sábado, 26 de noviembre de 2016

La puerta abierta al misterio y otras historias de brujería.




El día que mi abuela murió, llovía. Recuerdo el olor de la tierra húmeda, mezclándose con el de las decenas de flores que rodeaban su tumba.  El sonido de la lluvia, repiqueteando en algún lugar. La sensación de horroroso vacío, de encontrarme al borde mismo de una idea que me sobrepasaba y me doblegaba.  El dolor, más allá de todo sentido, un páramo blanco y cegador en el que deambulaba a tientas. Me sentía fuera del tiempo, como si la realidad estuviera hecha de otro material, infinitamente frágil y quebradizo y se derrumbara a mi alrededor.

Permanecí durante semanas en ese estado. Flotando a la deriva en algún lugar anónimo de mi mente.  Y de hecho, en ocasiones tengo la sensación que la vida a mi alrededor simplemente se detuvo. Se desdibujó quizás, comenzó a confundirse entre lo real y esa sensación de angustia que me atormentaba a toda hora. Porque no solo se trataba de lidiar con la idea de la muerte de mi abuela, su ausencia - algo que me resultaba por si solo insoportable - sino además,  encajar las piezas rotas de mi vida.  Necesitaba comprender que ocurriría a partir de entonces, cuando mi abuela y todo lo que significaba había dejado de pertenecer al presente y al futuro para formar parte del pasado. Los seres queridos nunca mueren si puedes recordarlo, pensaba con frecuencia y la sensación era tan afilada que me enfurecía más de lo que podía consolarme. ¿Qué tipo de excusa para el fatalismo es esa? ¿Que idea absurda sobre la permanencia de la memoria es la que insiste en que el amor y la ausencia puedan confundirse? A ratos, en medio de esa lucidez espectral del dolor, pensaba que muy probablemente debía aceptar lo inevitable de la muerte, resistir el impulso de idealizarla, y padecer el necesario dolor que me permitiría quizás alcanzar algún tipo de paz. Pero en otras ocasiones, simplemente seguía resistiendo a la simplicidad de ese pensamiento. Había una morbosa sensación de triunfo en esa desesperación sorda, palpitante, que padecía a toda hora.

Mi abuela parecía estar en todas partes. En su habitación vacía, que no había permitido que nadie tocara, sus libros desperdigados por la casa silenciosa, en la cocina ordenada y vacía. El jardín, estupefacto aún por su ausencia.  Cada lugar parecía  impregnado de su olor, de esa presencia suya tan nítida que en ocasiones tenía la sensación era casi real. El sonido de sus pasos en la escalera, al risa estruendosa estallando radiante en el mutismo de la realidad rota. Era insoportable, vagar entre recuerdos, tropezando con ellos de vez en cuando. Encontrarme su sonrisa en las galletas rancias que seguía guardando obstinadamente en la despensa, sus cuadernos repletos de dibujos y palabras que me negaba a tocar y que comenzaban a llenarse de una fina capa de polvo. La soledad tiene un rostro, un aroma particular, y es el de esa ausencia que se derramaba lentamente en cada espacio de lo que recuerdas. Una angustia silenciosa y amarga que creí nunca podría superar.

Mi tia E. me miraba a la distancia. La muerte de mi abuela la había sumido en una tristeza muy semejante a la mía. Ambas habían vivido en la misma casa desde que mi abuela había enviudado y eran complices, más que parientes. Mi tia E. era en realidad nuestra primera en algún parentesco difuso y siempre había ocupado una especie de lugar en mi vida. No nos llevábamos bien, tal vez porque éramos muy distintas. Con su caracter sosegado y apacible, era la antítesis de la poderosa presencia de mi abuela. Siempre la relacioné con las tardes de largas sombras de mayo, con el olor cristalino de su perfume floral, una dama crepuscular que parecía siempre esconderse en algún rincón tímido de la casa. Luego de la muerte de mi abuela, nada fue distinto. Éramos como dos satélites, gravitando alrededor del dolor de la muerte.

- ¿No quieres comer?

