sábado, 19 de noviembre de 2016

Danza de estrellas y otras historias de brujería.




Camino por uno de los pasillos de un concurrido centro comercial. Me detengo frente a una tienda. Desde la vidriera, una bruja de cartón y papel coloreado me sonríe desde la inocencia de su piel verde y su sombrero puntiagudo. Le devuelvo la sonrisa. Hay un camino largo y extraño en entre esa imagen, caricaturizada e incluso burlona y la mujer que se refleja en el cristal, de rostro pálido y pecoso, el cabello trenzado, anteojos de pasta. Entre ambas, hay una idea que parece pendular entre lo que se asume real y lo que hay más allá. Por muchos años, la bruja fue un personaje al margen de la cultural, una leyenda a medio camino entre lo temible y lo detestable. Y en el medio de toda esa historia, que nadie cuenta y poca gente recuerda, sobrevive la bruja, la real. La mujer que sonríe a la Luna, la que levanta los brazos para recibir el abrazo del viento, la que sonríe con la caricia del sol.

La mujeres como yo.

Cuando era más joven, hubo un momento en que me pregunté que lugar ocupaban realmente  mis creencias religiosas en mi manera de interpretar el mundo. Atravesaba un momento muy confuso de mi vida y supongo que parte de ese desconcierto existencial tenía mucho que ver con la inevitable madurez. La niña que había sido se transformó en una mujer desconocida  probablemente, hubo algo de una sincera decepción del mundo de las ideas en ese cuestionamiento de mi manera de ver el mundo.  Lo que descubrí muy pronto  es que esa sensación de no pertenecer a ningún lado - o no reconocerme en ninguna parte - tenía mucho que ver con mi visión sobre historia personal y la sensación que no la comprendía muy bien.

La primera vez que tropecé de manera frontal con esa idea fue a mis veinte años. Acababa de licenciarme como abogada y entré a un mundo tan tradicional como severo. Recuerdo que mi primer día de trabajo en el lujoso bufete donde fui aceptada como pasante, fue toda una revelación: la visión de todos los cubículos perfectamente ordenados me dejó bien claro en donde me encontraba. Me senté en la silla que me habían asignado, inquieta y muy nerviosa y de inmediato supe que me encontraba en el lugar equivocado. Tal vez en el momento equivocado de mi vida. En ese momento no lo supe muy bien. Lo que si estaba bastante claro es que algo en mi interior estaba abrumado por el orden, el silencio y sobre todo, la pulcritud anónima de aquel lugar.

Atravesaba tiempos complicados. Mi abuela llevaba menos de un año de muerta y mi vida parecía pendular en un extraño limbo del que no sabía muy bien como escapar. Avanzaba sin dirección, como si su muerte me hubiese quedado sin herramientas para construir mi propia visión de las cosas.  Había momentos de relativa tranquilidad, la calma plomiza de la resignación, pero también los había muy duros. Un dolor helado, irremediable me golpeaba a toda hora. Me sumí en una tristeza que no parecía tener principio ni sentido y bien pronto, comprendí que estaba hundiéndome en un cenagal de desesperanza que comprendía poco. Me sentía perdida, sin rumbo. Y muy probablemente, la decisión de aceptar una vacante en un lugar donde nunca imaginé podría estar, era uno de los síntomas. Había una extraño silencio en mi mente, como si me encontrara rota a pedazos.

Lo estaba, de hecho.

Me llevo unos meses comprenderlo. Para entonces, estaba todo lo abrumada que puede estar una mujer muy joven intentado ser un adulto, sin lograrlo. Los días en el bufete parecían alargarse, todos idénticos: las horas silenciosas carecían de significado o al menos, para mi no lo tenían. Me sentía atrapada, en medio de una realidad quebradiza. Tengo una breve imagen de mi misma, sentada detrás de mi escritorio, paralizada por una angustia que no podía explicar y mucho menos abarcar. Una mujer muy joven, llevando un traje que le venía grande. Las manos temblando mientras pasaba las hojas de los interminables documentos que tenía que clasificar. Los ojos entrecerrados, mirando a medias el mundo parpadeante. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Esto es realmente lo que deseas? La sensación diminuta de temor acumulándose en mi interior. Una y otra vez. Un nudo en la garganta. El silencio en mi mente. ¿Dónde están las palabras? ¿Estoy tan perdida que no puedo encontrarlas para contar esta historia de simple dolor?

