilla a un lado. Tomó otro trozo de arcilla. Con las manos humedecidas, lo aplastó y moldeó un rato. Por el momento, era solo un pedazo de material informe, pero yo sabía que pronto, algo bello nacería de ella.

- La virgen María fue la única manera como la primitiva Iglesia Católica logró entender a la mujer - me explicó. Colocó el pedazo de arcilla en el torno. Comenzó a pedalear - Hasta entonces, lo Sagrado Femenino era poderoso y extraordinario. Era la Dama misteriosa del Bosque o la exquisita y terrible Divinidad que arrasaba pueblos y enviaba vida a las cosechas. También era la inocente doncella, la que danzaba entre los campos para procurar la fertilidad de la Tierra. La mujer era muchas cosas. Tal vez demasiada para esta nueva religión basada en el control.

El torno giró más rápido. Tia hundió los dedos en la arcilla. Apretó. Una pequeña cintura o lo que parecía serlo, comenzó a definirse lentamente.

- La Diosa es Virgen, pero también Madre y Anciana - dije. Tia me dedicó una de sus extrañas miradas ásperas.

- Exacto. Era muchas cosas. Y la Iglesia necesitaba una sola.Una imagen que aglutinara la idea de lo femenino y lo sujetara al nuevo Dios hombre, al Dios creador y patriarcal. Entonces fue cuando la Diosa dejó de ser madre y anciana venerable, para convertirse en la Virgen eternamente joven, madre del Dios más poderoso.

El sonido del torno era casi hipnotizante, en aquella tarde cálida de un septiembre perdido. Me quedé muy quieta, escuchándola pero también admirando su habilidad: de sus dedos, pareció brotar la figura de una mujer robusta y opulenta, con grandes caderas y pechos. El rostro de pómulos salientes me pareció salvaje y bello.

- La Diosa paridora murió en la imaginación popular cuando nació la virgen que la Divinidad fecundó - dijo. La Mujer entre sus manos ahora se hizo delgada, esbelta. El cuello largo, las extremidades gráciles - La Imagen de la Virgen era mucho más poderosa. Invitaba a la creencia de un milagro, que no cualquier mujer podía llevar a cabo. Porque todas las mujeres podían engendrar y parir, pero solo la más pura, la escogida por la Divinidad, podía conservarse virgen y eternamente hermosa. Ella, La Virgen María, fue la manera como la Iglesia le mostró a la mujer lo que se esperaba de ella, lo que podía aspirar.

El torno se detuvo. Tía levantó el puño. Cuando aplastó la figura, di un brinco, sorprendida y un poco escandalizada. Pero ella sonreía.

- Fue muy conveniente tener una imagen femenina que recordara a la mujer corriente lo impura, pecadora y falible que podía ser. Le dio al hombre el poder de decidir cómo y que podía ser y aspirar la mujer: de ahora en adelante las puertas del hogar se cerraron para ella. Sería la Madre, el ideal, la abnegada, la querida, la siempre hermosa. Pero solo si no transgredir las normas. Solo sí, era tan extraordinaria como la Mujer Divina por excelencia.

Tomó la arcilla, la hizo una bola y la arrojó al montón que guardaba más allá- Aunque en ese momento no entendí muy bien porque, el gesto me provocó un escalofrío. Sentada en un rincón del taller, con las rodillas apretadas contra el pecho, tuve la sensación que tía me explicaba sin palabras, algo muy poderoso, doloroso y enorme. Una concepción nueva de la verdad.

- Me gusta mirarlas - dijo entonces. Se refería, claro está a sus esculturas de Vírgenes. A las cientos que llenaban tu taller. Tomó una, con la piel oscura y un precioso manto de tela sedosa - es como observar la historia de la mujer en pequeñas Escenas. La Virgen Bizantina, sufrida y compungida. La Renacentista, tan parecida a las Diosas de antaño, la pre rafaelistas, con largas cabelleras extraordinarias y su pura belleza. Cada una de ellas te dice quien fue la mujer de su época, como se concibió la feminidad. Y como se le restriguió y ocultó.


Continué pensando en esa conversación con tia L. por días. Me obsesionaba las ideas que me había explicado, la sensación que la Virgen María, en su belleza y exquisita dulzura, escondía más de un secreto inquietante. Cuando se lo comenté a mi abuela, ella me hizo uno de sus guiños divertidos.

- En realidad la Virgen María justamente muestra el lado más hermoso del Catolicismo - explicó - es una Virgen que también es Madre. Un enigma muy complejo en si mismo. Para las sociedades antiguas, debió recordarles los antiguos misterios. Para el Catolicismo, una nueva esperanza.

- ¿Pero representa de verdad a la mujer? - pregunté. No supe como plantear mejor la pregunta. Lo que realmente quería saber era si la Virgen María, tan perfecta e inalcanzable era una visión de la mujer Católica o su idealización. Era una idea muy compleja para mi corta edad y no supe expresar de mejor manera que cuestionarme si la Virgen podía ser comprendida como parte de la feminidad.