Su voz me sonó desconocida, en medio de la biblioteca oscura. Levanté los ojos para mirarla. Tia E. tenía un paso lento, mesurado que combinaba muy bien con las sombras. Me encogí en el sillón de mi abuela, irritada.

- ¡No! No tienes que seguirme a todas partes insistiendo en lo mismo - dije. Apreté los labios, arrepentida de inmediato por mi brusquedad pero sin hacer nada por remediarlo. La sentía como una intrusa, una presencia que debía soportar casi a la fuerza. Mi tia me dedicó una de sus largas miradas apreciativas. La tensión entre ambas era palpable. Y de pronto, tuve el extraño pensamiento que quizás yo la irritaba de la misma manera en que ella a mi. Que en el silencio interminable de la casa en duelo, ambas nos sentíamos enfurecidas y solitarias, quizás muy heridas para soportar cualquier consuelo.

- ¿Qué lees? - me pregunto. Relajé los brazos y le mostré la portada de uno de los Libros de las Sombras de mi abuela. Tia hizo un gesto nervioso, una pequeña mueca de angustia que desapareció muy pronto. Acarició con los dedos el cuero de la solapas, siguiendo de los intrincados arabescos que la adoraban.

- Tenía unos veinte años cuando lo escribió - me explicó en voz baja - estaba obsesionada con la brujería entonces. Quería comprenderla desde todos los puntos de vista, analizarla como quien mira una pintura e intenta comprender el motivo por el cual el pintor dio una pincelada y no otra. No lo logró, claro.

- ¿Por qué no? - pregunté. La imagen de mi abuela veinteañera, apasionada y decidida, me resultaba casi idílica. Recordé las fotografías que había visto de ella a esa edad: El cabello negro y enmarañado cayéndole sobre los hombres, los grandes ojos color miel mirando con atención desde la imagen, como si quisieran adivinar el rostro del futuro y desconocido observador. Podía imaginarla obsesionada, escribiendo a mano, rodeada de libros y páginas sueltas. Un poco como yo, supongo.

- Porque la brujería no es una idea racional. Ninguna creencia lo es, querida - se dejó caer en el enorme silla de orejas frente a la mía, cansada. Y solo entonces noté su agotamiento, las arrugas en su rostro fragil, el cabello mal peinado cayendo sobre los hombros. El dolor nos unía, pensé con naturalidad. Y pensé que quizás tia E. podía entenderme mejor que nadie en ese extraño momento de mi vida - hablamos de una creencia que se mira así misma como iniciática, la puerta abierta a un conocimiento misterioso. Al poder, pues. Una noción tan abstracta, tan relacionada con la idea mística de la fe, no tiene un reflejo en lo material y evidente.

Medité sobre la idea. Durante los últimos días, había leído los Libros de las Sombras de mi abuela, intentando comprenderla a la distancia, conservar algo de su memoria. Y había notado esa necesidad suya de cuestionarse, de observarse como parte de una tradición mucho más antigua que su noción de historia. Aún así, mi abuela, por entonces joven y muy probablemente tan impaciente como yo lo era, necesitaba entender las pequeñas conexiones entre las ideas, brindarle una cierta consistencia más allá de la simple necesidad de creer. Y como había dicho tia, no lo había logrado.

- Pero logró encontrar esa perspectiva de la fe como una idea concreta - dije en voz alta. Tia ladeó un poco la cabeza y contempló el libro de nuevo.

- Sí, claro. Cuando murió tu tio Juan.

De mi tio Juan sabía por las historias que mi abuela me había contado sobre él y la única fotografía que había visto suya, que mi abuela conservaba enmarcada en su habitación. Había muerto siendo un niño muy pequeño y nadie le recordaba demasiado: una pequeña tragedia olvidada en medio de la historia cotidiana. Pero mi abuela atesoraba su recuerdo y a través de ella, lo conocía yo. Sabía que era un niño gracioso y risueño, que había muerto luego de contraer una afección pulmonar de la que nunca se había recuperado por completo.