- ¿Estas bien? - la pregunta de mi tia L. me sorprendió. Durante el almuerzo que compartimos, había disimulado lo mejor que podía el resonante vacío en mi mente, las grietas en mi espíritu. Reí, bebí vino en honor a la ocasión. Conversé en voz alta. Pero mi tia L. tenía la capacidad de mirar más allá de las máscaras, de encontrar la respuesta entre las sombras.
- Me cuesta acostumbrarme al ritmo del bufete - le expliqué - creo que aún extraño la Universidad, la libertad de...

Me callé. Ni yo misma me creía aquello. De modo que apreté los labios, sin saber que más añadir. Tia L. me observó fijamente, con una expresión enigmática en el rostro.

- ¿Cuando celebraste la Luna Llena por última vez?

Me sobresalté. La emoción me coloreó las mejillas. Le sostuve la mirada lo mejor que pude.

- He estado muy ocupada para hacerlo - respondí. Y era verdad. A medias. Durante los últimos meses - desde que Celia murió, me recordó una voz impertinente en mi mente - parecía siempre encontrarme muy agotada para llevar a cabo los viejos rituales. Me tendía en la cama a solas, mirando la Luna a través de la mirada entreabierta, con el corazón latiendome muy rápido. Había un silencio doloroso en la oscuridad, como si la ausencia de mi abuela simbolizara también la perdida de una parte de mi que no sabía como recuperar. ¿Quería recuperarla? pensaba a veces, acariciando con los dedos sus libros intactos, su ropa aún colgada en el armario, los fragmentos de su historia que tropezaba de vez en cuando. ¿Que ocurría con esa visión del mundo que me había heredado? ¿ Habría a su muerte sobrevivido esa inspirada manera de crear y construir que me había inculcado? A veces temía que no, sobre todo en mis momentos más angustiosos, esos donde no había otro consuelo que la furia quebradiza y casi infantil que me abrumaba. ¿Quién soy? ¿Quién deseo ser?

- Aglaia, que el dolor no te arrebate la vida, ni la desesperación tu visión sobre quien eres - dijo mi tia. Apreté los labios, colérica. ¿Qué sabía ella? ¿Como podía comprender la angustia de la casa silenciosa? ¿del jardín vacío? ¿Como podía explicarle yo esta soledad de fragmentos sin nombre? ¿este dolor anónimo? Apreté las manos sobre la rodilla, intentando calmarme.

- No lo entiendes - murmuré. Ella se inclinó hacia mi.

- Si te entiendo. Lo definitivo de la muerte te dejó sin armas para suavizar su idea, para interpretar el absoluto - me respondió - te dejó a solas con el vacío, con la decisión de como continuar. Y temes hacerlo. Te debates entre el recuerdo del pasado, tan vivo aún, y la idea del futuro, solo incertidumbre. Y olvidas quien eres...

Me negué a mirarla. Contemplé mis nudillos blancos por la presión, temblando por una tristeza mal contenida. Quise gritar alguna cosa, explicarle el error en su manera de interpretar lo que me ocurría, pero no pude. No quise, tal vez.

- Eres una bruja, como lo fue Celia - dijo entonces - Pero lo has olvidado...

- No es así...

-  Lo has olvidado - repitió, implacable - te olvidaste de la esperanza. De la necesidad de crecer y construir. Mírate, encuéntrate.  Recorre el camino de regreso a tus propios ojos. Hay un secreto en ti misma, mucho más poderoso que la angustia, que el temor que te abruma. Responde tus propias preguntas.


Pensé en sus palabras durante el resto del día. Sentada en el pequeño escritorio de mi cubículo, recordé mis rituales de infancia, las tardes de risas en la cocina de mi abuela, la sensación de portento en las pequeñas cosas que aprendí a su lado. Esa visión, de un mundo creador, de una sensación de asumir mi propio rostro en el espejo. ¿Quien eres Aglaia? me lo pregunté en silencio, tensa y pálida, de pie frente a mi reflejo. ¿Quién eres? ¿a donde deseas llegar? ¿Que has perdido?

