miércoles, 30 de noviembre de 2016

Manual de la neurótica moderna: Del mito urbano a la locura cotidiana.





Cuando era niña, estaba convencida que si alguien me soplaba a la cara mientras cruzaba los ojos me dejaría bizca. Eso, gracias a que J. — mi amiga más querida del colegio — me había insisto tanto sobre el tema que terminé creyéndolo con ese fervor ciego de la infancia. Peor aún luego que J., que ya por entonces tenía un sentido del humor maligno, me asegurara que el querido vigilante del Cine al que asistíamos casi todos los fines de semana — y que sufría de un evidente estrabismo — había sido víctima de la mala intención de uno de sus hermanos.

- Le sopló a la cara mientras se miraba la nariz…¡y así quedó! — me aseguró. Cada domingo, miraba los ojos desiguales del sonriente señor Vargas, preguntándome si realmente había ocurrido así. Me imaginaba la escena: el Señor Vargas reía, haciendo alguna broma e intentándolo mirar la punta de la nariz cuando alguien se inclinaba sobre él y con terrible mala intención, le soplaba justo a la cara. Luego silencio: El señor Vargas intentando mover sus ojos sin lograrlo. Y después, comprendiendo lo que había ocurrido, lanzaba un alarido de angustia. Todo muy dramático y angustioso. Sí, era una niña muy imaginativa.

- No puede haber ocurrido así — respondía con timidez. J. me miraba desafiante.
- Pregúntaselo — me insistía.

Nunca lo hice, por supuesto. Y creo que ella lo sabía. De manera que seguí convencida que un accidente podría dejarme con los ojos estrábicos: estaba muy atenta incluso cuando una ráfaga de viento me rozaba la cara. Me aterrorizaba la idea de quedarme bizca sin querer: suponía que el truco se aplicaba para todo y que una ráfaga de brisa, podría tener el mismo efecto que un resoplido malvado. Finalmente, en una ocasión sucedió: una de mis primas me llamó torpe e insistió, que todo mi preocupación sobre el tema de quedar bizca era una manera de ocultar que no podía mirarme la punta de la nariz. Intenté demostrarle que podía hacerlo con toda facilidad. Ella me aseguró que cuidaría que ninguna ráfaga de aire me importunara, pero como era previsible, apenas había logrado el truco, me sopló a la cara con toda la fuerza de sus jóvenes pulmones. Todavía recuerdo — y me hace reír — el pánico que sentí: me cubrí la cara ( como debía haberlo hecho el Señor Vargas en su oportunidad ) y grité despavorida hasta que mi abuela — la bruja, la sabia — apareció por allí, alarmada por tanto revuelo.

- ¡Me quedé bizca! — le expliqué cuando intentó comprender qué sucedía. Me seguía cubriendo la cara con las manos y mi abuela tuvo que obligarme a mirarla. Se aguantaba la risa cuando finalmente lo hizo.
- Yo te veo igual que siempre — comentó. Sacudí la cabeza, atontada de alivio.
- ¿De verdad?
- Mírate.

Me acerqué a uno de los espejos de la sala. Solo vi el rostro de una niña pálida y pecosa, cuyos ojos asustados miraban en la dirección correcta. Unos pasos más allá, mi prima E. reía a mandíbula batiente. Como lo hizo mi amiga J. cuando le conté lo que había ocurrido.

- ¡Y te lo creíste! — dijo entre carcajadas. La miré ceñuda y furiosa.
- Algún día me vengaré — le aseguré. Ella se encogió de hombros, despreocupada.
- No me importa.

No me vengué de inmediato, pero si, la experiencia, me enseñó muy bien que muchos de los mitos de la salud que tomamos por cierto, no son otra cosa que leyendas urbanas médicas. Y en ocasiones, esa visión un poco exagerada o de plano incorrecta sobre síntomas y otras ideas sobre la salud puede ser peligrosa e incluso, suponer un riesgo real para la salud. De manera que, quizás en recuerdo de la niña que tanto le asustaba quedar bizca por un soplo mal intencionado, me dediqué a recopilar algunos de los mitos médicos más populares y esto encontré:

* Las personas muy nerviosas tiene la presión arterial alta: para controlarla solo basta calmarse.
Sin duda, un cuadro de estrés provoca un aumento de la tensión arterial: el cuadro emocional hace que el cuerpo produzca sustancias que inciden directamente en la presión arterial. No obstante, no es el único motivo ni tampoco la solución para mantener un cuadro de salud estable: La presión arterial es un término médico que indica la fuerza que la sangre ejerce sobre las paredes de las arterias mientras el corazón bombea sangre. Cuando esta presión aumenta y permanece elevada bastante tiempo se denomina hipertensión y puede causar daños en el organismo de muchas maneras. Así que concluir que solo se debe al estado de ánimo general es una simplificación sobre el estado de salud general que puede, a la larga, resultar peligrosa.