- Por supuesto que sí. Pero solo una parte de ella - respondió mi abuela -  Aunque la virgen sólo es una parte de la divina trinidad femenina ( junto con la madre-prostituta y la vieja), su castidad no se ve afectada por la intensa actividad sexual de los otros aspectos. Es capaz de renovar su condición original a voluntad o a través de ceremonias o festividades. Así se convierte en la virgen eterna, titulo compartido por Istar, Anat y otras Diosas que, sin embargo fueron célebres por sus numerosos enredos amorosos. Aunque descrita como virgen, también existía la Afrodita pandemo ( es decir popular), cuyo templo en Corinto albergaba a las prostitutas sagradas, cualquiera de las cuales encarnaba a la diosa cuando yacía con un hombre. Entre las pocas diosas vírgenes que fueron inquebrantable y literalmente castas figuran la griega Artemisa, su equivalente romano Diana y Atenea, hija de Zeus. Los tres estaban relacionadas con la violencia y la acción.


No entendí mucho que quería decirme con aquello, aunque sí saqué en claro lo esencial: La Virginidad para los pueblos antiguos no era necesariamente una muestra de bondad. Era más bien, un aspecto de poder, una manera de manifestar muchas ideas relacionadas con el poder y la transformación. Me pregunté si mi Maestra, tan bien intencionada y que miraba las imágenes de la Virgen María con tanta devoción podría pensar algo semejante. Supuse que no.

- La sexualidad reprimida de la virgen suele describirse como una fuente potencial de gran energía que puede resultar extremadamente peligrosa o destructiva - explicó mi abuela. Tomó una de las pequeñas estatuillas de Diana Cazadora que decoraban la biblioteca. La tomé con delicadeza. La exquisita talla, mostraba a la Diosa llevando su arco y flecha. La pequeña escultura tenía un rostro fresco y exquisito como las de la Virgen María, pero al contraste, llevaba una túnica corta, un carcaj al hombre y un arco en la mano derecha. La imagen misma de la fuerza - Dicha energía se acumula con efectos positivos en las vírgenes guerreras que desempeñan la función de las guardianas de los misterios femeninos. En este caso, a menudo son patronas de actividades o acontecimientos de los que, aparentemente, la virginidad las excluye. Por ejemplo, en tanto guardiana de la naturaleza, Diana también era Diosa de la fertilidad y posteriormente la vincularon a los partos y al cultivo de semillas. La satisfacción sexual de las mujeres es otra faceta de los misterios femeninos, lo que quizá explica los motivos por los que, a pesar de que rechazaban el sexo, Diana fue la patrona de las festividades orgásticas.

"Atenea fue más severa, debido a que personificaba la castidad y desdeñaba la maternidad. Aunque sancionada por Zeus, rechazó la propuesta de matrimonio de Hefestos, Dios artesano del fuego y los volcanes. Se desató una refriega y el esperma del Dios resbaló sobre la pierna de la Diosa, que asqueada, lo apartó. Cayó sobre Gea, la tierra, que quedó fertilizada en el acto y produjo al horrible Erictonio, futuro rey de Atenas. Atenea lo crió como si fuese su hijo de esta forma, practicó una especie de maternidad."

- Y no solo hablamos del mundo occidental. Para muchas otras culturas, la virginidad no era realmente un don del espíritu y la bondad, sino una forma de construir un lenguaje personal, algo místico que la mera idea de la castidad - prosiguió mi abuela - La virgen india Parvati se volvió asceta con el único propósito de conseguir compañero bajo la forma de Siva, su mitad masculina. Ayunó y se aisló hasta que, llorando su ausencia, el principio masculino dejó morir al mundo, acontecimiento que recalcó la importancia de Parvati en cuanto figura de fertilidad.

Los mitos indios sobre la abstinencia sexual transmiten el sentido de la inmensa y ardiente energía que las vírgenes y los ascetas conservan."



Todas aquellas historias me asombraron. Y además, me brindaron una perspectiva mucho más amplia y profunda sobre la figura femenina, sus implicaciones y la manera como la historia la mira. Porque a pesar que tenía muy pocos años, si estaba muy consciente del poder de mi mente y sobre todo de esa esencia misteriosa, extraña y hermosa que me hacía una mujer en crecimiento.  Por supuesto, me llevaría años comprender todo eso, pero de alguna manera, sentí una sensación de descubrimiento portentoso, de asombro admirado hacia esa visión poderosa de la mujer que me transmitió comprender su esencial dualidad.

Sonrío, pensando en esas ideas mientras miro mi pequeña colección de vírgenes y Diosas. No sé si inspirada por la colección de mi tía L. o por una necesidad personal, todas las imágenes forman parte de mi vida, y de mi visión del mundo. Y las miro, pensando en la mujer que representan y más allá, el poder misterioso que expresan.

Una manera de crear y mirarme, más allá de toda sutileza.

C'est la vie

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