Esa noche, soñé. Por meses, no lo había hecho con tanta claridad y detalle.

Sonrío. El sol exquisito de la mañana envuelve el canto del viento. Sé que estoy soñando, pero todo es tan real que no me importa. El olor claro del amanecer, la sensación de la hierba bajo mis pies. Corro, por el valle enorme y desconocido. Los brazos abiertos, mirando como la Oscuridad de la noche desaparece en el primer resplandor del sol. Ligera, como si fuera una niña, corro con todos mis fuerzas. Me escucho reír. ¡Tan viva! Y miro a mi alrededor, los enormes árboles de ramas retorcidas, las montañas enormes en el horizonte. Un paisaje irreal en su belleza, pero tan cercano. Cuando me detengo, siento una extraña sensación de paz transparente, casi inocente. ¿Donde me encuentro?

Con esa ligereza de los sueños, ahora estoy en el jardín antipático de mi abuela. Pero ya no tiene el aspecto vacío y polvoriento de la muerte, sino que forma parte de esta radiante belleza de la luz que nace. Camino a través de él, maravillada. ¿Que ha sucedido? Me detengo en la pared de las rosas, esa donde mi abuela conservaba sus recuerdos preciados: las buganvilias de su madre, las margaritas de tia E., las piedras del Hogar Europeo que tatarabuela P. trajo consigo.  Cierro los ojos. Quiero escuchar.

El viento otra vez. Alguien canta. No con palabras: es un murmullo exquisito. Se levanta, ondula a mi alrededor. Se enreda con el viento, con el sonido de mi respiración. Cuando abro los ojos, el jardin parece brillar, envolverme. Luz, solo luz. Y de pronto, tengo la sensación que todo a mi alrededor se nutre de ese resplandor: los viejos árboles resecos, las piedras desordenadas. Y eso solo luz, en mitad de la oscuridad.

Desperté en la oscuridad, con el rostro empapado en sudor. Y de pronto, tengo una sensación de absoluta lucidez, como si todos los meses anteriores no hubiesen existido, como si la luz del sueño hubiese cruzado esa linea invisible de los sueños para rodearme aquí, ahora, en mi habitación, en las sombras quebradizas de la madrugada calurosa. Cuando me levanté de la cama, estaba llorando.

- ¿Que ocurre? - mi tía E. me mira preocupada desde el pasillo. Me encuentro en la biblioteca de mi abuela, rodeada de libros y hojas sueltas, las manos manchadas de polvo. Estoy llorando pero también me estoy riendo. Sacudo la cabeza, no sé como explicarle.

¡Porque de pronto lo veo todo tan claro! debo regresar al origen. Hojeo los libros de las Sombras de mi familia, todos lo que mi abuela guardó con tanto amor como esmero. Esos pequeños tesoros que quizás guarden una historia que desea ser escuchada, que se alza de entre la tinta y el papel para susurrar más allá de un sueño. Y entre risas, recuerdo a mi abuela: A la mujer hermosa que me recibía en la puerta de la casa, riendo. A la dama solemne de cabello trenzado que me mostraba en voz baja una herencia casi olvidada. A la risueña, la maliciosa, que creía en un mundo de la imaginación. A la ella, la bruja y la sabia, la mujer que me miro crecer, que me educó para llevar con honor el único nombre que me define y me definirá jamás.

- Soy bruja - dijo en voz alta. Estoy temblando de emoción y algo más exquisito, mucho más dulce y un poco amargo. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano - soy bruja.

Tía E. me observa unos minutos en silencio, desconcertada y luego hace algo muy dulce: se acerca a donde me encuentro, se quita su bata de dormir y me cubre los hombros con ella. Después se sienta a mi lado, con dificultad, mirándome con sus grandes ojos grises llenos de amor.

- Este te gustará - dijo. También estaba llorando cuando me puso entre las manos un cuaderno pequeño y descosido - estaba muy joven cuando lo escribió. Su primer libro de las sombras.