- Tuvo que ser terrible para la familia - dije. Tia suspiró, mirándose las manos.

- Lo fue, pero sobre todo para Celia. Estaba convencida que no moriría, que era fuerte y joven, que simplemente no había una razón para la que un niño tan pequeño muriera. Era joven, claro y estaba convencida que cada cosa tenía su lugar en el universo. Cuando finalmente el niño falleció, la idea de la muerte la aplastó.

Como a mí, ahora mismo, pensé. Recordé los días durante los cuales mi abuela había agonizado luego de sufrir un gravísimo derrame cerebral. Estaba completamente segura se recuperaría, que por obra de esa fuerza suya de voluntad, esa necesidad de vivir tan fuerte que siempre había sido probablemente el rasgo más reconocible de su personalidad, lograría superar aquella pequeña tragedia. Cuando murió, no pude soportar la idea, el hecho que la muerte me rozara tan cerca. Lo inevitable e incontestable de la idea. Lloré de rabia, intentando comprender ese enorme vacío que se abría entre mi abuela yo. No lo logré. ¿Como lo hizo ella?

- La muerte te da una perspectiva nueva de las cosas: las hace bellas y frágiles, fugaces - dijo mi tia luego de escucharme - por ese motivo se dice que  la enfermedad, el exilio y el sufrimiento se entienden a menudo como un desmembramiento iniciático que reviste un gran significado. La muerte te hace recorrer regiones de tu mente que hasta entonces, no te habías atrevido a reconocer existian. A tu abuela le ocurrió eso: comprendió el valor de la vida a través de la muerte.

- Pero ella siempre amó la vida - dije desconcertada - siempre insistió en que vivir era una aventura intensa, una necesidad enorme de descubrir todo lo que podías aprender, soñar y construir. Nunca hablaba de la muerte.

- No tenía motivos para hacerlo - explicó tia - la muerte está en todas partes aunque no lo veas, mi querida. Por supuesto, en estos tiempos modernos, la muerte se esconde decorosamente. Es un rito ordenado y consecuente a la idea que se tiene sobre la desaparición física del ser humano. Pero antes, décadas atrás, la muerte era cercana. El familiar que moría formaba parte de la historia de la familia en ausencia. Se le velaba en su casa, en su propia cama, para llorarle entre sus cosas. Se le tomaba fotografías para recordarlo. Tu lo sabes.

Me recorrió un escalofrío. De niña, había encontrado por accidente el álbum de los muertos de la familia, una reliquia que me sobresaltó y me fascinó a partes iguales. Antes que mi madre me lo arrancara de las manos, aterrorizada, había logrado ver algunas fotografías de desconocidos parientes, yaciendo en su último sueño para la cámara. Una idea morbosa pero que tenía su propio valor en esa concepción de la muerte como parte de la vida.

- Luego de la muerte de Juan, tu abuela insistió en entender esa idea, transportarla a un plano manejable. Pero no pudo: no hay manera de convertir a la muerte en conocimiento sencillo.
Nace de la necesidad de comprender nuestras propias huellas y símbolos, una idea concreta que abarque todo el Universo cuántico al que intentamos dar alguna coherencia.

Extendió la mano, tomó el libro de mi regazo y luego, hizo algo muy extraño: lo abrió en la última página y lo colocó al revés. El cuero crujió un poco y entonces, la última hoja pareció desprenderse, rodar simplemente fuera del resto de las hojas cosidas. Miré todo boquiabierta. Tia sonreía.

- Aquí esta - murmuró. Tomó la hoja de papel y la colocó sobre la solapa. Era un dibujo simple de una estrella de cinco puntas, rodeada por lo que al principio tomé por puntos y ornamentos dibujados en un abirragado diseño. Pero cuando me incliné sobre él, me sorprendió reconocer palabras entre los puntos y símbolos. Miré a tia fascinada.

- ¿Qué es es?
- Un amuleto de poder - me explicó - la manera como tu abuela intento consolar su dolor. Y de alguna manera lo logró. Observa.