* Los productos etiquetados como Light no engordan y de hecho, adelgazan.
En esta época obsesionada con la salud y sobre todo, con el deporte y la actividad física, hay una creencia muy extendida que todo producto señalado como Light o de bajas calorías adelgaza, lo cual es una creencia errónea y hasta equivocada. A palabras de mi nutricionista, ningún alimento por si solo permite bajar de peso, a pesar de las leyendas urbanas sobre la alcachofa, el queso de cabra y algunos tipos de Té. Lo que realmente te permite bajar de peso es un correcto balance entre lo ingiere y la cantidad de calorías que el cuerpo utiliza en su actividad diaria. Por supuesto, en general los productos y alimentos light tienen mucho menos grasa y calorías que los que no lo son, pero en realidad lo que podría influir en el régimen alimenticio es la cantidad de porciones que ingieres y de qué manera lo haces. En otras palabras: puedes consumir un alimento puede considerarse light todo lo que quieras, pero si lo haces de manera desordenada y en cantidades excesivas, tendrá el mismo efecto que uno muy calórico.

* Tomar muchas vitaminas es sano:
Otro mito muy extendido: La garantía para una buena salud es consumir altas dosis de vitaminas. Obviamente que, una dieta sana puede proveer al organismo de todas las vitaminas que necesita, presentes en las frutas y las verduras de manera natural, pero últimamente hay una peligrosa tendencia a tomar vitaminas artificiales sin tomar en cuenta los verdaderos requerimientos físicos al respecto. ¿El resultado? Un creciente aumento en los casos de intoxicación y cuadros médicos producidos por el exceso de algunas vitaminas en el organismo. Por ejemplo, la vitamina C es una de las más necesarias para mantener la salud, pero consumirla en exceso puede producir problemas digestivos e intestinales e incluso, derivar en cálculos renales en casos graves. Lo mismo ocurre con la vitamina A: un exceso puede provocar cuadros generales de mareo, náuseas, fatiga, pérdida de peso, dermatitis y estreñimiento. Más preocupante aún: la popular vitamina B12, que puede comprarse en cualquier farmacia en dosis más o menos altas, puede provocar problemas como urticaria y desequilibrar los niveles de potasio en el organismo. Así que piénsatelo dos veces antes de consumir vitaminas sin consejo médico: podría ser peor el remedio que la enfermedad.

* La sal hace engordar:
En realidad, la sal lo que provoca es una peligrosa acumulación de líquido en articulaciones y otras partes del cuerpo, debido a que aumenta el volumen circulante de agua en la sangre, lo cual puede someter a trabajos excesivos a los riñones y al corazón. Si el volumen de sal es mayor de lo que puede procesar los riñones puede provocar edemas ( acumulación de agua sectorizada ) en tobillos y rodillas.

* La pantalla de la computadora puede provocar daños oculares.
Cuando le hice la pregunta a mi oftalmólogo de confianza, tuve la impresión que estuvo a punto de decirme que sí, en un intento de convencerme de regular el brillo de la pantalla, cosa que según su experta opinión me ha provocado más de una jaqueca durante años. Pero por último, admitió que solo se trataba de un rumor: el brillo no causa daño directo a la retina o a la pupila. No obstante, si me insistió en un hecho poco conocido: cuando se está frente al monitor se reduce hasta 50 por ciento la frecuencia del parpadeo, lo que produce el síndrome del ojo seco o de falta de lubricación. Por eso el enrojecimiento ocular y diversas molestias. Otro problema que podemos sufrir si pasamos largos períodos de tiempo frente a la del pantalla del monitor es el llamado espasmo de acomodación, que ocurre cuando el ojo intenta enfocar a una distancia fija por tiempos prolongados. El enfoque es un esfuerzo del músculo del ojo y se produce problemas de fatiga visual.

Hace unos días, almorcé con J. en un conocido restaurante especializado en ensaladas de mi ciudad. Insistí en pedir su combinación favorita: un gran plato de zanahorias, remolacha y brócoli. Me miró un poco sorprendida, cuando me pasé un buen rato separando los pedacitos de zanahoria del resto del combinado de verduras y legumbres que disponía a comer.

- ¿Qué ocurre? — preguntó. Le dediqué una mirada sorprendida.
- ¿No lo sabes? La zanahoria provoca que se te caigan las uñas de los pies. Una especie de reacción al betacaroteno.

Lo dije muy seria, aguantándome la risa con un prodigioso esfuerzo de voluntad. J. me dedicó una larga mirada apreciativa. Se movió nerviosamente en la silla, cruzando y descruzando sus cuidados pies, calzados en unas elegantes sandalias de hilos dorados. Después, pasó buena parte de nuestro almuerzo, separando cuidadosamente los pedazos de zanahoria del resto de la comida. No dije nada, pero nunca una ensalada me supo mejor. El placer de la venganza, quizás.

C’est la vie.

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