Abrí el cuaderno. En la primera hoja, una niña de unos doce años había escrito con letra muy cuidada: "Libro de Celia, no tocar sin permiso de su señora Dueña".  Lloré un poco, mientras miraba su cuidadosa letra, los pequeños dibujos explicativos, incluso los diminutos gatitos que solía bosquejar en las orillas de las páginas. Sentí la ausencia de Celia con mayor fuerza que nunca, ese vacío de las palabras, en el simple dolor. Pero hubo algo más, una sensación muy clara y concisa.

Estas conmigo, ¿Verdad? Nunca te has ido.

La bruja que eres, la bruja que soy.

- Esta conmigo - murmuré. Mi tia E. se inclinó y me besó en la frente.

- Lo que amamos nunca nos abandona, se transforma en conocimiento. Nos crea y nos construye. Tal vez eso es un poco la eternidad: La trascendencia en la sabiduría que pudimos brindar.

El árbol de ramas recién nacidas.

De pie, en el jardín antipático, miro llover. La noche tiene un olor a secreto, a algo tan exquisito como desconocido que no sé muy bien que puede ser. ¿Esperanza quizás?  La luna parpadea entre las ramas de los árboles. Miro su resplandor plateado en el agua que salpica en la tierra mojada y sonrío. Aquí estoy, pienso mientras me desnudo. Regresé. El viento se escucha a los lejos, se enreda en el sonido de la ciudad. Volví para soñar, me digo, dibujando el circulo sagrado sobre el barro con las manos desnudas. La tierra manchándome la piel. He vuelto para crear, pienso. El corazón latiéndome muy rápido. He regresado para reclamar mi herencia y mi nombre.

He vuelto para crecer.

Levanto los brazos hacia la Luna. Hacia el misterio de esa fe por la esperanza, por la necesidad de encontrar mi camino a pesar del dolor. Porque  el legado  que heredé fue la visión del futuro, la certeza que el conocimiento perdura a través del tiempo, una y otra vez, bajo la luz de la luna llena, en el bosque de nuestra memoria, el tiempo que se construye a partir de las ideas.  Una noche que se repite muchas veces, un pensamiento capaz de unirnos y conectarnos más allá de cualquier idea consciente. La vida, en nosotras, en la belleza y la fuerza que nace de nuestra Tradición.

E imaginé, no solo a las brujas de mi familia, sino al magnifico árbol de la Brujeria extendiéndose en todas direcciones, abriendo sus ramas a través del mundo. Vi con los ojos de mi mente a la hechicera de Senegal, a la curandera de Nicaragua, a la partera guatemalteca, a la wicca escocesa, a la joven que siente el llamado de la naturaleza, al muchacho que enciende una vela en luna llena y no sabe por qué lo hace. El Poder más antiguo de todos: el tiempo extiendose en todas direcciones, creandose con el rostro del pasado, con el rostro de las viejas celebraciones, de la felicidad de Antaño, del fuego redentor, del lenguaje del viento. Y fue tan absolutamente real, la convicción que la Antigua Tradición persiste en cada remembranza, en cada ocasión en que podemos comunicarnos con esa parte intangible pero totalmente real en nuestro interior, que tuve la convicción que la Diosa está presente en nosotros tan vividamente como cuando para el mundo, su nombre era bendito y sinónimo de secreto de la energía Universal.

Unos meses después renunciaría al bufete donde trabajaba y comenzaría a recorrer un nuevo capítulo de mi vida. Y sin embargo, si pudiera decir ahora mismo cuando renací después de muchos meses sofocada por el dolor, diría que fue esa noche donde una niña de doce años llamada Celia me recordó desde el pasado que la esperanza y la fe, son eternas.

Una manera de crear.

Sonrío, a la bruja de papel que cuelga de la vitrina de la tienda y a la mujer de anteojos que soy yo misma. Y de pronto, el pasado y el futuro tienen un sentido, una forma de manfiestarse. Cuando me llevo lo mano al cuello para rozar al estrella de plata que llevo puesta, una sensación de paz me recorre, me recuerda algo tan simple, tan pequeño, tan sutil que casi lo olvido a diario, solo para recordarlo un poco después.

El poder de la fe y el amor.

La magia más antigua de todas.

C'est la vie.

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