Con cuidado, dobló el papel por la mitad. Luego, hizo lo mismo con las puntas, dobló de nuevo el papel por el centro y jaló. Solté una exclamación de sorpresa cuando una estrella de papel surgió de todo aquel pequeño ritual. Mi tia se inclinó ante la belleza pieza y le dio la vuelta para comenzar a leer las palabras, que ahora parecían tener sentido.

- La muerte es un hecho pero aceptarla es una idea - leyó en voz alta - y las ideas podemos crearlas, construirlas. Ese aliento divino que habita en el fuego de la voluntad, la única magia real, la que sana, la que consuela, la que eleva, la que otorga un rostro a cada certidumbre y duda, lágrima y sonrisa. Ese poder obsesivo,  que desborda en ocasiones nuestra conciencia, la infinita evolución hacía la idea más pura de lo que consideramos la memoria.

Movió un poco la estrella para mirar las palabras escritas a su izquierda. La luz de la tarde caía oblicua por la ventana y tuve una sensación muy curiosa, dura pero hermosa: estábamos juntas, a solas, comprendiendo a mi abuela en su ausencia. Sentí el dolor tan vivo que los ojos se me llenaron de lágrimas, pero aún así, no sentí la rabia consumirme o la simple sensación de angustia que me había atormentado. Sentí un alivio muy simple, casi ingenuo al que no supe muy bien a que atribuir.

- Un poco como la vieja Tradición de familia, que indica que las brujas debemos procurar siempre dejar que nuestro cabello crezca, como símbolo del conocimiento que se acumula a través de la experiencia, de la vitalidad, los errores, la felicidad, la simple melancolía, la vida debe celebrar lo que conocemos - leyó tia -  La muerte es parte de la conciencia, pero eso hace más valiosa la vida. El poder creador del amor  se hace más fuerte, más completo y paradojicamente, más abstracto a través de ese intrincado tapiz de hechos y pensamientos que llamamos realidad.

Se me escapó un sollozo. Tia me contempló y sonrío. Extendí la mano para tomar la suya.

- Sigue leyendo, por favor - le pedí. Ella tomó una bocanada de aire, visiblemente emocionada.

- Vive la vida lo mejor que puedas - dijo entonces -  porque después de todo, solo somos un parpadeo en el Iris de la Divinidad.

Apreté la mano de mi tia. Quise decir tantas cosas. Quise llorar a gritos y explicarle lo vulnerable que me hacia sentir el dolor por la muerte de mi abuela, el miedo paralizante que sentía en su ausencia. Quise llevarme las manos a la cabeza y tirarme del cabello, retorcerme de angustia. Quise llorar simplemente, hasta quedarme sin fuerzas. Pero no lo hice. Descubrí de pronto, que no lo necesitaba, que por alguna razón, el sufrimiento invalidante que había soportado durante las últimas semanas, se había transformado en otra cosa, en algo mucho más profundo y sentido pero profundamente dulce. Tia me acarició la mano y espero, juntas en este silencio enorme donde cabia el mundo, más allá de toda desazón.

- ¿Que hiciste de comer? - pregunté entonces, muy bajito. Mi tia sonrió y me secó las mejillas con sus dedos callosos y cálido.

- Una enorme tortilla, con mucho jamón y queso como te gusta.

- Que delicioso.

- Pero también hay sopa.

- Eso no me lo comeré.

- Eso ya lo veremos.

Salimos juntas de la biblioteca. El olor del polvo y de los recuerdos flotó un momento más a mi alrededor y luego me dejó salir, abrió los brazos y me permitió continuar. Cuando cerré la puerta, sentí que podía aspirar a la tranquilidad.

Los ojos se me llenan de lágrimas mientras escribo estas apresurados recuerdos. Pero también sonrío, cuando sostengo la estrella de papel, ahora abierta por los bordes, amarillenta y casi frágil. Y sin embargo, me sigue pareciendo hermosa, en su ternura de secreto descubierto a medias, en su capacidad para recordarme, cada vez que la miro, el valor de creer y confiar.

Un pequeño milagro en medio de las sombras.

C'es la vie.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada